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BERNARDO VALDERRAMA ANDRADE
EL GRAN
JAGUAR
Obra Ganadora
VIl Concurso Nacional de Novela
PLAZA 8 JANES
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EDITORES
Primera edición: junio de 1991
Dirección de producción: Germán Leal
Fotografía carátula: Bernardo Valderrama Andrade.
Amanecer sobre un templo kogi
en la Sierra Nevada de Santa Marta.
Mapas: Pilar Parra.
O 1991 Bernardo Valderrama Andrade
O 1991 PLAZA é£ JANES
Editores Colombia Ltda.
Calle 23 N” 7-84 Bogotá Colombia
ISBN: 958-14-0215-2
Preparación editorial: Divulgar Editores Ltda.
Impreso por Editorial Presencia Ltda.
Printed in Colombia.
A Lucy, mi esposa.
A los Mamas Manuel Lasana e
Inocencio Lasana,
del Centro Ceremonial de Moraca,
en su camino a Nean-Biró,
La Gran Puerta de Ir
“En los tiempos antiguos vino Kashindukua. El era un Her-
mano Mayor y provenía de la sangre menstrual de La Madre
y se convirtió en Jaguar. Eso contaron los Padres...”.
Testimonio del Mama Miguel Nolavita.
Die Kágaba. Konrad Theodor Preuss.
LOS UBATASHI
Según los relatos de los kogi, actual grupo indígena de la Sierra Nevada
de Santa Marta, considerados los descendientes más directos de los anti-
guos taironas, en los “tiempos míticos” arribó a las costas de la Vertiente
Norte, en inmediaciones de la desembocadura del Hukumeiji-Tukue (hoy
Río Palomino), la “gente de los ojos azules”, llamados ubatashi (de
uba = ojo; y tashi = azul o verde), con los cuales se libró una guerra
de exterminio. El origen de estos visitantes no se conoce, y el dado por
el autor en la novela El gran jaguar, es de su libre interpretación.
LOS CARIBES
Llegaron a las costas de América del Sur, y según los investigadores,
penetraron en sus territorios, provenientes de las Antillas. Los kogi de la
Sierra Nevada los citan en sus relatos etnohistóricos y etnográficos, ya
en lo considerado como “tiempos históricos”, posteriores a los “míticos”
y anteriores al arribo de los europeos. A ellos se hace referencia en esta
novela, como los duanabuká (la gente del pelícano); los kashingui; los
gulamena (de gula = brazo; y mena = arrancar); y los sangaramena (de
sankalda = cabeza; y mena = arrancar).
VOCABULARIO INDIGENA
El vocabulario indígena presentado en esta novela como tairona, en rea-
lidad pertenece a la actual lengua de los kogi, cuyos mamas, o sacerdotes,
Bernardo Valderrama Andrade
utilizan en ciertas ocasiones un idioma ceremonial que ellos dicen era el
hablado por sus antepasados, los tairona. A este respecto se considera
importante consignar aquí lo expresado por el profesor Gerardo Reichel
Dolmatoff en su libro Los kogi (tomo 1I-17- El Idioma Ceremonial.
Pág. 149). “... Los kogi usan en muchas de sus canciones ceremoniales
un idioma que ellos llaman Téijua, y del cual aseguran que fue la lengua
de sus antepasados y de los tairona. Al recopilar una lista de palabras
de este idioma ceremonial, que verifiqué luego con un gran número de
informadores, pude observar que hay un evidente parentesco entre el
Téijua y el idioma kogi actual.. ”
EL “PAIS DE LOS TAIRONA”
El concepto “país de los tairona” adoptado en esta novela, considerado
como una unidad política, socioeconómica y religiosa, que al parecer
rigió para algunos de los grupos indígenas de la Sierra Nevada, tales
como los tairo (tairona), kogi, aldu-guiji, matunas, bondas, chairamas,
posigiúieycas, etc., no debe tomarse con los mismos elementos de compa-
ración de nuestra perspectiva “occidental” ; sin embargo, por la experien-
cia en la región durante varios años del autor, estudiando el urbanismo
de los tairona, y luego de analizar las diversas técnicas, sistemas, bases
y normas relacionados con la arquitectura, la ingeniería y el urbanismo,
se puede concluir que todo ese conjunto de expresiones sólo pudieron
darse mediante la existencia de una unidad cultural, más que de una
heterogeneidad. En consecuencia, en la novela El gran jaguar se adopta
el concepto de “país de los tairona” o país de la Montaña Blanca (Keka-
Bunkua), con la seguridad de estar interpretando mejor la verdad y la
realidad de estos antepasados precolombinos.
INDICE DE PERSONAJES
TAIRONAS
NAOMAS h
Naoma-Kavi Muru nakubi o Sacerdote Mayor
Naoma-Doa Naoma de Ponkeica
Cotocique Naoma de Buritaca
Mama Ubalangui Naoma del Mal del Cerro Buritaca
Mama Teyuna Naoma de Teyuna (La Ciudad Perdida)
Mamanosensio Naoma de Moraca
CACIQUES
Seoname-maku Cacique de Ponkeica y Tayronaca
Nomaregúey Cacique de Tayronaca
Toronomala Cacique de Posigileyca
Gitamaku Cacique de Buritaca
Gama Cacique de Bonda
Hando Cacique de Betoma
Guregiiey Cacique de Cincorona
Buihona Cacique de Ulueiji
Gitogare Cacique de Chairama (Pueblito)
OTROS
Nyuba-Aluna
Bama
Ula-yang
Meli-ang
Haba-nay
Sa-ang
Segi-ang
Nemi-yang
Kankui-maku
Nivemacu
Lazama
Malabú
Avincuo
Chole
Kashín
Ulaban
Gula
Sangama
Ubatashi-thor
Conoh
Od
Walla
Tori
Bernardo Valderrama Andrade
Espíritu de Oro de los Taironas (Nyuba-yang)
Esposa de Naoma-Kavi
Esposa de Seoname-maku
Mujer de Ubatashi-thor y hermana de Seoname-maku
Madre de Ula-yang
Mujer del ubatashi Od
Mujer del ubatashi Tori
Mujer de Kashín
Jefe antiguo de Savijaka
Biznieto de Kankui-maku y hermano de Sa-ang
Cacique Mayor de los kogi (en Mamaice)
Cacique Mayor de los aldu-guiji (en Bongá)
CARIBES
Cacique Mayor de los duanabuká
(La Gente del Pelícano)
Emisario de Avincuo
Cacique de los kashingui en Palanoa (líder oficial)
Líder natural de los kashingui en Palanoa
Líder de los gulamena (Arranca-brazos)
Líder de los sangaramena (Arranca-cabezas)
UBATASHIS
(Gente de los ojos azules)
Líder de los ubatashi
Guerrero ubatashi
Guerrero ubatashi
Guerrero ubatashi
Guerrero ubatashi
—A-kinga ma-a-a: así dijeron los Antiguos: está próximo el tiempo
de Kavi-Tama.
Murmura para sí Naoma-Kavi. Sale de la nunhuañkala, casa ce-
remonial, y se dirige a pasos lentos por la amplia terraza enlosada,
donde en sus cuatro puntos cardinales resaltan las figuras talladas
en piedra de extraños animales con cabezas, cuerpos y extremidades
en curiosa mezcla de jaguares, aves y reptiles.
Es el atardecer. Dominante sobre los contornos, el lugar es bien
significativo: un cono escalonado y trunco de dimensiones ciclópeas,
que al servir de plataforma a la nunhuañkala, emerge sobre las copas
enmarañadas de los árboles, a esa hora sonoras por el rugido de los
monos de viento al despedir el día con sus voces huracanadas.
Pese a su avanzada edad, los pasos de Naoma-Kavi son seguros,
conservan todavía mucha de la agilidad de otros tiempos. Con los
ojos puestos en las estrellas, no necesita mirar dónde pone los pies:
desde su juventud y casi a diario, ha recorrido en una y otra dirección
toda la superficie de la terraza-observatorio. Llega hasta una tarima
de piedra elevada en el extremo oriental, sube las tres altas gradas
y se sienta en la kalauka, antigua banca ceremonial, cuyos decorados
y tallas muestran algo de la magnificencia artística que hace tan
célebres a los taironas.
En su rostro afilado y cobrizo, en la piel apergaminada, en los
ojos hundidos de pupilas hipnóticas de carbón, Naoma-Kavi refleja
la persistencia de sus vigilias para mirar el cielo y consultar las
E
E
12 Bernardo Valderrama Andrade
estrellas. Le son tan familiares todas ellas, con su parpadeo ininte-
rrumpido, con sus puntos luminosos que al ser unidos en la imagi-
nación forman las míticas figuras de las constelaciones: ¡Uxa...
Suvalyi. Nebbshiya... Seku... Huso.. Ahu! O con sus movimien-
tos, imperceptibles para quien no sea astrónomo como él. Son tantos
los misterios del universo descubiertos al estudiar estos cuerpos
celestes, y tantas las predicciones hechas al interpretar el mensaje
de los astros, que ello le permite ser conocido en la Sierra Nevada
como el Naoma muru nakubi, el sacerdote mayor de los taironas.
Esta noche sus ojos no siguen el esplendor solitario de Enduksama,
el hijo del Sol; ni la dirección hacia Mu, el Oriente, señalada por
el Jaguar Largo Neb-Siji; hoy, tampoco quiere adivinar los peligros
que pueden sobrevenir al Mundo cuando la cola de Seikuchi-Nugi,
el Alacrán, intensifica su brillo. No: esta noche evitará augurar las
veleidosas intenciones de las mujeres de Surli, el Sol, y por un
tiempo sólo tendrá ojos, sabiduría y pensamiento para buscar al
Gran Jaguar, a Kavi-Tama, del cual deriva.su nombre jerárquico y
es razón de todas las acciones de su vida.
Sentado en la kalauka, muy erguido, Naoma-Kavi sostiene entre
sus manos el bastón-calendario de sa-xavalda, labrado en fina y
pulida madera negra, rematado por feroz cabeza de felino con los
colmillos cruzados, obra magnífica de los orfebres taironas, de an-
tigúiedad remontada a tiempos de leyenda. Sobre la delgada caña
pulida de este bastón, y lo recuerda como si acabara de ocurrir, vio
hacer a su antecesor esa pequeña muesca que, exacta como las otras
allí grabadas, además de testificar la gran anterioridad del bastón-ca-
lendario, señalan una y otra vez el paso periódico por el cielo de la
estrella del Gran Jaguar, después del transcurso de ciento cincuenta
y dos solsticios más. Entonces él era muy joven, apenas un kuivi,
aprendiz de naoma; y por ello recibió de su maestro, además del
nombre que hoy lo distingue y enorgullece, el encargo de registrar
la próxima aparición de Kavi-Tama, para predecir los grandes suce-
sos que suelen ocurrir en el Mundo, a su paso por el firmamento.
Sin dejar de atisbar a lo alto, Naoma-Kavi busca entre esa miríada
de estrellas, cuerpo luminoso de la inmensa Avenida de los Cielos:
en algún punto de ella, agazapado, al acecho, escondido todavía,
debe estar Kavi-Tama; y mientras se esfuerza por descubrirlo, él,
el sacerdote mayor, el Naoma muru nakubi, pasa una y otra vez las
mud as LA PLA
El gran jaguar 13
yemas de los dedos por el negro y fino bastón-calendario, y al
hacerlo siente una fruición especial, una conciencia que lo libera de
su realidad presente y corporal, y lo transporta a una dimensión en
el tiempo, sin límites hacia el pasado y el futuro, y le infunde
poderes de sorprendente sabiduría.
Para la medianoche, con los miembros ateridos por el frío que
baja de los nevados, se incorpora y vuelve sus pasos a la nunhuañ-
kala. Levanta la cortina de piel de danta y entra al bohío acompañado
de la brisa helada, proveniente de las lejanas cumbres: se avivan de
incandescencia las brasas de los cuatro fogones sagrados, símbolos
de los primeros hijos de Haba Séinekan, la Madre Universal; de la
oscuridad emergen en medio de rojos resplandores los enormes e
inclinados postes de laurel, estructura principal del templo tairona,
abrazados por círculos de majagiito, representación de los cuatro
Mundos míticos superiores. Naoma-Kavi da un vistazo al interior
de la nunhuañkala, se dirige sin vacilar al montón de vasijas ceremo-
niales, toma una de ellas, bebe con ansiedad su contenido: cierra
los ojos... le estallan luces en la cabeza; y como otras veces sucede
al escanciar ese líquido virtuoso y mágico, salado y tibio, con sabor
y consistencia de savia o de sangre, lo asaltan visiones...
Estoy rompiendo el tiempo: retrocedo a un pasado sin fronteras
de dioses y fuerzas creadoras: veo relámpagos y truenos cósmicos:
surgen y adquieren contornos definidos: multitud de seres debatién-
dose entre avalanchas de rocas ígneas, convertidas luego en cascadas
de agua, fragorosas, en desbordamientos de semillas y frutos, en
estampidas de animales, en nubes ululantes de aves, en ciclones de
estrellas apretujadas en el firmamento, para formar la inconmensu-
rable Avenida de la Luz. Y, sobre todo ello, entre cantos y danzas,
voces y conmociones telúricas, distingo a Haba Séinekan, La Madre,
la Gran Creadora, con su cuerpo desnudo y vital, que se yergue
gigantesca como la misma Sierra Nevada, con sus formas generosas
y el rostro plácido, de párpados semicerrados y sonrisa enigmática.
Y de ella, a manera de ropajes, miro cómo se desprenden las vertien-
tes de las montañas, y los ríos, y los valles.
Algún tiempo después Naoma-Kavi torna a salir de la nunhuañka-
la, regresa a la kalauka y a sus observaciones astronómicas. Cuando
Munseishi, el Amanecer, comienza a insinuarse por Mu, la rigidez
momentánea en la postura del sacerdote parece romperse: salta una
14 Bernardo Valderrama Andrade
y Otra vez, levanta y agita los brazos descarnados, sus facciones
hieráticas adquieren iluminada expresión, de sus labios escapa un
grito: las mismas uauhú, las lechuzas, se sobresaltan: es que en las
alturas infinitas, casi en aluna-kaka, el cenit, entre sus parpadeantes
constelaciones.. allá, cruzando por medio de Uxa, las Pléyades,
ha creído divisar el resplandor alargado distintivo de Kavi-Tama,
la Estrella del Gran Jaguar.
xk x*
Cuando nyuiji, el murciélago, visita esa noche a Ula-yang y le chupa
la primera sangre, la muchacha tairona comprende que desde ese
momento su vida ya no será la misma: ahora es mujer de verdad y
entrará a formar parte del ciclo vital de la naturaleza; ahora ella
será como una imagen pequeña de Haba Séinekan, Creadora del
Universo, principio del Mundo y de la Sierra Nevada. En el fondo
de su alma, al saberse con poder hacedor de nuevas vidas, Ula-yang
siente una grata sensación, una fuerza naciente acompañada de ilu-
siones y expectativas.
Y llega Munseishi, el Amanecer: aquí y allá se escucha el estri-
dente griterío de kua, la guacamaya roja, habitante en los bosques
de contorno al pueblo tairona de Ponkeica. Ula-yang, orgullosa por
sentir esa presión dolorosa en su vientre, se incorpora del camastro
de esteras y pieles, con movimientos silentes se desplaza por el
recinto circular de la nunhúe, sale y se deleita al respirar el aire
mañanero: brisas salobres y tibias del mar, mezcladas con vientos
fríos bajando de las cumbres nevadas.
Las gentes de Ponkeica aún duermen. En sus linderos, escondidos
entre las espesuras que cubren las colinas de los alrededores, forman
un cerco estratégico los centinelas del cacique de la comarca, Seo-
name-maku: día y noche, sin descanso, protegen al pueblo contra
los ataques sorpresivos de los enemigos de los taironas, venidos de
tierras y mares lejanos, ahora establecidos en algunos parajes de la
franja litoraleña, cerca de las bocanas de los ríos, para disputarles
su territorio y la libre salida al mar, además de robarles sus mujeres.
Desde la llegada de estos intrusos, entre quienes están los comba-
tivos ubatashi, de curioso aspecto por su cabello rubio, piel blanca
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BERREZBE SEDE ZREBSRE
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32
El gran jaguar 15
y raros ojos azules; o los intrépidos y sanguinarios sangaramena,
también conocidos como arranca-cabezas; o los aguerridos y antro-
pófagos gulamena, apodados arranca-brazos, ambos temidos por las
torturas a que suelen someter a Sus prisioneros; o los audaces €
inteligentes kashingui, con sus portapenes de caracol de mar y pe-
nachos de plumas, la paz antes reinante en las regiones de la Sierra
Nevada y en cercanías a Nyi, el Mar, se ha visto alterada como en
ninguna otra ocasión. Debido a ello los naomas consultaron las
estrellas, invocaron a los Padres y Dueños, todopoderosos hijos de
La Madre, dieron encargo a los caciques de levantarse en armas,
vigilar las fronteras y prepararse a la guerra.
Con pasos ágiles, Ula-yang baja hasta la tukua: sigue la ancha y
pendiente gradería que viene de las grandes terrazas, donde se efec-
túan reuniones públicas: la escalera remata con sus losas talladas al
borde mismo del curso de agua, sitio donde hay una poceta para
las abluciones presididas por el Naoma-Doa. AMí, lajoven se despoja
de la túnica de algodón con incrustaciones de pedrería, de los collares
de cornalina y jadeíta, de las pulseras y ajorcas de oro y cuarzo, e
imprime a sus ademanes sentimientos ineluctables de novedosa ad-
miración hacia sí misma: se frota fugazmente los senos y el vientre,
se sumerge en las aguas a esa hora tibias, permanece como en
éxtasis, los ojos fijos en las distantes cumbres nevadas, respira
profundo, sus pechos erectos apuntando a La Madre, las manos bajo
el agua. y sobre su cuerpo concientizando sus nuevas formas; y las
facciónes hasta ayer signadas por gestos infantiles, con un aire
nuevo, especial, de mujer completa, atractiva, exuberante: imagina
en los arreboles que pintan el amanecer, una concordancia con el
reciente estado de su ser integrado a la divinidad creadora y procrea-
dora. Y desde ya empieza a soñar con Nyuiji-Hube, la Casa del
Murciélago, donde será desflorada.
Cuando Surli principia a correr su luz sobre las copas de los
árboles, sale de la quebrada, cubre su cuerpo con la túnica blanca
y se coloca otra vez las alhajas. Para entonces la asalta la impresión
de ser observada: se vuelve y descubre al viejo naoma de Ponkeica,
contemplándola con rostro sereno € inmutable, desde su trono de
enormes sillares; pero no es el anciano quien aviva su interés: es su
acompañante, de tiempo atrás centro de sus secretos deseos, joven,
admiración de doncellas no sólo del pueblo, sino de las regiones
16 Bernardo Valderrama Andrade
circunvecinas: es Seoname-maku, el Jaguar Negro, aguerrido y
nuevo cacique de Ponkeica, convertido por su valor en las luchas
contra los enemigos de su raza, en héroe de esta región, ahora
acuclillado al lado del Naoma-Doa y de su trono: también la mira
con fijeza, en actitud quieta, los músculos tensos, blanqueándole
los dientes; ve en él una semejanza con la postura de los jaguares
antes de arrojarse sobre sus presas en la selva.
Los ardientes y hambrientos ojos de Seoname-maku se cruzan
con los provocativos y sensuales de Ula-yang: se atraen con intensas
miradas y el naoma de Ponkeica las sabe elucidar: ve al poderoso
jaguar negro de Keka-Bunkua, la Montaña Blanca, saltando sobre
los finos y nerviosos flancos de segi, el venado. Con ademán signi-
ficativo y trascendental, el viejo sacerdote levanta los brazos, los
agita, hace sonar sus pulseras de cuentas de cuarzo y figuritas de
oro, su mirada está fija en los picos nevados cuando pronuncia
sentencioso: E
—Haba Séinekan ha expresado su deseo: Seoname-maku y Ula-
yang intercambiarán kaggaba-kuitsi; y arlunyi Nyuiji-Hube: se ama-
rán en la Casa del Murciélago.
Desde ese momento Ula-yang es gaya, prometida del Jaguar
Negro.
Por la noche, con gran ceremonia y en presencia de los habitantes
de Ponkeica, Ula-yang recibe del Naoma-Doa, como sewá o amu-
letos de la iniciación, un volante de huso en piedra de basalto negro
decorado, una afilada aguja de oro, y la ebbi-kuitsi, roja piedra de
cornalina sin perforar, símbolo de la primera menstruación. Por su
parte, Seoname-maku guarda en una mochila de algodón atada al
cuello, la piedra-akatu, el sewá del acto sexual: con ella, en el
momento debido, hará ofrendas a Takan-kukui, Padre del Semen,
y a Arldaul-due, Padre de la Piedra-Coito.
10
Las cuatro naves de alta y esbelta proa rematada en espiral, semejan
grandes y adormilados pajarracos flotando en la inmensidad del
RETIBLLTEBS PE TERNA" dETE_SI2855508_ 28
El gran jaguar 17
océano, ahora con apariencia de espejo por la prolongada quietud
de las aguas a través de toda la última fase de la luna.
Rodeados de una bruma asfixiante, cálida y pegajosa, que en el
día limita toda vista sobre el horizonte, y en la noche impide con-
templar el mapa de las estrellas, los viajeros permanecen somnolien-
tos, estáticos como sus embarcaciones, a la espera de la voz del
viento: ella será la señal para recobrar su incansable actividad y
continuar la travesía, unos empuñando los cuarenta remos dispuestos
a babor y a estribor, otros aparejando la gran vela de forma e insignia
ya reconocida en los mares del Norte, como de la expedición de
Ubatashi-thor.
Un cielo plomizo, de nubes bajas, impropio de aquellas latitudes,
hurta su atractivo color azul a las aguas del océano: parece con sus
tonos grises, más propio de las lejanas regiones de donde son origi-
narios estos navegantes de ojos azules, ahora, y quizás por primera
vez, visitantes del Mar Caribe.
Comienza a oscurecer y el cielo continúa encapotado. Se aprestan
a Otra noche de inmovilidad y sofoco en ese mar vuelto un raro
espejo líquido. Sólo los capitanes de cada navío permanecen en
vigilia, atentos y con la esperanza de un poco de viento que corra
las nubes y les permita ver las estrellas; así podrán ubicarse dentro
de esta inmensidad oceánica. ¿Acaso alguna desconocida corriente
marina los habrá desviado de curso, desde cuando los encerró la
bruma y quedaron prisioneros en esta interminable calma?
En su larga espera, fundido como una escultura de bronce a la
banca empotrada con espigos de arce al puente de mando, Ubatashi-
thor distrae su mente con los recuerdos...
Desde cuando partí de mi país, he tocado tierra en muchas costas.
Sobre estas apartadas comarcas del Poniente, ya tenía noticias escu-
chadas a algunos audaces aventureros, así fueran referencias desdi-
bujadas por la exageración de las fábulas y las leyendas; debido a
ello, poseído de incontenibles deseos por desentrañar la verdad a
este lado del mar, reuní y aparejé cuatro barcos, me aseguré de su
capacidad de carga y flotación, con cuarenta remeros cada uno,
crucé el océano y llegué hasta donde ya otros adelantados habían
puesto pie en Tierra Firme. Con todo, no me sentí satisfecho de
admirar los paisajes o conocer a las gentes del Norte: quería seguir
adelante: hacer lo que ninguno se había atrevido: y bordeé costas
18 Bernardo Valderrama Andrade
antes nunca visitadas, siempre hacia el Sur, hasta encontrar climas
cada vez más cálidos, vegetaciones exuberantes, fauna de una varie-
dad pasmosa... ¡Era el prodigio del Trópico! ¿Un nuevo mundo?
El bamboleo repentino del barco lo arranca de sus pensamientos
y lo pone en alerta: siente el soplo de la brisa en el rostro, y en la
lejanía un rumor apagado, sordo, en aumento. Se incorpora. Cono-
cedor de los caprichos del mar ya sabe de las tormentas siguientes
a las grandes calmas oceánicas.
Apenas tiene tiempo de aprestar a la tripulación para el combate
con la naturaleza, cuando ya está sobre ellos la tempestad: viento
huracanado y horrísono, relámpagos iluminándolo todo de blanco,
lluvia copiosa, escándalo de truenos desencadenados en una oscuri-
dad compacta y sucesiva. Y ese oleaje, monstruo en libertad, que
los trae y los lleva, que los levanta y los sumerge.
Como una pesadilla entre el rugir de la borrasca, aferrado con
desespero a la caña del timón, escucha las voces de sus hombres,
de sus compañeros. iracundas, esforzadas, y al final clamando con
desespero. De pronto, ante sus ojos, los relámpagos le descubren
la cercanía peligrosa de otra embarcación: los remos se entrelazan
como dedos, se quiebran, se rompe la madera con el choque... los
envuelven surtidores de agua, astillas que vuelan, gritos de náufra-
gos, olas, cataratas de espuma, simas, montículos líquidos... todo
lo sacuden y producen vértigo. Es el fenómeno embravecido del
mar, en medio de ininterrumpidos resplandores.
Con el amanecer viene la calma. Acá y allá, flotan dispersos los
restos del naufragio: trozos de madera, velámenes aún con los cor-
deles amarrados, paletas de remos, arcones de abeto forrados de
cuero, cabezas de sobrevivientes perdidos en la inmensidad acuática.
Se reagrupan... reúnen restos de navíos posibles de serles útiles,
improvisan balsas y trepan a ellas; unos a otros, doblegados por el
impacto de la tragedia, se reconocen: más de un centenar fueron
devorados por las aguas.
Sale el sol. Les calienta y reconforta los miembros ateridos. El
cielo está otra vez limpio y las aguas de un hermoso color azul.
Cuando levantan la vista hacia el Sur, la línea imperturbable del
horizonte marino se ve recortada por un espléndido paisaje de tierra
firme. La congoja se transforma en esperanza... y por primera vez
PURA ORAROA
El gran jaguar 19
divisan las cimas de Keka-Bunkua, la Montaña Blanca, destellante
de claridad como si estuviera coronada de diamantes.
EXXR
Ubatashi-thor recorre la playa con mirada rabiosa y desesperada.
La arena gruesa, revuelta con hojuelas de mica, corales y conchas,
cruje al paso de sus impacientes zancadas de prisionero, en una
tierra convertida en la cárcel más inconcebible: no tiene paredes, ni
rejas, los horizontes pueden ser infinitos, pero les ha sido imposible
escapar.
La cabellera rojiza y la barba tupida se le llenan de reflejos de
sol y hacen ver más bronceada y velluda su piel. Tiene el ceño
fruncido, los labios apretados, los ojos azules iracundos cuando mira
hacia el Noreste, al lejano horizonte marino curvado: por allá, llegó
acompañado de dos centenas de hombres y ahora apenas si pasan
de cincuenta.
Como jefe de la expedición y avezado navegante, es tal vez el
único de los sobrevivientes con posibilidades de encontrar la ruta
del retorno, si algún día pueden disponer de un barco para cruzar
el océano. Pero con el curso del tiempo y de los acontecimientos,
esta eventualidad se está volviendo remota. Con la llegada de la
noche, abrumado por la realidad, el solitario líder de los ubatashi
se encamina pensativo al grupo de chozas levantadas a un centenar
de brazas de la orilla marina, a la vista de la desembocadura de un
caudaloso río llamado Hukumeiji por los nativos de estas costas.
Allí mismo, al pie de las rústicas edificaciones, para no dejar perder
la esperanza de regresar algún día a su país de origen, ordenó iniciar
la construcción de una nueva nave. Pero esta empresa sólo sirvió
para romper en poco tiempo la armonía con los taironas; y como si
acabara de pasar, recuerda el primer encuentro con los naturales...
Los vimos aparecer en el lindero del bosque, recelosos primero,
curiosos después, portando sus largas lanzas de madera negra casi
tan dura como el metal, y esos potentísimos arcos que requerían
gran fuerza y destreza para usarlos. De menor estatura, musculosos,
piel cobriza-amarilla, el distintivo característico eran sus cabellos y
ojos color de carbón. De eso ya pasó mucho tiempo: habíamos
20 Bernardo Valderrama Andrade
hecho amistad con los indígenas y pudimos visitar dos de sus pobla-
dos más cercanos: Aldagúiji y Savijaka, situados adentro de la bo-
cana; allí conseguimos hachas, así fueran de piedra, y otras herra-
mientas para derribar árboles y sacar las primeras piezas de madera;
también adquirimos telas para los velámenes e hilo indispensable
en la fabricación de cordelería. Los aborígenes eran hospitalarios y
generosos. Lo que no estuvo dentro de nuestros propósitos fue cómo
reaccionaríamos a la vista de las nativas, hermosas, de piel canela,
ligeras de ropas y adornadas con abundancia de alhajas. Ese día,
de regreso a la soledad obligada de nuestras chozas, la tentación
por volver a probar goces carnales con las mujeres se convirtió en
apremiante obsesión: yo mismo no quería resistirme.. así, al actuar
con precipitud, temiera cambiar en rechazo la aceptación hasta ahora
brindada por los taironas. Esto lo argumenté en forma vehemente
en reunión convocada por los más excitados: no quisieron oírme:
—¡Necesitamos mujeres! —contestaron a mis consideraciones: las
razones no valieron: se desconoció la autoridad, se violaron las
normas acordadas para sobrevivir en esta tierra extraña, se forjó un
precipitado plan de asalto a las aldeas cercanas... Así yo me negara
a ser parte de la expedición, ésta se ejecutó al amparo de la noche:
armados con lanzas, cuchillos de macana y hachas de piedra facili-
tadas por los mismos naturales, se realizó con éxito: ellos no espe-
raban tal traición de nosotros: fueron secuestradas cerca de medio
centenar de mujeres y se dio muerte a los hombres que intentaron
oponerse y defenderlas.
Ya de regreso al campamento las sortearon en improvisado y
bullicioso festín. Sólo yo, por mi condición de caudillo principal,
gocé el privilegio de escoger a gusto entre las prisioneras. Desde
entonces y a partir de este hecho, la supervivencia se tornó azarosa
en extremo: la construcción de la nave quedó estancada, porque se
hizo necesario consagrar tiempo y energía a la erección de un cercado
para brindar la indispensable protección al lugar. Por eso ahora gran
parte de nuestra gente permanece en guardia, alerta contra los con-
tinuos ataques de los indígenas. Las expediciones de caza, recolec-
ción, pesca en el mar o en el río, se volvieron riesgosas. Algunos
de mis hombres han caído asaeteados, y el futuro lo veo cada vez
más incierto.
Ubatashi-thor se detiene ante la abandonada armazón del navío
El gran jaguar 21
en proceso: se alza y blanquea como gigantesco esqueleto arrojado
allí por un insólito mar de leva. Ahora, en su soledad y deterioro,
recuerda la existencia lejana de su país, de sus aguas frías, de los
cielos grises pintados de auroras boreales, de su vegetación oscura
que, tal vez, jamás volverá a ver.
El día está en su final. Los últimos rayos del sol espejean con
tonos dorados en el ruidoso y revuelto oleaje, al embatir contra los
playones. Su fragor le evoca el fatídico naufragio en el Mar de las
Escolleras. Ubatashi-thor suelta una imprecación, colérico mira el
alto cerco de protección a las chozas de su aldea, rudimentaria
arquitectura rectangular tan diferente a los nunhúes, bohíos circulares
de los habitantes de Keka-Bunkua. En las cuatro esquinas de la
fortificación, ensartadas en lanzas de macana, lucen las cabezas
descarnadas de los enemigos capturados o dados de baja en las
continuas refriegas.
—¡Esta es una despiadada guerra a muerte! —murmura entre
dientes y tiene para sí y. su gente un reproche por haber cedido a la
tentación de robar las mujeres. Fue un daño sin reparo.
Desde entonces, los aborígenes no pierden oportunidad de acosar-
los y hacerles la vida difícil y precaria.
Cuando la noche comienza a envolverlo todo, cree distinguir los
movimientos sigilosos de sus adversarios: se corren a la sombra de
los almendros y los trupillos. Para evitar ser sorprendido, Ubatashi-
thor acelera la marcha, entra al ámbito cercado del campamento,
los guardias cierran presurosos la puerta, apenas con el tiempo justo
para evitar lo alcancen las flechas envenenadas: acompañadas de
gritos guerreros, se clavan vibrantes en los maderos.
Sopla la brisa, trae rumores del mar. En el recinto de los ubatashi
alumbran las fogatas y se ven cruzar ante ellas las siluetas atemori-
zadas de las mujeres: llevan a los niños al interior de las chozas
para evitar la lluvia silbante de las saetas, con su olor nauseabundo
por el mortal veneno. Los hombres, con las rodelas sobre las cabezas,
se agazapan sobre las plataformas defensivas, desde donde repelen
los ataques. Desafiantes alaridos rubrican otro día de ataques y
sobresaltos.
Ubatashi-thor corre y entra a su vivienda. Desde un rincón lo
observa su mujer nativa. Por su rostro pasan sentimientos encontra-
dos. En los brazos sostiene un chiquillo de cabello liso y castaño,
22 Bernardo Valderrama Andrade
ojos grises y hermosa piel satinada; sin saberlo, el pequeño tiende
un puente de comprensión entre dos seres, pertenecientes a mundos
distintos.
Tm
Seoname-maku, jefe Jaguar Negro, y su prometida o gaya, Ula-yang,
libres, risueños, entusiastas, avanzan sin prisa por el sombreado y
ancho camino, que al seguir el filo tendido de la montaña habrá de
llevarlos hasta Haggi-Ateima, la cima mayor, la piedra grande y
negra, dominante sobre todos los contornos: el picacho es uno de
los lugares donde en determinadas épocas del año fija su residencia
Naoma-Kavi, el sacerdote mayor de los taironas, con mando sobre
todos los otros naomas del país. Ante él deben presentarse Seoname-
maku como cacique de Ponkeica, y Ula-yang, su prometida, para
recibir el beneplácito que les permita realizar los coitos ceremoniales
en Nyuiji-Hube, la Casa del Murciélago.
Esa mañana, tan pronto aclara, Seoname-maku se presenta a la
puerta del nunhué de Ula-yang; ella ya lo espera y no se sorprende
de verlo sin sus imponentes atavíos de cacigue: reconoce satisfecha
que así, casi desnudo, apenas con un taparrabo como vestido, se
ve más joven y apuesto, más cercano a ella, más acorde con sus
mutuos sentimientos.
—Vamos, el Naoma-Kavi nos espera.
Se miran uno a otro, con afecto y aprobación, hirviéndoles la
sangre en deseos. Le tiende Seoname-maku las manos, Ula-yang le
entrega las suyas.
—Sí... vamos.
Sonríen. También ella se ha despojado de sus alhajas. Para dedi-
carse a los coitos ceremoniales sólo requieren de la capacidad de
amarse, de la vitalidad de sus cuerpos y de la aquiescencia de Haba
Séinekan, la Madre Universal. Así, ligeros de ropas, con agilidad
y alegría de juventud, a la vista de las gentes de la ciudad, echan
a andar por el camino-gradería que habrá de llevarlos hasta las
afueras de Ponkeica, donde cruza una ruta a la Serranía, con sus
lomas
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naon
El gran jaguar 23
lomas cubiertas de espesa selva y rematada en la descomunal y
negra Haggi-Ateima. El sendero se desarrolla en tramos largos y
rectos de suave pendiente, alternados por otros cortos de brusco
ascenso, donde la calzada se transforma en zigzagueante escalera,
todo el tiempo bajo el palio fresco y tupido de los árboles que
protegen de los ardores de Surli, el Sol.
En el lindero de la selva los dos prometidos se detienen: de las
mochilitas de mulda sacan dos kalgua-kuitsi, cuentas tubulares rojas
veteadas de negro, sewás, que servirán para hacer ofrendas a Kanin-
pana, Padre de los Arboles, y a Kaldyikukui, Madre de las Plantas,
por cuyos dominios deben pasar para llegar hasta Haggi-Ateima.
Con los amuletos en las manos miran a su alrededor en busca del
gigante mitabvi, el caracolí, o de la corpulenta seijua, la ceiba;
cuando los descubren, van a ellos, se hincan, cavan entre Sus pro-
tuberantes raíces, dejan allí las rojas y brillantes cuentas. En esta
labor ritual sus manos se entrecruzan, sus rostros se aproximan, las
pupilas los hipnotizan, se les encienden los deseos: Seoname-maku
se recrea al enredar los dedos en el largo y sedoso cabello de Ula-
yang, o en correr las manos sobre su piel caliente y tersa.
Cuando el deber los hace sobreponerse al llamado que los incita
a la posesión, buscan el nacimiento de tukua, la quebrada, y en sus
aguas dejan caer una pequeña cuenta de cristal de roca, ofrenda a
Kaxshikuama, Madre de los Arroyuelos; y abrigados por una sensa-
ción no conocida hasta ahora, se internan a través de los parajes
umbrosos. La marcha es lenta, sin prisa, recreados con la explosiva
vitalidad de la vegetación, incentivo al calor que abrasa Sus COrazones
y hormiguea con estímulos de delicia por toda la piel. Cuando ven
al kauxau, bejuco ojo de venado, de bellas flores rojas, estrechando
y queriendo asfixiar el tronco de taiji, el guayacán, ellos a su vez
se contagian, se enlazan, se acarician, se descubren secretos del
cuerpo y se olvidan en el tiempo.
—;¡Nagluñi, Ula-yang! — ¡Te quiero!
Ya no les importa la distancia por recorrer para llegar donde el
naoma.
—¡Y yo a ti, Seoname!
Otras veces se detienen, apenas tocándose con la punta de los
dedos, y se extasían con el revoloteo iridiscente de los sindulyi, los
colibríes, entre el prodigio multicolor de las flores; con las acrobacias
24 Bernardo Valderrama Andrade
de las picarescas hibaxa, ardillas de empenachada cola anaranjada;
o con las grandes mariposas azules. Cuando la penumbra de la
espesura comienza a ser menos densa, advierten la cercanía de
Haggi-Ateima. Se miran excitados, se dan un último y prolongado
beso, se prodigan fugaces caricias, sin soltarse de las manos, aceleran
la marcha. Entre las ramas, como una alegre y policroma despedida,
castañuelea con su enorme pico uassal-dei, el yátaro, o repiquetea
bin, el pájaro carpintero-penacho rojo. Aquel día y como nunca
antes, la vida ha sido para los jóvenes enamorados un portento de
sensaciones. Agradecidos dan una mirada final a la selva, coronan
las últimas eminencias de la Serranía y salen a un claro, donde sin
impedimentos calienta Surli con todo su intenso esplendor de trópico.
Ahora, frente a ellos y como la mayor altura de la montaña, se alza
Haggi-Ateima, la piedra grande y negra de flancos escarpados, que
deberán escalar para cumplir su cita con el Naoma-Kavi.
Sin pensar en detenerse más, por una senda tallada en la roca,
inician el ascenso aferrados a las rugosidades de la piedra para no
caer en el abismo. Cuando alcanzan la cima, se abre a sus ojos el
panorama de los contornos patinados con rayos dorados de atardecer.
Nunca antes habían estado allí y se pasman con la vista del horizonte
marino dilatado en incendios por Mamashkaxa, la Boca de Fuego,
el lugar donde se acuesta Surli, nace la noche y se quema el agua
sobrante del Mundo. Luego se vuelven a mirar hacia el Sur, hacia
Noa-Nashika, de donde viene el calor sexual, y quedan todavía más
admirados: allá en las alturas, bajo un cielo pintado con tonos vio-
letas, están los picos de hielo, morada sagrada de Haba Séinekan.
Entonces, en forma espontánea, reflejado en los ojos el amor, Seo-
name-maku y Ula-yang se hincan de rodillas y ponen la frente sobre
la piedra del piso, en gesto de veneración hacia la Madre Universal.
ES
Así los encuentra el poderoso Naoma-Kavi, quien a la llegada del
atardecer abandona su refugio entre los peñascos de Haggi-Ateima,
donde dormita durante las horas del día, porque en las noches es
imperiosa la vigilia, la meditación y la mirada a las estrellas.
—Los esperaba: Naoma-Doa de Ponkeica me avisó su llegada.
El gran jaguar 25
Seoname-maku y Ula-yang se incorporan, lo miran con respeto,
no extrañan que, aun sin visitarse personalmente, los naomas puedan
comunicarse cuanto deseen y necesiten: tales sus poderes mentales
y de telepatía.
—Hánchika —saludan a un tiempo los jóvenes y se inclinan
reverentes.
Los ojos del viejo, pese a su penetrante mirada, tienen una expre-
sión afectuosa, no concordante con el resto de sus facciones hieráticas
y rígidas, ni con sus ademanes solemnes e intimidantes.
—Uá, uá —contesta, y esboza por fin una sonrisa.
Con su: andar estudiado echa a caminar en dirección al refugio
rocoso, compuesto por un saliente adaptado a recinto triangular,
abierto en uno de sus vértices para permitir el acceso. En la penumbra
de su interior, acurrucada frente a una fogata, está Saxa, la mujer
del Naoma-Kavi, tan vieja como él, ocupada en la preparación de
alimentos y brebajes mágicos; se vuelve a mirarlos, hace un gesto
de bienvenida, y en las pupilas chispea una luz que sólo Ula-yang,
como mujer, sabe entender.
Por invitación del sacerdote, Seoname-maku toma asiento en una
de las banquitas de madera tallada, que con unos cueros son el único
mobiliario; el viejo hace otro tanto y se queda mirando fijo a Saxa,
su mujer de toda la vida, a quien ya no necesita hablarle para que
capte sus pensamientos. Ula-yang muestra simpatía y atención para
con la anciana, se apresta a colaborarle, y entre las dos sirven a los
hombres porciones de hongos, caracoles, jiju secos o pescaditos de
río, y tubi fritos o larvas de cucarroncitos, en platos de cerámica
negra muy pulida y decorada, distintiva de los utensilios ceremonia-
les de los naomas.
En silencio, mirándose unos a otros, saborean la frugal comida.
Cuando terminan, Saxa y Ula-yang ofrecen en sendas copas un
líquido espirituoso: lo beben en cortos sorbos y otro tanto hacen
ellas. Tan pronto consumen el licor, ya la noche está afuera, acom-
pañada por la fosforescencia de las luciérnagas, el croar millonario
de las ranas, los gritos intermitentes de las uauhú, las lechuzas, y
los cantos sugerentes de los guacaó, pájaros negros de la oscuridad:
con estas voces nocturnas se cuela por la estrecha entrada del abrigo
una brisa tibia y salobre: aviva las brasas y en ellas se concentran
las miradas de los presentes; sienten los efectos de la bebida igual
26 Bernardo Valderrama Andrade
a un calor repartido con celeridad por el cuerpo; y se transportan a
otra dimensión, no física sino mental: ninguno despega los labios...
no lo necesitan para iniciar esa curiosa conversación telepática pro-
movida por el Naoma-Kavi. Seoname-maku y Ula-yang hacen con-
fesión y reciben consejo para su vida, a partir de los coitos ceremo-
niales en Nyuiji-Hube. Luego, llevados por los extraordinarios po-
deres mentales del sacerdote, emprenden un vertiginoso e inconce-
bible viaje a los primigenios tiempos de la humanidad, a las regiones
legendarias de las Lagunas Sagradas en el pie mismo de los nevados,
donde en el primer horizonte todo comenzó: ¡Todo!... Cuando sólo
había agua: agua y mucha agua. Y todo era noche porque no existían
Surli, el Sol, ni Saxa-ti, la Luna; ni gente, ni animales, ni plantas.
¡Nada!... Pero el agua ya estaba allí, en todas partes, en el aire, en
las nubes y después en el mar, en los ríos, en las lagunas. En ese
entonces el mar era La Madre. Ella era pensamiento: Ella era memo-
ria: Ella era espíritu de lo que iba a venir. Y tomó cuerpo. Y era
una mujer. Y su mirada fue día. Y su aliento fue viento. Y su saliva,
y su sudor, y sus lágrimas, fueron ríos. Y su menstruación fertilizó
la tierra... Y tomó en sus manos a doana, el palillo del poporo, y
con él se fecundó, una, dos, tres, cuatro, muchas veces. Y así nació
Sintana, Señor del Fuego y Dueño de los Animales; y así nació
Seijankua, Señor de los Temblores y Dueño de la Tierra y de las
Plantas; y así nació Sehukukui, Señor de la Noche y Dueño de las
Sombras; y luego nació Kunchavita-ueya, Señor del Trueno y Dueño
del Agua.. Y posteriormente concibió a sus hijas Jalyubang, Mul-
kuavandyang, Mulkuaneyumang y Kulchavisang, para que cohabi-
taran con ellos y poblaran la Sierra Nevada. Y a todo el mundo..
a todo.
Para medianoche Seoname-maku y Ula-yang tornan a la realidad.
Y mientras en un rincón del refugio Saxa instruye a la muchacha
sobre el comportamiento a seguir en sus relaciones con el cacique
de Ponkeica, éste sale en pos de Naoma-Kavi hacia la cúspide de
Haggi-Ateima, a donde se accede por unos peldaños tallados en la
roca. Allí, como curioso remate, resalta a manera de escultura la
kalauka, banca de piedra con adornos laterales de cabezas empluma-
das de paujil con fauces de jaguar. Sentado en ella es donde el
sacerdote, noche a noche, hace sus observaciones astronómicas,
analiza las conjunciones estelares, y ahora sigue atento, con pasión
a "ón
El gran jaguar 27
y deleite, la aparición y los movimientos de Kavi-Tama, la estrella
del Gran Jaguar.
Con ademanes pausados y seguros, expresión suma de satisfac-
ción, Naoma-Kavi toma asiento en la banca e invita al cacique a
situarse a su lado; levanta la vista a las estrellas, a un punto deter-
minado, extiende uno de sus descarnados brazos y explica:
—Allá está... allá viene... ¡Kavi-Tama!
Seoname-maku sigue con ojos ávidos la dirección señalada por
el sacerdote: entre la miríada de puntos luminosos advierte uno
diferente, alargado, una pincelada de luz, resplandeciente en tonos
blanco-azules. Sí que es una estrella distinta... y su cauda la convierte
en el cuerpo celeste más hermoso de la noche.
IV
Porque Meli-ang y las otras mujeres raptadas sabían qué deseaban
de ellas los ubatashi.. les entregaron sus cuerpos. Estos invasores,
de pronto actuaban como los sangaramena o los gulamena, quienes
trataban bien a las mujeres taironas, en comparación con el destino
cruel deparado a los hombres: de ahí su apelativo de arranca-cabezas
O arranca-brazos.
Así fueran tan distintos en su físico y con unos hábitos diferentes
a los suyos, las mujeres se dieron por satisfechas con el comporta-
miento de los extranjeros de cabellos rubios, quienes solían ser en
sus actividades diarias unos seres taciturnos y con frecuencia agre-
sivos, en especial si miraban al mar en dirección a Mu, por donde
nace el sol; en cambio, cuando estaban en intimidad con ellas, se
tornaban sonrientes, juguetones, y en el amor eran de nunca acabar,
con formas sorprendentes para seducirlas y complacerlas. Ello con-
tribuyó a que las cautivas dejaran de extrañar su vida anterior entre
los de su raza.
Esta disposición favorable de las taironas hacia los ubatashi, vino
desde cuando se presentaron de visita en los poblados de Aldagúiji
y Savijaka, y se sintieron atraídas por sus esbeltas figuras de piel
clara y cabello gauksé, color de fuego, o por esas miradas azules,
28 Bernardo Valderrama Andrade
curiosas con cuanto los rodeaba, hambrientas cuando se posaron en
ellas.
Después, una noche irrumpieron en sus pueblos con la fiereza
silente de los kaxshigugulu, los jaguares rojos de la selva: no tuvieron
contemplación hacia los hombres, y en acción traicionera e injusti-
ficable no aprobada por ellas, dieron muerte a quienes se les opusie-
ron. Con todo, sintieron una secreta complacencia: el rapto implicaba
ser poseídas por los enviados del Padre Sintana, Dueño de la Luz
y del Día, según la creencia enseñada por los naomas.
Es la noche. Recostada en el pecho de Ubatashi-thor, Meli-ang
acaricia su piel velluda de kaxshigugulu. Con interés y curiosidad
le oye narrar historias de su país, descritas con lujo de detalles, así
él, al hacerlo, no pueda impedir la tristeza y la nostalgia ahogándole
la voz. Por suerte ama a su mujer tairona, lo único grato en su nueva
y precaria vida; y como ella ha aprendido su idioma, siente gusto
de contarle sobre el mundo de donde vino; y también, porque al
hacerlo y así sea mentalmente, vuelve a visitar su tierra de origen,
a sus familiares, a sus amigos. Luego vendrá la compensación: en
la medida en que Meli-ang perciba su congoja, se la ahuyentará
volviéndose atrevida e ingeniosa en sus caricias; y él podrá devolvér-
selas con creces, recorrerá con manos y besos toda su piel nativa,
descubrirá sus intimidades, la sentirá incendiarse, palpitar, gemir
por los deseos de la entrega, la poseerá en secuencias interminables. .
y en el éxtasis alocado del amor, podrá tirar por la borda, como lo
hace todas las noches, su vida pasada. Así, en el tibio silencio de
la madrugada, con el rumor de las olas llegando en la distancia,
Ubatashi-thor reconoce que la felicidad sólo está dada para él en
este presente placentero.
En otras ocasiones los relatos están a cargo de Meli-ang, para
informar a Ubatashi-thor sobre el País de los Taironas: le cuenta de
las vastas regiones que dominan en la Sierra Nevada, de Tayronaca,
de Posigieyca, los dos principales centros gubernamentales, tan
populosos como para en caso de emergencia poner sobre las armas
a veinte mil guerreros cada uno, y de la ordenada organización
El gran jaguar 29
social, con el Naoma-Kavi muru nakubi, sacerdote mayor sabio y
justiciero, acatado por todos. Esto lo narra Meli-ang, porque dentro
de su corazón quisiera conciliar dos sentimientos: el amor a su país,
a su gente y a su cultura, y el nuevo cariño por el ubatashi, ahora
comprometido con la presencia de Suku-thor, el hijo recién nacido.
Y para completar la información, le revela la reciente presencia de
los gulamena y los sangaramena, violentos invasores con quienes
ya se libran encarnizadas batallas, diferentes a los kashingui, inteli-
gentes y pacíficos.
Otras. veces los relatos de Meli-ang se relacionan con su vida
antes de la captura. Así él se entera del linaje de su mujer, uno de
los más altos en la sociedad tairona, y del parentesco con Seoname-
maku, uno de los principales jefes de Keka-Bunkua, la Montaña
Blanca. Esta circunstancia, a su vez, es motivo de temores por parte
de la muchacha: el día menos pensado vendrán los suyos a rescatarla.
Afuera clarea la luna, resalta contrastes de luz y sombra en el
cercado ubatashi, mantiene despiertos a los encargados de vigilar
desde las plataformas. Por encima de las rústicas techumbres de
palma revolotean y emiten prolongados chillidos los uánkawo, aves
nocturnas de aquellas regiones del trópico. Apretujada contra Uba-
tashi-thor, somnolienta, Meli-ang sonríe satisfecha y agradecida:
pese a ser él un enemigo de su raza, al escogerla como su mujer y
por su condición de jefe de la gente de los ojos azules, evitó fuera
mancillado su linaje.
ok ok
Después del anochecer, en el campo de los ubatashi se organizan
grupos para una actividad diaria: ella consiste en salir a intervalos,
furtivos, en misión de pesca, caza o recolección de frutos. Quienes
deben conseguir alimentos en el mar, y cuando el oleaje lo permite,
se internan a nado hasta los bajos, donde sumergidos recogen cara-
coles grandes para obtener de su interior abundante y nutritiva carne;
si el mar está revuelto, sólo deben contentarse con perseguir cangre-
jos azules en la playa. A veces, por temporada, la labor reviste
especial suspenso: son las noches de luna, cuando bulu-kuna, la
tortuga grande, llega montada sobre las olas a desovar en los arenales.
30 Bernardo Valderrama Andrade
En las misiones de pesca a la bocana del río Hukumeiji deben cargar
unas ligeras canoas robadas a los taironas, mantenidas dentro del
cercado; sólo las emplean en estas ocasiones que revisten muchos
riesgos: si lo hacen muy cerca del mar es preciso cuidarse de maunsa,
el tiburón, insaciable y al acecho entre las turbias aguas del estuario;
y si se adentran por el río, la amenaza está en ser descubiertos por
los naturales, también pescadores en la oscuridad. La caza en la
selva, tierra adentro y ya sobre las primeras estribaciones de la
Serranía, les atrae, así implique otra clase de peligros: en algo
recuerdan las partidas por los bosques umbríos de su lejano país.
Quienes tienen por encargo la recolección de frutos, cumplen dos
objetivos: unos se internan entre los laberintos de las palmeras,
trepan a ellas y se proveen de cocos; otros lo hacen en la primera
franja montuosa para llenar las mochilas con piñuelas y vainas de
trupillos y guamachos, o nísperos, marañones y guamos de delicioso
sabor.
Los componentes de las partidas de recolección, caza y pesca,
cuando abandonan la seguridad del cercado, sólo cuentan para cum-
plir su labor con la complicidad de la noche: por experiencias poco
gratas, saben que tan pronto comience a aclarar se reiniciará el
hostigamiento de los taironas.
Esta noche, Ubatashi-thor no forma parte de ninguno de los grupos
que dejan el refugio en procura de provisiones. Por los relatos de
Meli-ang ha creído conveniente observar con propios ojos cuanto
ella afirma sobre la realidad de los habitantes de la Sierra Nevada;
y en audaz misión, acompañado de dos escogidos voluntarios, partió
desde la medianoche a reconocer los parajes del Valle de Tairona,
al interior de la Serranía.
ko*x*
Cuando las aguas del río Hukumeiji se vuelven sonoras y rápidas,
porque hasta allí no llega el represamiento ocasionado por el flujo
dei mar, Ubatashi-thor y sus compañeros Conoh y Od, confirman
haber cruzado con éxito las líneas avanzadas de los taironas y estar
dentro de su territorio.
Desde la amplia bocana dei río, unas veces caminando por los
"=D
Dd so DA Oh AQ_ÁAOQOOA Ou
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El gran jaguar 31
playones, siempre los pies en el agua para no dejar huella de su
paso, otras a nado para no ser descubiertos desde los puestos de
vigilancia, silentes como los animales de presa, logran llegar al
primer gran meandro del Hukumeiji: el valle seivático es angosto,
se recoda entre las montañas entrecruzadas como nudillos. Para
entonces ya comienza a clarear, salen del agua, se internan por el
bosque, buscan uno de los árboles más corpulentos y sin vacilar
trepan a él, ayudados de lianas que a manera de cortinajes festonados
con parásitas florecidas, cuelgan de las extendidas ramazones.
No acaban de acomodarse en una de las horquetas, ante la protesta
y estampida de los monos de viento, cuando abajo escuchan el
movimiento de una patrulla tairona, en su temprano y habitual reco-
rrido por las márgenes del río. Agazapados, ocultos entre las frondas,
divisan al grupo de nativos armados de largas y aguzadas lanzas de
macana, en el cinto las hachas de piedra, y en la espalda aljabas
donde portan flechas emponzoñadas. El jefe de la partida es un
espigado rabón, cubierto el pecho, rostro, antebrazos y pantorrillas
con aderezos dorados, símbolo de sus actos de valor; el cabello muy
largo, en forma de cola pretinada, le imprime un aspecto feroz.
Quienes lo siguen, vestidos con taparrabos de algodón o piel de
jaguar, muestran en la mayor o menor cantidad de alhajas de oro,
su veteranía en las batallas.
Como si un sexto sentido les advirtiera de la presencia de extraños,
los indígenas se detienen recelosos al pie de las bambas del higuerón,
cuchichean entre sí, miran a los contornos; a una orden del jefe
algunos inspeccionan los alrededores. Ubatashi-thor y sus compañe-
ros permanecen inmóviles, casi sin respirar, escondidos tras las
gruesas ramas cubiertas de musgos y parásitas. De ser descubiertos,
su arriesgada misión al País de los Taironas concluirá allí mismo,
ante el poderío de sus enemigos.
La suerte está de su parte: los expioradores regresan sin ningún
resultado; el rabón da una última mirada en contorno, levanta los
ojos y permanece observando por largo tiempo las altas ramazones.
Desde su escondite, Ubatashi-thor adivina los pensamientos del gue-
rrero de largo cabello, amarrado a manera de cola pretinada con
cintas de oro y cuentecillas en piedra de colores. El comandante
tairona considera la corpulencia del higuerón como un escondite
32 Bernardo Valderrama Andrade
apropiado; al final desecha la posibilidad y da orden de partir por
la orilla del río, hacia abajo.
Ubatashi-thor, Conoh y Od se miran con expresión alegre y de
momentánea tranquilidad. Atenidos a las advertencias de Meli-ang
de desplazarse en las horas de la noche o las siguientes a la media
tarde, permanecen en el árbol, así el hambre y la inmovilidad em-
piecen a urgirlos. Instalados sobre las horquetas del higuerón, dejan
pasar el tiempo en medio del ambiente cada vez más cálido de la
selva y del suplicio provocado por hordas de moscos y zancudos.
Las aves tornan a posarse en las ramas a prudente distancia, e igual
hacen las ardillas y los monos; se diría que todo ha vuelto a la
normalidad y así lo ve y siente la patrulla aborigen cuando, después
del mediodía, regresa de su recorrido, camino al poblado de Alda-
gúiji, ya conocido de los ubatashi por haber robado allí algunas de
sus mujeres.
Cuando pasa un tiempo prudencial y calculan lejanos a los nativos,
Ubatashi-thor ordena descolgarse por las lianas, bajan a tierra y
emprenden el ascenso a las laderas orientales de las Lomas de Ma-
roma, para en rápida travesía evitar los otros dos meandros del río
y buscar una alta cuchilla desde donde, según Meli-ang, podrán
tener una primera visión del Valle de Tairona.
Al atardecer, cansados y hambrientos, pero satisfechos por no
haber tenido más encuentros con patrullas, coronan los escarpados
filos de la Cuchilla Nusukua. En efecto, desde allí tienen una pano-
rámica de lo que es, en esta parte, el inmenso País de los Taironas,
confinado entre la gran montaña cubierta de nieve, y la serranía y
la llanura litoraleña. -
En silencio, maravillados, pese a ser aquella la tierra de sus
enemigos, contemplan la majestad de los nevados patinados de oro,
donde según sus mujeres viven los dioses y se llega a Noabi-due,
el Más Allá. Por asociación, esas cumbres los vuelven nostálgicos
y los transportan en pensamiento a su país de origen: la congoja les
hierve en el pecho, es una rabia incontenible por estar allí capturados,
en la cárcel de Keka-Bunkua, sin paredes, barrotes, fosos ni cadenas.
—¿Volveremos algún día? —pregunta Od, el más joven de los
exploradores, casi un muchacho, y su mirada refleja angustia por
conocer la verdad. Ubatashi-thor cruza la vista con Conoh, el más
veterano de los tres, un gigante de piel velluda y rojiza, sobreviviente
El gran jaguar 33
de muchas aventuras. Se les endurece el rostro, se entienden sin
hablar.
—Lo intentaremos, Od... lo intentaremos. Pero antes debemos
conocer bien en dónde estamos y cómo son en realidad estas gentes.
—Y después de una pausa—. Y también es preciso saber de los
kashingui, y de los gulamena y los sangaramena. Para ser fuertes
quizás debamos aliarnos a algunos de ellos, gozar de un tiempo de
paz y acabar de construir el navío para el regreso.
La noche sorprende a Ubatashi-thor encaramado en el más alto
peñasco de la Cuchilla Nusukua: profundas cavilaciones le tensionan
los músculos de la cara y le vuelven dura la mirada.
Cuando una a una se prenden las constelaciones, por corto tiempo
puede recrearse con la visión deslumbrante del carro y los caballos
de la Osa Mayor, apenas asomados sobre el horizonte...
Ahora añoro cuando desde el puente de mando de mi embarcación
me orientaba con los cuerpos celestes. En esos días lejanos y por
aquellas latitudes del Hemisferio Norte, hasta el mapa de las estrellas
era diferente: una prueba del distanciamiento de mi país lo confirmé
al ver en el cielo la aparición de nuevas constelaciones; así, algunas
de las figuras con las cuales aprendí a navegar, se desplazaron y
gran parte de ellas se perdieron de vista, mientras otras, tal el caso
de la Osa Mayor, ya apenas si puedo divisarlas por un corto período
de tiempo en el comienzo del anochecer; es como si estos puntos
de luz del firmamento, todavía siguieran mostrándome el camino
de retorno.
Tras el horizonte desciende la última estrella que pinta en las
inmensidades el carro y los caballos mitológicos: Ubatashi-thor deja
de mirar el cielo, se le escapa un rugido atragantado, baja la vista
a las vertiginosas vertientes de la Sierra Nevada, donde parpadean
otras diferentes constelaciones: las fogatas de los taironas indicando
por centenares los poblados asentados en los filos y laderas de este
país.
—Sí: Meli-ang tenía razón. El poderío de estas gentes es muy
grande —murmura para sí al recordar a su bella, ardiente y a veces
34 Bernardo Valderrama Andrade
misteriosa mujer; y evoca esa expresión que transformó su rostro
apacible, cuando le confió sus intenciones de hacer esta correría.
A partir de entonces ella se tornó pensativa en extremo y hasta
enigmática. Ubatashi-thor se sintió espiado en todos sus movimientos
dentro de la aldea, reparó cómo Meli-ang procuraba escuchar sus
conversaciones cuando se reunía con Od y Conoh, ya escogidos por
compañeros en su futura expedición al interior. Así mismo advirtió
una costumbre nueva en ella: todas las noches salía de la choza y
por un tiempo se quedaba mirando las estrellas; o al atardecer y al
amanecer, estaba pronta para establecer por qué puntos del horizonte
se ocultaba y salía Surli, como ella llamaba al sol. Desde entonces
presintió: Meli-ang conoce muchos secretos de la naturaleza.. y se
lo comentó. La joven se quedó mirándolo, seria, y se limitó a
responder:
—Todavía no es tiempo.
Cuando un día lo encontró a media mañana dentro de la choza,
inspeccionando sus armas, repitió:
—;¡Aún no!
—¿ Cuándo?
No contestó de inmediato.
A la noche, en la intimidad del lecho y ante sus preguntas insis-
tentes, le previno:
—Si deseas tener éxito, debes cumplir mis recomendaciones; no
hacerlo, significará la muerte irremediable para ti y tus compañeros.
Confía en mí.
Por los informes de su mujer, el jefe ubatashi supo que sólo
dispondría de tres días con sus noches para recorrer el Valle de
Tairona en la parte comprendida en los ríos Hukumeiji y Sekaimaka;
en este corto lapso, en especial en las tardes y en las noches, la
gran mayoría de los hombres estarían concentrados en los pueblos
mayores, cumpliendo determinados ritos y celebraciones, y ellos
podrían desplazarse sin tanto peligro.
Una tarde, después de confirmar la caída del sol por un punto
determinado del horizonte, Meli-ang anunció:
—Esta noche es la indicada... es tiempo de Uxa.
De inmediato Ubatashi-thor puso sobre aviso a Od y Conoh,
alistaron armas y provisiones, luego se encerraron en sus chozas
para despedirse de sus mujeres, poseyéndolas con inusitado ardor,
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El gran jaguar 35
porque podría ser la última vez; así lo hacían en su país cuando
partían para la guerra, o antes de esas largas y arriesgadas expedi-
ciones.
Trepado en el alto peñasco de la Cuchilla Nusukua, Ubatashi-thor
da una postrera mirada a las fogatas de los taironas, parpadeantes
como estrellas rojizas caídas del cielo sobre las montañas y valles
de la Sierra Nevada. La mayoría se ven muy distantes, otras lo están
cerca, tanto, que cuando soplan fuerte los vientos del nevado, alcan-
zan a traer rumores de muchas voces dedicadas al canto.
Sobre las cumbres orientales de Keka-Bunkua, más allá del río
Hukumeiji, asoma la Luna Llena y todo lo aclara con su luz blanca.
Ubatashi-thor rebulle a Conoh y Od adórmilados a sus pies, les da
orden de levantarse y seguir adelante: si quieren triunfar en su misión
y regresar otra vez a la aldea, deben emprender la travesía hacia el
Oeste, en busca del río Sekaimaka. Ya de una cosa están convenci-
dos: del poderío tairona, manifestado en sus grandes extensiones
cultivadas, y la multitud de poblados dispersos por todo el territorio.
v
Aquella noche de estrellas, Naoma-Kavi muestra a Seoname-maku
algunos de sus conocimientos sobre los astros, y le da una lección
en el tablero del firmamento. Con amplios ademanes de los brazos
parece abarcar toda la inmensidad de los cielos. Su voz es grave,
en ciertos pasajes chillona, esa su forma de expresar la vehemencia.
—Seoname-maku, Cacique de Ponkeica: allá se ve:todo... todo:
los Antiguos, los animales, la gente. Allá entre Mu, donde nacen
el día y el color blanco, y Se, donde nacen la noche y el color
negro; allá entre Noana-Mashika, de donde viene la humedad del
mar y se origina el color azul, y Noa-Nashika, de donde vienen el
color rojo y el agua fría del nevado. Sí, allá está todo, todo: en Mu
se encuentran la guarida y los cotos de caza de Nebbi, el Jaguar,
en pos de Tayassu, el Cerdo Salvaje, que es como su mujer y por
eso le sirve de alimento; en Se, hace vigilia, grita y cuida la noche
Toubu, el Búho, mientras acecha a su predilecta Takbi, la Culebra;
36 Bernardo Valderrama Andrade
allá en Noana-Mashika, la astuta Maktu, la Zarigileya, acosa sin
cesar a Nuui, el Armadillo, cuando sale de su cueva; en Noa-Nashika,
Kaxshigugulu, el hambriento Jaguar Rojo, ruge, salta y se come a
Segi, el Venado; y en Aluna-kaká, el cenit, cuando es de día, ese
mujeriego de Surli, el Sol, se sienta a descansar, a mascar hojas
tostadas de coca, a comer bollos de maíz preparados por sus esposas
las estrellas; o si es de noche, como ahora, se acuesta con ellas,
con una y otra en una orgía de nunca acabar, en especial con Saxa-ti,
la Luna, la más bella de sus amantes, quien a veces sale y nos mira |
de frente con su cara redonda, manchada con la ceniza arrojada por
Seldabauku, primera y celosa mujer de Surli; en otras ocasiones,
como Saxa-ti es veleidosa, nos mira de lado, o se esconde y oculta
del todo su faz.
Naoma-Kavi calla, mira con atención a Seoname-maku para ase-
gurarse del efecto de sus palabras; luego prosigue:
—Surli, como Sintana, son hijos de Haba Séinekan. El primero
siempre usa una máscara de oro, despide rayos sobre la tierra para
calentarla, así hace germinar las semillas y crecer las plantas. Y
pese a que Seldabauku lo sigue a todas partes, ello no impide sus
amoríos con Saxa-ti, la Luna, ni con Mukui, el Sapo, o Takbi, la
Culebra; y también con Neb-Tashi, el Jaguar Azul, y con Neb-Siji,
el Jaguar Largo; y por equivocación con su hijo Enduksama, conver-
tido en mujer por sus poderosos enemigos. Así, con todas las estrellas
ha procreado, y muchos de los puntos luminosos del manto celeste
son sus hijos e hijas, mientras él sigue mascando coca en su inmensa
Nunhañkala, y cuando asoma a su puerta es de día, y si no lo hace,
como ahora, es de noche, porque cerró la puerta y está adentro, en
arlunyi, cohabitando con alguna de sus amantes.
Naoma-Kavi hace otra pausa, mira de reojo a Seoname-maku,
dedicado a seguir sus indicaciones en el espacio estelar. Continúa:
—Sí., esta es noche de aprender. De saber dónde están las dos
puertas grandes del firmamento, la de Mu y la de Se, por donde
sale y se oculta Surli, visitando unas veces a Uxa y otras a Ahu...
El viejo naoma señala ahora otros conjuntos de estrellas: sus
movimientos, conjunciones, apariciones y ausencias, le permiten
predecir acontecimientos o determinar los tiempos que rigen los
ciclos vitales de todos los seres de la naturaleza. Así, Seoname-maku
aprende a reconocer cuáles puntos luminosos componen a Uxa, las
El gran jaguar 31
Pléyades, figura estelar encargada de señalar a los taironas la llegada
del solsticio estival, cuando ocupa un lugar determinado en el firma-
mento, comienzo del nuevo viaje-de Surli por el gran País de las
Estrellas; luego, el brazo descarnado por las vigilias y los ayunos,
indica unos tras de otros, cuerpos luminosos en distintos lugares,
mientras su voz gangosa pronuncia nombres de animales: sai..
sukui.. tejaku... kamaualdyi, culebras todas ellas de la Sierra Ne-
vada: o seku, el alacrán, y siseke, el águila, reunidos en Ahu, donde
pasado un tiempo concluyen el viaje y la inclinación de Surli, y con
ello se anuncia la llegada del solsticio invernal.
Entre Uxa y las Pléyades, y Ahu o Escorpión, dos importantes
constelaciones para los astrónomos de la Montaña Blanca, Naoma-
Kavi se recrea en identificar otras con especial significado en las
actividades y creencias de su pueblo: son para él como amigas, O
hermanas; con ellas se encuentra, dialoga todas las noches cuando
el cielo está despejado: allá ve a Mulda, el Cangrejo Blanco; a
Suvalyi y Auika, en cuyo honor se efectúan bailes con máscaras; a
Seiku, el Escorpión; a Tami, el calabacito para el ambil; a Muluna,
el Molendero; a Djí, el Gusano; a Maktu, la Zorra.
Naoma-Kavi hace una pausa más, y con movimientos que conlle-
+=n una estudiada solemnidad, vuelve a la kalauka: sus gestos lo
Swestran satisfecho con sus enseñanzas. Ya para su exposición no
necesita pasearse de un lado a otro de la cúspide de Haggi-Ateima:
sentado en la banca ceremonial, echa atrás cabeza y espalda, apoya
sus manos en los paujil-jaguares, fija la vista en otro sector del
espacio lleno de luces.
—i¡Seoname-maku!: ha llegado el momento de conocer la gran
Constelación de los Jaguares: donde están Neb-siji, el Jaguar Largo;
Neb-tashi, el Jaguar Azul; Nebbshija-Abushi-tema, el Jaguar Blanco;
Nebbi-atseshi, el Jaguar Rojo; y Seiname, el Jaguar Negro... —Y
los va localizando con el brazo y el índice extendidos.
— Nuestros nombres, nuestras acciones, nuestras vidas y destinos,
pertenecen a la Constelación de los Jaguares. ¡Yo, Kavi!... ¡Tú,
Seoname! También somos jaguares. Lo somos desde cuando así lo
dispusieron Haba Séinekan y sus hijos nuestros Padres. Así sucedió
con los antepasados en todos los tiempos, así será con nosotros
cuando sea conveniente para la nación y la gente tairona. Así está
38 Bernardo Valderrama Andrade
dispuesto en las alturas... así. Y esta noche, tú, Seoname-maku,
Cacique de Ponkeica aquí presente, recibirás de mí el encargo más
importante de tu vida. Será misión imposible de ceder a otro. La
ejecutarás en persona, y al realizarla, cumplirás los designios reve-
lados en los astros.
Naoma-Kavi cambia la dirección de su mirada y de su brazo, gira
a la derecha e indica la vecina constelación de Uxa:
— Allá, por Uxa, está entrando a la Casa de los Jaguares, en otra
de sus periódicas visitas, la estrella del Gran Jaguar, Kavi-Tama,
de quien yo, Naoma-Kavi, soy su mensajero y revelador
Embuido de orgullo, con entusiasmo delirante, el sabio sacerdote
muestra al cacique el cuerpo luminoso, alargado. Su presencia la
descubrió no hace muchas noches, entre la miríada de estrellas
parpadeantes. Para esta visita estelar consagró su vida desde niño.
Para la llegada de Kavi-Tama debió esperar paciente, noche a noche,
estudiando los movimientos de los astros y su ubicación exacta.
Así, al presentarse la estrella del Gran Jaguar, no ha tenido la menor
vacilación en identificarla. Se hizo viejo en esta espera, tranquilo,
convencido de lo trascendental de su misión; y ahora, al cumplirse
su destino, se siente poseído de inmensa felicidad y paz.
También embelesado con la visión de la estrella del Gran Jaguar,
Seoname-maku escucha reverente las predicciones y encargos trans-
mitidos por Naoma-Kavi: ahora su voz suena monótona, hipnótica:
se ha sumido en profundo trance para interpretar el mensaje estelar.
El cacique a su vez se siente embargado de sentimientos heroicos.
Según el mandato de los dioses y las estrellas, deberá levantar un
poderoso ejército, como nunca antes ha existido en Keka-Bunkua,
hará respetar las fronteras y librará batallas hasta expulsar a los
invasores.
Naoma-Kavi calla. Su misión está cumplida en la muesca hecha
al bastón-calendario, y en sus vaticinios y encargos impartidos a
Seoname-maku. Como si fuera de piedra, se inmoviliza en la kalau-
ka. Por el lado de Mu el cielo comienza a llenarse de claridad y las
estrellas a apagarse. De entre las sombras emergen los filos y las
arrugadas vertientes de la Sierra Nevada precipitándose al mar. El
predestinado cacique se pone en pie frente al muru nakubi, levanta
los brazos en dirección a la Constelación de los Jaguares y hacia el
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El gran jaguar 39
alargado y esplendoroso Kavi-Tama. Después se vuelve a mirar los
picos nevados...
Entre las arboledas ya cantan los primeros pájaros.
vI
Cuando sobre la franja de arena y las cintas de espuma principian
a volar ondulantes filas de duanabuká, los pelícanos, en busca de
ramas altas para pasar la noche, en la cima mayor de Haggi-Ateima
inicia el Naoma-Kavi los preparativos del rito antecedente a los
coitos ceremoniales de Seoname-maku y Ula-yang.
Saxa ya ha instruido a la muchacha en cuanto deba saber y hacer,
y también la acompañó a las abluciones en el nacimiento de la
quebrada Palanoa; ahora la anciana permanece en el interior del
refugio, acurrucada cerca de la entrada, inmóvil todo su cuerpo,
semejante a una momia flexada; sólo muestra rasgos de vida en el
chispeo de sus ojos: denuncian el interés y la curiosidad femenina
por estos actos; no quiere perderse ni un detalle de la celebración;
tal vez recuerda con satisfecha nostalgia cuando en su juventud ella
fue protagonista de un hecho similar
Con movimientos revestidos de solemnidad, Naoma-Kavi con-
voca a los futuros esposos frente al abrigo rocoso, en un espacio
que también sirve de mirador. En el centro de esta terraza ha dis-
puesto un recipiente de cerámica negra decorado con cabezas de
nyuiji, murciélagos, y dentro de él un puñado de kuitsis de colores,
colgantes de hueso, pitos de cerámica y un cacique de oro. El luce
ornamentos distintivos a su alto cargo: cinta de oro laminado alrede-
dor de la frente para sostener un espectacular tocado, representación
del animal sagrado de la noche con las alas extendidas; completan
sus arreos las abultadas orejeras de medialuna en tumbaga, nariguera
en forma de mariposa, tembeta en el labio inferior, pectoral de
espirales sobre el pecho y colgante antropozoomorfo, collares y
ajorcas de cuentas semipreciosas combinadas con figuritas y casca-
beles de oro, todo ello con el motivo principal de las cabecitas de
nyuiji; el toque final a su atuendo son la capa de piel de jaguar con
40 Bernardo Valderrama Andrade
abotonaduras de cuarzo, las sandalias y perneras, y en las manos
sendos bastones de mando, uno en piedra, otro en macana, con
remates dorados y plumas policromas.
Si la presencia del Naoma-Kavi basta para inspirar respeto, ahora,
cubierto de alhajas e insignias de gran sacerdote, lo convierten en
un personaje admirable. Seoname-maku y Ula-yang se sitúan en el
lugar indicado y el anciano inicia la ceremonia: muy erguido, de
cara a Noa-Nashika, el Sur, y hacia los picos nevados, entona un
canto alto y nasal, en el lenguaje de los sacerdotes: presenta a la
Madre Séinekan a los dos jóvenes, y pide aquiescencia a su despo-
sorio; complementa el rito con una danza rítmica, de movimientos
discontinuos, acompañados por el sonido argentino de los shiminku,
cascabeles de oro atados a su ropaje, y las notas de la kuidzi, flauta
de carrizo hembra, tocada por Saxa con singular maestría. Al termi-
nar el baile, Naoma-Kavi hace una reverencia a las cumbres nevadas,
patinadas de visos anaranjados, reflejo de Mamashkaxa, la boca de
fuego del Poniente. Luego, de la copa de cerámica toma el cacique
de oro y algunas cuentas-kuitsi de ágata y jadeíta, se encamina a
Ñuiyashkue, el Nororiente, envuelve-todo en una hoja fresca de
maíz y los deposita en una bandeja de cerámica; en forma simultánea
alza la voz gangosa en un canto a Sintana, primer Padre del Mundo,
y a Sei-nake su mujer, representación de la tierra negra, la buena,
la fértil: así la fuerza y vitalidad del primero, y la fecundidad de la
segunda, se posesionarán de los cuerpos de Seoname-maku y Ula-
yang. A continuación, Naoma-Kavi vuelve al centro de la terraza,
toma los silbatos y otras cuentecillas, los lleva en dirección a Ñuibaje,
el Suroriente, donde pronuncia otro de sus cantos, esta vez en invo-
cación a Haba Teyuna, Madre de los Taironas, y pide protección
para quienes a partir de ese momento serán llamados a cumplir
importantes servicios á la nación. Con su andar solemne y estudiado,
en el rostro una mueca de tensa concentración, regresa Naoma-Kavi
al punto central, e imprime a los brazos movimientos levitatorios:
quiere parecerse a nambo, el cóndor, cuando bate las alas y busca
las mayores alturas de la Montaña Blanca. Pero lo más notable y
atractivo en Naoma-Kavi son sus ojos, de mirada profunda, domi-
nadora: ante ellos nadie puede resistirse; y ahora, durante esta cere-
monia, al avistar hacia el frente, en la distancia, pareciera traspasar
las montañas y la dimensión temporal. Toma una tercera porción
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El grañ jaguar 41
de cuentas y se encamina a lagakenka, el Suroccidente, donde a
gritos llama a Axaldanshisubeya, el Dueño del Pene, y ante su
presencia invisible gesticula con viveza, conversa, deposita como
ofrenda las kuitsi de cornalina en nombre del cacique de Ponkeica,
al tiempo de pulverizarlas con una mano cilíndrica de granito: y
pide vitalidad y poder para muchos años de su vida. La quinta
ofrenda es en dirección a Jadlakahoisha, el Noroccidente, con cantos
y danzas a Naboba, Madre de la Vagina, y a Seatakan, Madre del
Coito: ellas deberán inspirar a Ula-yang a partir de esa noche, cuando
ingrese con Seoname-maku a la Casa del Murciélago, donde será
desflorada y poseída en el primer coito ceremonial. En esta última
ofrenda y acto, lo secunda en el baile Saxa, acompañada del ritmo
cadencioso de su flauta hembra de carrizo. Para entonces, en Ma-
mashkaxa relampaguean los últimos fuegos del atardecer, y por Mu,
el Oriente, el cielo se pinta de tonos violáceos: comienzan a prenderse
las primeras estrellas, anuncio para el sacerdote de otra noche de
vigilia y observaciones astronómicas.
La ceremonia de las ofrendas concluye. Sólo falta a los desposados
intercambiar las kaggaba-kuitsi, piedras amuletos que por el resto
de sus días llevarán consigo. En forma simultánea, sacan de las
mochilitas, él una cuenta perforada, ella otra no taladrada, las true-
can, y tomados de las manos, sin dejar de mirarse, las pupilas
llameantes, se encaminan a Nyuiji-Hube, la Casa del Murciélago.
ES
Cuatro placenteras noches y días han pasado en Nyuiji-Hube, desde
cuando Naoma-Kavi los guió por el angosto y retorcido sendero en
dirección a este escondido lugar, más que gruta profunda, nicho
abierto en los paredones de roca. Allí Saxa, con anticipación, los
proveyó de un tendido de esteras, provisiones y bebidas.
Con las kaggaba-kuitsi guardadas en mochilas de algodón, Seo-
name-maku y Ula-yang pasan la mayor parte del tiempo dando
complacencia a sus cuerpos, poseyéndose una y otra vez; para ello
se cuidan de colocar cerca a las caderas la gaul-kuitsi, redonda
cuentecilla roja, ofrenda a Seatakan, Madre del Coito. En otras
ocasiones, entre risas, bromas y retozos, se dedican a probar la
42 Bernardo Valderrama Andrade
comida ritual afrodisíaca, proveída por Saxa con preconcebida abun-
dancia: gusanos dji, cangrejos verdes y azules, carne de pava ulí,
y bebidas espirituosas. También aprovechan el tiempo en conversa-
ciones íntimas: hasta ahora nunca lo habían hecho y es una forma
de conocerse.
—Desde cuando eras niña me gustabas. ¿Te diste cuenta?
Los ojos de Ula-yang chispean sonrientes al contestar:
—Y tú también... Sí, lo noté: poreso, cuando estabas en Ponkeica,
procuraba rondar los lugares frecuentados por ti. Haba-nay, mi ma-
dre, a veces me reprendía: No tienes edad, y estas elecciones las
hacen los naomas. Sólo entonces se debe aprender a amar —decía—.
Pero yo no le hice caso y te amé en secreto.
—Y yo...
Ríen entonces, halagados por la mutua atracción, y Seoname-
maku corre sus manos por la piel de Ula-yang, y se vuelven a
encender en deseos. Otras veces los temas son trascendentales:
—El Naoma-Kavi me lo dijo: hace mucho, mucho tiempo, antes
que lo imagináramos, nuestros destinos estaban marcados en las
estrellas: yo para ti. . tú para mí. Y también esta misión de comandar
los ejércitos contra los invasores. Por eso ahora pienso con más
frecuencia en Meli-ang. ¿La recuerdas? Por ella, por rescatarla
cuanto antes, siento apremio de iniciar los preparativos de la guerra.
Y por vengar a mi padre: en sueños, con frecuencia, vuelvo a verlo
colgado de los pies, sin brazos, desangrándose. ¡Lo vengaré!
En estas ocasiones, Ula-yang lo observa con una mezcla de admi-
ración y curiosidad: le cuesta armonizar como una misma persona,
a su tierno y joven enamorado, y al Jaguar Negro, temerario e
Implacable guerrero,
vu
Los cultivos de maíz y algodón, vistos desde las Lomas de Maroma,
son para Ubatashi-thor motivo de reflexión:
—Ahora comienzo a entender... ——Comenta pensativo al recorrer
con la vista, de Oriente a Occident , las vastas y fértiles plantaciones
de los taironas.
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El gran jaguar 43
—¿Entender qué? —urgen a una Od y Conoh, escondidos también
entre los matorrales.
—.... Que a la existencia de estos cultivos deben los nativos mucho
de su poderío. —Y extiende el brazo hacia el Poniente, por donde
se prolonga el Valle de Tairona sin mostrar confines.
—Campos y más campos. aldeas y más aldeas. Ya lo estoy
creyendo: la única manera de sobrevivir será buscando otra vez la
amistad de estas gentes.
Conoh y Od asienten con la cabeza; también para ellos es indis-
cutible la realidad de los habitantes de Keka-Bunkua. Y a los tres
los asalta en forma simultánea el recuerdo del rapto de las mujeres
en las aldeas de Savijaka y Aldagúiji: comprenden que en esa acción
determinaron su destino. Como consecuencia, Ubatashi-thor expresa
con incertidumbre:
—Si lo hubiéramos imaginado, no habríamos actuado así.
Dan un amplio rodeo para evitar otra de las aldeas mayores, donde
por esos días se hallan concentrados los naturales en la celebración
del solsticio de verano, con cantos acompañados de instrumentos
musicales de viento y de percusión. La curiosidad y una audaz
decisión los mueven a arriesgarse y bajar hasta el propio Valle de
Tairona: quieren ver de cerca las plantaciones; para ello se mimetizan
entre los matorrales, salen al borde de los apretados maizales, y
aprovechan para llenar las mochilas de mazorcas tiernas. En otro
campo cercano tienen la oportunidad de palpar las motas blancas
de algodón, y en los alrededores de una aldea solitaria descubren
plantas desconocidas para ellos, cargadas con frutos de agradable
sabor
Para el atardecer del segundo día escuchan un rumor ya aprendido
a distinguir: el fragor de los ríos mayores de la Sierra Nevada.
—¿Será el Sekaimaka? —pregunta inquieto Od.
A este ubatashi la juventud aún no le permite ser tranquilo como
su gigantesco compañero Conoh, quien en las actuales circunstancias
reduce sus requerimientos a mantener el estómago lleno y estar
presto a responder un ataque sorpresivo. Mientras avanzan, el coloso
ubatashi no deja de meter la mano en la mochila para sacar de ella
frutas hurtadas en los huertos; con el ají ya se llevó una sorpresa:
su carne roja y picante lo obligó a buscar con desesperación el agua
de los arroyos, ante las risas y burlas de sus compañeros. A la
44 Bernardo Valderrama Andrade
pregunta de Od, Ubatashi-thor responde entusiasta, con un pensa-
miento agradecido hacia su mujer:
—Sí... debe ser el Sekaimaka: las indicaciones de Meli-ang se
cumplen con exactitud. Ahora debemos apresurarnos y aprovechar
la última claridad para llegar esta noche a su orilla.
Aceleran la marcha.
Por un estrecho y pintoresco valle, prolongación lateral del de
Tairona, enrumban hacia el río Sekaimaka. Su rumor cada vez más
intenso hace presumir la proximidad. Para no dejar huellas, siguen
otra vez el lecho de una quebrada, arteria de este paraje cultivado
en forma intensiva, y donde la densidad poblacional se aprecia en
la cantidad de viviendas construidas a lado y lado en las riberas.
Así estén solitarias, avanzan sigilosos, alertas: los únicos signos de
vida son algunos cerdos encerrados en corrales; o libres y correteando
por un lado y otro, unos perros de cuerpo alargado y pelambre
rojizo, sumidos en raro silencio, con todo y haber descubierto su
presencia.
—¡No ladran! —comenta Conoh extrañado.
—¡Parecen mudos! —concluye Od.
Más adelante, el humo filtrándose por el ápice de uno de los
bohíos, y un provocativo aroma a comida, atraen su atención.
—¿Averiguamos? —pregunta Conoh a Od, con un chispeo infantil
en los ojos. Y acompañando la palabra con la acción, espía a través
de los muros de estantillos de la vivienda y descubre a una anciana
frente al fogón, atenta a la preparación de un asado. Los dos ubatashi
se miran con el apetito desbocado de repente: su pensamiento es el
mismo: pueden entrar por sorpresa, cubrir a la vieja con unos cueros
que han visto cerca de ella, y robar la carne sin alcanzar a ser
identificados. Las manos de Ubatashi-thor apretadas sobre sus hom-
bros como unas garras, y su mirada iracunda y centelleante, los
interrumpe en sus imprudentes propósitos.
—¡Sigamos! —susurra y rechina los dientes. Od y Conoh, resig-
nados, dan una última mirada a la carne sobre las brasas, cuando:
—¡Hánchika! —saluda alguien a sus espaldas. Se vuelven sorpren-
didos y quedan enfrentados a otra anciana de cabello largo y grisoso,
tan' desconcertada como ellos. Los ubatashi se miran entre sí: su
presencia ha sido descubierta y las consecuencias pueden ser impre-
visibles: aprietan nerviosos las lanzas: piensan: lo prudente sería...
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El gran jaguar 45
—;¡No!... ¡No! —se apresura a decir Od. Ubatashi-thor y Conoh
están de acuerdo. Sería vergonzoso. Y sincronizados en una venia,
responden:
—;¡Hánchika! —en la característica forma de saludo tairona.
El tiempo parece detenerse. Los ubatashi y la anciana se miran
sin atinar a hacer nada más. De su perplejidad los saca la otra vieja,
al ofrecerles sendas porciones de carne desde la puerta del nunhúe;
Conoh se apresura a tomar la suya. Ubatashi-thor y Od lo imitan,
se inclinan como muestra de agradecimiento y parten a la carrera,
saltando sobre los perros mudos. Las ancianas se miran y sonríen,
sin ninguna muestra de temor.
Adelante, la confluencia de la quebrada con el río Sekaimaka se
transforma en otro espectacular paraje selvático poblado de aves y
de monos. Como en ocasiones anteriores, buscan un árbol grande,
esta vez un caracolí, y se ocultan entre sus ramas.
Las horas que pasan trepados en el árbol vuelven a servir a los
ubatashi para meditar sobre su futuro en estas tierras de Keka-Bun-
lua. Acaballados sobre las horquetas del caracolí, cada uno con sus
propios pensamientos, esperan la salida de la luna, momento cuando
rermprenderán la marcha río Sekaimaka abajo, en busca de su unión
con Del Ulueiji, uno de los cursos de agua más importantes del País
de los Taironas.
Obsesionado con el episodio de las ancianas, Od comenta de
pronto, convirtiendo en alta voz su razonamiento:
—No puedo dejar de pensar en ellas: se sorprendieron pero no
mostraron miedo; y su generosidad... aún no la entiendo.
Ubatashi-thor comparte estas apreciaciones con un movimiento
afirmativo de cabeza; en cambio Conoh se encoge de hombros y
hace con los labios un gesto despreocupado:
—Todavía no me inquieto por ellas: contamos con una noche y
un día para volver a nuestra aldea antes del regreso de los taironas
a su poblado: sólo hasta entonces será revelada la visita que hemos
hecho a este lugar.
46 Bernardo Valderrama Andrade
—También lo creo así —confirma Ubatashi-thor haciendo cálcu-
los.
Conoh se muestra satisfecho con la corroboración de su jefe;
chasquea la lengua y asume un aire paternal cuando se dirige a Od:
—Quizás, por inmediata seguridad, hubiéramos debido matarlas
y simular un ataque de las fieras: pero nos habríamos sentido mal. .
no acostumbramos asesinar mujeres. Así que... a dejar atrás el
pasado y a preocuparnos por el presente: éste, con la vida, es lo
único seguro y cierto para nosotros en estas tierras. Ahora, por
ejemplo, de nada te sirve pensar en esas ancianas y romperte la
cabeza por lo que se hizo o no. Come más bien algo de tus provi-
siones, descansa, pero antes... —y mira con atención las ramas del
árbol— es preciso evitar nos sorprenda un tigre de esos que, como
nosotros, les gusta subir a esconderse... —y suelta una risita conte-
nida.
Tranquilo con su reconocimiento, se dedica a deshojar con sus
dedazos el capacho de las mazorcas e hincar los dientes en los tiernos
y lechosos granos. Cuando calma su apetito, busca mejor acomodo
entre las horquetas del caracolí y se sumerge en un estado simultáneo
de sueño y alerta; así recupera las energías sin perder la noción del
peligro. Ubatashi-thor lo mira con aire de aprecio: él no comparte
en su totalidad la forma de pensar de Conoh, pero siempre lo escoge
como compañero en las misiones de más riesgo.
Od es diferente: apasionado desde niño por escuchar relatos a
viajeros y marinos en su arribo a los puertos de su país, portadores
de exóticos botines, recibió permiso de sus padres para acompañar
a Ubatashi-thor. De esto ya han pasado varios años, se ha hecho
fuerte en los trajines marineros y en los recorridos por las costas de
un continente nuevo. Esta noche, trepado en el caracolí, acompañado
de Ubatashi-thor y de Conoh, pero en realidad solitario, debido a
su temperamento introvertido, se siente también invadido de nostal-
gias y sentimientos encontrados: conserva de su tierra y de su gente
un bello e idealizado recuerdo, donde sobresale la visión de su
madre, silenciosa, triste pero a la vez llena de orgullo, haciéndole
los aprontes del viaje... Es una imagen cariñosa, protectora, de
facciones finas, ojos dulces, piel blanquísima y cabellos dorados,
visitante en sus sueños, desde cuando emprendieran esta peregrina-
ción por suelos y mares extraños; ahora, tal fantasía empieza a
.
AAC uaa ec“ A
El gran jaguar 47
desdibujarse, a sustituirse por otra: Sa-ang, la chica indígena con
guien aprendió los secretos del amor, ella, cuando está lejos, a su
wez le hace visitas mentales. Por eso, desde su sitio en la horqueta
del caracolí, Od quisiera haber terminado esta expedición y estar
de vuelta en la aldea, para descansar de nuevo en los brazos de su
niña-mujer. Es entonces cuando evita mirar de frente a Ubatashi-thor,
y en silencio lo reprocha por elegirlo como compañero y alejarlo
de ella.
Las cavilaciones de Ubatashi-thor tienen por centro las recientes
imágenes del Valle de Tairona; y trepado en el caracolí, compara
la vida de los taironas, organizada y próspera, con la precaria de
ellos, acosados en la aldea. Mira a Conoh: dormita imperturbable,
un ojo cerrado y otro abierto, alerta como las fieras en la selva. Od
en cambio luce pensativo, soñador en el día y en la noche. Sí...
ellos, como él, como todos los ubatashi, tal vez sean unos condena-
dos a muerte en este país de la Montaña Blanca.
vHIl
Es Tayronaca el centro habitacional y de gobierno más importante
de la vertiente norte de la Sierra Nevada, donde por tiempo de Uxa,
o del solsticio de verano, y estar presididas por el Naoma-Kavi, las
conmemoraciones suelen ser las más solemnes y concurridas. En
estas circunstancias temporales de los solsticios de invierno y verano,
tiempos de Ahu y Uxa, y también debido a convocaciones especiales
hechas por el sacerdote mayor, el muru nakubi, allí se congregan
naomas y caciques de todas las otras poblaciones del País de los
Taironas.
En esta ocasión los festejos revisten significativa importancia y
solemnidad, por su coincidencia con otro gran acontecimiento: la
aparición periódica en los cielos nocturnos de Kavi-Tama, la estrella
del Gran Jaguar, presente cada ciento cincuenta y dos solsticios,
hecho que determina cambios decisivos en el rumbo de la nación.
En épocas pasadas su aparición fue recibida con entusiasmo y gratitud
unas veces, otras con recelo y hasta verdadero espanto. Para estas
48 Bernardo Valderrama Andrade
noches, Kavi-Tama ya ocupa su lugar preferencial dentro de la gran
Constelación de los Jaguares: allí se destaca por su brillantez y larga
cauda, y atrae, admira y sobrecoge indistintamente a quienes la
descubren en las insondables alturas del firmamento.
Según se ha corrido la voz por toda la Sierra Nevada, con motivo
de la visita de la estrella del Gran Jaguar, el sacerdote mayor hará
trascendentales revelaciones; ello despierta expectativas y moviliza
a las gentes de Keka-Bunkua, tanto de la vertiente norte como de
la occidental: el pueblo entero interrumpe por un tiempo el ritmo
normal de vida, deja solitarias las poblaciones, en multitudes acuden
de todos los rincones de la Sierra hacia Tayronaca, la capital, em-
plazada sobre las riberas del río Ulueiji, desde donde controla al
gran Valle de Tairona y gobierna un sector muy vasto del País de
la Montaña Blanca. En las poblaciones y aldeas quedan los impedidos
físicos, los muy ancianos, o las patrullas encargadas de los puestos
fronterizos.
Tayronaca, asentada sobre parajes de ladera a lado y lado del río,
comunicada en su interior con un puente colgante que resalta su
desarrollo urbano, en estos días está congestionada por la afluencia
de tantos visitantes. Entre los espacios dejados por los nunhúes,
bohíos de altos conos de palma, algunos tan amplios como para
alojar a más de trescientas personas cada uno; o por los camellones
empedrados, sobre las terrazas escalonadas, en las grandes plazole-
tas, una de ellas triangulada, donde suelen efectuarse concentracio-
nes humanas en días de mercado, o sirven para celebraciones o
ritos, y hasta en las afueras, discurren los taironas venidos de todas
partes: pasean por la ciudad, forman grupos, conversan sobre temas
de interés, se distraen en juegos y competencias de fuerza o tiro al
blanco, algunos aprovechan la oportunidad para ofrecer mercaderías
y proponer trueques, otros simplemente descansan y esperan los
anuncios del Naoma-Kavi. En tanto los chiquillos corretean, retozan,
meten bulla, se distraen con pet, juguetes fabricados de palitos y
semillas. :
La mayoría de los recién llegados congestionan los espacios ale-
daños a las nunhuañkalas, templos de la ciudad, donde en forma
permanente se hallan reunidos los naomas en la práctica de vigilias
y ayunos, acompañados de bailes y cantos, vestidos con máscaras
El gran jaguar a
y atuendos ceremoniales, actividades que a veces hacen públicas y
forman parte del espectáculo en los festejos del tiempo de Uxa.
Aquí y allá se reúnen los hombres con sus trajes blancas, deco-
rados a rayas pintadas o bordadas en vivos colores; estos ropajes
hacen contraste con su piel cobriza, sirven con los gorros de variadas
formas para identificarlos según los linajes. Ceremoniosos, intercam-
bian unos y otros la fórmula habitual de saludo:
—Saki shivaldau, hayu-hai. ¿Cómo estás? Aquí está coca.
A lo cual la respuesta siempre es:
—Uá, uá... bien, bien.
Y se ofrecen hojas tostadas de hayo portadas en sus mochilas, se
las llevan a la boca para masticarlas gustosos, revueltas con la cal
extraída de los poporos, mediante palillos labrados en diferentes
maderas, blancas, negras, rojas, amarillas,según el lugar de proce-
dencia.
Ante la admiración de los hombres y sus comentarios sugestivos,
pasan las mujeres jóvenes en permanente ir y venir, hermosas,
alegres, risueñas. Las hay serranas de piel clara, y cobrizas de las
tierras cálidas, tímidas o desparpajadas, ya provengan de las mon-
tañas o del litoral. Las unas visten túnicas y mantas de algodón
pintadas y bordadas con pedrería, mientras las otras apenas se cubren
son insinuantes faldillas. En las joyas todas compiten: diademas de
Dro y plumas, collares de cristal de roca, pulseras y ajorcas, que
por su riqueza artística despiertan exclamaciones, elogios y compa-
raciones.
Los caciques suscitan diferentes grados de admiración: rodeados
por el halo de la fama, miden ésta en la cantidad de adornos de oro
sobre el cuerpo; cada acto heroico les dio derecho a colocarse un
collar más, otra vuelta de pulsera, o un pendiente adicional, tinti-
neando en las narigueras, orejeras, diademas o pectorales. Rodeados
de escoltas, también van tras ellos las comitivas de sus mujeres, los
consejeros, los asistentes y los servidores; a su paso por Tayronaca
levantan rumores y comentarios acordes con sus proezas; en ocasio-
nes detienen la marcha para atender el saludo de un admirador, las
palabras de un conocido, escuchar una solicitud o recibir un obse-
quio. Entre ellos está Toronomala, principal cacique de Posigijeyca,
sabio y anciano gobernante del otro centro de la Sierra Nevada, ya
sobre la vertiente occidental; él comparte con Nomaragiey de Tay-
S0 Bernardo Valderrama Andrade
ronaca, los honores y la responsabilidad del manejo de la nación;
su séquito, el más numeroso de todos, se acompaña de soldados,
músicos, bailarines y cantores. Otro es Gama, reconocido guerrero
y cacique de Bonda, región dependiente de Posigieyca, estratégica
por su ubicación alta, dominante sobre el mar, de fronteras comunes
con Betoma, donde gobierna el indomable Hando, ya en la esquina
noroeste de Keka-Bunkua. También atrae la atención el cacique de
Cincorona, Guregijey similar al de Bonda, pero bajo la jurisdicción
de Tayronaca: él, con su gente, aliado a Gitamaku de Buritaca,
controla la entrada por el Oeste al Valle de Tairona. El más popular
por aquellos días es el cacique de Ponkeica, Seoname-maku, el
Jaguar Negro, seguido de su bella esposa Ula-yang; lo acompaña
una impresionante escolta de rabones, capitanes de sus victoriosos
ejércitos en los enfrentamientos contra los gulamena, más conocidos
como los arranca-brazos. También visitan a Tayronaca otros caciques
menores, a su vez sujetos a la gran autoridad del Naoma-Kavi muru
nakubi.
Los rabones, profesionales de la guerra, despiertan especial admi-
ración entre las doncellas y los chiquillos: jóvenes, semidesnudos,
luciendo envidiable fortaleza, enjoyados por los actos de valor rea-
lizados, su mayor atractivo son las colas de cabello pretinadas con
cintas de oro y pedrería: a cualquier movimiento de la cabeza, estos
rabos parecen adquirir vitalidad propia, igual al meneo de las colas
de los jaguares, cuando agazapados acechan a sus presas.
Llaman la atención los comerciantes kashingui, nunca vistos antes
por muchos de los visitantes a Tayronaca: pertenecen a otra raza;
altos, de piel quemada por Surli, musculosos, desnudos, sobre la
cabeza lucen penachos de plumas de paujil y guacamaya, y portape-
nes sostenidos con cinturones enjoyados. Venidos a las costas de la
Sierra Nevada hace algún tiempo, de más allá del mar, conforman
con los duanabuká, los únicos grupos extranjeros relacionados en
forma amistosa con los taironas. Por ello les permitieron establecerse
entre las bocanas de los ríos Ulueiji y Mutaiji; desde entonces, estos
navegantes y pescadores surten a las gentes del Valle de Tairona de
sal y pescado, y a los naomas de artísticas máscaras y bancas cere-
moniales de madera tallada.
En otros puntos de la ciudad los espectáculos son diferentes según
las actividades: en lugares altos cercanos a las quebradas están los
El gran jaguar 51
talleres de los alfareros, admirados por su habilidad creativa; allí se
pueden obtener piezas utilitarias o ceremoniales; se destacan las
vasijas de contornos redondeados y sensuales, los voluminosos tina-
jones decorados, las enormes urnas funerarias adornadas con caras,
brazos y sexos prominentes, las bandejas y los platos, los asadores,
las copas y los vasos, los cilindros, las pintaderas y los ofrendatarios,
resultado de la maestría de estos trabajadores de la arcilla.
Otro lugar de la urbe reúne a los orfebres con sus centros de
fundición: allí se dominan las técnicas de la metalurgia del oro y la
tumbaga. Muy visitados por sacerdotes, caciques, guerreros, y tam-
bién por las mujeres, en estos talleres adquieren las joyas los de
altos linajes para adornarse con opulencia; y en menor escala y
cantidad, las gentes de los estratos intermedios e inferiores de la
sociedad tairona. Para unos las alhajas sirven de símbolos jerárqui-
cos: religioso, militar, civil; en las mujeres es de imprescindible
adorno; y para todos, sin excepción, las piezas de orfebrería son
elementos que habrán de acompañarlos en sus tumbas y posteriores
viajes ultraterrenos.
También están las industrias donde se trabaja la piedra: granito,
esteatita, basalto, materiales empleados en la fabricación de instru-
mentos de uso diario en los hogares: hachas, cinceles, metates,
manos de moler, pulidores, cucharas; o aquellos que cumplen fun-
ciones en las ceremonias religiosas: bastones de mando, placas so-
najeras, máscaras, hachas rojas y verdes. Ocupan lugar preponde-
rante dentro de estos artífices de la piedra, los encargados de la
fabricación, horadación y pulimento de las cuentas-kuitsi, para ador-
nos, collares, sewá, ofrendas y ritos. Entrenados en estas técnicas
en la legendaria Teyuna, allí se tallan ágatas, cornalinas, jadeítas
y cuarzos, en piedras amuletos. Estos artesanos, dirigidos por nao-
mas, son muy numerosos en Keka-Bunkua ante la gran demanda
de sus productos.
En sitios de las afueras de Tayronaca, sobre las orillas del río
Ulueiji, o de los riachuelos, resaltan las grandes cicatrices de las
canteras, donde se rompen peñascos enormes con ingeniosos siste-
mas: recalentamiento con fuego y enfriamiento inmediato con agua
para provocar fracturamientos; percusión; cuñas hinchadas; pulido
y raspado; todo ello para obtener lajas y bloques, con destino a la
construcción de enlosados, graderías, caminos, o muros de filtro-
= Bernaráo Valderrama Andrade
contención, característicos de las obras de arquitectura e ingeniería
de los taironas.
En un sector determinado de la ciudad están los textileros con
telares para la fabricación de mantas y vestidos, ayudados por agujas
de oro, hueso o macana; alternan con las tejedoras de fajas, mochilas,
gorros y hamacas, actividades propias de uno y otro sexo; y los
encargados de la cestería, del trabajo en cuero, los armeros, los
constructores con piedra o madera, y ya en las afueras, los dedicados
a labores agropecuarias, como los apicultores y los labriegos.
Todos ellos, en Tayronaca, muestran el cuadro completo de los
diferentes oficios, artesanías e industrias, propios no sólo de esta
gran urbe, sino representativos de las profesiones especializadas de
una nación en proceso de desarrollo.
ES
Las festividades del tiempo de Uxa se prolongan por tres días con
sus noches, con cantos, bailes de uakaiki, máscaras y ofrendas a
Mamagakve, Padre del Algodón; a Kualdanehumang, Madre del
Maíz; a Duginavi, Padre de la Auyama; y a Nani-Surli y Seijaveya,
Dueño, y Madre del Verano; a Monsaui y Misevalyue, Padre, y
Madre de la Lluvia; y a Malkua-Kukue, Padre del Sol. La tercera
noche culminan con espectacular y multitudinaria marcha de antor-
chas que hacen de los caminos de Tayronaca, ríos ascendentes de
fuego hacia Nahua-xalda, el cerro donde está la Casa Ceremonial,
la Nunhuañkala Mayor, sobre una gran terraza encinturada con mu-
rallas de piedra, lugar donde oficia el Naoma-Kavi en ocasiones
especiales.
Cerca de la medianoche todo el gentío está reunido en torno al
templo. Para entonces las teas son apagadas, la brisa limpia el humo
del aire, en el cielo se intensifica el brillo de las estrellas. Los
taironas callan: sólo hay miradas y atención hacia la puerta de la
gran Nunhuañkala, donde a contraluz se recorta la silueta del N: aoma-
Kavi, revestido con ornamentos de piel de jaguar, abanico de plumas
de colores en la san-kalda, gorro cónico, y en torno a la cintura la
ancha bulukua o faja ceremonial; los adornos de oro y piedras semi-
preciosas en collares y brazaletes, y las maxaldas, placas sonoras
El gran jaguar 53
pendientes de los codos, tintinean al compás de sus movimientos;
pectoral, orejeras, nariguera, tembeta y demás pendientes metálicos
de fina orfebrería, completan y resaltan su figura, despiden destellos,
hacen espectaculares los estudiados ademanes del viejo naoma.
Esta es la gran noche de Kavi-Tama... Esta es la noche de las
velaciones del Naoma-Kavi.
Con pasos lentos, ritmo a su canción ceremonial, el sacerdote
anza hasta el borde de la terraza y desde allí tiende la vista sobre
gentío: en la oscuridad de la noche apenas si lo puede distinguir:
ro lo sabe agrupado a sus pies, mar humano anhelante, confiado
él, único en Keka-Bunkua con poder de comunicarse con la
dre Universal. Para la multitud, esta noche, el Naoma-Kavi es
itad humano y mitad sobrenatural: es una silueta movible despi-
iendo destellos, que canta en el extraño lenguaje de los Antiguos.
ipnotizados lo ven señalar hacia las alturas... siguen sus indicacio-
y así pueden descubrir entre la miríada de puntos luminosos del
lamento la Constelación de los Jaguares, y dentro de su ámbito,
mejante a una pincelada de luz, a Kavi-Tama, brillante, con su
uda magnífica, nunca antes vista por esta generación de taironas.
Del gentío se levanta un murmullo de admiración: por unos ins-
tes parece el rumor lejano del mar: hace vibrar al sacerdote con
ntimientos de emocionada plenitud. En ese momento, por la gra-
ía principal irrumpe el desfile de los naomas llegados de todos
los lugares de la Montaña Blanca con las cabezas cubiertas de uli-tan-
kue, penachos multicolores de plumas de las más bellas aves. Unos
pos de otros forman una larga fila, portan ofrendatarios con
¡Suentas-kuitsi, obsequios a Kavi-Tama, y otros llevan bandejas de
cerámica negra donde arde guxtse, el fuego mítico.
La procesión de los naomas asciende por la gradería entre un
coro de cantos y exclamaciones de la multitud: no parecen voces
humanas, sino el trepidar de la tierra cuando por ella echa a caminar
Seijankua, el Señor de los Temblores. Así llegan hasta la terraza
mayor donde se levanta la gran Nunhuañkala envuelta en resplando-
res de guxtse, símbolo de Kama, fuerza que imparte el inmenso
poder al templo.
Alrededor de la kalauka donde ahora se halla sentado el Naoma-
Kavi, los otros sacerdotes colocan los ofrendatarios con las piedras
kuitsi, y en un círculo más amplio las bandejas con el fuego mítico,
54 Bernardo Valderrama Andrade
avivado con abanicos en secuencias rítmicas, marcadas por los tonos
altos del canto, entonado al unísono por los naomas y el gentío a
manera de impresionante oleaje: y según se suceden los compases
de la canción, se incrementan los resplandores.
A un ademán del Naoma-Kavi el canto se interrumpe: hay unos
instantes de silencio, hasta cuando irrumpen en el escenario, dentro
del círculo de las bandejas llameantes, un grupo de bailarines con
las cabezas y caras cubiertas por máscaras del jaguar Namaku, los
cuerpos envueltos en pieles de kavi el jaguar, nebbi el tigre, seiname
el jaguar negro, nuhuijabe el tigrillo, y kaxshigugulu el puma o
jaguar rojo; en sus movimientos elásticos imitan a la perfección los
de estos animales en la selva, e inician el baile sagrado de los felinos
al ritmo sugerente y nostálgico de las kuidzi, flautas de hueso. La
danza se intensifica, se vuelve frenética en la medida en que las
nung-subalda, trompetas de calabazo, y las de caracol grande de
mar, llenan los espacios de sones y reverberancias. A otro grito
del naoma la música se torna más rápida, retumban los tambores,
se oye el chicheo-chicheo de las tani, maracas, el campaneo argentino
de los shiminku, cascabelitos de oro, y la aguda estridencia de los
gaugi, silbatos de hueso pulido.
Para entonces, otros personajes intervienen en la danza: se trata
de hermosas y ágiles doncellas, sin más atuendo que el brillo de
sus alhajas; el adorno en las cabezas son anchas cintas con pendientes
de oro y pedrería, sostén a las astas ramificadas de segi, el venado,
al cual ellas representan. Dentro del simbolismo del acto, del frenesí
del baile, y ante la mirada fascinada de la multitud, las danzarinas
son perseguidas por los hombres-jaguares en un intento desaforado
por alcanzarlas, hasta derribarlas y con rugidos posar sus zarpas
sobre las palpitantes caderas y los lomos de las mujeres-venados.
Un gran clamor estalla entre la multitud, gritería tempestuosa sólo
acallada cuando el Naoma-Kavi se levanta de la kalauka y agita los
brazos; con este ademán pone fin al baile sagrado, los ejecutantes
se retiran presurosos del escenario, y otro tanto hacen los naomas
menores a manera de sombras silenciosas.
El Naoma-Kavi vuelve a quedar solitario frente a la Nunhuañkala,
ahora, en un efecto óptico, emergiendo entre las refulgencias del
guxtse: ha llegado el momento esperado después del transcurso de
los ciento cincuenta y dos solsticios: es la hora de las revelaciones
El gran jaguar 55
del muru nakubi. Sin dejar de mirar y señalar la estrella del Gran
Jaguar anuncia con su voz aguda y nasal:
—Está apuntado en el firmamento. Ahí... en las estrellas de la
Constelación de los Jaguares: así lo quiere Haba Séinekan: así lo
piden Sintana, Seihukukui, Seijankua, Kunchavita-ueya, y todos
sus hijos y hermanos, Padres, Madres, Señores, Dueños. ¡Todos!.
Así lo anunciaron: para esta época, cuando Kavi-Tama aparece en
el cielo y llega a su casa a reunirse con sus otros hermanos Jaguares,
será también el tiempo de la guerra... de la lucha por recuperar los
territorios usurpados a orillas del mar por los ubatashi... el de recon-
quistar las llanuras invadidas por los arranca-brazos y los arranca-ca-
bezas.
Hace una pausa: la tensión se acrecienta entre la multitud; el viejo
toma aire y exclama con toda la potencia de su voz:
—¡ Hijos de Haba Séinekan! ¡Hermanos Mayores!. ¡Taironas
habitantes de Keka-Bunkua! Volveremos a ser dueños de las llanuras
del litoral. Volveremos a dominar las bocanas de los ríos. Rescata-
remos a nuestras mujeres. Vengaremos a los muertos. Así está
señalado en las estrellas. ¡Así será! Ahora que Kavi-Tama llegó a
ocupar su lugar en la Constelación de los Jaguares.
El viejo sacerdote hace otra pausa, levanta en alto el sa-xavalda,
bastón-calendario, donde ya registró con otra muesca el paso del
Gran Jaguar; lo agita en amplios círculos, primero con la mano
derecha para invocar buenos sucesos, luego con la mano izquierda
para alejar malos acontecimientos. Y con su voz peculiar continúa
sentencioso: ;
—+». grandes días están por venir: de gloria para nuestra nación.
Pero antes, la sangre de muchos guerreros teñirá las aguas de los
ríos en su curso hacia el mar; éste será el precio de la victoria, de
la futura felicidad, de la prosperidad para nuestros hijos, y los hijos
de nuestros hijos. Así está marcado en el firmamento. Así.
Se aparta de la kalauka, toma un largo bastón de mando, elaborado
en macana con anillos y cabeza felínica de oro, da varios pasos por
el borde de la terraza, mira entre la multitud, hace una señal y llama
en alta voz:
—¡Seoname-maku!... ¡Jaguar Negro!... ¡Cacique de Ponkeica!
Así lo ordena Haba Séinekan: desde este momento, por voluntad
S6 Bernardo Valderrama Andrade
de ella y de sus hijos, y ante la presencia de Kavi-Tama, le entrego
el bastón de mando de la guerra.
Al llamado perentorio del sacerdote, el joven cacique asciende a
la terraza, recibe la insignia guerrera, se vuelve y la presenta a la
multitud. Su ademán obtiene por respuesta un grito unísono: se
sacude el aire a manera de tempestad, como si el Señor del Trueno,
Kunchavita-ueya, dejara oír su potente voz sobre los picos de las
montañas.
Sólo una persona se aflige por estos honores y responsabilidades
asignados a Seoname-maku: Ula-yang, espectadora desde un lugar
preferencial; hasta ahora, la felicidad la acompaña en los días y en
las noches; hasta ahora, su joven esposo no se separa de su lado y
la llena de alegría; y cuando ya el acto de la pasión es una experiencia
plena y placentera, deberá apartarse y, revestido con las insignias,
partir a la guerra. Los hermosos ojos negros de Ula-yang se llenan
de tristeza: le duelen el corazón y sus entrañas de mujer enamorada,
así sienta orgullo por el destino asignado por las estrellas a su
hombre.
IX
Para Kashín y Ulaban los primeros recuerdos infantiles los situaban
juntos, uno al lado del otro, dentro del vientre congestionado de las
embarcaciones, respirando el aire caliente y ese olor salobre, a
pescado, impregnándolo todo entre el chapoteo de agua de mar,
filtrada por los resquicios abiertos en los cascos carcomidos de tanto
bregar con las olas; ellos, con los otros chicos, tenían por encargo
evacuarla sin descanso, con las totumas o los caparazones de tortuga,
mientras a su lado se desarrollaban el trajín y el grito estentóreo de
los hombres en las faenas marineras. :
Entre esa confusión de cuerdas, varas, velámenes, arpones, armas,
utensilios, remos, pescados y crustáceos capturados, algunos vivos,
que todo lo volvían estrecho y desordenado debajo de las bancas,
era de donde a veces los rescataban las manos de sus madres,
obligadas compañeras de los caribes, valientes pasajeras de estas
El gran jaguar s7
naves, destinadas a surcar los mares del trópico y cortar distancias
entre una y otra de sus cientos de islas.
De aquella vida impuesta por la naturaleza de sus padres, audaces
navegantes y temidos guerreros, les quedaron grabadas en las mentes
las visiones del horizonte ilímite, unas veces de sólo cielo y agua,
otras salpicado de pequeñas islas, o también de porciones de tierra
mayores, con su-silueta inconfundible por la cerrada vegetación,
donde se intuía el discurrir fresco de los arroyuelos; en aquellos
tiempos fue una constante, en el día los ardores del sol, en la noche
el brillo parpadeante de las estrellas; y, añadido a ellos, los recuerdos
sangrientos de batallas para tomar posesión de una punta de playa,
o la medialuna de una ensenada donde pasar algunos días explorando
sus alrededores, para aprovisionarse de frutas, carne de monte, de
los bosques extraer madera para reconstruir alguna parte averiada
de los barcos, remendar velámenes, rehacer cordelerías, o descansar
de tantas fatigas y sentir bajo los pies la estabilidad física de la tierra.
Sin ser hermanos, Kashín y Ulaban crecieron como tales, viajeros
con otros chicos en los navíos caribes. Los ajetreados vientres,
costillares y bancas, fueron sus estrechos hogares; en las esbeltas
piraguas aprendieron de la vida y de la muerte, de la alegría y el
miedo, de la abundancia y la escasez, del triunfo y la derrota, de
la paz de los hombres y de la naturaleza en los días de navegación
en calma, cuando era un regocijo la abundante pesca en las aguas
transparentes de los bajos de coral, acompañada de los cantos de
los hombres y las risas y exclamaciones entusiastas de las mujeres;
o también, de la furia ciega desatada por los seres humanos en la
guerra, el llanto de los inocentes, nunca comparable con esa otra
ira, la aterradora, y pese a ello grandiosa de los elementos naturales
desbocados, así una y otra ocasionaran dolor y muerte. En las naves
caribes aprendieron las reglas de la marinería, a interpretar el rumbo
en el manto nocturno de las estrellas, a conocer la dirección de los
vientos en la forma de las nubes y sus desplazamientos; a dilucidar
por el color de las aguas su profundidad y sentido de las corrientes;
a ser hermanos del sol y del viento, a saltar las embarcaciones sobre
los lomos de las olas, a ir de uno a otro lado en esos mares de nunca
acabar.
Porque ese fue su destino, desde niños debieron presenciar mil
combates, escuchar los gritos de guerra y el silbido de las flechas
S8 Bernardo Valderrama Andrade
al rasgar el aire y cantar la muerte; y pese a su corta edad, participaron
en sangrientas batallas, donde unas veces se alcanzaba la victoria,
y con ella apreciado botín, mujeres para perpetuarse como raza, o
un territorio donde establecerse por un tiempo, cultivar, esperar las
cosechas, reaprovisionarse y volver a su inacabable peregrinaje..
La victoria no fue siempre su compañera: diezmados, con el sabor
amargo de la derrota, también regresaron a sus naves para escapar
por la única vía libre: el mar.
Los dos chicos vieron morir a sus padres en medio de feroces
combates; así perdió Kashín a su madre, dentro de su propio hogar-
embarcación, asaeteada cuando protegió con su cuerpo la vida de
otro chiquillo; y Ulaban perdió la suya, raptada, porque para otros
fue el triunfo y el botín en aquella ocasión. De esa tragedia le quedan
vívidos recuerdos: él, con sus escasas fuerzas, aferrado al cuello de
su madre en un intento sobrehumano por defenderla y evitar ser
separado de ella. Vana y heroica intención: se la arrancaron de sus
manos de niño: le quedó la imagen llorosa y despavorida de su
rostro, y esa piedra, nube-cielo, llevada ahora en su garganta como
remembranza y amuleto.
Hasta cuando llegaron un día a las costas de la Montaña Blanca,
visión maravillosa, emergente en la lejanía del horizonte con el
resplandor níveo de sus cumbres. Aquella aparición de la Sierra fue
algo nunca imaginado por los caribes, acostumbrados a los paisajes
insulares. Para entonces ya conformaban una flotilla de embarcacio-
nes con las bordas acorazadas con caparazones de tortuga carey,
eficientes escudos donde se estrellan y resbalan las lanzas y flechas
de los enemigos.
Para ese tiempo Kashín era un guerrero con temperamento de
líder: se distinguía en las batallas por la audacia y el valor de sus
actos. Ulaban, por su parte, se peculiarizaba por su ingenio excep-
cional y las condiciones de estratega, hábil en la construcción de
navíos, armas, o cuanto implemento requirieran los caribes en sus
aventuras de mar y tierra.
ES
El tiempo transcurrido en bordear las costas, y en especial la apari-
ción sobre el horizonte de la colosal montaña blanca, imponente
El gran jaguar 59
detrás de las llanuras y colinas próximas al litoral, convencieron a
Kashín, Ulaban, y demás expedicionarios caribes, de hallarse ante
unas tierras diferentes a las islas de donde provenían; aquello no
era la geografía simple de los playones y las eminencias cubiertas
de palmeras: esto era un complejo montañoso de grandes proporcio-
nes. Ulaban guardaba en la memoria relatos de los mayores, y
recordó lo escuchado sobre un país grande y poblado, de tierras
extendidas en las faldas de una altísima cima nevada, habitado por
gentes distintas a ellos, donde por la forma de explotar la tierra se
podía permanecer en un mismo sitio todo el tiempo, facilitando la
construcción de centros poblados, algunos de gran tamaño.
La vista de la Sierra Nevada y los relatos de Ulaban acrecentaron
en Kashín y sus compañeros la curiosidad por conocer tales lugares.
En un mar apenas rizado por los vientos del Noreste, los expedicio-
narios aproximaron sus embarcaciones unas a otras para comunicarse
con facilidad según su costumbre: la vista de esa tierra nueva hacía
imperioso deliberar sobre el futuro. En esta toma de decisiones
también era práctica, además de escuchar a los capitanes de los
navíos, atender los razonamientos de aquel a quien consideraban el
más sabio, al poderoso sin serlo, al que no buscaba jefaturas porque
su autoridad era distinta y no rivalizaba. Por ello, como ya se estaba
volviendo hábito de un tiempo para acá, pidieron a Ulaban, el líder
natural, su opinión y consejo.
Atehtos a su voz pausada, sin apartar la vista de esas dilatadas y
al parecer promisorias costas, los caribes sintieron la urgencia de
probar suerte en las tierras de la Montaña Blanca.
— ¡Vamos allá! —gritaron entusiastas, y cada cual aventuró, según
su imaginación, las sorpresas y hasta los peligros que allí podrían
encontrar
De inmediato decidieron poner rumbo a las costas de la Montaña
Blanca y nombrar como jefe único para el desembarco a Kashín.
Sin vacilar, éste organizó la formación de la flotilla de quienes, a
partir de este momento y según la tradición caribe, se denominarían
kashinguis, o gente de Kashín.
—;¡A tierra! —clamó con su voz potente, la mirada fija en la gran
montaña. El trajín con los aparejos llenó de viento las velas, las
proas enfilaron a tierra en pos de la nave capitana, donde Kashín
60 Bernardo Valderrama Andrade
compartía el puente de mando con Ulaban, su hermano de vida en
el mar.
Mientras unos atendían labores marineras, la mayoría de los ca-
ribes aprestaron las armas. Asomados sobre las bordas acorazadas
con caparazones de tortugas, los vigías observaban cualquier movi-
miento sospechoso en tierra firme. Bajo el sol ardiente del mediodía,
a toda vela, acelerados aún más los navíos con el impulso sincroni-
zado de los remeros, se aproximaron a la costa.
El recuerdo de estos hechos revive a Kashín el pasado. Después de
una trajinada mañana de pesca en el mar, apunta su canoa hacia la
playa, con sus arenales blancos extendidos entre las bocanas de los
ríos Mutaiji y Ulueiji, donde con el consentimiento de los taironas
se han establecido en forma pacífica. .
La bondad de los nativos y de la naturaleza, debo reconocerlo,
nos volvió la vida amable, tranquila y productiva, sin las vicisitudes
y los riesgos propios de la existencia en el mar. Esta es una realidad
que ahora gozamos.
Con un envión final del canalete, la canoa salta las últimas olas
y su quilla abre un surco en la arena. El jefe kashingui, tostado de
sol, luciendo todavía como un trofeo las cicatrices de combates
donde se ganó fama de héroe, salta sobre la borda y comienza a
arrastrar la embarcación hacia un lugar alto de la playa. Arriba,
desde la aldea, lo divisan algunos chiquillos y de inmediato acuden
a ayudarlo entre el bullicio de sus gritos: son hijos de caribes y
mujeres taironas, conocedores por boca de sus padres de las hazañas
realizadas por Kashín en otros tiempos: debido a ello lo admiran y
respetan como a un gran jefe, así la vida ahora sea de pacíficos
pescadores, agricultores y artesanos, organizados bajo un gobierno
compartido con Ulaban, el sabio y el artista. La hermandad entre
estos dos jefes ha permitido trocar sin traumatismos las costumbres:
mazas, flechas y lanzas han sido reemplazadas por herramientas e
instrumentos de trabajo en los campos, o para fabricar utensilios,
máscaras, bancas ceremoniales y otros elementos muy apreciados
por los taironas, en especial de los sacerdotes.
El gran jaguar 61
Kashín deja a los niños la tarea de sacar del fondo de la canoa
fruto abundante de la pesca, se encamina hacia la aldea enterrando
fruición los pies en la arena suave y tibia. Con aire satisfecho
templa la perspectiva del lugar donde es líder y cacique: allí
todo es adelanto, paz, seguridad, condiciones disfrutadas a concien-
ia por su gente. Esto, tal vez, lo soñaron sus antiguas mujeres,
quizás su misma madre... Que lo recuerde, nunca vio en ellas la
expresión alegre y despreocupada de quienes ahora son sus compa-
eras. ¡Y los niños!... Con todo, a veces, no puede sobreponerse
2 los ímpetus de su sangre caribe corriéndole por las venas, exigién-
“ole las emociones de los combates y las aventuras en el mar.
Cuando la nostalgia le vuelve un imposible la vida sosegada de la
aldea, se levanta antes del amanecer, arrastra la canoa por la playa,
se enfrenta al mar, se lanza solitario a desafiarlo, a luchar contra la
furia de las olas, hasta cuando el sol asome sobre el horizonte y lo
descubra lejos de la tierra, en medio de la inmensidad del océano,
allí donde tuvo su primera razón, donde creció y se hizo hombre
entre el fragor de las batallas y los gritos de guerra de sus mayores,
woces que quisiera oír de nuevo entre el bramar del viento y la
agitación de las maretas.
Cuando la fatiga se apodera de sus músculos y siente desfogados
los impulsos, enrumba otra vez la embarcación hacia la costa y la
aldea kashingui, de la cual y como una paradoja, su ótro yo tampoco
quisiera alejarse. Estos sentimientos encontrados, esta ambivalencia
de su personalidad, unas veces lo identifica con su padre, el guerrero-
navegante a quien vio morir combatiendo, y otras con su madre,
desarraigada de su tierra y de su gente, convertida en botín en alguna
expedición, sacrificada luego en medio de un combate. Ambivalen-
cía quizá repetida en la forma como ejerce su gobierno y al tiempo
lo comparte con Ulaban.
E XR
Desde cuando llegaron a las costas de la Montaña Blanca han pasado
para los kashingui muchas lunas: de esa primera aldea construida a
orillas del mar, en inmediaciones de la quebrada Palanoa, habitada
por hombres solitarios y recelosos, a ésta de ahora cambiada en
62 Bernardo Valderrama Andrade
próspero poblado, con mujeres y niños por virtud del entendimiento
con los taironas, hay una diferencia sustancial. Gran parte de la
prosperidad se debe a una circunstancia singular, protagonizada por
Ulaban, aficionado al arte manual practicado sobre maderos a la
deriva, rescatados y labrados cuando su presencia no era indispen-
sable en otras actividades. Y de la habilidad de sus manos surgieron
cantidad de instrumentos y objetos fáciles de recuperar en las con-
tingencias de los naufragios, entre ellas las bancas de mando de los
navíos, labradas con perfecta simetría y motivos faunísticos como
adornos: quedaba así resaltado el lugar desde donde Kashín y los
otros comandantes de las piraguas dirigían a las tripulaciones.
A las bancas talladas por Ulaban, a la forma oportuna y sagaz
como actuó, a la actitud prudente y racional del líder oficial Kashín,
se debió el logro del primer encuentro de este grupo caribé con los
taironas.
Para atracar los barcos, Kashín escogió un playón al Oriente de
la bocana del río Mutaiji, cerca de un pintoresco poblado compuesto
por bohíos alineados frente al mar; dentro de la perspectiva del lugar
se destacaba una construcción de mayores proporciones, con alto
cono de palma y finas paredes de esterilla tejida; a su puerta Ulaban
distinguió, colocadas a lado y lado, unas toscas banquitas de madera,
una de ellas ocupada por un anciano de porte severo. La cantidad
de canoas varadas en la arena y los aparejos extendidos al sol,
atestiguaban las costumbres pescadoras de la aldea, con sus habitan-
tes amontonados, curiosos por la presencia de las naves kashinguis,
espectaculares con sus costados acorazados, las velas desplegadas,
enormes si las comparaban con sus pequeñas embarcaciones.
Para los nativos eran una incógnita las intenciones de los caribes;
y para éstos, acostumbrados a los recibimientos violentos, los des-
concertaba la apariencia sosegada del caserío tairona. Agazapados
tras las bordas, prestos al asalto, sólo esperaban la orden de Kashín.
A su voz arriaron las velas, avanzaron a remo hasta pocas brazas
de la orilla, los tripulantes hundieron los canaletes en el agua y
frenaron las piraguas. Desde el puente de mando Kashín y Ulaban
recorrieron otra vez.con la mirada el panorama del pueblo y sus
contornos: todo seguía tranquilo y normal, el anciano continuaba
impasible en su banquito de madera, al parecer sin extrañarse por
la presencia de la flotilla caribe; y de las chozas salían más mujeres
El gran jaguar
niños a curiosear a los recién llegados: con desparpajo, bulliciosos,
señalaban con los brazos extendidos y un idioma desconocido.
—Sólo veo mujeres y niños... —comentó Kashín confuso con
recibimiento. Ulaban tampoco podía ocultar su sorpresa: por
experiencia, muy pocas veces su llegada a tierras extrañas ocurría
paz. Y comentó clavando los ojos primero en las canoas, luego
los penachos de las palmeras, tupido cortinaje detrás del villorrio:
Si la cantidad de embarcaciones corresponde a los hombres de
lugar pueden ser tantos como nosotros, O más —y con gesto
uente y receloso—: Deben estar escondidos en alguna parte.
hándonos. Y no entiendo este comportamiento despreocupado
las mujeres y los niños. ¿Acaso no saben de nosotros?
Kashín, guerrero nato, sintiendo por todo el cuerpo ese hormigueo
inconfundible cuando de la proximidad de un combate se trataba,
senía listo en la garganta el grito para lanzar a su gente al ataque.
Pero... ¿contra quién? ¿Asaltarían a ese grupo indefenso de mujeres
y niños? Y se resistía, así él y sus guerreros ya se regodearan con
ese botín humano, al parecer tan fácil de capturar. Su indecisión
aumentó a la vista serena del anciano: no alcanzaba a detallar todavía
su rostro, pero su actitud no mostraba ninguna prevención. Miró de
reojo a Ulaban:
—-¿A qué tierras extrañas hemos llegado, donde no parecen temer-
nos?
Ulaban nada contestó: pensaba: y esto le sirvió para proponer:
Tengo una idea para dilucidar el proceder de estas gentes: que
nadie abandone los navíos. Bajaré a tierra, solo. Si actuamos en
forma pacífica, quizás sean hospitalarios.
Ante la mirada todavía vacilante de Kashín, Ulaban se dirigió a
la banca de mando tallada por él, arrancó las cuñas que la aseguraban
al puente, con ella sobre los hombros saltó al mar. Poco después
emergió ya en la orilla, con su carga en los brazos, y en actitud
confiada, muestra de sus intenciones, se dirigió al grupo de mujeres
y niños. De inmediato se apartaron y le permitieron avanzar hacia
el bohío grande, desde donde lo miraba el anciano con penetrante
fijeza, como si quisiera leerlo la mente.
Con su figura alta y cenceña, obligándose a irradiar serenidad en
todos sus movimientos, Ulaban se detuvo ante Cotocique, naoma
de Buritaca, y con ademanes expresivos depositó el banco a sus
/
k
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pies, a manera de obsequio. El sacerdote miró, ya a Ulaban, ya al
banco: comparado con el suyo, éste era una obra de arte excepcional.
Sin poder contener la curiosidad, lo recorrió con sus manos afiladas,
de dedos sensitivos, comprobó la fina calidad de las tallas y la
madera, el expresionismo de las dos cabezas de dragones de mar,
para él, indudables representaciones de kavi, el jaguar, animal sa-
grado de los taironas.
A partir de ese momento, Ulaban y el anciano se comunicaron por
medio de señales: ello sirvió al primero para pedir, y al segundo
para conceder, permiso a los kashinguis de bajar a tierra y establecer
un campamento en la playa, a distancia prudencial del poblado. La
banca tallada por Ulaban pasó de su sitio preferencial en la nave de
Kashín, a banca ceremonial del naoma Cotocique de Buritaca, y
fue, a fin de cuentas, la clave que permitió a estos caribes establecerse
en el País de los Taironas.
Para ese momento y de todos los alrededores principiaron a hacer
su aparición los hombres, armados de largas lanzas de macana,
arcos, flechas, hachas y cuchillos de piedra pulida. A su vista y
desde las piraguas, los kashinguis entendieron la razón de Ulaban
para actuar como lo hizo: vencerlos hubiera sido imposible ante su
superioridad numérica.
Satisfecho con su acierto y observador por naturaleza, Ulaban
permaneció en el caserío de Buritaca el tiempo suficiente para deta-
llar el desarrollo cultural de aquellas gentes. Y por la actitud alerta
de los hombres cuando posó su mirada en alguna de las mujeres,
dedujo que por ahora no habría botín. De regreso al barco, Kashín
lo esperaba impaciente y convocó a inmediata reunión: necesitaban
conocer sus impresiones; y dada la urgencia de reabastecerse de
agua y alimentos, acordaron aceptar las condiciones del naoma Co-
tocique.
Lejos del pueblo a fin de evitar cualquier enfrentamiento, y a
orillas de un riachuelo llamado Palanoa, Cotocique en persona señaló
a Kashín y Ulaban el lugar donde podían instalarse con su gente
por un tiempo. Los kashinguis atracaron sus navíos en el pequeño
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El gran jaguar 65
sstuario, a su orilla dispuso Kashín la construcción de algunos rús-
cos bohíos, el resto de sus hombres se dedicó a patrullar los con-
oros: ante el poderío armado de los taironas, no quería dejarse
orprender.
-—No acabo de comprender a estas gentes —solía comentar a
Elaban, al paso del tiempo. Y éste guardaba prudente silencio, al
ecordar la concesión del naoma de sólo permitirles a ellos dos
isitar y recorrer a Buritaca; si cualquier otro caribe lo intentaba,
inmediato era obligado a regresar a los linderos circunscritos al
huelo de Palanoa.
A Ulaban, desde el primer momento, lo movió el afán de investigar
pbre el País de la Montaña Blanca: se aplicó a estudiar y entender
2 los taironas, y entre más los conocía, mayor fue su entusiasmo
or la ordenada conducta social que los regía. La simpatía expresada
or Cotocique y el deseo de aprender el idioma de Keka-Bunkua,
permitieron visitar con frecuencia a Buritaca: así se percató del
enso intercambio comercial entre la aldea costera y los centros
oblados del interior: vio llegar caravanas humanas portadoras de
antas de algodón, vestidos, joyas de oro y pedrería, armas y
lísticas piezas de cerámica, para retornar cargadas de algodón en
Borra, sal, aceite, pescado ahumado y seco, maíz, conchas, caracoles
* urnas funerarias de gran tamaño.
En el campo kashingui, sin descuidar la vigilancia y los ejercicios
e adiestramiento a sus guerreros, Kashín se ocupaba en la reparación
sus navíos y al reaprovisionamiento de víveres con partidas de
£aza y recolección: era necesario conseguir abundante carne de monte
sen las selvas vecinas, y pescado seco para almacenarlo en las bodegas
e los barcos, junto con coco y otras semillas alimenticias y frutos
“desecados. A la noche Kashín y Ulaban solían reunirse para hacer
inventario de los alimentos, y comentar los sucesos del día.
—Sigo sin entender a estos taironas —repetía Kashín—. Me des-
conciertan su generosidad para dejarnos abastecer, y su prohibición
visitar el pueblo y tener relación con sus mujeres. Ellos saben
que las necesitamos. .Y nuestra gente ya se impacienta: tenerlas
cerca incita los deseos a poseerlas. Dime, Ulaban: ¿Has logrado
algo al respecto?... No podemos esperar indefinidamente.
A estas inquietudes, Ulaban respondía pensativo:
—Por ahora, la paciencia es nuestra única alternativa. El compor-
66 Bernardo Valderrama Andrade
tamiento de los taironas tampoco lo entiendo del todo. De haberlo
querido, nos habrían impedido desembarcar; o nos hubieran dejado
hacerlo para luego exterminarnos.
Ellos, ya no lo dudo, gozan de gran poderío.. Buritaca es apenas
uno de sus muchos poblados: en el litoral y en el interior los hay
más grandes y populosos. De requerirlo pueden levantar en armas
un ejército como nunca hemos visto. La razón para permitirnos
permanecer aquí se debe, o al espíritu amistoso, o por motivos
todavía desconocidos para nosotros. . Y ese sacerdote.. que parece
adivinarlo todo: como si leyera los pensamientos.
Ala noche, mientras los kashinguis soñaban inquietos y desespe-
rados por la falta de mujeres, Ulaban comprendió la urgencia de
ingeniarse una forma para convencer a Cotocique.
X
Como lo hace todas la mañanas desde cuando llegaron a Keka-Bun-
kua, Ulaban se encamina al caserío de Buritaca siguiendo la franja
húmeda de la playa, donde revientan las olas. Va pensativo, bajo
la limpia inmensidad del cielo, confundido en el lejano horizonte
con el azul del mar
A sus espaidas, frente al campamento kashingui y a la vista
inconmensurable del océano, se ha quedado Kashín, como siempre
sometiendo a sus hombres a prácticas marciales; con éstas, les distrae
de la soledad, descansan de los trabajos rutinarios de pesca, de
cacería y de recolección, mantienen el espíritu combativo y la des-
treza en el manejo de las armas.
Por la hora temprana, el mar está todavía en calma, apenas rizado
con espaciados y murmujeantes oleajes. Al Occidente se extiende
la gran planicie litoraleña y más allá, próximos al río Mutaiji, resaltan
entre las frondas los conos de palma de las vivieridas del poblado,
a esa hora bullicioso con el griterío de las mujeres y los niños, al
recibir las canoas de los pescadores.
En las cercanías a Buritaca, Ulaban vio por primera vez a Nyuba-
yang: de cara al mar, con los párpados cerrados, se mantenía rígida
El gran jaguar 67
o una estatua, la barbilla levantada, la cabeza hacia atrás y en
los labios y las aletas de la nariz un imperceptible temblor: se
scupaba de captar, con sensibilidad extrema, la variación en la
welocidad y dirección del viento, su temperatura y humedad; así
mantuviera los ojos cerrados, la posición de los brazos a lado y lado
de las caderas, con las palmas de las manos al frente, le servía
para analizar las condiciones atmosféricas.
Joven, esbelta, con estatura un poco mayor al común de las
mujeres taironas, era una escultura de bronce, solitaria, allí en medio
de la playa. Ulaban, con su caminar sosegado, silencioso sin propo-
mérselo, se acercó a la muchacha atraído por su quieta belleza... y
algo en su figura, en el porte, en la tranquila serenidad, le hizo
recordar a su desventurada madre. Estaba ya a pocos pasos de ella,
sin verla variar de posición, cuando oyó su voz dirigiéndosele sin
mirarlo:
—Hánchika, jaldji... Te saludo, extranjero.
Ulaban se detuvo en seco, sin poder ocultar la sorpresa. ¿Cómo
lo había reconocido sin siquiera mirarlo? Ella continuó: —Na kusa,
yo te vi.. a mi manera. Y en sus labios vagó una enigmática
sonrisa—. Eres Ulaban, el fabricante de las bancas ceremoniales.
Y... ¿tú quién eres que todo pareces saberlo? ¿Acaso te había
visto antes?
La muchacha se volvió. Seguía con los párpados cerrados. Era
bien hermosa, con una dignidad inmanente, resaltada aún más por
las alhajas de oro cubriendo con opulencia su cuerpo.
—Soy Nyuba-yang. también me llaman Nyuba-Aluna, el Espí-
ritu de Oro.
El Kashingui recordó haberla visto en forma fugaz a la puerta de
la nunhuañkala femenina, a donde no podían entrar los hombres,
rodeada de un séquito de mujeres y chiquillos, en actitud distante,
superior como si fuera una sacerdotisa. Y también que había sentido
atrevidos deseos por poseerla, así este impulso bastara para conver-
tirlo en quebrantador de las normas estrictas de los taironas. Y
añora. la tenía cerca, al alcance de sus manos...
Se refrenó: contuvo con esfuerzo la respiración agitada para evitar
denunciarse. Nyuba-yang, sin embargo, ¡o advirtió, levantó su mano
derecha, la extendió, rozó sus labios y le hizo sentir un estremeci-
miento por todo el cuerpo; arriesgándose a cometer la profanación,
68 Bernardo Valderrama Andrade
a su vez llevó sus manos a la cara de la joven, la acarició fugaz,
para al final posar los índices sobre sus párpados cerrados.
—Dime... ¿Nunca los abres? .. ¿Cómo supiste que venía?
Nyuba-yang sonrió, el rostro se le embelleció aún más, retiró su
mano de la boca de Ulaban y contestó con misterioso orgullo:
—Soy hija de Misevalyue, Madre de la Lluvia y del Viento... y
de Taiku, Padre del Oro. Por eso soy Nyuba-Aluna... —y después
de una pausa breve— Pero no te detengas, jaldji: debes seguir tu
camino: Cotocique el naoma te espera. Vete: que aluna te acompañe.
Y se volvió otra vez de cara al mar y adoptó su actitud hierática,
con las palmas de las manos al frente y la barbilla levantada. Vaci-
lante, como si hubiera recibido un golpe de viento, el kashingui
continuó su marcha por la playa, mirándola una y otra vez.. Y su
corazón se llenó al mismo tiempo de alegría, de deseos, y de nos-
talgia.
ES
La idea le vino de pronto: con seguridad su subconsciente la estaba
fraguando de mucho tiempo atrás, desde cuando conociera a Nyuba-
yang, el Espíritu de Oro... Para él las noches eran solitarias y áridas;
y en sueños y como fantasmas venían a visitarlo mujeres de su
pasado, algunas ahogadas durante tempestades, otras muertas en
absurdas batallas, y también Nyuba-yang con su cuerpo esbelto y
enjoyado, la piel tersa, los labios carnosos y ardientes, y ese rostro
sereno, siempre con los párpados escondiendo sus pupilas; y a veces,
en noches de frustrada lujuria, de soledad agobiante, hasta otras
jóvenes taironas de Buritaca, curiosas y risueñas, quienes salían a
mirarlo a las puertas de sus bohíos cuando él llegaba a entrevistarse
con el naoma Cotocique.
Con entusiasmo desusado Ulaban expuso el proyecto a Kashín;
y éste, al oírlo, no pudo evitar mirarlo con extrañeza: parecía con-
cebido por una imaginación alocada, y no por su cabeza sensata y
calculadora. Y se quedó pensativo cuando trajo a la memoria los
éxitos alcanzados en muchas de las empresas acometidas por ellos,
debido a las originales ideas de su compañero.
Ante la vehemencia de Ulaban, Kashín aceptó colaborarle. Con-
El gran jaguar 69
vencer al resto de los kashingui fue labor más difícil: ellos hubieran
preferido para conseguir mujeres, tomar las armas, caer por sorpresa
en Buritaca, raptarlas y con ellas hacerse otra vez a la mar; la
consideración de morir en el intento no era un obstáculo: en su ley
y destino de caribes, esto no era factor que atenuara o cambiara las
decisiones. En esta ocasión pesaron la autoridad de Kashín y los
razonamientos de Ulaban; a partir de ese momento y con excepción
de los encargados de la vigilancia, la actividad de los kashingui fue
bien diferente a sus habituales ocupaciones.
Cuando varios días después todo estuvo preparado, Ulaban se
presentó ante Cotocique y empleando palabras del idioma tairona,
ya comenzado a dominar, lo invitó con los principales personajes
del pueblo a una gran ceremonia en su aldea; ¿el motivo?: la llegada
de Saxa-ti a la fase de Luna Llena. El sacerdote aceptó de buen
agrado:
—Nas seinjarlde, na peibu: te lo agradezco, mi amigo: Saxa-ti
sentirá agrado porque taironas y kashinguis le rindan tributo cuando
mos mira de frente.
La delegación tairona al festejo kashingui llegó al atardecer a la
bocana de la quebrada Palanoa, después de recorrer en imponente
desfile la distancia que por la playa separaba al poblado de Buritaca
de la aldea caribe. Se componía el cortejo de dos largas filas de
guerreros empuñando lanzas, enormes arcos de macana, hachas y
cuchillos de piedra, y engalanados con adornos de oro destellantes
a los rayos del sol. En medio de tan espectacular escolta, con andar
pausado y solemne, iban los principales del pueblo: naoma Cotocique
y Gitamaku, al lado del Naoma-Kavi muru nakubi, venido de Tay-
ronaca para conocer a los kashingui; tras ellos, entre mujeres y
chiquillos, bailarines y músicos, cerraba el desfile Nyuba-Aluna, el
Espíritu de Oro, esplendorosa en su belleza física y en las alhajas
formándole tocado de la cabeza a los pies.
Kashín y Ulaban acudieron a presentar saludos de bienvenida,
contrastando la opulencia de los atuendos taironas con la desnudez
de los caribes, apenas cubiertos con portapenes de caracol y penachos
de plumas en la cabeza. Los visitantes fueron guiados hasta el sitio
preparado, una franja ancha de playa, donde formando semicírculos
estaban ya prendidas las fogatas: allí se asaba carne de monte en
abundancia, pescado, y se cocinaban diversas viandas; frente a estos
70 Bernardo Valderrama Andrade
fuegos y sobre un montículo artificial de arena se había dispuesto
el lugar para los invitados, con las bancas de madera trasladadas
desde los puentes de mando de los barcos. El efecto que ellas hicieron
sobre los taironas fue el previsto: incluido el Naoma-Kavi, todos se
sintieron atraídos e impresionados con las cabezas-dragones, adorno
sobresaliente interpretado por ellos como representaciones del ja-
guar.
Actuando de principal anfitrión, Kashín invitó a Naoma-Kavi,
Cotocique y Gitamaku a ocupar las bancas talladas. A Nyuba-Aluna,
Ulaban le tenía otro asiento especial, trabajado en esos días con
singular esmero y creatividad: los motivos de adorno laterales, eran
reproducciones del rostro de la muchacha, que ella recorrió con sus
dedos como reconociéndose. En ningún momento levantó los párpa-
dos, pero la sonrisa en sus labios era testimonio de su agrado. Para
entonces había anochecido y las fogatas impartían a los contornos
rojos resplandores. Ulaban, muy atareado, daba Órdenes y organi-
zaba repartos de comida y bebida. Cuando el lomo brillante de
Saxa-ti rieló a manera de oro líquido en el horizonte marino, los
caracoles grandes tocados a manera de trompetas llenaron el am-
biente con sus penetrantes sonidos; frente al montículo de arena
saltaron los bailarines caribes en una danza frenética. Se oyó un
murmullo de exclamaciones entre los espectadores.
Desnudos, untado el cuerpo con aceite de pescado para resaltar
su musculatura, el único atuendo de los bailarines eran los grotescos
y erguidos portapenes de caracol de mar, y las máscaras de jaguares
con tocados de plumas, dándoles aspecto de hombres-felinos. La
abundante y fuerte bebida en ese momento cumplía su propósito, y
el espectáculo adquirió la dimensión preconcebida por Ulaban: a un
toque final de las trompetas, los danzantes corrieron hasta el sitio
ocupado por Naoma-Kavi y los otros personajes, se prosternaron
ante ellos y, como obsequio, les ofrecieron las emplumadas másca-
ras, semejantes ahora, a los pies de los taironas, a extrañas cabezas
de monstruos míticos decapitados.
Miraban fascinados los invitados aquellas caretas de hombres-ja-
guares, poco antes poseídas de prodigiosa vitalidad al servir de
cabezas a los bailarines kashinguis, cuando a otra orden de Ulaban
callaron en seco las trompetas y el suspenso contuvo el aliento de
todos sin excepción: el aire trepidó ahora con el batir de muchos
El gran jaguar mT
tambores, tocados bajo el sombrío de las palmeras, como si de
pronto allí se hubiera originado una tempestad.
Los taironas voltearon a mirar hacia el lugar de donde provenía
el estruendo: cada vez más sorprendidos con el espectáculo brindado
por los kashinguis, vieron emerger de la oscuridad, e irrumpir dentro
del semicírculo iluminado por las fogatas, un inconcebible cortejo
compuesto por rígidas mujeres fabricadas en palo de balso, cargadas
en alto por hombres desnudos. De inmediato se dio inicio a un
nuevo baile, esta vez con los movimientos sugerentes del galanteo,
danza que fue adquiriendo enardecida vitalidad, pareja ala intensidad
en aumento de la música, ahora acompañada por flautas de hueso,
trompetas de caracol y racimos de semillas. Culminación al baile,
fue la posesión dramática y delirante de aquellas mujeres de palo,
yacentes en la arena, entre los brazos apasionados de los bailarines
kashinguis.
Cuando el silencio volvió al escenario, los danzarines se retiraron
y allí quedaron tendidas, rígidas como cadáveres, las hembras de
madera con su sexo violado. Ulaban y Kashín miraron expectantes
a sus invitados: sin excepción, todos estaban consternados, los ojos
puestos en aquellas mujeres de balso, única y obligada posesión de
los caribes.
El acuerdo con los taironas no demoró: días después llegaron al
campamento kashingui un grupo de doncellas: serían sus mujeres
por el tiempo de permanencia en las costas de Keka-Bunkua, a
condición de no ser llevadas a otras tierras, ni ellas ni los hijos de
su unión; en reciprocidad, los caribes se comprometieron a suminis-
trar pescado de mar sal, bancas ceremoniales para los naomas, y
máscaras con destino a los bailes rituales.
Kashín se encamina al bohío que le sirve de hogar, donde lo espera
Nemi-yang, su joven mujer: risueña, sostiene en sus brazos a una
hermosa chiquilla de sangre mezclada como los otros niños del
pueblo: caribe y tairona.
A su paso por una construcción cerrada, se detiene y mira a través
de los estantillos de chonta; allí, amontonadas en la penumbra, en
T Bernardo Valderrama Andrade
promiscua y grotesca quietud, yacen las hembras de palo que sirvie-
ron para mostrarle a los taironas su necesidad de tener mujeres.
Kashín no puede evitar una sonrisa al recordaresta exitosa ocurrencia
de Ulaban. Satisfecho, da una mirada al conjunto de chozas de los
contornos, algunas ya edificadas con el tipo de los nunhúes; se siente
realizado por la presencia de este poblado, donde la vida.es placentera
y organizada.
También en la casa de las mujeres de balso, están guardadas las
lanzas y mazas de piedra, ahora utilizadas en ocasiones especiales,
cuando conmemoran con actos simbólicos su vida pasada. Ver las
armas allí arrumadas y sin uso, le produce sentimientos contradic-
torios de amor a la paz y añoranza por la guerra. ¿Hasta cuándo?
se pregunta. Y entonces se ve precisado a enfrentarse solitario al
mar, a la fuerza de los vientos, a revivir un poco las pasadas correrías
por sus antiguos mundos insulares.
Pensativo, titubeante, allí lo encuentra Ulaban recién llegado de
Tayronaca, a donde viajó con un cargamento de bancas ceremoniales
y máscaras, requeridas por los naomas para las festividades del
solsticio estival y el paso por el cielo de la estrella del Gran Jaguar.
Mientras caminan por la aldea, Ulaban lo pone al tanto sobre los
proyectos de los taironas, para emprender la guerra de reconquista
de los territorios invadidos por los ubatashi, los sangaramena y los
gulamena.
—Por las descripciones de estos últimos y de sus naves, deben
ser caribes, igual que nosotros. Sobre los demás, dicen es gente
muy extraña, de piel blanca, cabello color de fuego y ojos azules;
por eso los llaman así: los ubatashi.
Para entonces han vuelto frente al bohío de las mujeres de palo
y las armas. Kashín lo escucha atento, con los ojos puestos en los
arrumes de lanzas, arcos, flechas y mazas; mira luego hacia el
horizonte marino, donde las nubes forman gigantescas figuras, en
su imaginación, semejantes a ciclópeos guerreros enlazados en mor-
tales combates. Su voz suena premonitoria al comentar:
—Mañana la gente volverá a los adiestramientos marciales. Pre-
siento que el tiempo de la paz llegó a su fin y deberemos prepararnos
para la guerra.
A la puerta de su casa, con la pequeña hija abrazada a sus piernas,
Kashín se despide de Ulaban: lo ve alejarse con su andar parsimo-
El gran jaguar 73
nioso por la playa, en dirección a los conos agrupados de Buritaca.
Nemi-yang ha salido de la choza y en una copa le ofrece bebida de
frutas frescas. En tanto Kashín sacia la sed, ella le comenta:
—Qué extraño es Ulaban... Para mí, lo agobia un secreto.
—Tampoco yo lo entiendo: no aceptó compañera para su vida
y... antes nunca había sido así. Y la idea fue de él... eso de las
mujeres de palo.
ES
Con el rostro levantado y en los ojos una expresión decidida, Ulaban
se aleja de la aldea kashingui, no por la ruta convencional de la
playa sino sorteando un espinoso bosquecillo de trupillos y guama-
chos, donde es fácil esconderse a la vista de quienes recorren los
arenales inmediatos al mar, o de los ocupantes de las canoas dedi-
cados a la pesca cerca de la orilla. Lleva una ruta fija, diagonal a
las primeras serranías; en sus laderas, por la época, resaltan las
florescencias amarillas de los guayacanes a manera de ramilletes.
Cuando del mar no queda sino el murmullo espaciado de las olas,
Ulaban aminora la marcha, avanza silente, observa atento los alre-
dedores, y, como siempre le sucede, lo sorprende esa voz ya incon-
fundible:
—Ulaban. aquí estoy.
Se detiene en seco, mira a su derecha:
—;¡Nyuba-yang!
Y sin mediar otra palabra se acerca a la muchacha, la toma por
la cintura, siente bajo sus manos la primera insinuación de las cade-
ras, la estrecha apasionado, apoya su rostro en el de ella.
—Nunca te descubro... siempre lo haces primero. ¿Cómo puede
ser?
Nyuba-yang sonríe con divertida superioridad, levanta los brazos
enjoyados, sacude juguetona los shimunku, pequeños cascabelitos
de oro, mimosa recorre con sus manos las facciones de Ulaban y
le aproxima sus labios carnosos. El murmura a su oído:
—¿Cuándo serás mía del todo?... Ya no resisto.
Corre las manos bajo las cintas enjoyadas colgantes por las cade-
ras, aparta el faldellín de algodón, se recrea con su piel tersa.
74 Bernardo Valderrama Andrade
Nyuba-yang se cuelga de su cuello, para no desfallecer ante la sabia
profundidad de esas caricias llenándole de fuego las entrañas. Uno
a Otro se beben el aliento, con acalorados besos. En torno revienta
el concierto de las cigarras, el tiempo se detiene, sólo la altura de
Surli la vuelve al presente. Con esfuerzo se desprende de los brazos
de Ulaban, su voz se escucha ahogada cuando le reclama:
Ya lo sabes: soy Nyuba-Aluna y poseerme a plenitud no será
posible aún. Sigues siendo un extranjero. Todo dependerá de tus
futuras acciones. Sólo entonces. Y poniéndose trascendental—:
El tiempo está próximo: Kuishbangui, Dueño del Trueno y del Rayo,
me lo ha revelado.
Se aparta de Ulaban, se compone el vestido y las alhajas en
desorden, adquiere otra vez su aire misterioso, lo deja, se va por
entre el bosque espinoso. a sus pies florecen rosadas las rastreras
y en los espacios arenosos quedan marcadas sus plantas. Pensativo,
hincada una rodilla en tierra, Ulaban mira las huellas de su amada
y piensa en sus últimas palabras; por rara asociación recuerda lo
escuchado al Naoma-Kavi en Tayronaca. ¿Tendrá que ver la prueba
exigida por Nyuba-Aluna con los propósitos guerreros del gran
naoma?
XI
La presencia de dos flotillas de barcos con las bordas acorazadas,
navegando más allá de las costas del País de los Taironas y muy al
Oriente del río Hukumeiji, frente a los territorios de los duanabuká,
la Gente del Pelícano, no despierta ninguna alarma entre estos pa-
cíficos habitantes, agrupados en poblaciones con grandes ramadas
a manera de aleros, construidos frente 'a sus chozas de tronco y
palma, donde suelen reunirse a descansar terminadas las labores
pesqueras y agrícolas.
Como tienen noticia del proceder amistoso de los Kashinguis, y
de los intercambios comerciales con sus vecinos los taironas, los
duanabuká se disponen a recibirlos con demostraciones de hospita-
lidad; grande es su sorpresa cuando a una orden lanzada por los
El gran jaguar 75
capitanes de las flotillas, los hermanos Gula y Sangama, los ven
saltar sobre las bordas de los navíos ya anclados, y con gritos de
guerra arremeter contra ellos como fieras.
La masacre rompe la armonía del litoral: desarmados e indefensos,
en una lucha violenta y desigual, caen los hombres duanabuká atra-
vesados por las lanzas o aplastados por las mazas de piedra; en
medio del delirio triunfal de los invasores, son decapitados y des-
membrados, incendiadas y destruidas las aldeas, perseguidas y vio-
ladas las mujeres, ante la vista inocente y despavorida de los niños.
Unos pocos logran escapar para dar aviso de la tragedia a las gentes
del interior, donde de inmediato se aprestan a la defensa contra la
horda caribe que no sólo invade las llanuras de la Gente del Pelícano,
sino cruza las fronteras del País de los Taironas e inicia el saqueo
y devastación de sus sitios habitacionales.
Por los senderos corren desalados los correos a Tayronaca; y otros
relevos a su vez parten por todos los caminos que comunican con
el resto del país: van a poner sobre alerta a las gentes del Valle de
Tairona y más allá de sus fronteras; la noticia también es llevada al
Naoma-Kavi, por esos días, concentrado en observaciones astronó-
micas y adivinaciones en un lugar muy escondido de las montañas:
en Moraca, centro ceremonial, emplazado cerca de los páramos y
las Lagunas Sagradas, el sitio religioso más importante de Keka-Bun-
kua, sobre las cabeceras del Nyuba-Nyna, el Río del Oro. Allí está
y se venera la Haggi-Koktuma, la Piedra-Asiento de Haba Séinekan,
el gran trono rectangular con tres espaldares, usado por la Madre
Universal en los primeros tiempos de la creación; por eso en torno
a Moraca, se alzan montañas de significado grandioso para los
taironas: el Cerro Nukasa: morada de todos los animales de la Mon-
taña Blanca; Yantú: donde en sus escarpadas laderas, Kaldyi-Kukui,
Madre de las Plantas, guarda todas las semillas del Mundo; Tukume-
na: el Cerro de los Manantiales, espejo de Surli, quien en las primeras
horas de la mañana se mira en sus aristas congeladas antes de
derretirlas; Sekuigaka: la cima donde Taiku, Padre del Oro, fabrica
las hachas; Sénetejan: el Cerro Padre de todos los hombres.
El anciano sacerdote, sentado en la kalauka frente a la plazoleta
de la Haggi-Koktuma, en sus manos el niguiguí, bastón-calendario
de sa-xavalda, escucha las noticias con rostro adusto y ojos cente-
lleantes: él ya lo había adivinado en las estrellas: todas estas desven-
76 Bernardo Valderrama Andrade
turas acontecerían con ocasión de la visita de la estrella del Gran
Jaguar. Era el momento de preparar los ejércitos e iniciar la guerra
de exterminio contra los intrusos.
Sus ojos levantados al cielo, iracundos, se clavan en Aui-atseshi,
la estrella roja de la guerra... y en la de la muerte: la estrella Heisei.
ES
Igual a como sucede en otras poblaciones taironas, en Ponkeica se
alistan los hombres en edad de combatir: ellos marcharán a la con-
centración de tropas al Valle Interior, región central de gran valor
táctico para hacer la guerra, en la parte del país que mira hacia
Noana-mashika, el Norte. Además de la presencia ya molesta de
los ubatashi, la situación se ha tornado alarmante por los continuos
asaltos de los gulamena y los sangaramena. La estrategia general
de la guerra, acordada con Nomaragiey y Toronomala, caciques de
Tayronaca y Posigúeyca, y el Naoma-Kavi muru nakubi, es enco-
mendada en la dirección total de los ejércitos a Seoname-maku.
Consultas astronómicas, adivinaciones, bailes con máscaras a la luz
de las estrellas y a la vista de Kavi-Tama, ya desplazándose para
salir de su casa en la Constelación de los Jaguares, preceden a la
aprobación de las maniobras para la guerra.
De regreso en Ponkeica, Seoname-maku apenas si ha tenido
tiempo de dedicar atenciones a Ula-yang, ocupado como está en
preparar a quienes habrán de seguirlo al Valle Interior. La defensa
de los poblados quedará a cargo de los naumas, hombres mayores,
en posibilidad de manejar armas, mientras los más ancianos, las
mujeres y hasta los niños, dedicarán su tiempo a las labranzas, a la
fabricación de flechas, hachas, jáculos, mazas y arcos de gran po-
tencia, algunos con capacidad de disparar cuatro saetas a la vez;
también hay intensa actividad en la preparación de atuendos y tintu-
ras, vendas, medicinas, o sustancias venenosas, a fin de impregnar
las puntas aguzadas de las armas.
Sudoroso, cansado pese a su fortaleza, con el hacha en una mano
y la lanza en la otra, Seoname-maku sube la escalera de piedra que
conduce a la terraza donde se levanta su bohío. A la puerta del
nunhúe ya lo espera Ula-yang: amorosa sostiene en sus manos un
munku, calabazo decorado, rebosante de fresca y deliciosa chibil-
El gran jaguar ”»
djía, chicha de maíz, para calmarle la sed. Ella lo ha observado
todos estos días desde el borde enlosado de su terraza habitacional,
sentada a intervalos en un banquito de madera, porque los primeros
malestares del embarazo ya le producen vahídos. La joven esposa
no oculta el orgullo en su rostro cuando mira con ojos enamorados
a Seoname-maku, entregado con ardor a sus responsabilidades de
cacique y jefe: su aspecto físico, la vitalidad de sus movimientos
cuando dirige y participa en los simulacros de combate cuerpo a
cuerpo, producen en Ula-yang intensa satisfacción, así, en el fondo
de su corazón, tema por los grandes riesgos que deberá enfrentar
Ya los días hermosos de la Casa del Murciélago quedaron atrás,
convertidos en su más maravilloso recuerdo; ahora, en sus entrañas,
bulle una nueva vida: a ese hijo deberá entregarle todos sus cuidados,
mientras Seoname-maku, con similar consagración, se dedicará en
cuerpo y alma a la defensa de su país.
En cualquier instante esperan en Ponkeica al emisario del Naoma-
Kavi: éste traerá la orden que pondrá en movimiento a los rabones
y sus escuadras de guerreros, en dirección al Valle de Tairona. En
tanto, Ula-yang hace placenteros e inolvidables los últimos momen-
tos de vida hogareña que aún le restan al joven cacique.
Dejando de lado las tensiones de esta actividad prebélica, Seo-
name-maku bebe sin prisa la totumada de chibil-djía y se recrea con
su esposa: desde que está gama-ateuki, embarazada, parece revestida
de una deslumbrante y a la vez serena belleza; ello lo hace pensar
en Haba Séinekan, la Gran Creadora. Sentado a su lado, pasándole
el brazo por el talle, le acaricia la redondez de los senos y la tibieza
del vientre próximo a hincharse con el prodigio de la maternidad;
disfrutan cada uno de los instantes, de las palabras, de las sensaciones
en los dedos y sobre la piel... aunque lo callen, temen puedan ser
los últimos: así es la guerra. Sus ojos se extasían con el incendio
en Mamashkaxa, la boca de fuego del Poniente, insinuado como un
resplandor sangriento, asomado sobre el horizonte cerrado de la
selva. Como lo hicieran en Haggi-Ateima, esperan en el cielo la
aparición de las estrellas.
—Te extrañaré, Ula-yang... te extrañaré. Nagluñi: te quiero.
—Y yo esperaré tu regreso... con nuestro hijo. Haré ofrendas a
La Madre todos los días, para que te proteja y salves nuestra nación.
También ellos han seguido atentos los movimientos de Kavi-Tama
78 Bernardo Valderrama Andrade
en su viaje por las fronteras de la Constelación de los Jaguares.
Cuando cruce este lindero estelar, deberán separarse: los grandes
tambores retumbarán por todo el Valle de Tairona, se anunciará el
inicio de la guerra: todos los hombres en edad hábil empuñarán las
armas y sus pies ligeros hollarán los caminos de piedra que bajan
al mar. En las nunhuañkalas se encenderán fuegos a Heisei, Señor
de la Muerte, se le harán ofrendas y bailes con máscaras.
ES
Cuando los sobrevivientes de los poblados de Buya y Tapiraguana
relatan al poderoso Avincuo, cacique del principal centro duanabuká
en las laderas de la Montaña Blanca, sobre el saqueo, destrucción
y crueldades cometidos contra su gente por los invasores venidos
del mar, éste monta en cólera e indignación: sus hábitos de vida
pacíficos no son prueba de debilidad: por el contrario: en las costas
y laderas de la Sierra Nevada, la Gente del Pelícano ha dado muchas
muestras de valentía. De inmediato, Avincuo convoca a otros jefes
duanabuká para organizar la resistencia y cobrar venganza contra
los caribes; y envía al País de los Taironas a Chole, uno de sus
viejos consejeros y principal emisario, a fin de concertar alianza
con sus poderosos vecinos.
Koko
Sobre las ruinas de Buya, Sangama, jefe de los arranca-cabezas,
ordena la construcción de un gran campamento para sus victoriosos
expedicionarios. La combatividad de que hacen gala está a tono con
su aspecto intimidante de cráneos rapados y sometidos a deformacio-
nes: de piel cobriza, apenas vestidos con taparrabos, su fama y
orgullo se sustentan en la eficiencia mortal de sus escuadras al mando
de manicatos. Obedecen sin vacilar las órdenes de Sangama, siempre
al frente de ellos durante los combates, en los puntos de mayor
riesgo. Su ejemplo y temeridad los enardece y conduce a la victoria.
De corpachón marcado por cicatrices de heridas recibidas en batallas,
y pinceladas o tatuajes rojos y negros, el líder sangaramena, esté
donde esté, se destaca entre los suyos y comparte todas y cada una
de sus actividades: se mezcla con sus guerreros, participa en com-
El gran jaguar
petencias con ellos, convive. Su lugar como jefe caribe de los
arranca-cabezas es bien ganado: por eso puede imponer su férrea e
implacable disciplina. Amedrentarse, no acatar sus Órdenes, se paga
con la vida.
Bajo una ramada abierta a las cuatro direcciones, Sangama goza
de la vida al comienzo del atardecer Rodeado de las atenciones y
el bullicio de sus mujeres, botín de guerra en distintas expediciones,
se complace con anterioridad en observar las formas y los ademanes
de quien habrá de acompañarlo esa noche en la hamaca. Unas pocas
son caribes, venidas con él desde las islas; la mayoría son duanabuká,
y otras alduguiji y kogis, recién capturadas. Todas comparten los
gustos del líder caribe y se dan por satisfechas de haber sido selec-
cionadas en los repartos posteriores a la victoria. Propio de sus
nuevos dueños es el buen trato hacia las mujeres, siendo las más
afortunadas las pertenecientes a los de mayor jerarquía.
Entre ellas camina Sangama, las consiente, las acaricia para esti-
mular los deseos. Pero también hay otra clase de lujuria en sus
pupilas, y es cuando mira hacia las vertientes mayores de Keka-Bun-
kua...
Son fértiles, provocativas como mis hembras, estas tierras donde
quiero establecerme y organizar una gran nación para mi gente. Y
lo haré en valles y montañas, en esas cumbres y detrás de ellas: así
lo intuyo. Pero antes debo arrebatárselas a estos nativos. ¡Como
sea!... Vencerlos y obligarlos a compartir su riqueza Con nosotros.
Y mi hermano Gula y sus arranca-brazos me ayudarán. Y del mar
vendrán más caribes acudiendo a nuestro llamado.. ¡Que aquí hay
tierra para todos!
Una joven duanabuká se interpone en su camino. Como un animal
de presa estira los brazos, la levanta, la contempla en su espléndida
desnudez, con sensualidad y ternura le mordisquea la punta de los
senos, con pasos triunfales la lleva hacia su hamaca. Las otras
mujeres cuchichean risueñas.
Frente a los campamentos de los sangaramena erigidos sobre
franjas de litoral, entre las tiznadas ruinas de Buya y Tapiraguana,
anclados a pocas brazas de la orilla, bornean las naves caribes
llegadas a las costas de la Montaña Blanca; día a día arriban nuevas
flotillas cargadas de guerreros... acuden al llamado de Sangama.
En tanto Gula y sus arranca-brazos han eruzado el ancho río Gua-
80 Bernardo Valderrama Andrade
moea, ya dentro de los territorios taironas, y como una avanzada
buscan posiciones estratégicas dónde hacerse fuertes, para preparar
la invasión caribe en estas fértiles llanuras y prometedoras laderas.
XII
Dentro de la relativa seguridad de la empalizada, Ubatashi-thor pasa
mucho tiempo sumido en cavilaciones: después de su regreso de la
expedición por el Valle de Tairona, está ocupado en preparar una
estrategia, con el fin de resolver el futuro de su gente. Ahora, más
que nunca, los mantiene alerta, y él recorre la plataforma alta del
cercado, desde donde domina los contornos, los marinos, los del
estuario del río Hukumeiji, y los de las primeras montañas de la
Sierra Nevada: detrás de ellas, ya lo comprobó, se desarrolla de
Este a Oeste, ese gran valle interior llamado de Tairona, y en su
mente sigue viendo los poblados y campos de cultivos. En otra parte
de ese viaje, ya de regreso al mar, pudieron conocer de lejos a otros
invasores como ellos: los kashingui. Ocultos entre las ramas de un
árbol esperaban el momento propicio para seguir la marcha, cuando
presenciaron su paso y los reconocieron por su aspecto físico y el
idioma diferente al de los taironas. Casi desnudos, sin otro atuendo
que los portapenes de caracol, algunos con penachos de plumas sobre
la cabeza, avanzaban despreocupados por el sendero de bajada al mar.
—¿Y éstos. . quienes serán? —preguntó Od curioso, en un cuchi-
cheo.
—Por la forma de comportarse deben ser amigos de los taironas.
Luego... —dedujo Conoh al recordar las descripciones hechas de
ellos por sus mujeres.
Desde allí, en el sitio de confluencia de los ríos Sekaimaka y
Ulueiji, debieron movilizarse con máximo de precauciones por la
frecuencia de patrullas.
Salían por el último boquerón de la serranía y su olfato volvía a
percibir el aire salobre del mar, cuando dieron con otro poblado,
éste sí concurrido por servir de campamento a las partidas de vigi-
lancia; el lugar, estratégico, permitía controlar las riberas del Ulueiji
WI!IWHE TWD Dada. nm
El gran jaguar 81
en su llegada al mar, y desde el sitio escogido por los ubatashi para
observar, constataron la acertada deducción de Conoh: en ese pueblo-
frontera departían taironas y kashingui.
En adelante dejaron a un lado los senderos y se internaron por la
selva que bajaba hasta las mismas orillas del mar cubriendo peñascos
casi inaccesibles: reemplazaban el peligro a ser descubiertos, por
las torturantes hordas de moscos y zancudos, o la inquietante presen-
cia de los jaguares. Aquí, por lo exuberante de la vegetación, reinaba
en el día la penumbra y no observaron el cielo hasta emerger al borde
de un alto farallón, con vista a la desembocadura del río Hukumeiji.
Fatigados, con la piel destrozada y llena de hinchazones por las
picaduras de los insectos, sintieron alivio: la aldea y los brazos de
sus mujeres eran otra vez una realidad próxima. Entusiasmados se
descolgaron por los peñascos, aferrados a las grietas y salientes, o
ayudados por la maraña recursiva de los bejucos, hasta sentar pie
en la tibieza fina de los playones. Se encontraban en una pequeña
ensenada enmarcada por ciclópeos riscos azotados con las olas,
donde aquí y allá, incrustados entre grietas y covachas, se advertían
restos de anteriores naufragios: trozos de mástiles, costillares, qui-
llas... algunos de apariencia conocida. ¿Acaso habían pertenecido
a sus malogradas embarcaciones? El hallazgo de restos humanos y
algunos utensilios, pertenecientes a su bagaje expedicionario, con-
firmó sus presunciones; los ubatashi se miraron entre sí: los recuerdos
de sus compañeros surgieron como una evocación trágica y hasta
al inconmovible Conoh se le enrojecieron los ojos: la inmensidad
de su desventura, el peso de la soledad en estas tierras, la verdad
de su mundo perdido tal vez para siempre, los abatió. Como sonám-
bulos vagaron por los soleados arenales, batidos con el rumor impla-
cable de las maretas; silenciosos, sin volver a mirarse entre sí para
no flaquear, tristes y a la vez rabiosos, buscaron aquí y allá. El
encuentro de un arcón forrado en cuero, con incrustaciones y manijas
de bronce, les volvió un tanto el ánimo: permanecía cerrado y era
de aquellos donde acostumbraban guardar las armas durante los
viajes. Lo abrieron y al hallarlo repleto de espadones, hachas y
cuchillos, con los cuales conquistaron tantas victorias en el pasado,
su tristeza se trocó en otra clase de emoción: se armaron, se sintieron
de nuevo con arrestos, buscaron y dieron con más hachones y espa-
das... ¡Ah! Ahora tenían nuevo valor para encarar el presente.
82 Bernardo Valderrama Andrade
Cargando las armas como un tesoro, emprendieron la marcha
hacia su campamento. Para el atardecer cruzaron la empalizada entre
los vítores de sus compañeros y el saludo alegre de las mujeres
taironas, quienes a su manera habían aprendido a amarlos.
XHnIl
Con las facciones demacradas, desfalleciente por el esfuerzo reali--
zado, el emisario de Naoma-Kavi se prosterna ante Seoname-maku
y le entrega la flecha de macana ornada de plumas de kua, la
guacamaya roja; su significado ya todos lo conocen: Kavi-Tama, la
Estrella del Gran Jaguar, abandonó la Constelación de los Jaguares
y la hora de la guerra ha llegado.
Testigos de este acto simbólico son los habitantes de Ponkeica,
reunidos en la gran plazoleta ovalada. De inmediato, revestido con
sus ornamentos y alhajas de oro y pedrería, Naoma-Doa sale de la
Nunhuañkala e inicia un baile circular, primero en torno al templo,
luego alrededor del joven cacique: invoca para él y sus guerreros,
suerte en la futura empresa bélica.
Desde la entrada en penumbra de su nunhúe, Ula-yang presencia
la ceremonia: tiene el rostro petrificado para disimular la angustia
por la llegada del mensajero del muru nakubi; debe dar ejemplo de
entereza por la magna misión encomendada a su hombre; sin embar-
go, sus ojos no pueden esconder esa tristeza infinita de mujer ena-
morada, y en sus manos, en el pecho, en los labios, en su fina
quijada, hay un temblor imposible de controlar
Terminado el ritual del Naoma-Doa, Seoname-maku alza la flecha
a la vista de todos. Al instante se levantan sobre los conos de palma
de los nunhúes, las reverberaciones sonoras y lúgubres de las nung-
subalda, enormes y curvas trompetas de calabazo, acompañadas del
grito delirante de los presentes. El cacique dirige la mirada al lugar
donde permanece Ula-yang, se queda observándola por instantes
que parecen eternos, no permite a los músculos de su cara expresar |
ningún sentimiento: así debe ser, dada su alta dignidad. Con arreos
de oro y plumajes sobre la vestimenta de piel de jaguar negro, el
El gran jaguar 83
carcaj repleto de flechas, arco y lanza de macana en cada una de
las manos, Seoname-maku emite un rugido semejante al de los
felinos, su voz se impone sobre el griterío de la gente. Con agilidad
de tigre se lanza graderías abajo seguido de un centenar de sus
escogidos guerreros, en dirección a la salida de Ponkeica, acompa-
ñadas ahora sus pisadas marciales por el retumbar sonoro de los
tambores de dos membranas.
Cuando el último de la larga fila de la tropa abandona la población,
los tambores y las trompetas callan, vuelve Ponkeica a quedar sumida
en su habitual ambiente tranquilo, apenas alterado por el vendaval
rugiente de los monos de viento, o el parloteo de los shauxalda,
pájaros chao-chao, en su remedo de las voces humanas y de los
animales de la selva.
Igual a como sucede en Ponkeica, en todas las otras poblaciones
dependientes de Tayronaca, los caciques y sus cuerpos armados
emprenden la marcha hacia un lugar determinado del Valle de Tai-
rona, en medio de la confluencia del río Mutaiji y el arroyo sagrado
de Surli, en cuyas arenas blancas chispean trocitos de nyuba, el
material precioso de los crfebres.
Superada la tristeza que oprimió su pecho ante la última visión
de Ula-yang, pero sin poder evitar sentirse nostálgico, Seoname-
maku marcha pensativo al frente de sus guerreros...
Ahora sólo debo preocuparme por cuanto obligue al éxito de la
misión que se me ha encomendado: ¡Vencer a los enemigos de los
taironas! Y si voy a evocar los recuerdos gratos de mi infancia, del
aprendizaje bajo la amable tutela de los ancianos naumas, conoce-
dores de la tradición, de los juegos, de las labores en los campos,
de la cacería por la selva, o mis días felices al lado de Ula-yang,
será como una razón para llenarme de más valor y así recobrar la
antigua paz reinante, cuando mi padre vivía y era un cacique amado
y respetado por todos. Por ello seguiré poniendo en práctica cuanto
aprendí en los adiestramientos marciales, coincidentes con las prime-
ras noticias sobre la llegada de los invasores, esos ubatashi de piel
clara, ojos azules y cabello de fuego, que nos traicionaron y robaron
mujeres en Aldagúiji y Savijaka, una de ellas mi hermana; o los
sangaramena y los gulamena, destructores de los poblados duanabu-
ká, y ya dentro de las fronteras taironas, los de los aldu-guiji y los
kogi; desde entonces, estos intrusos se han hecho fuertes en los
84 Bernardo Valderrama Andrade
territorios de Keka-Bunkua, han organizado incursiones guerreras
y se atrevieron a subir por el curso cerrado de los ríos. Así llegaron
a las vecindades de Ponkeica e incitaron a mi padre a salir en defensa
de la población, y entablarles batalla.
Saltando sobre las piedras del camino, Seoname-maku revive en
la mente cuanto sucedió en aquella ocasión: las primeras escaramuzas
que favorecieron a los taironas: subestimaron al enemigo, lo persi-
guieron hasta las mismas orillas del mar: allí los esperaba Gula con
todo su poderío: desplegó una estrategia envolvente, rodeó a los
nativos y los obligó a deponer las armas; luego, en demostración
de superioridad y acorde con sus prácticas, ordenó colgar a los
vencidos de las ramas de los árboles, por los pies, se procedió a
cortarles los brazos y les dio muerte lenta por el desangre. Uno de
los sacrificados fue el propio cacique de Ponkeica. La noticia del
desastre bélico produjo consternación en Keka-Bunkua: se organiza-
ron partidas de defensa y contraataque, Seoname-maku empuñó las
armas y marchó a los frentes de combate del litoral.
En estas expediciones lograron reconquistar la franja litoraleña
donde fuera vencido y muerto el cacique de Ponkeica, sus restos y
los de sus guerreros los encontraron todavía suspendidos de las
ramas, secándose al viento y al sol, luego de servir de alimento a
los buitres y las fieras. La vista del macabro espectáculo impactó a
Seoname-maku: juró venganza total, su alma se llenó de odio, se
convirtió en el guerrero más temerario entre los suyos; desde entonces
infligió significativas derrotas a los gulamenas y la leyenda del
Jaguar Negro tomó cuerpo hasta entre los mismos caribes. Por ello
se ganó el derecho a suceder a su padre como cacique de Ponkeica,
y más tarde, ser escogido por el Naoma-Kavi para comandante
supremo de los ejércitos.
Las grandes planadas entre los ríos Nakulin y Mutaiji, en el Valle
de Tairona, se llenan de visos rojos cuando el sol del atardecer
forma abanicos de luz sobre las cumbres de los cerros Guachaca y
Buritaca, labrados desde inmemoriales tiempos por las aguas de los
ríos en su paso incontenible hacia el mar En estas sabanas se
El gran jaguar 85
concentran ahora miles de guerreros a la espera de la orden para
lanzarse a la guerra; agrupados en torno a las fogatas se dan un
último descanso, cuecen alimentos y se reparten chibil-djía, la chicha
de maíz.
Circulando entre los soldados, con miradas altivas y ademanes
imperiosos, se ve a los rabones con sus largas colas de cabello
pretinadas de oro: conversan entre sí, se dan importancia,con el
relato de sus acciones bélicas. Todos, sin excepción, lucen la piel
pintada de bija, tintura de achiote, semejan una raza de hombres
colorados.
Sobre los playones de arena blanca chispeante de mica y oro de
Surli-tukua, la Quebrada del Sol, se ha construido una gran nunhuañ-
kala para sitio de reunión de los caciques. Allí están en lugar pree-
minente, Nomaragiiey de Tayronaca y el viejo Toronomala de
Posigijeyca, quien con Seoname-maku dan los toques finales a la
estrategia de guerra: son asesores los caciques Gama, Guregúey,
Gitogare y Gitamaku, de Bonda, Cincorona, Chairama y Buritaca;
y atentos escuchas, otro medio centenar de caciques menores.
A la noche, en medio de gran pompa, se presenta en el campo
armado Naoma-Kavi muru nakubi, seguido de un séquito integrado
por los principales sacerdotes de Keka-Bunkua. Con ellos, a la luz
de las estrellas, inician un complicado ceremonial de ofrendas, adi-
vinaciones y danzas guerreras, interpretadas por los rabones. El
viejo y supremo naoma realiza las últimas observaciones en el firma-
mento, y muestra la posición de Kavi-Tama en la frontera de la
Constelación de los Jaguares: la Estrella del Gran Jaguar comienza
a apagar su cauda, a confundir su apariencia con los otros cuerpos
luminosos, y a emprender un largo viaje por otros ciento cincuenta
y dos solsticios.
En medio de la tempestad de gritos de los guerreros, Seoname-
maku recibe de las manos del Naoma-Kavi la flecha ornada de
plumas negras y blancas de nambo, el cóndor, ave rey de la Montaña
Blanca, insignia que lo ratifica como gran jefe de los ejércitos, y a
la vez, es orden para intentar la consolidación de las fronteras y el
exterminio de los invasores.
Se apagan una a una las estrellas. Munseishi, el Amanecer, se
insinúa tras de los horizontes montañosos, el viento transporta nebli-
86 Bernardo Valderrama Andrade
nas de lo profundo de los cañones del Nakulin y el Mutaiji, teje
celajes sobre las lomas azules de Guachaca y Buritaca.
ES
Solitario, de incógnito, Seoname-maku abandona silente el campa-
mento donde desde hace dos lunas se concentran los guerreros. Sei,
la Noche, es su cómplice y compañera en esta misión, más que
secreta, trascendental y misteriosa. Sólo Naoma-Kavi muru nakubi
está enterado de su cometido.
Para no dejar huella de su paso ni ser detectado por sus propios
centinelas, se aleja del campamento siguiendo el curso tranquilo de
Surli-tukua. Camina con los pies dentro del agua, tibia por el arroyo
caliente, fluyendo a ella después de brotar entre humaradas y reso-
plidos, atribuidos a Karldikukui, Madre del Agua, como una forma
de requerir ofrendas desde las profundidades de la tierra. Cuando
llega al río Mutaiji, sonoro y caudaloso, se detiene por unos instantes
y mira al frente, hacia Sei-Ashkuan, el Occidente, donde nacen la
noche y el color negro: quiere distinguir bajo el cielo estrellado la
mole oscura y monumental del Cerro Buritaca, con los tres picos
de Seinku, Padre de la Maldad, donde Mama Ubalangui construyó
Otras tantas nunhuañkalas y oficia con los poderes de Noanase, la
Ley del Mal. Pese a la oscuridad, Seoname-maku distingue la mon-
taña. La valentía, compañera en todos sus actos, en esta ocasión
no lo libra de sentir una extraña sensación: es un frío corriéndole
por todo el cuerpo, la piel erizada y temblores imposibles de contro-
lar Igual sentía de chiquillo cuando se atemorizaba, y, con excepción
de esas veces, el miedo nunca lo ha inquietado, ni siquiera en los
momentos de tensión precedentes a las batallas. Esta noche, cuando
debe subir a una de las tres cimas de Seinku a entrevistarse con el
Mama Ubalangui, con dificultad domina estos sentimientos.
Según el Naoma-Kavi, al otro lado del río debe esperarlo quien
será su compañera en la misión: Nyuba-Aluna, el Espíritu de Oro
de los Taironas; ante su pureza y bondad, quizás el Mama Ubalangui
refrene sus deseos por desatar la maldad y permita a Seoname-maku
presentar las ofrendas a Seinku; así los peligros y desgracias de la
guerra caerán sobre los invasores, y no sobre los taironas.
El gran jaguar 87
Se echa al río Mutaiji y en la lucha por dominar sus impetuosas
aguas, vuelve a conquistar la confianza en sí mismo; cuando emerge
en la otra orilla, con los músculos tensos por el esfuerzo realizado,
ya no siente vacilaciones: ahuyentó el miedo, ahora camina por la
ribera alta y pedregosa, busca entre las sombras a la mujer sagra-
da. Como lo advirtiera Naoma-Kavi, la encuentra cerca de allí, de
cara a lagakenka, el Suroccidente. A sus espaldas ya se insinúa la
aparición de Saxa-ti aclarando la noche. Seoname-maku ha oído
hablar de Nyuba-Aluna, de su belleza corporal, de sus poderes
adivinatorios, de su desconcertante capacidad para verlo todo sin
levantar lbs párpados. Nadie le conoce el color de las pupilas, porque
ninguno la ha visto con los ojos abiertos... Tal vez sólo el muru
nakubi. Y allí está, solitaria, el cuerpo desnudo, sin otra prenda
que las joyas cubriéndole la piel.
—Te esperaba, Seoname-maku... Ya es tiempo de subir al Cerro
Buritaca: antes de la llegada de Mukulda, el Viento Malo.
El cacique se queda mirándola, admirado con su presencia enjo-
yada: en sus alhajas parecen chispear las estrellas del cielo.. toda
ella, de la cabeza a los pies, es una mujer de-oro. Y siente orgullo
de tenerla por compañera en esta misión. Nyuba-Aluna, símbolo
del Bien, inspira la confianza necesaria para neutralizar los poderes
malignos dei Mama Ubalangui.
—Te saludo, Nyuba-Aluna. Me complace tu compañía. Dime:
¿Conoces el camino? :
La joven se vuelve: halagada, esboza una ligera sonrisa; su rostro
sereno, con los párpados cerrados, la reviste de un halo propio de
los dioses. Su voz es de acentos suaves cuando responde:
—Sí. Debemos seguir el camino ancho de piedra: nadie lo frecuen-
ta; todos temen subir a las casas ceremoniales de Mama Ubalangui.
Lo encontraremos cerca.
Con pasos seguros Nyuba-Aluna guía al cacique ribera arriba del
Mutaiji, hasta un lugar donde blanquea la ancha cinta empedrada,
apuntando como un trazo hacia las primeras laderas del Cerro Buri-
taca.
—Aquí está —confirma cuando siente bajo sus pies las losas del
camino. Levanta el brazo hacia los picos de Seinku y señala la larga
calzada que conduce a la Montaña del Mal. Seoname-maku sigue
con la vista el gesto de la muchacha y no puede evitar volver a
88 Bernardo Valderrama Andrade
sentir un vago temor: tanto es el poder sobrenatural atribuido al
sacerdote oficiante en los templos de la montaña.
—»Nyuba-Aluna: debemos tener éxito. No podemos fracasar
—d<ice preocupado y la mira esperanzado por ver en su rostro un aire
optimista. La joven permanece serena, sin la menor señal de inde-
cisión. Seoname-maku se admira de la propiedad de su compañera
para desplazarse con los ojos cerrados. La curiosidad se impone:
—Dime: ¿Cómo lo haces?... ¿Acaso nunca necesitas abrir los
ojos?
Ella sonríe, con su aire distante ahora un tanto burlón. Y para
demostrar sus raros poderes, lo toma de la mano y lo obliga a seguirla.
—Vamos: de esta misión dependen el futuro y la vida de nuestros
hermanos. Será imperioso llegar a uno de los tres picos de Seinku.
¿Trajiste las ofrendas?
Seoname-maku asiente y aprieta entre sus dedos la mochilita de
algodón colgada del cuello, donde lleva las kuitsi de cristal de roca
negra. Y sin soltarse de las manos aceleran la marcha y se internan
por el camino ancho de piedra, a la vista de Saxa-ti, alumbrándolo
todo con su luz blanca. Ya próximos a las faldas del Cerro Buritaca,
el sendero se abre en tres ramales que apuntan a cada uno de los
picos de Seinku. Se detienen: Seoname-maku vacilante, Nyuba-
Aluna pensativa: al final de uno de estos caminos espera Mama
Ubalangui, acechándolos, dispuesto a desatar las fuerzas del mal
para impedirles entregar las ofrendas.
—No atino por cuál seguir. Me acojo a tus conocimientos —re-
conoce Seoname-maku. Nyuba-Aluna se sitúa en el lugar de conver-
gencia de los ramales, voltea las palmas de las manos al frente,
levanta la barbilla, se queda quieta, como si percibiera algo en el aire.
—Se acerca Mukulda... ¡El Viento Malo! Ya lo oigo. Debemos
darnos prisa.
Con movimientos impulsivos toma la mano del cacique, le trans-
mite su vehemencia, lo arrastra por el camino del medio, escogido
según su esotérica sabiduría. Un poco adelante la ancha calzada de
lajas se convierte en gradería. A esta parte, las labranzas de eibi,
maíz, mulda, algodón, y seina, yuca, han quedado atrás. Sólo los
rodea la espesura inextricable de la selva con sus mil voces miste-
riosas, acompañadas por el aleteo creciente de las hojas en las ramas
de los árboles, agitadas por una brisa cada vez más intensa.
El gran jaguar 89
—¡Mukulda! —confirma Seoname-maku, atento al murmullo del
viento, rugiente como un jaguar gigante sobre las cumbres del Cerro
Buritaca.
—No podremos escapar a él: en un momento lo tendremos encima.
Mama Ubalangui ya descubrió nuestra presencia.
La brisa arrecia y se convierte en viento.. en vendaval... en
fortísimo huracán: los árboles se sacuden, gimen, algunos son arran-
cados de cuajo con gran estrépito: se astillan las ramazones: hay
lluvia de hojas: se agitan los bejucos a manera de látigos, deben
esquivar la inexplicable precisión de estos azotes y el derrumbe
fragoroso de los colosos vegetales sobre el sendero de piedra. Vapu-
leados por este cataclismo, reconocen los tremendos poderes del
Mama Ubalangui empeñado en hacerles imposible el acceso a la
montaña. En medio de relámpagos, Nyuba-Aluna y Seoname-maku
avanzan con esfuerzo. Ruge el viento con intensidad rayana en lo
inconcebible, zigzaguean los rayos, parpadean los relámpagos, es-
tallan los truenos en una tempestad seca.
Cuando después de sortear los peligros del huracán, coronan los
lomos aplanados de la montaña, el ventarrón se interrumpe en forma
instantánea: todo queda en calma, cesa el clamor horrísono de la
naturaleza, de nuevo es posible mirar el cuadro luminoso de las
estrellas.
Seoname-maku se detiene desconcertado: él, como la muchacha,
están sofocados.
—¿ Y ahora? —pregunta convencido de enfrentar fuerzas sobrena-
turales.
—No perdamos tiempo. Sigamos... antes que Mama Ubalangui
yuelva a atacar.
—¿Fue él?
Frente a ellos, emergiendo del horizonte boscoso y plano del lomo
del Cerro Buritaca, se alza uno de los tres escarpados picos de
Seinku. Pese a la fatiga, sin soltarse de-las manos, echan a correr
por el camino enlosado, allí otra vez llano, apenas con ligeras curvas
determinadas por el filo de la montaña. De reojo Seoname-maku
mira a su compañera, admira su agilidad y velocidad para correr,
sus pies no parecen tocar el suelo... y sus párpados siguen cerrados.
—¿Acaso vuelas? —le pregunta sobre la carrera. Nyuba-Aluna
suelta una carcajada. Es la primera vez que le aprecia una actitud
90 Bernardo Valderrama Andrade
expansiva y no su habitual sonrisa misteriosa: ahora ríe de verdad,
sin limitaciones.
Un repentino cambio en la pendiente del camino indica la llegada
a la base del pico: se detienen, él con la respiración agitada, ella
ya sin la menor muestra de fatiga, como si en realidad hubiera
volado.
—En verdad... ¡Tú eres el Espíritu de Oro de los Taironas! —cen-
fiesa admirándola. Nyuba-Aluna torna a su habitual actitud, y ad-
vierte:
—Hasta aquí te acompañaré. Ahora debes seguir sólo.. y así
veas y encuentres obstáculos y enemigos, avanza sin detenerte, hasta
coronar la cima y depositar en el templo las kako, ofrendas para
Seinku. Así la suerte se pondrá de tu parte. Y ahora, ten.. —la
muchacha se suelta un cinturón de cabello con pretinas de oro y se
lo entrega—, con esto te defenderás. Será suficiente.
—¿Esperarás mi regreso?
Nuyba-Aluna sonríe con su aire distante.
—No será necesario.
—¿ Volveré a verte?
—Haba Séinekan lo decidirá. Tu vida y la mía están ligadas a la
suerte de nuestro pueblo. Cumple tu misión: hankua seiji: sé fuerte.
Se separan, cada cual caminando hacia atrás, conmovido el joven
cacique con ese raro poder que emana de la muchacha. Cuando se
vuelve para continuar la marcha, encuentra el camino cerrado por
un enorme jaguar negro, agazapado, con las fauces abiertas, amena-
zante, los ojos fosforescentes en destellos rojos y verdes. Nunca ha
visto uno de tal tamaño.
—;¡Seiname!. ¡El Jaguar Negro! —murmura entre dientes y va-
cila en proseguir. Pero Nyuba-Aluna le dijo: Sigue adelante, sin
detenerte, no importan los obstáculos: Y... ¿Por qué va a interpo-
nerse en su camino un jaguar negro? ¿Acaso él mismo no es un
seiname?... Levanta el látigo-cinturón de cabello y oro, lo hace
girar sobre su cabeza, embiste simultáneo con el jaguar, le lanza
un fuetazo y cuando va a dar en el blanco el animal se deshace:
como por encanto el camino queda libre.
—¡Oh!.. Y parecía tan real.
Se vuelve a mirar atrás. Distante divisa a Nyuba-Aluna: es una
silueta dorada resplandeciendo en la oscuridad. Así esté lejos cree
El gran jaguar
divisar sus rasgos sonrientes, satisfecha por su conducta, y compren-
de: el jaguar negro era la visión de sí mismo, su peor enemigo de
haberse atemorizado.
Decidido, casi con alegría, triunfante sobre el miedo, hace girar
varias veces el látigo-cinturón en señal de despedida a la muchacha.
Y emprende a saltos el ascenso al pico de Seinku. Nuevos obstáculos
aparecen en su camino: cubriendo la gradería, en forma de tapiz,
se retuercen nudos de serpientes tejaku, venenosas cascabel agitando
sus colas sonoras como bastones de brujo: ante su presencia levantan
las cabezas dispuestas al ataque. Seoname-maku no se detiene, salta
sobre ellas y al hacerlo desaparecen. Un poco más arriba el camino
se cierra con otro tropiezo: las geométricas malkua-shisa, telas de
las arañas gigantes de hilos plateados a la luz de Saxa-ti. ¿Serán
imaginarias?... Lo cree y se lanza sobre ellas: queda atrapado entre
la pegajosa maraña. Sus movimientos desesperados por recobrar la
libertad alertan a los peludos y rojizos arácnidos: de inmediato se
arrojan sobre él. Con supremo esfuerzo rompe la resistencia de los
telares y escapa de ser inoculado con veneno paralizante.
Ante una nueva trampa de Mama Ubalangui se confunde: inter-
puestos en el camino hay tres corpulentos guerreros de piel blanca,
cabello de fuego, armados con bruñidos espadones de metal, con
ojos brillantes como kuitsis azules: ¡Los ubatashi!, alcanza a pensar
y ya los tiene encima atacándolo a fondo con la punta afilada de
sus armas. Amaga con el látigo en desigual batalla, salta a un lado
y otro para evitar los mandobles. Está pensando cómo habrá hecho
Mama Ubalangui para aliarse con estos invasores, cuando descubre
que ya no empuñan espadas, sino las pesadas y mortíferas hachas
de piedra de los caribes; les mira a la cara y los ve transformados
en gulamenas o sangaramenas, de cuerpo desnudo y cráneo deforma-
do. ¡Ah! Es otra treta del poseedor de Noanase, la Ley del Mal.
Deja de combatir y esquivar a sus enemigos, salta al frente echando
fuetazos, pasa entre ellos, los ve deshacerse al contacto centelleante
del prodigioso cinturón de Nyuba-Ajuna.
Ya está próximo a la cima del pico de Seinku: tiene forma de
torreón, con paredes forradas en piedra, un escalonamiento interme-
dio a manera de contrafuerte, y como acceso una amplia rampa
enlosada.
—;¡La Terraza del Mal! —pronuncia entre dientes, sobrecogido
92 Bernardo Valderrama Andrade
con la imponencia del lugar y sus implicaciones mágico-religiosas.
Sin soltar el cinturón de cabello y oro, aprieta en la otra mano la
mochilita donde guarda las kako, por la rampa inicia la subida, los
sentidos alertas para no dejarse sorprender; de una cosa está seguro:
el maligno sacerdote será su última barrera. Así sucede: ya divisa
la mole cónica de la nunhuañkala, cuando interponiéndose aparece
un viejo alto, fuerte, de piel tan oscura que podría confundirse con
la noche de no ser por los ropajes blancos pintados con signos
cabalísticos. Su voz es ronca, iracunda, con resonancias:
—¡Dikuijiname!... ¡Hombre-león-negro! —grita y le centellean
los ojos. Seoname-maku responde también a los gritos, sin mostrar
temor:
—¡Así es!... Traigo kako para Seinku. Tributos para que Noanase,
la Ley del Mal, no caiga sobre los taironas en la guerra por em-
prender.
ES
Cuando vuelve a tener conciencia de sí, Seoname-maku se halla de
nuevo en las orillas del río Mutaiji.
Es el amanecer y la gran mole del Cerro Buritaca se eleva al
frente, azulada, cubierta de celajes. Desconcertado, el cacique no
sabe si cuanto acaba de vivir fue realidad o apenas un sueño. Está
por creer esto último, cuando se lleva la mano al cuello y aprieta
entre los dedos la mochilita donde guarda las kuitsi de cristal de
roca negra: está vacía.
Lo dominan sentimientos encontrados: un interrogante le taladra
el cerebro: ¿Cumplió su cometido y estuvo allá arriba enfrentado al
Mama Ubalangui? Piensa en Nyuba-Aluna con intensidad frenética:
si la viera otra vez... ella debe tener la respuesta. Pero no está a su
lado ni en los contornos, en sus manos tampoco conserva el cinturón
de cabello y pretinas de oro.
Abrumado por la incertidumbre, Seoname-maku enfila sus pasos
hacia el campamento donde lo esperan sus guerreros. Y si no entregó
las ofrendas a Seinku, ¿cuál será el destino de sus ejércitos? Le
angustia no tener contestación. ¿Habrá triunfado Mama Ubalangui
con su Ley del Mal?
gee
E
El gran jaguar 93
No advierte Seoname-maku que a sus espaldas, con la agilidad
silente de los animales de su especie, lo sigue un enorme seiname...
el jaguar negro.
XIV
El paso de la flotilla caribe a regular distancia de la playa y frente
a las costas de Buritaca y la aldea kashingui, confirma a Kashín y
Ulaban la llegada de otras gentes de su raza, en busca de Tierra
Firme. De inmediato una pregunta los inquieta: ¿Tendrán estos vi-
sitantes relación con los gulamena y los sangaramena? Un emisario
se presenta y los urge a comparecer ante el Naoma Cotocique.
Conocedor de los aprestos bélicos de los taironas y de los actos
que pueden esperarse de los caribes, y preparándose para cualquier
eventualidad, Kashín ordena aparejar sus navíos frente al estuario
de Palanoa: así pone en alerta a los kashingui, dedicados a mirar
los barcos de sus hermanos de raza, inconfundibles con sus bordas
acorazadas con caparazones de tortuga carey. Ya a todos inquieta
un mismo interrogante: ¿Vendrán en son de guerra o de paz?... De
común acuerdo, Kashín toma puesto en el puente de mando de su
nave y se apresta a cualquier contingencia; Ulaban, en tanto, sale
para Búritaca en plan de comisionado.
En el poblado tairona y dentro de la nunhuañkala, lo esperan
Naoma Cotocique y Gitamaku el cacique, éste recién llegado de
Tayronaca al frente de un numeroso cuerpo armado.
—Saki shivaldau, Naoma Cotocique —saluda de entrada Ulaban
y hace una reverencia ante el sacerdote; luego se vuelve a Gitamaku
y con una leve inclinación de cabeza, añade—: —Hánchika, mako
tama. Te saludo, gran jefe.
Cotocique y Gitamaku, con rostros hieráticos, a su vez inclinan
las cabezas y responden en coro:
—Uá, uá: bien, bien.
Esto es sólo la formula de respuesta acostumbrada, porque su
actitud, con los brazos cruzados y la frente arrugada, muestra gran
preocupación. Ceremonioso, Cotocique toma su lugar en la banca,
y con vOz grave anuncia:
94 Bernardo Valderrama Andrade
—Seingabe itei, hangui: estoy sentado, pensando.
Con ello indica estar dispuesto para hablar de asuntos importantes.
Gitamaku y Ulaban ocupan otras bancas y de inmediato Cotocique
pregunta:
—¿Ha visto las embarcaciones?
Sus ojos se clavan profundos en el rostro de Ulaban: no quiere
perderse ninguna de sus reacciones: así podrá leerle el pensamiento.
—Las he visto.. son caribes: gente de mi raza: he reconocido
sus piraguas.
El naoma y el cacique cruzan significativas miradas; el sacerdote
prosigue dejando ver su inquietud:
—De todos son conccidas las atrocidades cometidas por gulame-
nas y sangaramenas entre nuestros vecinos los duanabuká; y también,
ya entre mis hermanos los kogi y los aldu-guiji. ¿Qué piensa de
estos que ahora llegan?
Ulaban comprende la actitud de los taironas: ya hasta desconfían
de ellos y con razón; su única opción es ganar tiempo.
—Sí. he sabido: por lo dicho por usted, Naoma Cotocique, y
por lo escuchado en Tayronaca. Habrá guerra. Por ello, con todo
respeto, invoco su sabiduría y poder; nosotros los kashingui hemos
cumplido lo prometido a los taironas y no los hemos ofendido. Para
mi gente pido amistad y comprensión. De los otros —y señala en
dirección al mar—, así sean de mi raza, ni Kashín ni yo conocemos
sus intenciones. No podemos adivinar ni responder por sus actos.
Por segunda vez Cotocique y Gitamaku intercambian miradas.
La franqueza de Ulaban los convence y para ellos es suficiente. Se
lo hacen saber, lo interrogan sobre las costumbres guerreras de los
caribes, luego dan por terminada la entrevista. Sale el kashingui de
la nunhuañkala con aire preocupado, le cuesta trabajo atender a los
chiquillos taironas agrupados a su alrededor como suelen hacerlo
siempre que viene al pueblo, debido a su costumbre de enseñarles
juegos, participar en ellos, o contarles historias sobre sus aventuras.
Ahora, ensimismado, mira a los niños sin verlos. Tiende la vista
hacia el horizonte marino, descubre las manchas alargadas de los
navíos. Entiende por qué los de su raza buscan las tierras fértiles
de Keka-Bunkua para establecerse y progresar, pero no comparte
sus sistemas violentos. Y en forma fugaz recuerda un pasaje de su
vida: el rapto de su madre. ¿Dónde estará ella?.. ¿Vivirá aún? Y
El gran jaguar 95
de ser así, ¿cuál será su suerte? Preguntas dolorosas que desde niño
lo han atormentado y sólo tienen consuelo en la piedra nube-cielo,
amuleto cuya superficie pulida acaricia cuando la rememora. Angus-
tiado, mirando el mar y rodeado de los chicos taironas, siente un
dolor anticipado por una guerra imposible de evitar
La actitud inocente de los pequeños enfrentada al desastre en
ciernes, le produce desazón: es un sentimiento de tristeza adelantada,
por cuanto pueda ocurrirles a ellos y a todos los demás habitantes
sin capacidad de combatir: víctimas sin albedrío. Con esfuerzo echa
a un lado los presagios, cede ante la insistencia de los chiquillos y
participa con ellos en el juego. El aire se llena de un alegre bullicio,
obliga a Cotocique y Gitamaku a asomarse a la puerta de la nunhuañ-
kala.
Por entre el bosque de trupillos, almendros y marañones, Ulaban
regresa a la aldea kashingui. De cuando en cuando mira hacia el
mar para evidenciar la posición de los barcos. Su andar es firme,
de grandes zancadas, y en su faz se refleja la determinación. Como
suele suceder, la voz de Nyuba-Aluna lo sorprende:
—¡Ulaban!
El se detiene, transformado el rostro por una expresión de alegría.
—;¡Nyuba-yang!
Mira en contorno, cauteloso, pero ella se le adelanta:
—-Nada hay que temer: estamos solos. Todos miran hacia el mar
Sonríe confiada, extiende los brazos y cuando el kashingui está
frente a ella, con las manos le palpa el semblante.
—Narldunye, me gusta. Has tomado tu decisión. —Baja las manos
hasta el cuello, toma la piedra amuleto nube-cielo, la sujeta entre
los dedos y con expresión de quien presienie su significado, musita—=
Yo, y esta kuitsi, siempre te acompañaremos.
Ulaban la abraza, la estrecha en una combinación de ternura y
pasión, besa una y otra vez sus párpados cerrados y tranquilos,
observa admirado su belleza, enmarcada por el largo cabello negro
y las diademas colgantes de oro; se recrea con anticipación en el
ardor incitante de sus labios curvados en gesto provocativo. Ella se
96 Bernardo Valderrama Andrade
deja acariciar, se muestra complaciente al contacto de sus manos,
descubriendo sus intimidades y secretos. Cuando la locura del amor
comienza a convertirse en urgencia, lo contiene:
—Basta, Ulaban. Recuerda: soy Nyuba-Aluna. Más bien... cuén-
tame: ¿Cuál es tu decisión? Lo palpé en tu cara:
—¿Debo revelártelo?... Cotocique y Gitamaku no me confiaron
sus intenciones, y no se los reprocho.
—Puedes no hacerlo. Pero si confías en mí, podré ayudarte.
Ulaban no se sorprende: ya conoce los poderes mentales de su
amada; y porque confía en ella, decide contarle lo acordado con
Kashín. Nyuba-Aluna se lo impide sellándole los labios con una de
sus manos. Sonríe enigmática y a continuación, adivina cuanto ellos
han pensado hacer. Lo ha leído en el pensamiento.
—-Dime, Nyuba-yang: ¿Cómo sabes todo?... ¿Hasta mis pensa-
mientos? Y sobre el futuro, ¿qué pasará?... ¿Qué será de nosotros?
El Espíritu de Oro vuelve el rostro al mar, con sus largas y negras
pestañas haciendo sombra sobre sus pómulos. Le tiemblan los labios
y las aletas de la nariz. Ya no sonríe. Una seriedad extrema marca
sus bellas facciones.
—El futuro está en tu corazón. La muerte, ahora o después, no
importa. Haré ofrendas a Heisei... no puedes desviar tu camino.
Yo estaré acompañándote. Ahora vete: el tiempo apremia.
Impresionado como nunca con los poderes de Nyuba-Aluna,
amándola con todas sus fuerzas, Ulaban prosigue su camino. Para
entonces Surli enrojece, desciende hacia Mamashkaxa, la Boca de
Fuego.
Con los velámenes recogidos y las tripulaciones adormiladas, las
naves abarloadas de los kashingui cabecean por la marea alta. En
la piragua capitana, Kashín y Ulaban ultiman detalles:
—-Cotocique y Gitamaku querían saber nuestra actitud. Los des-
manes de los caribes han desbordado su indignación. Les dije lo
acordado, pero no sé si logremos ganar el tiempo necesario.
Kashín, recostado sobre la borda, luce poderoso y temible con
sus arreos guerreros. Quisiera penetrar con la mirada la oscuridad,
El gran jaguar 97
acentuada por la ausencia de luna y estrellas. Se ve impaciente,
deseoso de entrar en acción. La voz le sale en un cuchicheo:
—La última visión que tuve de la flotilla, la mostraba en posición
de ataque. Se aproximan al amparo de la noche. Cuando amanezca,
estarán frente a Buritaca.
Ulaban concuerda con estas apreciaciones:
—Los taironas preparan la defensa y no esperan contar con noso-
tros como aliados. Su recelo es justificado por las experiencias con
ubatashis y caribes. Por ello debemos actuar con prontitud. No queda
otra alternativa.
Kashín, con un ademán, indica ahora a tierra firme, a espaldas
de la aldea kashingui:
—Los taironas ya nos tienen rodeados: en este enfrentamiento no
podremos ser neutrales.
Envueltos en la noche, los dos amigos se despiden.
Ulaban se descuelga por la borda hasta una pequeña embarcación
aparejada, suelta las amarras, orienta la vela, la tesa, solitario se
hace a la mar en dirección a la flotilla caribe. Kashín reúne a los
habitantes de Palanoa en la playa, les revela lo convenido con Ulaban
y Su arriesgada misión, les pide expresar su voluntad.
XV
Es el amanecer.
Desde la bocana del Mutaiji y a través del boquerón de la serranía,
se divisan como diamantes blanco-azules los picos de Keka-Bunkua.
En el mar, a esa hora con inmovilidad de espejo, se destacan a
regular distancia las formaciones de las piraguas caribes, semejantes
a extraños y enormes insectos posados en el agua. Arriados los
velámenes, con sus bordas acorazadas y erizadas de lanzas, avanzan
al impulso sincronizado de los remos.
En el puente de la nave capitana y tras una mampara, Gula atisba
hacia tierra y el poblado de Buritaca. Sobre su cabeza, prendidos
del mástil, macabros trofeos de combate, se balancean racimos de
brazos secos con las manos agarrotadas, pertenecientes a rivales
98 Bernardo Valderrama Andrade
vencidos. Por la expresión del rostro se adivina su ánimo resuelto,
impulsivo cuando de combatir se trata; Buritaca será su próxima
conquista y ya lo posee la acostumbrada exaltación hormigueándole
por todo el cuerpo. Ese día, sin embargo, un nuevo ingrediente
contribuye a aumentar su agresividad: la causa es Ulaban y sus
insólitas propuestas.
Clareaba la Luna Llena y sacaba brillo alos caparazones de tortuga
de sus barcos, cuando uno de los vigías anunció la presencia del
kashingui. El, igual a todos, curioseó sobre las bordas y vio acercarse
silenciosa la pequeña canoa tripulada por un hombre solitario, a
quien no tardó en reconocer como caribe. Esto se confirmó cuando
al estar ya próximo, preguntó en su mismo idioma:
—¿Quién comanda esta expedición?... Necesito hablarle.
Gula subió de un salto al puente de mando y contestó con voz
tronante:
—;¡Yo!.. ¡Gula!. Puede aproximarse.
Bajo la luz de la luna, el kashingui y el arranca-brazos tuvieron
su primer encuentro, se analizaron uno a otro con malicia y curio-
sidad. Ulaban expresó a manera de saludo:
—Por todas las costas de este poderoso País de los Taironas, ya
se tiene noticia de Gula y de Sangama, hermanos caribes cuya fama
de guerreros nadie pone en duda.
Gula, de rostro duro e inexpresivo, no se impresionó con estas
palabras, así el chispeo de sus ojos indujera de inmediato al kashingui
a exponer en cortas palabras las experiencias pacíficas y prósperas
del grupo de Kashín; y para sustentar sus argumentos, informó sobre
los inmensos territorios existentes en torno a la Montaña Blanca,
donde, si lo querían, podrían establecerse sin recurrir a acciones
guerreras. Gula escuchó sin despegar los labios, sorprendido con
este nuevo lenguaje; acorde con su temperamento, comenzó a sentir
fastidio. ¿Cómo se atrevía este caribe renegado a exponer tan extra-
vagantes razones? ¿Acaso el poderío de otras gentes había sido
alguna vez motivo para inducirlos a cambiar de conducta?.. Con
mueca despectiva rechazó las propuestas de Ulaban, así fueran ellos
un puñado, comparado con los taironas. Pero algo en el kashingui,
quizás el brillo de su mirada o la tenacidad para sostener los argu-
mentos, le contuvo el deseo de levantar la maza y hundirle el cráneo;
este hombre, era innegable, detentaba una verdad diferente a la
El gran jaguar 99
suya, y ello lo imbuía de un raro valor Gula nunca había probado
la impotencia al discutir con otro hombre, y se sintió iracundo... Si
al menos Ulaban hubiera venido armado, no habría dudado en de-
safiarlo a muerte; pero no: este kashingui, ni dándole una lanza
lucharía contra él en ese momento. Así lo comprendió y en su lógica
violenta dictaminó que no merecía morir en sus manos.
Despreciándolo, lo hizo llevar a la nave donde se amontonaban
las mujeres y los niños, detrás de la formación de combate. Este
era el lugar apropiado para Ulaban, y una forma de humillarlo. Para
entonces amanecía y el jefe arranca-brazos ordenó tesar las velas
y enfilar las proas de las embarcaciones hacia el poblado de Buritaca.
Desde su puesto de mando en la piragua, receloso, atento a la menor
señal, Gula observa todo con mirada de águila: frente a él se despliega
el litoral de amplios playones, bosques espinosos, coqueras, el pue-
blo tairona y, en el extremo oriental, la aldea kashingui. Ya ha
descubierto la flota de Kashín a pocas brazas de Palanoa, pero su
participación en la batalla es una incógnita. Comparada con la suya,
la de los kashingui es bastante menor, pero espera; por tratarse de
gente de su misma raza, lo apoyen en el ataque contra los nativos.
De obtener este respaldo las posibilidades de victoria se acrecentarán.
Sólo duda cuando recuerda los razonamientos de Ulaban, ahora
atado y prisionero en la nave de las mujeres y los niños: si los
kashingui no lo apoyan, cuando concluya la contienda, dará con él
un aterrador escarmiento.
En el pueblo tairona y la aldea kashingui todo es silencio y quietud:
el factor sorpresa no estará en esta ocasión a favor de los caribes,
como sí sucedió en los otros sitios del litoral, donde ya han impuesto
su dominio. Sin embargo, Gula confía en las proverbiales dotes
guerreras de su gente. Cuando su proximidad a la costa le permite
observar mínimos detalles de la población, descubre por fin una
presencia humana: se trata de un viejo, solitario, de pie a la entrada
del bohío de mayor tamaño, engalanado con alhajas de oro y pedre-
ría, concentrado al parecer en un curioso ritual: mueve los brazos
colmados de pulseras, agita unos largos bastones ornados de plumas
100 Bernardo Valderrama Andrade
de colores, rematados en abultadas semillas, su chicheo-chicheo lo
alcanza a escuchar. Si avanzan un poco más, el anciano quedará a
tiro de arco y ordenará a sus flecheros que lo asaeteen.
Gula no sólo mira al frente: por el rabillo del ojo también sigue
atento a los movimientos de los barcos de Kashín, advierte cuando
sus tripulantes maniobran con los aparejos, tesan los velámenes y
se lanzan a todo viento para salirles al encuentro. Este accionar de
los Kashingui le hace aplazar la orden de flechar a Cotocique, ahora
entregado a un agitado baile. Es más importante, por ahora, concen-
trar la atención en el avance de los navíos repletos de guerreros,
con las lanzas en alto y un griterío que rompe la calma del aire.
Hinchadas de viento las velas, inclinándose y cortando los oleajes,
saltan raudas las embarcaciones de Kashín: salen al paso de la flota
de Gula, rompen su formación, con hábiles maniobrás giran sobre
sí mismas, desde las bordas acorazadas se levantan los arqueros y
disparan mortales lluvias de flechas, se causa un primer y efectivo
desconcierto entre los gulamena. En medio del griterío ensordecedor
las piraguas entrechocan y se amontonan, ocurre el abordaje y la
lucha cuerpo a cuerpo, giran las mazas de piedra y las acompaña
el sonido seco de los cráneos aplastados; por todos lados hay voces
iracundas mezcladas con gemidos. Kashín es otra vez el valeroso
y temerario jefe, alentando con el ejemplo a sus hombres; Gula, en
tanto, repuesto de la sorpresa, trata de organizar a los suyos.
La actuación de los kashingui fue el momento esperado por los
taironas: Cotocique interrumpe el agitado bailoteo y lanza el grito
convenido: como un huracán le responde el vocerío de los guerreros
atrincherados detrás del pueblo. Comandados por Seoname-maku
en persona, y por Gitamaku como segundo, cargan canoas sobre
los hombros, emergen cual río desbordado por entre los espacios
libres de las viviendas: son una horda ululante, emplumada, pinta-
rrajeada de bija; avanzan hacia la orilla en vertiginosa carrera, los
flecheros y los lanceros agitan con ardentía las armas. Su frenético
griterío opaca ahora el fragor de la batalla entre kashinguis y gula-
menas. La hasta hace unos pocos instantes blanca y tranquila playa,
El gran jaguar 101
se convierte en movible y ruidoso enjambre humano. Las largas y
livianas barcas son echadas al agua, los guerreros las ocupan y en
pos de Seoname-maku y Gitamaku, figuras emplumadas como ex-
traños pajarracos, se lanzan al combate en apoyo de los kashingui,
ahora en peligro de ser doblegados por la superioridad numérica de
los gulamenas.
Reverberea el aire con los gritos de los combatientes: semeja un
vendaval desgarrando su voz entre los acantilados. Gula ha logrado
abordar la nave de Kashín y está empeñado con él en feroz combate.
Cuando escucha a sus espaldas el estruendoso vocerío de los taironas,
demoníacos con sus cuerpos embadurnados de rojo, tiene un mo-
mento de vacilación; ya los primeros empiezan a trepar por las
bordas acorazadas y caen en montonera sobre los gulamenas. Pese
a la intensidad de la lucha, el jefe arranca-brazos analiza la situación:
la arremetida de los nativos desequilibra ahora su posición; y cuando
reconoce entre los combatientes nativos a Seoname-maku, su ya
conocido y feroz adversario, no duda en ordenar la retirada: no es
ésta la ocasión para enfrentarse con posibilidades de éxito al cacique
tairona.
Kashín advierte la actitud titubeante de Gula y contraataca con
mayor vigor: con la punta de su jácula le atraviesa el antebrazo,
levanta la maza de piedra y se apresta a descargar el golpe definitivo.
Otros gulamenas acuden en ayuda de su jefe, evitan la acción del
kashingúui y permiten al arranca-brazos escabullirse y retornar a su
navío. Desde él ordena tocar a retirada con la gran trompeta de
caracol. Kashinguis y gulamenas suspenden al instante las acciones
bélicas: dejando heridos y muertos, las gentes de Gula se repliegan
atropelladamente; los taironas sí continúan combatiendo y entorpe-
cen la huida a los caribes. De nuevo se forman las dos flotillas de
piraguas: una en retirada, perseguida por las canoas de los indígenas
y su lluvia de flechas envenenadas; la otra, la kashingui, también
rodeada de embarcaciones taironas con rumbo a la playa. El aire
vuelve a sacudirse, esta vez con los gritos unísonos y triunfales de
los aliados celebrando la victoria. Y desde sus puestos de mando,
satisfechos, Seoname-maku y Kashín cruzan por primera vez sus
miradas.
Por primera vez, también, los caribes han sufrido una derrota de
importancia en Keba-Bunkua. Con las naves maltrechas: amontona-
102 Bernardo Valderrama Andrade
dos los heridos en el vientre de los barcos y retorciéndose de dolor:
con el amargo sabor del fracaso, intensificado al considerar la actua-
ción de los kashingui como una traición: herido su mismo jefe: los
gulamena ponen proa hacia el Oriente; regresan hacia donde la suerte
no les ha sido tan adversa. Y para completar, temen haber sido
objeto de la más inconcebible humillación: el navío con las mujeres
y los niños se ha perdido; no saben si naufragó en medio de la
batalla, o lo que es peor, si taironas o kashingui se lo robaron con
su preciosa carga. Y Ulaban también ha desaparecido...
Con el brazo inflamado y sangrante, sumido en: terco silencio,
Gula no deja de pensar en el kashingui: le trajo mala suerte desde
el mismo momento en que puso los pies en su piragua.
—¡Maldito caribe!... ¡Traidor!
La incertidumbre reflejada en el rostro de las mujeres apretujadas
dentro de la embarcación asignada a ellas mientras durara la contien-
da, conmovió a Ulaban, maniatado y también obligado ocupante de
esa nave; y los ojos de los niños expresando un miedo cerval, le
revivieron tiempos pasados, cuando con Kashín debieron enfrentar
atemorizados iguales situaciones. La ira, la indignación, el deseo
imperioso de cambiar la suerte de esas mujeres y niños, poseyeron
al kashingui: aprovechó la distracción de los tripulantes, apenas con
ojos y oídos para seguir el desarrollo del combate, se dirigió al
grupo de mujeres cercanas, se identificó como caribe y explicó su
presencia en el barco; también pronosticó el curso de los aconteci-
mientos y cuando todo sucedió según sus palabras, vio llegado el
momento de proponer una de sus ocurrencias:
—Libérenme de estas ataduras y ayúdenme a tomar el control del
navío; así podré llevarlas con sus hijos a tierra, y a mi aldea caribe.
Allí, se los prometo, tendrán una vida tranquila y feliz.
Las mujeres le creyeron, lo pusieron en libertad, y con ellas,
armados de canaletes, atacaron a los tripulantes y los arrojaron al
mar; luego, bajo las órdenes precisas de Ulaban, izaron la vela,
ocuparon puestos de remeros y apuntaron la proa a las costas de
Palanoa.
El gran jaguar 103
XVI
Mezclada con la fosforescencia de los nóctilus riela la luz clara de
Saxa-ti. Al ritmo sonoro de los oleajes se mecen las piraguas caribes
y las canoas taironas ancladas a pocas brazas de la orilla.
En los playones, vasto triángulo de arena frente al mar y la ribera
del caudaloso Mutaiji, festejan la victoria cientos de bulliciosos
guerreros y habitantes de Buritaca.
En los nunhúe a donde llega apagada la celebración, las mujeres
atienden a los heridos; en las afueras del pueblo, los enterradores
sepultan con golpes de odio los cadáveres de los gulamena en una
fosa común; en otro lugar, escogido por Cotocique, los despojos de
taironas y kashinguis, acompañados de sus alhajas y armas, son
cubiertos con la tierra cálida que su heroísmo defendió. Allí hay
coros de plañideras, cantos de alabanzas y súplicas a Gaulkuché,
Dueño y Señor de los Muertos: le piden conduzca los espíritus de
los guerreros por el camino de Shikua-xalda, sólo permitido a los
valientes; por él llegarán hasta Nean-Biró, la gran Puerta de Ir,
entrada a la región del Más Allá.
En la Nunhuañkala mayor la festividad es diferente: Naoma Co-
tocique, dedicado a las adivinaciones, entra en éxtasis, se desdobla,
viaja sobre las serranías y los valles, se adelanta a los emisarios
enviados a Tayronaca para llevar el parte de victoria al Naoma-Kavi.
Tan pronto se apaga en el horizonte la última explosión de colores
del atardecer, y antes de asistir a la convocación de jefes en la
Nunhuañkala de Buritaca, Kashín y Ulaban recorren su aldea,
aumentada en población con las mujeres y los niños rescatados a
los gulamena. Las gentes les demuestran entusiasmo y agradecimien-
to, así en algunos bohíos haya duelo por los caídos durante la
batalla. Pero a la nostalgia de su recuerdo se impone la alegría de
la fiesta.
El amanecer encuentra a Ulaban deambulando solitario por el
bosque de trupillos cercano a la playa, donde en pasadas ocasiones
ocurrieron sus encuentros con Nyuba-Aluna.
Cuando en la Nunhuañkala terminó la reunión con el naoma y
los caciques, Ulaban dejó marchar a Kashín hacia Palanoa y buscó
disculpa para quedarse recorriendo el poblado de Buritaca. Con aire
104 Bernardo Valderrama Andrade
distraído circuló entre los nunhúes, afinó el oído, intentó mirar con
disimulo a través de los estantillos de muros y puertas. ¿Estaría ella
en alguno de esos bohíos?... Las mujeres y los niños refugiados en
las afueras del pueblo habían regresado y a Nyuba-Aluna no se la
veía. El kashingui visitó el nunhúe de las tejedoras de mochilas,
donde solía frecuentar el Espíritu de Oro; y el taller de fabricación
de lanzas, arcos y hachas, de mucha actividad por aquellos días, a
cargo de ancianos y mujeres; y hasta en ese lugar solitario, apartado
del pueblo, inconfundible por las nauseabundas emanaciones, dela-
toras de la labor allí ejecutada: preparación de mortales venenos
para impregnar las puntas de macana de las armas arrojadizas. No
había rastro de ella. También se acercó a la Nahua, el templo
femenino, y tuvo el atrevimiento de atisbar por su puerta: nada.
Sólo penumbra vacilante y la silueta encogida de una anciana frente
a las brasas, cuidando en ritual silencioso el fuego sagrado.
Ante ese fracaso emprendió la marcha hacia la aldea: sentía envidia
de Kashín y de los otros hombres, a esa hora concluyendo las
celebraciones de la victoria entre los brazos y la ternura de sus
mujeres. En cambio, su soledad podía compararse con la de los
hogares a donde no regresaron los hombres, muertos en la contienda.
ES
Ruge la pleamar: estalla con grandes oleajes; y en el cielo estrellado
se marca con una inmensa franja la Avenida de la Luz.
Piensa recorrer la distancia a la aldea kashingui por la playa,
siguiendo la cinta donde la arena está húmeda y apretada por el
último empuje de las marejadas; atraído por una fuerza superior, se
aparta de la orilla y se interna en el bosque descarralado de los
almendros y los mereyes.
Saborea distraído los frutillos, cuando...
—¡Ulaban!
—;¡Oh...! ¡Nyuba-yang! Te he estado buscando.
Ella con voz risueña:
—Y yo te esperaba. ¿Por qué llegas hasta ahora?
—Estaba en la Nunhuañkala; y luego... buscándote por todo Bu-
ritaca. ,
Nyuba-Aluna comenta pensativa:
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El gran jaguar 105
—Sí... Sí —y sin mediar otra palabra se arroja a sus brazos.
Se estrechan como desesperados por haber aplazado tanto este en-
cuentro, se besan, se acarician enloquecidos de pasión: se revuelcan
en los arenales...
—¡Ulaban!
—;¡Nyuba-yang!
Y Munseishi, el Amanecer, conspira contra ellos.
—No puede ser todavía, Ulaban... ¡Basta!
Rabioso con su destino, Ulaban se incorpora un tanto: rechina
los dientes, iracundo mira la claridad creciente por Mu. El momento
de separarse otra vez se aproxima. Surli es su rival y torna a robarle
a su amada.
Aprovechan los últimos instantes, Ulaban de espaldas en la arena,
Nyuba-Aluna recostada en su pecho, desplegando sus poderes extra-
sensoriales:
—Aluna arseshi. Estás triste. Lo sé —comenta con voz apagada.
Corre sus labios carnosos sobre el pecho de Ulaban, lo hace estre-
mecer.
—=Sí: por dejarte. Sí: porque odio la guerra. Siempre la he abo-
rrecido y una y otra vez mi destino es empuñar las armas y matar.
La muchacha, con los párpados cerrados, con sus grandes pestañas
haciendo sombra sobre los pómulos decorados con polvo de oro,
apoya su rostro en el del kashingui, le cuchichea al oído:
—Así deberá ser, hasta cuando derrotemos y expulsemos a los
invasores de nuestro país. Para entonces serás famoso... —y-suelta
una risita, actitud rara en ella. Ulaban aprovecha de inmediato: la
rodea apasionado con los brazos, corre las manos por su piel, por
sus senos apretados, por sus muslos y caderas, por su vientre, desliza
los dedos en sabias caricias a través de gelda, el vello suave y
tupido, se acerca sensitivo a humshi, su sexo sorprendido, con
ronroneo de jaguar aproximándose al venado. Nyuba-Aluna se re-
tuerce en la arena y le aprisiona las manos, se las contiene. Se le
ahoga la respiración. Desfallece ante la ternura de las caricias.
—¡Narl-dunye!... ¡Narl-dunye!... ¡Me gusta, me gusta!, pero
basta. Sólo hasta cuando vuelvas triunfante de la guerra podrás
arlunyi conmigo. Antes no.
—¿Por qué?
106 Bernardo Valderrama Andrade
—Lo sabrás a tu tiempo. Ahora márchate. Ya suenan las nung-su-
balda y debes partir.
Detrás de Buritaca y en lo recóndito del bosque, retumban con
sonido largo y profundo las grandes trompetas de calabazo, llamando
alos guerreros de Seoname-maku. Y ahora, Ulaban es uno de ellos.
XVII
En Buritaca y Palanoa, pueblos hermanos desde la batalla contra
los gulamena, permanecen Cotocique y Kashín, el primero naoma
y suma autoridad, el segundo cacique al mando de los guerreros,
dispuestos a resistir un nuevo ataque. Fiel a su disciplina, Kashín
somete a caribes y taironas a intensos entrenamientos en tierra y
mar, simulacros de batallas observados por mujeres y niños, apren-
sivas ellas, entusiastas y fascinados los segundos.
El grueso del ejército al mando de Seoname-maku regresa al Valle
de Tairona, siguiendo el retorcido cauce del Mutaiji. Con ellos, en
calidad de asesor, va Ulaban. La meta es volver a Tayronaca, de
donde partirán a cumplir su encargo exterminador contra los uba-
tashi.
Sin pérdida de tiempo Seoname-maku se entrevista con Naoma-
Kavi. Debe adivinar el muru nakubi la conveniencia de tener al
kashingui como consejero: el resultado en las burbujas de las cuentas-
kuitsi es aprobatorio. Beben el contenido mágico de las copas cere-
moniales y el sacerdote, cubierta la cabeza con la Máscara de los
Cinco Jaguares, sale a la Nahua-xalda, la plazoleta sagrada, e inicia
un baile al tiempo que pronuncia palabras, mirando a lo alto, y en
el cuadro de las estrellas encuentra la conjunción esperada: los uba-
tashi deben ser atacados de inmediato. En su siguiente actuación,
el Naoma-Kavi toma a Seoname-maku de la mano, lo lleva hasta
el sitio preferencial donde tiene instalada la kalauka, lo hace ojear
el firmamento, con el brazo extendido le señala un espacio negro
en medio de la Constelación de los Jaguares, donde no brilla ningún
cuerpo estelar; su voz suena aguda, gutural, cuando explica:
—Allá. allá está: ¡Seiname!... ¡El Jaguar Negro! La estrella que
El gran jaguar + 107
no se ve pero está ahí —y mirando al cacique con pupilas taladrantes
e hipnóticas—: Seoname-maku debe actuar igual a Seiname, y suya
será la victoria.
Calla el Naoma-Kavi, se petrifica en la kalauka, parece parte de
ella. Los caciques y demás espectadores lo observan, queriendo
entender el significado de sus últimas palabras; también Seoname-
maku: comprenden: allí está la clave. Permanecen pensativos, en
meditación, todos.
Ulaban camina sobre la terraza enlosada y mira al cielo en un
esfuerzo por descifrar el mensaje del muru-nakubi. Para él y la gente
de su raza, el manto de las estrellas es la clave de los rumbos y
distancias, orientación de cómo surcar los mares. No así para los
habitantes de Keka-Bunkua, hijos y hermanos de la inmensa lumi-
nosidad de los cielos.
Cuando Enduksama, Venus, alcanza su mayor esplendor, Naoma-
Kavi llama a Seoname-maku a la Nunhuañkala y le entrega la Sesa,
flecha emplumada de la guerra. Ha llegado la: hora de la venganza,
la de rescatar a sus mujeres, la de cobrar a los ubatashi su traición.
Por todos los ámbitos de Tayronaca, sobre los conos de palma de
los nunhúe y las copas circundantes de los árboles, resuenan como
un trueno prolongado las trompetas de caracol grande de mar y las
nung-subalda de calabazo,:sopladas a todo pulmón desde las plazo-
letas y sitios altos de la ciudad. Es un sonido lúgubre, de profundas
repercusiones: hace callar las voces nocturnas de los animales en la
selva y encoge el ánimo de las mujeres con sentimientos y tristezas
premonitorias, conscientes del peligro que acechará a sus hombres
allá abajo, en las arenas del mar, al otro lado del horizonte montañoso
de Tairona-gaka y de Maroma-gaka. A su estruendo reverberante,
los niños pequeños sin excepción, se apretujan contra sus madres y
abuelas, o corren hacia los rincones oscuros de los nunhúes, donde
se refugian temblorosos. Sólo. los mayorcitos, con capacidad de
admirar a caciques y rabones, acuden a las plazas a refundirse con
la multitud para presenciar el desfile de los guerreros. Por la calzada
central de Tayronaca va Seoname-maku con todos sus arreos de
108 Bernardo Valderrama Andrade
cacique y comandante: lo siguen su Estado Mayor y el estrépito de
los músicos. Y con ellos, despertando curiosidad por su aire tranqui-
lo, escaso de vestido y sin adornos de oro, alto, casi delgado, Ulaban
el kashingui, ya conocido entre las gentes de Keka-Bunkua por su
ingenio de artista y estratega. Tras él, soberbios como siempre, con
sus ademanes desafiantes, atractivos a las miradas femeninas, los
musculosos rabones agitando las colas de pelo pretinadas de oro.
Cierran el desfile, en alto las teas encendidas, los escuadrones de
guerreros, enardecidos con el ritmo de sus pasos y sus gritos.
ES
Seiaskua... La noche ha nacido.
Por el pendiente camino de Ponkeica, ya en las afueras, avanza
Ula-yang entrabada por el peso creciente de la maternidad. En un
continuado rezongo la acompaña Haba-nay, su madre: se opuso
airada a este capricho de su hija, pero nada la hizo desistir.
—En tu estado... ocurrírsete subir a estas cumbres.
Las dos mujeres no pueden evitar sentirse además de fatigadas,
amedrentadas con las dificultades del camino, con la cerrada oscu-
ridad, con los gritos ululantes de las huang-xauda, lechuzas negras,
empotradas como estatuillas en las horquetas de los árboles; sus
aleteos intempestivos, su voz disonante, el brillo fosforescente de
sus enormes pupilas tumbaga, las sorprenden y espantan una y otra
vez, pese a saber de su presencia. Cuando coronan la cumbre, el
viento penetrante del nevado les azota el rostro, desordena sus cabe-
llos, las obliga a sostenerse una con otra. Aún así sienten alivio por
haber dejado atrás la ominosa espesura de la selva. Ahora tienen
sobre sus cabezas la luminosidad del cielo, acentuada en la ancha
franja de la Avenida de la Luz; su brillo, en apariencia cercano,
baña de suave claridad las cimas de Keka-Bunkua, destaca fantasma-
les sus picos blancos. A partir de ellos y en dirección al mar, los
filos de las diferentes vertientes son majestuosas cascadas negras,
salpicadas aquí y allá con el parpadeo de muchos puntos luminosos,
como si las estrellas fugaces luego de sus raudos desplazamientos,
se apagaran, cayeran y luego tornaran a encenderse, ya incrustadas
e inmóviles entre los recovecos, laderas y cañones de la Montaña
Blanca.
E
006" O a
El gran jaguar 109
—¡Qué terquedad te trajo hasta aquí! —la reprende una vez más
Haba-nay.
—Quiero verlos así sea desde acá —responde con firmeza Ula-
yang. Esta noche ellos partirán a la guerra. Lo sé, Haba... lo sé,
madre —y luego de un silencio—: Estoy tan orgullosa de él, de
su amor; siempre me acompaña así esté lejos. En cambio... temo
tanto por Meli-ang. ¿Cuál habrá sido su suerte entre los ubatashi?
Cuando vivió en Ponkeica fue como mi hermana. ¿La recuerdas?
Los ojos de Haba-nay brillan como carbones encendidos y el
rostro se le contrae.
—Hija, bundji: el destino de las mujeres siempre es el mismo.
Ya lo entenderás con el tiempo. Ahora no; ahora sólo arlunyi, amas,
como lo manda La Madre.
Por un instante callan las dos mujeres. Bajan la mirada hacia
donde intuyen está Tayronaca y dejan escapar una exclamación.
—Mira, Haba... ¡Mira!
—Los veo, Ula-yang... tenías razón.
En las lejanas profundidades del Valle de Tairona divisan algo
mágico y hermoso: contraste con la negrura de la noche, lento y
sinuoso, resalta el movimiento de una serpiente de fuego.
—¡Allá van!
XVIHnr
La larga flecha ornada de plumas azules de guacamayo, con un
pequeño jaguar de oro a manera de colgante, aparece esa mañana
clavada en la arena, en mitad de la plazoleta, en el campo de los
ubatashi. Ha sido arrojada allí por un hábil arquero tairona durante
la noche.
Quien primero la ve es una de las mujeres: al comprender su
significado lanza un alarido y pone en alerta a todos dentro del
cercado. Ubatashi-thor desde muy temprano ha sido otro vigilante
recorriendo la plataforma alta, de contorno y con vista a los alrede-
dores. Al escuchar la voz de alarma acude al sitio señalado y desen-
tierra la saeta, la observa con detenimiento: es un arma esbelta,
110 Bernardo Valderrama Andrade
mortífera, balanceada a la perfección su afilada punta con el cuerpo
de caña pulida, donde resalta el color azul de las plumas y el jaguar-
cito de oro, una de esas hermosas piezas de la orfebrería tairona.
Otras mujeres, al ver a Ubatashi-thor con la flecha entre las manos
prorrumpen en gritos, e histéricas corren de un lado para otro y
estrechan a los pequeños hijos, primera generación de ubatashis y
nativas; expresan así la inmensa calamidad a punto de cernirse sobre
todos. Sin entenderlas bien, Ubatashi-thor se dirige sin pérdida de
tiempo a su choza y llama a voces a Meli-ang: ella asoma a la puerta
con Suku-thor en brazos: el rollizo y hermoso chico manotea a la
vista de su padre; ante la concurrencia que lo sigue, el líder ubatashi
simula no advertir las entusiastas manifestaciones del pequeño; con
mirada interrogante levanta la saeta y se la muestra a su mujer. Al
verla, la expresión de Meli-ang coincide con la de las otras mujeres.
—¿Qué pasa? ¿Qué significa?
La joven madre recuerda cuando ha visto flechas adornadas con
plumas de nakalda, el papagayo azul.
—Esas plumas... ese color simboliza a Heisei, el Dueño de la
Muerte. Y puestas ahí son mensaje de guerra, de exterminio total.
Algo malo va a suceder.
Ubatashi-thor, inquieto, hace caso omiso de las demostraciones
de Suku-thor, aparta las plumas y muestra el jaguarcito de oro. Las
pupilas de su mujer se destacan por su negrura en los ojos muy
abiertos. Reconoce haber visto esa pieza colgada al cuello de su
hermano Seoname-maku. Con gravedad musita:
—Ciúia, mi hermano mayor... ¡El cacique!
Da media vuelta, corre y se mete a la casa.
Ubatashi-thor la sigue, la encuentra acurrucada frente al fogón,
estrechando compulsiva a Suku-thor.
—;Heisei!. . ¡La muerte para todos! —pronuncia con voz ronca.
El chiquillo, ajeno a la angustia de su madre, bracea, forcejea
con la cabeza vuelta a Ubatashi-thor, sonríe y emite apremiantes
gorjeos. El, luego de entregar la flecha a su mujer para que pueda
examinarla mejor, lo encarama a uno de sus hombros, se coloca
donde no pueda ser visto desde el exterior y le corresponde a sus
retozos.
Media mañana: sobre ellos el ardiente sol y el vuelo de los alca-
traces y gaviotas. Ubatashi-thor preside la reunión con los hombres.
El gran jaguar 111
La mayoría, por voz corrida entre las mujeres, están enterados del
mensaje de muerte enviado por los taironas y no muestran sorpresa;
por el contrario, en actitud desafiante, limpian y afilan sus antiguas
armas rescatadas de las escolleras, primero por la expedición de
Ubatashi-thor, luego en otra exitosa misión, cuyo fin fue hacer una
búsqueda exhaustiva entre los acantilados. De nuevo en posesión
de sus armas de metal, lanzas, espadas y hachones, no imaginan
ser vencidos por los nativos.
Ni la vehemencia de Ubatashi-thor, ni las afirmaciones y juramen-
tos de Od y Conoh, ni las revelaciones de las mujeres sobre el
poderío militar del enemigo, son argumentos suficientes para con-
vencerlos del peligro. Como en ocasión anterior, cuando impusieron
sobre Ubatashi-thor su mayoría de voces para aprobar el robo de
las mujeres, esta vez tampoco quieren aceptar sus propuestas de
enviar una delegación pacífica encabezada por Meli-ang a pactar la
paz.
—;¡No tememos a nadie! —vociferan—: De nuevo somos fuertes.
—Y agitan como energúmenos los pesados espadones, contagián-
dose de disparatado optimismo.
—¡Nadie podrá con nosotros!... ¡Los venceremos! —gritan ira-
cundos.
Al día siguiente la partida encargada de conseguir carne de monte
en los bosques cercanos no regresa al campamento. En cambio, al
subsiguiente y al pie de la entrada del cercado, aparecen algunas
prendas como prueba de su captura o muerte. Cuando las sucesivas
expediciones de caza, pesca o recolección tampoco regresan, los
ubatashi comprenden la evidencia de la flecha con plumas azules y
se preguntan intranquilos: ¿Acaso quienes abogan por la delegación
pacífica con mujeres taironas, tienen la razón? Pero... ¿y no podrán
aprovecharse ellas de esa coyuntura para recobrar la libertad y dejar
despejado el camino a los nativos para atacarnos? La incertidumbre
se torna en realidad anonadadora cuando las provisiones comienzan
a escasear, y no pueden salir a conseguirlas. Dos comisiones, una
al mando de Conoh, y otra de Od, considerados con Ubatashi-thor
los más experimentados en burlar y cruzar las líneas de los taironas,
también fracasan en sus intentos por proveerse de carne de monte
y recolección de frutos; a su vez, comprueban los movimientos del
112 Bernardo Valderrama Andrade
enemigo, avanzando sobre el cercado ubatashi en forma de una gran
pinza de cangrejo, apenas abierta por el mar.
Tan alarmante noticia provoca la formación de corrillos: cunde
la alarma general y la urgencia por actuar de inmediato los lleva a
congregarse frente a la choza de Ubatashi-thor, y, como a su jefe,
pedirle una estrategia a seguir. Mirándolos severo, casi con rencor,
pues a su pasada decisión se debe la enemistad con los taironas,
acepta el nuevo encargo con una condición: no tolerará de nadie,
ni siquiera de la mayoría, un cambio o discusión a sus órdenes;
exige obediencia ciega, así ello implique la muerte .
Aceptan y Ubatashi-thor no pierde un instante: entra a su choza
y se enfrenta a Meli-ang. Pensativo, con el ceño fruncido, da varios
pasos por el interior de la vivienda antes de preguntar:
—¿Habrá todavía alguna posibilidad, si encabezas la comisión
ante tu hermano y le expones nuestros deseos de pactar amistad?
—¿ Quiénes irían? —inquiere sin vacilar.
—Tú, con otras mujeres y un grupo de los nuestros.
La hermana del cacique demora la respuesta. Lo hace reflexiva,
indecisa:
—Después del envío de la Flecha de Heisei nada se puede asegu-
rar. La autoridad sobre la guerra o la paz está en manos del Naoma-
Kavi, y sólo él puede cambiar el curso de los acontecimientos. Temo
que el tiempo se haya terminado para los ubatashi.
—Pero, dime: ¿Irías?
Meli-ang lo mira a los ojos con ternura:
—Sólo si tú vas... quiero compartir el destino contigo.
Ubatashi-thor vuelve a caminar nervioso por el recinto de la choza,
seguido de la mirada y los manoteos de su hijo; la voz le sale ronca
cuando razona:
—Yo debo quedarme. Pero... ¿No crees que vale la pena inten-
tarlo?
—No creo: la Flecha de Heisei tiene una sola dirección.
El líder ubatashi, rabioso, parece un jaguar encerrado: no quiere
creer la irrevocabilidad de esas afirmaciones. Y la actitud simpática
de Suku-thor, tratando en vano de librarse de los brazos de su madre
para lanzarse a los de él, le revuelve los sentimientos en una mezcla
de impotencia e indignación.
El gran jaguar 113
—¿Entonces tu gente tampoco tendrá consideración con las mu-
jeres?
Meli-ang le devuelve la mirada, trascendental, angustiada. Piensa
por sobre todo en Suku-thor y los otros chiquillos nacidos en el
cercado.
—No, si somos un obstáculo para que ellos puedan vencer. Así
vengarán la traición y nuestro rapto; así recuperarán los territorios
invadidos en la salida al mar. Te lo repito: el significado de la Flecha
de Heisei es la guerra a muerte y tiene prelación sobre lo demás.
Su curso no se puede desviar.
Los ojos de Meli-ang se entornan, se vuelven duros y resueltos
ante el destino imposible de cambiar. Ubatashi-thor no espera más.
Es cuanto necesita saber. Desecha la esperanza del acuerdo pacífico,
sale presuroso, llama a gritos a Conoh y Od, con ellos hace conci-
liábulo en una esquina del cercado, trepados sobre la plataforma.
Convencidos de que la solución será armada, el resto de los ubatashi
se dedican a limpiar y afilar al máximo sus espadones, lanzas y
pesados hachones de medialuna, así como a templar los arcos y
reforzar rodelas y petos. Todos coinciden en los rostros taciturnos,
las miradas torvas, los ademanes violentos; por los gestos de Uba-
tashi-thor y la actitud expresiva de Conoh y Od, comprenden: la
suerte está echada.
Acordada la estrategia convoca a la gente cuando el sol está en
el cenit. Les habla con voz firme, en acentos épicos:
—El tiempo se agotó. Para mañana, tal vez, muchos hayamos
emprendido el camino hacia Thor. Pero antes, dejaremos en estas
tierras prueba de nuestro valor. No puedo prometerles la victoria...
ni un futuro pacífico a los sobrevivientes: nosotros, al traicionar a
los taironas, marcamos un destino al parecer imposible de cambiar.
¡Daremos la batalla final! Vamos a intentar romper el cerco y escapar;
si lo logramos, la suerte estará dada luego por la voluntad de los
dioses. No es ésta la primera vez que afrontamos tan grandes peli-
gros, pero yo, como ustedes, guardo la esperanza de retornar al
lugar de donde vinimos.
Los rostros de los ubatashi se velan con una sombra de nostalgia
con las referencias de Ubatashi-thor sobre su país; y como reacción,
los torna más decididos: mientras tengan un hálito de vida, no
114 Bernardo Valderrama Andrade
desmayarán en buscar el camino de regreso. Su jefe lo sabe, lo ve
aflorar en las miradas cuando concluye:
—Sí... daremos la batalla final. Por lo pronto, a excepción de
los centinelas, cada cual puede encerrarse con su mujer: despídanse
de ellas como sabemos hacerlo los ubatashi; luego, al atardecer, las
dejaremos en libertad con los chiquillos. No podemos arrastrarlos
a un fin cruel. Quizás para ellas y nuestros hijos haya un lugar
acogedor en este País de la Montaña Blanca.
Los ve partir, cada cual en busca de su choza, a cumplir según
la tradición con sus obligaciones de hombres. Algunos, como Conoh,
marchan despreocupados, sin atormentarse con el pasado o el por-
venir; otros, como Od, llevan marcada en el rostro la tristeza y la
inconformidad.
Consciente de tener sobre sí muchas miradas, Ubatashi-thor es-
conde las emociones, permanece impasible. Cuando al fin queda
solo, lanza un profundo suspiro y penetra en su casa. Allí dentro,
en la penumbra, Meli-ang lo espera desnuda.
ES
Pinceladas de oro líquido espejean en el mar, inmensa fragua del
atardecer en el trópico. Sopla la brisa, produce sonidos de pico de
tucán en las hojas de las palmeras. Con su vaivén lineal, unos en
pos de otros, viajan los alcatraces en busca de ramas altas donde
pernoctar. Chillan las gaviotas; son raudos los últimos vuelos de las
golondrinas; las tijeretas se suspenden en las alturas y cortan el aire
con el movimiento de sus colas. En el cenit y contra las montañas,
el cielo se torna violáceo. Temprano como siempre, chispea Enduk-
sama, el lucero del atardecer.
Desde los bordes puntudos del cercado, agazapados, rabiosos,
los ubatashi ven partir a las mujeres y a sus hijos: a contraluz,
siluetas en desplazamiento muy pausado, avanzan sobre la franja
ceniza de la playa: imprimen a sus pasos un ritmo de procesión
fúnebre, las cabezas inclinadas, vencidas por el peso del destino;
hasta los chiquillos parecen contagiados de la tristeza de sus madres;
sobre la piel tostada, o en las entrañas aún ardientes, las mujeres
de los ubatashi llevan el recuerdo gozoso de las últimas caricias y
El gran jaguar 115
el amor apasionado de esos hombres de cabellera de fuego. Han
recobrado la libertad, han salvado a sus hijos, pero entierran los
sentimientos despertados por los juegos cariñosos de la gente de los
ojos azules.
Siguiendo instrucciones de Ubatashi-thor se dirigen a donde el
mar hace esquina con la desembocadura del río Hukumeiji, en una
fila espaciada: así no habrá duda de su única presencia y la de los
niños. Los taironas, como es de esperarse, están atentos y les salen
al encuentro con manifestaciones de gozo. Desde el cercado los
ubatashi presencian el encuentro de Meli-ang y Seoname-maku, la
ven prosternarse suplicante. Nada lo conmueve. La Flecha de Heisei
nunca puede volar de retorno al arco.
Cae la noche. El cercado de los ubatashi queda envuelto en total
oscuridad. Apenas en el horizonte marino, mortecinos y opacos,
destellan los resplandores cada vez más espaciados del ocaso. Se
escuchan aleteos y chillidos de nyuiji, el murciélago, volando a ras
del suelo y del mar. Hacia el Sur, por la ribera del río, un desfile
de antorchas marca el desplazamiento de las mujeres y los niños,
escoltados por bulliciosos guerreros. Y de pronto, en secuencia que
define la curva de la tenaza tairona próxima a cerrarse sobre el
campamento invasor, resuenan los trompetazos de los caracoles y
las nung-subalda.
Desde su puesto en la plataforma, Ubatashi-thor escucha atento
y trata de establecer la curvatura y la distancia de la pinza enemiga;
en relación con ella, el cercado está más próximo a la punta de la
tenaza que controla la orilla del río Hukumeiji en su desembocadura;
de cerrarse un poco más, les cortarán la posibilidad de salir por esa
vía. Con la sangre hirviéndole en las venas, piensa en las costumbres
guerreras de los taironas, siempre activos durante el día, en las
noches quietos y dedicados a las adivinaciones de sus naomas. Estos
hábitos le permitirán disponer de toda la noche para poner en práctica
su estrategia. Tan pronto oscurece del todo, ordena a Conoh, encar-
gado del primer grupo, abandonar el cercado y dirigirse con celeridad
y silencio hacia el mar. Escucha atento: ni vocerío ni refriega: no
han sido detectados por el enemigo. Espera otro espacio de tiempo
y cuando ya los imagina metidos en el agua, urge a Od a seguirlos.
De acuerdo con sus planes, deben avanzar hacia Occidente, por
entre las olas para no dejar huellas en la arena, hasta llegar al sitio
116 Bernardo Valderrama Andrade
donde las montañas de la Sierra se precipitan en acantilados al
océano; por ellos treparán y se ocultarán en la selva intrincada e
inhóspita, conocida en su pasada expedición, ya de regreso del Valle
de Tairona. Además, Ubatashi-thor prevé que si son descubiertos,
entre esos peñascos y por la espesura del bosque, les será muy difícil
a los taironas atacarlos multitudinariamente; y controlada la superio-
ridad numérica, ellos sacarán ventaja de sus armas de metal. Cuando
calcula que Od también ha alcanzado el mar, parte al frente del
último tercio de sus compañeros. El silencio reinante es indicio del
éxito en la operación. Ya llevan buen trayecto por el agua, en lucha
con el fragoroso oleaje, cuando escuchan a sus espaldas un griterío
ensordecedor. Ubatashi-thor se vuelve: en la distancia divisa algo
semejante a una ululante serpiente de fuego rodeando el cercado.
¡Atacan! ¡El amanecer está próximo!, piensa, y se alegra de haber
aprovechado la noche para desarrollar su estrategia evasiva. Con
voz asordinada, urge al último tercio de los ubatashi:
—;¡Rápido!... ¡Rápido!... Ya van a descubrir nuestra huida.
XIX
Desde su puesto de observación sobre las Lomas de Maroma, con
visual al campamento de los ubatashi, Seoname-maku planea el
asalto definitivo. Ha dispuesto sus fuerzas en forma de tenaza: una
de las puntas de la pinza avanza sobre el estuario del río, la otra en
dirección a kare-bulu-kuna, el lugar a donde llegan a desovar las
tortugas de mar. Entre uno y otro de estos sitios estratégicos tiene
tendido un cordón de guerreros, semejante a una colosal sai, culebra
boa, desplegada sobre valles y laderas; en un punto de este largo
cuerpo, comparte con Ulaban un lugar de avizoramiento.
Tiene a los ubatashi a vista de pájaro: sabe cuándo inician activi-
dades en la mañana, cuáles son sus movimientos dentro del cercado,
la disposición de los centinelas en la, plataforma y los turnos de
guardia. Y hasta puede distinguir por su figura, vestimenta, o por
la forma de dirigirse a los otros ocupantes del campamento, quién
de ellos. es el líder. También ha podido ver a las mujeres taironas
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El gran jaguar 117
raptadas y apreciar su proceder. Una cosa es notoria: no parecen
prisioneras, así permanezcan siempre dentro del recinto; y algunas
ya son madres.
Cuando por primera vez escudriñó el campamento, Seoname-
maku sintió llamaradas de ira dentro del pecho y corriéndole por
las venas: tales sus deseos inmediatos de venganza; y este sentimiento
llegó a su clímax al reconocer entre las mujeres a su agraciada
hermana. Sólo tuvo alguna compensación al comprobar que ella,
así fuera obligada, era la compañera del jefe de los invasores.
Por largo tiempo cada día, Seoname-maku estudia sus hábitos:
los espía para familiarizarse. con su comportamiento y de ahí deducir
con Ulaban la estrategia a seguir. A veces, casi con cruel fascinación,
sorprende a Ubatashi-thor con la cara levantada hacia las montañas,
oteando los alrededores, sin alcanzar a adivinar su condición de
animalillos atalayados por siseke, el águila, o por nambo, el cóndor.
En este oficio, sus compañeros en el observatorio son los caciques
Nomaregúey, Gitamaku y Guregiey, venidos desde sus puestos de
mando en la tenaza.
Después de varios días de espionaje, el cacique comenta a Ulaban:
—Es tiempo de atacar, pero antes quiero conocer tu opinión.
El kashingui sabe que este momento habría de llegar y está pre-
parado. Mira el cercado de los ubatashi y según su curiosa manera
de ser, compadece a los hombres de piel blanca y cabello rubio con
quienes tiene en común ser invasores de los territorios de la Montaña
Blanca. De tanto verlos y espiarlos ya se siente también familiarizado
con ellos y no puede evitar la curiosidad por conocer su origen,
costumbres y lenguaje, o de admirar esas armas de metal destellantes
a los rayos del sol. Allá abajo, parecen hormigas indefensas ante el
descomunal poderío desplegado por los taironas para aplastarlos. Y
él, enemigo de la violencia, por siempre y por fuerza guerrero, va
a contribuir a aniquilarlos.
—He recibido la Flecha de Heisei: ella ordena la guerra de exter-
minio y rechaza cualquier pacto. No admite capitulación, pero...
—Seoname-maku se muestra dudoso—... quisiera salvar a las mu-
jeres y a los niños. ¿Habrá alguna forma de cumplir nuestra misión
y al tiempo respetarles la vida?
Ulaban piensa la respuesta:
—-Desde acá hemos comprobado la actitud de las mujeres: son
118 Bernardo Valderrama Andrade
amadas y aman a los ubatashi. Por eso creo que ellos buscarán
salvarlas, así como comprenden su destino de guerreros en tierra
enemiga. Dime, gran cacique: ¿Saben ellas el significado de la
Flecha de Heisei?
—Lo conocen.
—Entonces. debes hacérselo entender: que ya transmitirán su
significado a los ubatashi.
Seoname-maku aprieta con fiereza los labios, pero sus ojos chis-
pean de optimismo.
A la mañana siguiente, tan pronto aclara, un arquero tairona lanza
la Flecha de Heisei con precisión admirable al centro del cercado.
Con lentitud, como si quisiera desesperarlos, Surli hace su diario
recorrido: ya se aproxima a Se, el Occidente, cuando ven a las
mujeres de los ubatashi agrupadas, con los chicos en brazos, ante
la puerta del recinto; ésta es abierta y de inmediato principian a
salir, una a una, con lentitud, guardando una distancia convenida:
así los taironas podrán comprobar que nadie más va con ellas.
Seoname-maku da un salto de alegría, palmotea entusiasta al kashin-
gui, toma las armas y se lanza montaña abajo, en donde lo esperan
los caciques. La hora ha llegado, marcada por los mismos enemigos
al permitir la salida de las mujeres y los niños. Ulaban permanece
en el observatorio: contempla, en frágil contraluz, el lento desfile
por la playa; con su rara sensibilidad, adivina los sentimientos de
esas mujeres al abandonar a quienes se iniciaran con ellas como
crueles raptores, y culminaron convertidos en apasionados amantes.
También advierte con las últimas luces del día, los apresurados
movimientos de los ubatashi, reunidos en tres grupos y con las armas
prestas al combate. No cabe duda: entregarán sus vidas pero a un
alto costo.
ES
Munseishi, el Amanecer, está próximo.
El grito de ataque de Seoname-maku se repite en las gargantas
de millares de guerreros taironas lanzados al asalto, en medio del
llamear de las antorchas y de las flechas disparadas a lo alto: en
certera y calculada curva, caen como lluvia, unas veces incendiarias,
El gran jaguar 119
otras silbantes, muchas envenenadas, dentro del recinto enmaderado
de los invasores. Con precisión matemática e inexorable, la pinza
se cierra. Al frente, semejantes a descomunales lanzas cargadas cada
cual por una veintena de esforzados taironas, llevan largos postes
con muescas talladas a lo largo: su oficio será servir de escaleras y
hacer rápida y exitosa la acometida.
La toma de la fortaleza se cumple con exactitud y el desconcierto
es por no encontrar resistencia: no hay enemigos a quiénes vencer:
se han esfumado y la única ruta posible es el mar. Rabioso en mitad
del campamento, Seoname-maku agita su lanza: su punta no ha
probado sangre de los ubatashi. Desencantado, ordena prender fuego
al cercado y a las viviendas. Simultáneamente con la gran llamarada,
anuncio a la destrucción de la aldea ubatashi, resuenan toques de
trompeta, señal esperada para iniciar la persecución, todo coreado
“con gritería horrísona; ante ella, el fragor de las olas parece callar.
Como un vendaval, las voces guerreras de los taironas pasan sobre
las cabezas de los ubatashi, ahora empeñados en luchar con los
oleajes. Vapuleados por la pleamar, metidos hasta el cuello entre
el agua, se alejan de su antiguo campamento, unas veces lanzados
contra las arenas de la playa, otras arrastrados y consumidos en las
profundidades. Unos cuantos se sumergen para no volver a salir;
los sobrevivientes bracean, se empinan, nadan en un avance deses-
perado... Siguen a Conoh, a Od, a Ubatashi-thor. Á veces cerca,
otras lejano, oyen el vocerío insultante del enemigo. En ocasiones
están tan próximos que escuchan los chapoteos de sus pies al correr
por la orilla. Las flechas llueven sobre sus cabezas, muchas de ellas
con la punta convertida en cabeza de fuego para adelantar el día e
intentar descubrirlos. Chasquean cuando hacen contacto con el agua:
sisean. . sisean... Unas son certeras y la muerte es cruel: quemados
y ahogados; otras son silbantes, semejan chillidos de pájaros.
La proximidad del nuevo día se anuncia cuando la noche se parte
en dos sobre el horizonte montañoso, y un sector de ella se aclara.
Conoh, al mando del primer grupo, mira a su izquierda, distingue
la mole empinada de los acantilados y anuncia:
—;¡Llegamos!... Ahora... ¡A la costa!
En sus oídos repercute el estallido de las olas contra los rompien-
tes, en el sitio donde tiempo atrás rescataron las armas del naufragio.
Para llegar hasta allí deberán cubrir un trayecto por aguas profundas,
120 Bernardo Valderrama Andrade
violentas en su embate contra la base de los acantilados, única forma
de evitar el encuentro inmediato con los taironas. Bracean bajo el
agua; sumergidos como peces, sacando la cabeza apenas para respi-
rar, recorren esta última distancia. Luego, como lagartos, como
lapas, aferrados a las grietas y rugosidades de la roca, los sobrevi-
vientes del primer grupo inician el ascenso a los acantilados. Algunos
pierden pie, resbalan, caen y vuelven a sumergirse en las aguas
traicioneras. Nadie puede ayudar a nadie. La vida está en la fuerza
de los dedos de las manos, en la punta de los pies incrustados en
los resquicios del paredón rocoso, en el azar de no perder la resis-
tencia corporal aún restante. La locura de la mareta encontrada
concluye y se inicia el reflujo. Para el segundo y tercer grupos de
fugitivos ubatashi, el mar se torna menos peligroso, así sea más
difícil vencer la fuerza regresiva del mismo.
Un poco más arriba los paredones pierden su verticalidad, se
cubren de vegetación espinosa, por ellos cuelgan bejucos a manera
de cables. Allí abundan los nidos de aves marinas y su presencia
produce alarma y estampida de golondrinas, gaviotas y tijeretas.
Sólo los alcatraces, con las alas abiertas como un escudo, permane-
cen en sus refugios: emiten raros sonidos con sus descomunales
picos. Desde su lugar de vanguardia, Conoh vuelve la cara hacia
abajo y atrás: la claridad aumenta: la complicidad de la noche se
acaba: respira profundo, con algo de satisfacción, porque ve a Od
al frente del segundo grupo iniciando la subida a los acantilados, y
un poco atrás a Ubatashi-thor y el resto de la gente braceando en
las aguas profundas y claras. Necesitan un poco de suerte, Legio
el gigante, angustiado por la creciente luz del día.
Silenciosos, ágiles, decididos, siguen trepando agazapados como
las fieras, la boca reseca por la fatiga y la ansiedad. Conoh deja de
escalar y con señas indica a sus hombres tomar posiciones defensivas:
deben esperar a los otros compañeros y ya reagrupados coronar el
acantilado e internarse en la selva. Desde el sitio donde está divisa
la playa, y en ella, alineados frente al mar, a los flecheros taironas
arrojando sus saetas: las clavan en los cuerpos flotantes de algunos
ubatashi para quienes la guerra terminó en ese angustioso recorrido
por el agua. Los gritos de sus enemigos celebran su puntería, se
hacen más delirantes cuando divisan las aletas triangulares de los
El gran jaguar 121
tiburones atraídos al festín de carne humana por la sangre que
enturbia el mar.
El grupo de Od llega mermado, y en sus rostros asoma la alegría
cuando descubren a Conoh esperándolos. Han sufrido serias bajas
y muchos tienen flechas clavadas en las espaldas y los hombros; se
prestan primeras ayudas a la espera de Ubatashi-thor y el tercer
grupo. Este llega poco después, también diezmado: cerca de la mitad
perecieron. De nuevo reunidos y con su líder al frente, emprenden
la última trepada; el trayecto hasta el bosque, una franja de lajas
inclinadas y espinos, se ve despejado de enemigos.
—¿Estarán esperándonos entre la selva? —pregunta Od descon-
fiado.
——”Puede ser. En todo caso, no tenemos otro camino —responde
Conoh ansioso por seguir.
—En cualquier sitio pueden estar ocultos —concluye Ubatashi-
thor con acento firme, y añade—: Si están ahí... cargaremos contra
ellos a muerte.
Escasa es la distancia para alcanzar la protección de la selva,
cuando estallan los gritos de los taironas y su lluvia silbante de
flechas envenenadas. Están ocultos entre los matorrales bajo la pri-
mera fila de árboles, con las cabezas emplumadas y los cuerpos
pintarrajeados de rojo: semejan demonios pulsando los inmensos
arcos de macana, las lanzas y las hachas. Con voz estentórea Uba-
tashi-thor ordena la carga: se levantan con sus cabelleras leonadas,
rápidos, ágiles, en veloz carrera para salvar la distancia hasta la
selva, ya no su amparo, sino mortal campo de combate. Algunos
son asaeteados antes de llegar; otros, la mayoría, se zambullen entre
las espesuras con los hachones en alto: se inicia la lucha, cuerpo a
cuerpo, en medio de la maraña y de los gritos; nunca se han enfren-
tado los taironas a tan temibles contendores; tampoco los ubatashi
han guerreado en tanta inferioridad numérica. Callan los gritos: se
forcejea en silencio en la penumbra de la selva, entre una maleza
a veces favorable, otras traicionera... como las fieras.
Cuando el sol patina de anaranjado las copas de los árboles, las
lúgubres trompetas de calabazo de los taironas llaman a sus guerreros
para reagruparse. El fragor del combate cesa bajo el dosel de la
selva, lo reemplaza un silencio trágico. A ras de suelo todo es
destrucción y muerte: cadáveres ensangrentados; heridos en los úl-
122 Bernardo Valderrama Andrade
timos estertores, antes de ser rematados por odio o compasión. Se
reúnen los caciques: Nomaregúey de Tayronaca ha muerto: se encon-
tró frente a Conoh y éste lo partió en dos, de arriba abajo, con su
descomunal hachón. La mayoría de los muertos son ubatashi. A la
luz de las antorchas los guerreros de Keka-Bunkua recogen a los
suyos: también son numerosos, pero pueden cantar victoria. Si algu-
nos enemigos lograron escapar, ya habrá tiempo para perseguirlos
y exterminarlos; o las fieras darán cuenta de ellos.
Heisei ha triunfado.
Por los caminos convergentes a los centros habitacionales de los
taironas corren emisarios de Seoname-maku para llevar la buena
nueva: ¡Los ubatashi han sido aniquilados!
Tan pronto se conoce la noticia las gentes se desbordan en ruidosas
manifestaciones. Los naomas, encerrados por esos días en las nun-
huañkalas, dedicados a vigilias, ayunos y adivinaciones, festejan
con bailes y consumo de bebidas espirituosas. De Tayronaca, Pon-
keica y Cincorona, como de Buritaca y otros poblados costeros,
parten caravanas cargadas de urnas funerarias: son enormes tinajones
de cerámica decorados con caras, brazos y prominentes sexos mas-
culinos; se dirigen sin pérdida de tiempo al lugar donde ocurrió la
batalla.
Sobre una de las cimas de Maroma-gaka, mirando al mar, se han
dispuesto grandes piras fúnebres, la mayor de ellas destinada al
cacique Nomaregúey; allí son quemados a fuego lento los cadáveres
de los taironas para destilarles la grasa del cuerpo que, en ceremonia
especial, será consumida por los guerreros victoriosos: así aspiran
a adquirir propiedades de fortaleza, valor e inteligencia, distintivas
en vida de los héroes caídos; sus restos depositados en las urnas,
con las armas y adornos, retornarán a sus lugares de origen. Una
gran humareda se levanta sobre la cima selvática, forma un hongo
de bordes redondeados recortándose contra el cielo azul. Desde un
promontorio, escoltado por Guregiiey y Gitamaku, Seoname-maku
contempla el espectáculo con rostro ceñudo: ya piensa en la campaña
contra los caribes.
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El gran jaguar 123
En otro promontorio, sentado sobre un peñasco, solitario, pensa-
tivo, de espaldas al ceremonial de fuego, está Ulaban: su mirada
vaga sobre la lejanía esmeralda del mar: esconde un sentimiento de
admiración al valor heroico de los ubatashi.
Selva adentro, en el fondo de un cañadón convertido en inhóspito
refugio, se apretujan una docena de sobrevivientes ubatashi, con
sangre y tierra apelmazada sobre sus heridas, en el fin de la resistencia
física, hambrientos; han podido saciar la sed en un arroyuelo:- al
menos con el estómago lleno de agua logran algún alivio a sus
tormentos. Sumidos en el silencio trágico, mastican hojas, muerden
cogollos y raíces. Fresca en sus mentes está la bárbara lucha contra
los taironas: han sido derrotados, pero la victoria fue muy costosa
para el enemigo. El valiente y poderoso Conoh dio muerte a uno
de los principales jefes; y quizás al triunfo del gigante sobre el
cacique Nomaregiley, se deba el haber podido burlar el cerco y
conservar todavía la vida...
Al ver desplomarse sin vida a su cacique, descuartizado por el
tremendo golpe de hacha del ubatashi, los taironas cargaron sobre
Conoh, se arremolinaron en torno, enardecidos, delirantes, dirigidos
por el propio Seoname-maku y Gitamaku. La lucha fue titánica,
desigual, salvaje: el ubatashi creció en estatura en la medida en que
los muertos bajo sus golpes le sirvieron de pedestal. Cubierto de
sangre propia y ajena, hizo girar su hacha como un molinete, cortó
cabezas y brazos, la mortandad fue terrífica en medio del ensorde-
cedor griterío. Ubatashi-thor y sus compañeros intentaron ayudarlo:
al ver el épico denuedo quisieron morir con él. Inútil: el vórtice
humano era impenetrable.. Cuando al fin se desplomó, la cabeza
hendida por la maza de Gitamaku arrojada con certera puntería,
atravesado por muchas lanzas, por paradoja, sus compañeros vieron
llegada la oportunidad para abrir un boquete entre las líneas enemigas
y escapar por la espesura enrojecida con la sangre.
En el pequeño grupo de los fugitivos están Ubatashi-thor y Od,
únicos conocedores de la región; ellos condujeron a los otros a este
lugar, donde no podrán permanecer mucho tiempo si quieren conser-
var la vida. Ya desde temprano, vienen escuchando las patrullas
taironas en sus desplazamientos por la selva, en busca de ubatashis
heridos, a quienes rematan sin contemplaciones.
Ninguno del grupo de sobrevivientes escapó ileso; la mayoría
124 Bernardo Valderrama Andrade
presentan heridas con flechas y comienzan a padecer los efectos
letales de las armas envenenadas: primero será la fiebre, luego las
hinchazones, la infección progresiva, el extravío en la mirada y la
dificultad para respirar, preámbulo a accesos de locura, cuando
poseídos de rabia incontenible lanzarán rugidos de fiera, espumarajos
por la boca, se morderán y tragarán la propia lengua y los labios,
se atacarán entre ellos mismos, antes de morir en medio de convul-
siones y agudos dolores. Sólo en contados casos, lo saben, los
heridos por las saetas taironas escapan a tan terribles efectos.
Sumidos en silencio trágico, el pequeño grupo se observa... Nunca
antes se sintieron tan asimilados a las fieras. Y tampoco, para quienes
tienen la suerte de no presentar heridas de flecha, nunca antes fue
tan doloroso sentirse racionales. La primera claridad del día permite
a Ubatashi-thor distinguir las muecas y temblores de los enloqueci-
dos. Ya Od y otros dos compañeros conocen las órdenes... y por
conmiseración, desatan una carnicería final. Luego huyen... de sus
compañeros sacrificados, de los taironas, de ellos mismos.
XX
Los festejos del triunfo revisten gran solemnidad en Tayronaca.
Comienzan con el esperado regreso de las mujeres rescatadas: a su
recibimiento acuden emocionadas las gentes de la ciudad y los pue-
blos vecinos: se apostan a lado y lado de la calzada principal, eje
de la urbe de un extremo a otro.
—¡Hánchika!... ¡Hánchika!... ¡Hánchika! —truena el vocerío
cuando el desfile recorre la ciudad. Todos quieren verlas, saludarlas,
tocarlas con afecto; y está la curiosidad por conocer a los hijos de
los ubatashi, con cabellos castaños, ojos grises, y esa piel satinada,
canela clara, novedad en estas tierras. Tambores de madera de doble
membrana, sonajeros de caracol y oro, flautas de carrizo y hueso,
pitos y ocarinas de cerámica, orquestan el ruidoso recibimiento.
—;¡Hánchika!... ¡Hánchika!... ¡Hánchika!
Los chicos hacen sonar gaugi de timbre agudo, pequeños y artís-
ticos silbatos llevados dentro de la boca; las mujeres agitan los
El gran jaguar 125
brazos con cintas ornadas de shimunku, cascabeles de oro de argen-
tina resonancia. Las recién llegadas, con los pequeños atónitos por
tanto estruendo, parecen esconder las emociones bajo una máscara
de estoicismo: encabezadas por Meli-ang, la mirada al frente, fija,
sus movimientos parecen de sonámbulas; ausentes a la algarabía,
nadie podría asegurar si esa actitud se debe al traumatismo ocasio-
nado por su pasada condición de cautivas, o añoranza por sus hom-
bres sacrificados.
Dos lunas después hace su entrada a Tayronaca el cuerpo mayor
del ejército, precedido de bandas musicales: sus sones son escucha-
dos a la distancia, llevan un ritmo rápido, marcial, casi alegre. Tras
de estos conjuntos, mediado un espacio, vienen los portadores de
las urnas funerarias, en primer lugar la de los restos del cacique
Nomaregúey, destacada de las otras por su mayor volumen y la
riqueza imaginativa de los decorados. Como escolta a cada urna
van dos rabones llevando en alto las armas de los caídos. A su paso
de marcha fúnebre se levanta una ola de lamentos y lloros. Luego,
en contraste, se hace silencio y los espectadores ven desfilar a
los portadores de los vasos donde se vertió la grasa extraída a los
cuerpos de los héroes en la cremación a fuego lento. Estas pequeñas
y artísticas urnas servirán en la ceremonia de transmisión de poderes
y virtudes, cuando uno a uno todos los guerreros untarán la yema
de los dedos con grasa humana, para luego lamer la porción de
substancia y recibir las virtudes propias del difunto. Seoname-maku
viene acompañado de Gitamaku y Guregúey, y un poco atrás, curioso
con cuanto ve, Ulaban el kashingui. El desfile queda cerrado por
otro escuadrón de rabones llevando como trofeos las armas de los
ubatashi, para ser enterradas en un lugar secreto e inaccesible.
En su recorrido solemne y triunfal por la capital tairona, el desfile
pasa al pie de la Nahua-xalda, la alta terraza de muros de piedra
escalonados, donde se levanta la Nunhuañkala Mayor de Tayronaca.
Alí preside la celebración de la victoria el Naoma-Kavi muru nakubi,
rodeado de los principales sacerdotes del Valle de Tairona, y de los
naumas, viejos y sabios consejeros. También junto a ellos, a su
derecha y en lugar preferencial, de pie sobre un pedestal de roca
tallada, se destaca la figura de Nyuba-Aluna, el Espíritu de Oro de
los Taironas, con su esbelto cuerpo cubierto por alhajas resplande-
cientes y collares de pedrería: semeja una diosa, inmóvil, con su
126 Bernardo Valderrama Andrade
bello y expresivo rostro, captando las emociones que sacuden a la
multitud, así mantenga cerrados los ojos. Desde su lugar en el cortejo,
al distinguirla, Ulaban se siente conmovido... y ella, así parezca
no verlo, todo el tiempo tiene su rostro dirigido a él, con el esbozo
de una sonrisa como saludo. A la izquierda del Naoma-Kavi está
otra mujer ricamente ataviada: Ula-yang, radiante de orgullo ante
el regreso triunfal de Seoname-maku. Se observan uno al otro, se
devoran con miradas hambrientas de tanta ausencia. Bajo los atuen-
dos de la muchacha se insinúa su gravidez, la cual no le impide
esforzarse a permanecer en pie todo el tiempo del desfile. Tras ella,
solícita, está Haba-nay.
Tan pronto entra a Tayronaca el último participante en el desfile,
comienzan las ruidosas festividades en plazas y plazoletas, con abun-
dantes libaciones, reparto de manjares y bailes; participan todos,
moradores y guerreros, en un festejo doble: por el triunfo obtenido
sobre los ubatashi y por el nombramiento de Seoname-maku como
cacique de Tayronaca. A la noche, en la gran nunhuañkala ocurre
una importante reunión: Naoma-Kavi escucha el relato de la batalla
por boca del propio Seoname-maku, y luego adivina si es posible
que algunos ubatashi hayan podido escapar. Concluida la narración
del cacique, el sacerdote se concentra, analiza con atención las
burbujas desprendidas de las piedras-kuitsi, se sume en profunda
meditación. En seguida, sin hacer el menor movimiento con los
músculos de la cara o de los labios, deja escapar unas palabras
silbantes:
—Veo.. veo: a Kashindukua, hijo de La Madre, hijo de Sintana:
él los guía... Makeia kaxshigugulu: cuatro jaguares... Sólo cuatro
ubatashi sobrevivieron. Ahora se han convertido en kaxshigugulu,
jaguares rojos. El Padre de los Jaguares, Kashindukua, los guía.
Están condenados a vagar por la selva, siempre... Sólo Seoname-
maku, Jaguar Negro, podrá reconocerlos y exterminarlos. Sólo él.
Clarea Saxa-ti sobre los conos de palma de Tayronaca. Chirrean las
cigarras y aletean los nyuiji en el sofoco de la noche.
Tomados de las manos, Seoname-maku y Ula-yang regresan de
El gran jaguar 127
un paseo por la gran plaza triangular. Hace varias lunas concluyeron
las fiestas del triunfo y las ceremonias fúnebres por los caídos.
Ahora gozan de un tiempo de reposo y procuran aprovecharlo al
máximo. Ese atardecer decidieron visitar a Meli-ang, y la encuentran
acurrucada frente al fuego, con Suku-thor en brazos, entregados a
los retozos. Cuando los ve ingresar interrumpe el recreo y se queda
mirando pensativa y expectante a su hermano el cacique. No hay
agradecimiento en sus ojos, pero tampoco reproche... Entre ellos
las palabras no tienen cabida. El abrazo afectuoso con su cuñada
Ula-yang tiende un puente de ternura en esta situación tensa y dolo-
rosa. Suku-thor mira a Seoname-maku absorto: no entiende la ausen-
cia de su padre... la risa se le ha congelado en los labios.
Afuera brilla Saxa-ti. Transcurre el tiempo dentro de los nunhúes
con la complacencia de los cuerpos solazándose en el amor. Y como
viene sucediendo todas las noches, sólo un hombre permanece y
discurre solitario por los camellones empedrados de la ciudad: Ula-
ban. en busca de Nyuba-Aluna.
XXI
Asegurado el control del litoral al Occidente del río Hukumeiji,
gracias a la presencia de Kashín y su flota de piraguas, Seoname-
maku parte de Tayronaca rumbo a Nui-Ashkuan, el Oriente, con
destino a los territorios kogi, aldu-guiji y duanabuká, invadidos por
gulamenas y sangaramenas en inmediaciones con el mar. De acuerdo
con el encargo del Naoma-Kavi, su nueva misión es organizar la
guerra de exterminio contra estos invasores. Son sus compañeros
de viaje, además de la escolta de un centenar de escogidos guerreros,
el kashingui Ulaban, y el viejo Chole, emisario de Avincuo, cacique
mayor de los duanabuká.
A lo largo del Valle de Tairona, siempre avanzando hacia la salida
de Surli, a través de campos cultivados y prósperas poblaciones
comunicadas entre sí por un ancho camino, la comitiva cruza el río
Sekaimaka y llega a orillas del caudaloso Hukumeiji. Por donde
pasan, las gentes los reciben con muestras de alegría: quieren conocer
128 Bernardo Valderrama Andrade
al vencedor de los ubatashi y expresarle agradecimiento; además,
ya saben el encargo del joven cacique para liberar los territorios
ocupados por los caribes. Seoname-maku apenas si interrumpe la
marcha para tomar algún descanso, recuperar fuerzas y comer algu-
nas de las muchas viandas ofrecidas por sus admiradores, tiempo
aprovechado para interrogar a las gentes sobre la proximidad de sus
futuros adversarios: teme que los arranca-brazos y los arranca-cabe-
zas puedan descubrir el Valle Interior, de excepcionales condiciones,
y lo invadan para hacerse fuertes en él y aprovechar sus recursos.
Las noticias no son todavía apremiantes: las regiones invadidas están
más allá del Hukumeiji, sobre la llanura costera; otra información
sí lo pone en alerta: se relaciona con una manada de enormes
kaxshigugulu, jaguares rojos, desde hace algunas noches mero-
deando por los poblados. Y Seoname-maku recuerda las revelaciones
de Naoma-Kavi sobre los sobrevivientes ubatashi, convertidos en
fieras de la selva. ¿Será ésta la pista de los últimos hombres de los
ojos azules?
El recorrido por el Valle de Tairona permite a Ulaban entender
el poderío y las posibilidades futuras de las gentes de Keka-Bunkua.
Con anterioridad ha conocido el Valle Interior hacia el Occidente,
desde la capital Tayronaca hasta más allá de Cincorona, otra gran
ciudad en cercanías del río Nakulin, donde de paso visitó muchas
poblaciones menores de las serranías y las orillas del mar, una de
ellas Chairama. Estos viajes le han permitido profundizar el estudio
sobre las costumbres y normas de los taironas, su estricta organiza-
ción social sujeta a patrones religiosos muy complejos, donde es
ilimitado el poder ejercido por los naomas. Aún no conoce las
vertientes mayores de la Sierra Nevada, pero ya sabe de los caminos
que bajan por sus laderas al Valle de Tairona, procedentes de impor-
tantes y populosas concentraciones habitacionales, donde laboran
textileros, orfebres, ceramistas, talladores de piedras, una de ellas
Teyuna, gran ciudad sagrada de las cabeceras del Mutaiji, con sus
pueblos satélites donde moran los fabricantes de cuentas-kuitsi. En
este viaje al Oriente de Tayronaca, el kashingui admira todavía más
la belleza de los paisajes, la feracidad inagotable de las planadas y
valles secundarios, donde se alternan campos destinados a las labran-
zas de yuca, maíz, algodón y frutales, con las extensiones cubiertas
de selva, impresionantes por la majestuosidad de los árboles, la
El gran jaguar 129
florescencia multicolor de las plantas menores, la tejezón de los
bejucos, y toda esa red de corrientes de agua aumentando el caudal
de los ríos mayores, ámbito privilegiado de millares de seres al
cuidado de Nabsusa, la Madre de los Animales; y sobre las vertientes
y valles, o por entre los cañones, la vista temprana de los picos
congelados de Citurna, la región de las nieves.
Así no sea éste su país, Ulaban, quien con seguridad no sabe de
dónde viene ni cuáles son sus verdaderos orígenes, siente compla-
cencia de sentirse viajero por Keka-Bunkua, el país de Nyuba-Aluna.
ES
,
El nuevo día encuentra a Seoname-maku y a sus compañeros de
viaje sobre la ribera occidental del Hukumeiji, en busca de la con-
fluencia de la Jiwá-tukua. El Valle Interior ha quedado detrás de la
Cuchilla Manijí, lomo inmenso cubierto de densa selva, donde se
escuchan las voces de los monos de viento, los chillidos de las pavas
y los rugidos de los jaguares. Se aproximan a Takbi-hagu-kare,
lugar de la Culebra de Piedra, sitio sagrado para hacer ofrendas.
La noche transcurrió bajo torrencial diluvio, como:.si Sevukulyin-
gaxa, Padre de las Nubes y la Lluvia, estuviera iracundo; y tal
pareció por el espectáculo de nubes negras corriendo huracanadas
por un cielo con relámpagos entrelazados unos tras de otros, para
convertir la noche en rara claridad. Imposibilitados para cruzar el
desbordado y fragoroso río, deben presenciar tres nacimientos de
Surli sobre las montañas que guardan las Lagunas Sagradas. Ese
tiempo es aprovechado por Seoname-maku para estrechar amistad
con Ulaban y el viejo Chole, e indagar sobre sus vidas y sus cono-
cimientos:
—Y más allá de los territorios duanabuká... ¿quiénes habitan:a
Keka-Bunkua? —pregunta el cacique estimulado por los relatos de
Chole. El emisario responde entusiasta por tener tan aplicados escu-
chas:
—Están los wiwa, muy antiguos habitantes de la selva, sobre el
lomo que divide en dos vertientes esta parte de la Montaña Blan-
ca. Son cazadores, guerreros, y comercian con los uáhiuáhi, mora-
130 Bernardo Valderrama Andrade
dores de zonas desérticas y bajas, en una gran lengua de arena que se
interna en el mar Y más allá del lomo viven los yarineke y los
umássi, tan numerosos como los taironas, asentados en las laderas
y un fertilísimo valle llamado de las Auyamas. Y en cada uno de
estos territorios se habla un idioma distinto.
Oyendo a Chole, por primera vez Ulaban se forma una idea
completa sobre la inmensidad de las regiones en torno a los picos
nevados, allá donde ya no hay mar, algo hasta ahora inconcebible
para él.
Cuando el Hukumeiji vuelve a ser sosegado, Seoname-maku y
su comitiva hacen la travesía y se internan en la zona sagrada de
Takbi-hagu-kare, por entre colinas sembradas de mulda, algodón,
de paso hacia una sabana donde aquí y allá, desperdigados entre
pastizales y cultivos, resaltan negros pedruscos semejantes a lomos
de dantas, o caparazones gigantes de tortugas; otros parecen tronos
de caprichosos espaldares, mesones ovalados, o cuencos y metates.
Dando rienda suelta a la imaginación para atribuir parecidos a estos
piedrones, llegan al Centro Ceremonial, donde está esculpida la
Serpiente Sagrada sobre la superficie de otro peñasco.
Los naomas del lugar, acompañados de mujeres Mitandu, del
linaje de las culebras, salen a recibir al cacique-guerrero; esa noche
hay adivinanzas y bailes en la nunhuañkala mayor, y a la mañana
siguiente solemne desfile hasta un lugar profundo de la takbi-tukua,
Quebrada de la Culebra, donde Aldu-kukue, Padre de las Culebras,
esculpió una, en un paredón de granito blanco. Allí Seoname-maku
hace ofrendas a Sai, la boa, para adquirir de ella su gran fortaleza,
y a Tejaku, la serpiente cascabel, de la cual tomará el veneno mortal
para la punta de sus lanzas y flechas. Terminado el rito, el cacique
y sus acompañantes vuelven a buscar el Valle de Tairona en un
lugar donde está la Piedra Jaguar, Kavi-Hagu, y hacen nuevas ofren-
das, porque según el gran sacerdote muru nakubi, para vencer a los
caribes necesitarán recibir los poderes de los animales míticos crea-
dos por Haba Séinekan.
A otra jornada de camino entran al Cañón de las Cascadas, donde
se encuentra el poblado de Mamaice, gobernado por el cacique
Lazama. Este lugar es la máxima prolongación hacia el Oriente del
Valle de Tairona, ya en cercanías al río Guamoea. El sitio es espec-
tacular con sus cascadas, precipitándose con reflejos de arco iris
El gran jaguar 131
desde las grandes alturas de la vertiente mayor, para llenar todos
los ámbitos con un continuado y ensordecedor estruendo.
Acostumbrado a las panorámicas insulares, de horizontes ilimita-
dos, Ulaban queda extasiado ante la belleza e imponencia del cañón:
esto le parece inconcebible y no puede expresarlo en su vocabulario
caribe; debe recurrir a las palabras de la lengua tairona para registrar
cuanto está viendo.
Al pie de los trepidantes paredones de roca y rodeada de una
selva húmeda, con frecuencia desdibujada por las neblinas surgidas
de la base de las cascadas, está Mamaice, un gran poblado kogi con
varios templos y muchas viviendas, donde se han dado cita los
caciques de esta parte de Keka-Bunkua, para acordar con Seoname-
maku lo relacionado con la guerra contra los caribes. Cumplidas las
ceremonias presididas por los sacerdotes, Seoname-maku, Lazama
—Cacique mayor de los kogi—, Ulaban, Chole y algunos escoltas,
trepan a los filos que separan el Cañón de las Cascadas con la llanura
del litoral, ya ocupada por los caribes. Allí, al contemplar los terri-
torios invadidos, deciden planear una exploración más completa,
aprovechando los conocimientos de Chole de esa región, antiguo
dominio de los duanabuká. Para cumplir el arriesgado cometido, se
despojan de cuanta insignia pueda denunciarlos, y para la madrugada
siguiente parten en pos del viejo emisario del cacique Avincuo. En
Mamaice quedan los naomas encerrados dentro de los templos,
haciendo ofrendas a la Madre Universal, para invocar el buen éxito
de la misión.
XXII
A. orillas del mar, al Oriente de la destruida población de Buya,
tienen establecido su campamento los sangaramena. Frente a él,
bornean las piraguas; ya forman una flota de más de un centenar de
navíos: resaltan sus bordas acorazadas y los velámenes arriados, a
manera de un enjambre de monstruosas langostas posadas en el
agua. Mar afuera, a regular distancia, se divisan otras embarcaciones
entregadas a labores pesqueras. En el campamento, retirado de la
132 Bernardo Valderrama Andrade
orilla en donde ya no alcanza el flujo de las olas, la actividad es
febril y ruidosa: los sangaramena dedican su tiempo a construcción
de viviendas nuevas: son amplios bohíos, algunos sin paredes para
dejar correr la brisa a través de los horcones. Del lindero del bosque,
sin interrupción, salen filas de hombres cargando troncos de diferente
grosor y longitud para las edificaciones, mientras de las zonas donde
crecen las palmeras son traídas sus largas hojas para revestir entra-
mados y formar las cubiertas. En lugares convenidos a la sombra
de espaciosas ramadas se fabrican havas, cestos de carrizo, o arcos,
flechas, lanzas, hachas y mazos de piedra; cerca de allí, otros se
dedican a remendar velas, torcer y anudar cordeles, tallar anclas de
piedra, labrar arpones y anzuelos en hueso o macana. Bajo los aleros
de las chozas, o en su interior y cerca a las puertas, la actividad de
las mujeres, caribes o prisioneras, se relaciona con oficios de telares
o preparación de alimentos. En los linderos del bosque, lejos de los
arenales de la playa, se ven las incipientes labranzas de yuca y maíz;
cerca de ellas, armados con apretados estacones hincados en la
tierra, están los corrales para engorde de las báquiras, cerdos de
monte, complemento de la dieta alimenticia de los caribes. Otro
corral grande, de altísima empalizada y regular espacio interior,
levantado en sitio descombrado, tiene un destino que atribula a las
mujeres de Keka-Bunkua: allí permanecen prisioneros sus hombres,
bajo severa vigilancia, a la espera de ciertas festividades, cuando
serán sacrificados y devorados en medio de bebezones y danzas.
En otros espacios de los playones y la llanura, el trajín se relaciona
con los guerreros: los manicatos, jefes de los escuadrones, organizan
simulacros bélicos: para hacerlos más reales, de vez en cuando sacan
un prisionero de los corrales y lo obligan a servir de blanco en
persecuciones y prácticas de tiro con flechas y lanzas.
Los caribes lucen desnudos, musculosos, altos de cuerpo, algunos
con grabados sobre la piel, y el sexo protegido con portapenes de
oro, de caracol o fundas tejidas. En los hombres las cicatrices dan
prestigio. Las. mujeres llevan una faldilla apretada en torno a las
caderas: agraciadas, sensuales, sus senos apenas si emergen entre
la abundancia de las coconas, collares compuestos de conchas y
piedrillas de colores.
Recorriendo el campamento seguido de su séquito, Sangama luce
intimidante por su fuerte complexión. Bronceado, la piel cruzada
El gran jaguar 133
tatuajes y cicatrices, con ademanes autoritarios, el jefe de los
arranca-cabezas inspecciona con mirada severa los preparativos para
la guerra: exige total disciplina y en estos días el genio se le mantiene
descompuesto por la derrota de su hermano Gula a manos de los
taironas y los traidores kashingui. Quienes pagan por este desastre
bélico son los prisioneros: a cada mañana hace decapitar a uno de
ellos y colocar su cabeza ensartada en una larga macana, a la orilla
de los caminos, a manera de escarmiento para sus enemigos, mientra
él cavila sobre la forma de enfrentarse a los nativos de la Montaña
Blanca; sus sueños de organizar ur gran país en estos territorios, a
donde puedan seguir arribando las naves caribes, no va a ser tan
fácil como en un principio lo imaginó.
Al Occidente del campamento sangaramena, en cercanía a la
bocana del Guamoea, está el primer asentamiento de Gula sobre
parajes robados a los kogi, ahora replegados en las serranías, en
permanentes escaramuzas con los caribes en su intento por recuperar
la salida al mar, a lo largo de los ríos Pira, Guamoea y Abaxse.
Después de su derrota en Buritaca, los gulamena se han hecho fuertes
en esta comarca, y como respuesta al descalabro preparan la invasión
de los territorios al Oeste del río Hukumeiji, campaña que acome-
terán reforzados por las huestes de Sangama; para el efecto concen-
tran una gran flota de piraguas y un numeroso y bien entrenado
ejército: la experiencia les ha enseñado de la voluntad y poderío
guerrero de los taironas, al parecer ahora aliados con los duanabuká,
kogis, y aldu-guijis, cada vez más organizados y belicosos. En
cumplimiento de estos aprestos, las partidas de Gula recorren a
diario las sabanas litoraleñas, acosan a los kogi en las primeras
estribaciones, asaltan e incendian sus aldeas, hacen prisioneros y
ponen especial empeño en capturar mujeres para reponer las desapa-
recidas durante la batalla naval de Buritaca y Palanoa.
En el campamento de los arranca-cabezas se han levantado altas
empalizadas para encerrar a los prisioneros en espera del momento
de su sacrificio. El trato brindado a las mujeres y los niños, por el
contrario, es excelente: las cuidan y los consienten, pues ven en
ellas la forma de perpetuarse, y en los chicos futuros guerreros.
134 Bernardo Valderrama Andrade
Nacido en vecindades de Buya, Chole, el emisario duanabuká, se
conoce todos los caminos y vericuetos de su región. Esto permite
a la comitiva de Seoname-maku internarse con relativa seguridad
en los territorios invadidos por los gulamena. Y para hacer exitosa
al máximo la travesía, y no queriendo despertar sospechas, Ulaban
y la patrulla de rabones toman la exacta apariencia de los arranca-bra-
zos: las partes descubiertas del cuerpo las decoran con tatuajes rojos
y negros, visten taparrabos y usan armas tomadas a los enemigos.
Con su porte y dominio de la lengua, el kashingui es ahora un
manicato al mando del piquete encargado de conducir a Seoname-
maku, Lazama y Chole, supuestos prisioneros. El riesgo de esta
farsa se manifiesta en la tensión que embarga a todos cuando ocurre
el primer encuentro con un grupo de caribes. Y como complicación
adicional, un sorpresivo alarido desgarra sus oídos:
—¡Ayyyy!... ¡Ayayayyy!
Es el viejo Chole, quien rueda por el suelo presa de un repentino
ataque de convulsiones; sus lamentos se convierten en rugidos y
comienza a echar espumarajos sanguinolentos por la boca. Ulaban
y los falsos guerreros no saben qué hacer; Seoname-maku y Lazama,
consternados, atienden a su compañero; los caribes, ante los espas-
mos del enfermo y la expresión desorbitada de sus ojos, pasan de
largo al temer sea un mal contagioso; en brazos de los caciques, el
emisario sigue retorciéndose, mientras el enemigo se aleja. Cuando
están distantes, se queda quieto, escupe un fruto rojo y jugoso,
suelta una risita burlona y los mira con los ojos arrugados por la
picardía: los engañó a todos: aquello fue una farsa más para atraer
sobre sí toda la atención y sortear el peligro de ser descubiertos; la
edad no le ha apagado el espíritu aventurero, y a partir de aquel
momento sigue engañando a los gulamena y sorprendiendo a sus
compañeros con sus inagotables recursos histriónicos, para permitir
al manicato Ulaban, a sus escoltas y prisioneros, desplazarse a través
de los territorios ocupados por los caribes. Cuando en las noches
acampan en lugares apartados y seguros, tienen tiempo para reír y
celebrar las personificaciones teatrales del emisario, convertido en
actor imprescindible en esta misión de espionaje; así contribuye a
mimetizar la personalidad de Seoname-maku y Lazama.
Al verse envuelto en estas disparatadas pero oportunas actuaciones
del viejo Chole, el Jaguar Negro encuentra la forma para librarse
El gran jaguar 135
de tensiones propias de su cargo: ahora es un compañero más,
aportando la alegría y la audacia de su juventud, así sea en medio
de tantos peligros; aunque parezca paradójico, viviendo estas aven-
turas recuerda las travesuras de su despreocupada adolescencia en
Ponkeica, cuando era un tairona más, sin obligaciones ni prerroga-
tivas. De estos momentos de esparcimiento, y pese a su edad, par-
ticipa con mucho entusiasmo el cacique Lazama, dada la propensión
a la guasonería distintiva de los kogi; sólo Ulaban conserva la serie-
dad, apenas esboza ligeras sonrisas, y este contraste hace más hila-
rantes las situaciones.
¿Cuándo surge la idea?. ¿De quién fue? No lo saben con exac-
titud. Pero resultó ahí. en medio de las conversaciones, en el
transcurso de los recorridos, al pasar una y otra vez frente a las
empalizadas, donde los caribes mantienen a los prisioneros.
—;¡ Tenemos que liberarlos! —anuncia de pronto Seoname-maku,
una noche en que miran en silencio la Avenida de la Luz chispeante
en el firmamento. Ese día han presenciado el sacrificio de un prisio-
nero, empalado en un alto estacón para servir de blanco a los arque-
ros, y la ira e intenso dolor no se aplacan con nada. Todos están
de acuerdo. . no pueden dejar abandonados a sus compañeros en
desgracia. Hasta ese momento, cuando el manicato Ulaban ha sido
interrogado sobre el lugar de destino de los prisioneros, su respuesta
es siempre la misma: —El campamento de Gula, en las riberas del
río Abaxse, ya en inmediaciones con el mar—. En esta forma,
siempre continúan la marcha sin verse obligados a más explicaciones,
ni a entregar los cautivos. Pero esto de liberar los prisioneros de los
cercados...
La audacia de Seoname-maku, la inteligencia de Ulaban, la deci-
sión de Lazama, la picardía creativa de Chole, conforman el exce-
lente equipo para tan arriesgado proyecto. Se valen de la costumbre
caribe de hacer cambios de guardia al anochecer, cuando el “mani-
cato” Ulaban se presenta con sus guerreros ante la empalizada de
la primera aldea escogida, para poner en práctica el atrevido plan.
—;¡Abran!.. ¡Cambio de guardia!.. ¡Traemos nuevos prisione-
ros! —anuncia Ulaban autoritario, ante los encargados de vigilar la
empalizada, esforzándose por hacerse oír sobre los chillidos y las
lamentaciones de Chole. El comandante de los carceleros, otro ma-
136 Bernardo Valderrama Andrade
nicato de imponente aspecto por los tatuajes del cuerpo, mira fasti-
diado al viejo duanabuká, manda que lo callen y levanta la cara al sol.
—Vienen antes de lo acostumbrado.
—Sí... por estos prisioneros... —y Ulaban señala a Chole, ahora
en forcejeos con la escolta, tirando patadas y lanzando lastimeros
alaridos; para hacer más real la farsa, lo golpea en la espalda con
la lanza de macana y extiende su rudeza a los otros dos cautivos.
Su actuación es tan concluyente, que la puerta de la cárcel se abre
y Seoname-maku, Lazama y Chole son introducidos a empellones
en el recinto. La prisión, constituida por un doble cercado, uno
dentro del otro para dejar un gran patio interior, tiene en torno de
esta área ocupada por los condenados, un corredor por el cual se
pasean y ejercen su oficio los vigilantes.
Tan pronto el viejo duanabuká escucha en el pasadizo el forcejeo
de Ulaban y sus guerreros dominando a la guardia, levanta la voz
y agita los brazos para convocar a los prisioneros. Seoname-maku
y Lazama lo secundan, con ademanes característicos de quienes
están acostumbrados al mando.
—;¡Gaxa!... ¡Gaxa!... ¡Compañeros! —grita Chole. Muchos le-
vantan el rostro para mirarlo y la sorpresa brilla en sus pupilas: el
fragor del combate en el pasaje, aunado a las voces y manoteos de
los recién llegados, los arrancan de su resignada desesperanza; algo
inusitado está ocurriendo y al reconocer al emisario de Avincuo, se
agolpan en torno a él. Seoname-maku y Lazama, debido a la sencillez
de sus vestimentas, siguen de incógnitos y nada hacen todavía para
identificarse.
—;Hermanos!... ¡Atiéndanme!... ¡Hemos venido a rescatarlos!
La incredulidad se pinta en todos los rostros: nadie ha escapado
de allí, y quienes han salido sólo es para ser sacrificados. Algunos
empiezan a dar la espalda...
—;¡Tienen que creerme!... ¡Prepárense! ¡Deben obedecernos!
La puerta del patio torna a abrirse y da paso a Ulaban y sus
hombres: arrastran los cuerpos sin vida de los vigilantes. Los cautivos
no acaban de salir de su desconcierto. ¿Acaso algunos de sus liber-
tadores también son caribes? Y miran vacilantes, ya a Chole y sus
dos compañeros, ya a Ulaban y su escolta. Seoname-maku y Lazama
ven llegado el momento de darse a conocer, en pocas palabras
explican la situación, organizan la salida y encabezan la huida hacia
El gran jaguar 137
las montañas. Para entonces ya cuentan con la noche como su cóm-
plice. Ulaban se queda en espera de la llegada de nuevos vigilantes,
les permite entrar al corredor, allí los sorprenden y eliminan, vuelven
a cerrar la puerta de la empalizada y a su vez se pierden en la
oscuridad de la noche. Sólo hasta la mañana siguiente, al repetirse
el otro cambio de guardia, se descubre lo sucedido; para entónces
los fugitivos están lejos de ser alcanzados.
Entusiastas con este primer resultado, Seoname-maku y sus com-
pañeros repiten la estratagema cuando las circunstancias son favora-
bles en otras aldeas, libertando a gran número de prisioneros. La
noticia de las fugas masivas no tarda en llegar al campamento de
Gula, y éste, alarmado y presa de ira por la repetición de los hechos,
ordena llevar a su presencia a cuantos puedan suministrarle informa-
ción veraz. Una particularidad repetitiva en todos los testimonios le
despierta sospechas: la descripción del manicato, la escolta y los
cautivos, siempre vistos donde después ocurren las evasiones.
—¿El kashingui! —piensa de pronto sobresaltado. Y ordena la
pena de muerte para quienes en adelante se dejen engañar por la
patrulla de farsantes y sus prisioneros.
A Mamaice y las otras poblaciones de las montañas, en grupos,
unos tras de otros, van llegando los escapados de las empalizadas.
Lazama ha regresado para organizar el ataque contra los caribes, y
de inmediato los somete a entrenamientos bélicos. En tanto Seoname-
maku, Ulaban y Chole, actuando de común acuerdo, se han pro-
puesto una misión de alto riesgo para humillar al jefe de los arranca-
brazos, dentro de sus propios dominios: liberar a los cautivos y
condenados a muerte del propio campamento de Gula.
Informados de los desplazamientos del líder arranca-brazos, ahora
en rabiosa persecución del kashingui, Seoname-maku aprovecha los
conocimientos del viejo Chole sobre la región y bajan en forma
subrepticia por el curso del río Pira; ya dentro de la llanura litoraleña,
al amparo de la noche e iluminados por Saxa-ti, van metidos en el
agua, acallado con su fragor el poco ruido que puedan hacer. Cuando
a sus oídos llega el rumor espaciado de las olas y la brisa salobre,
hacen una pausa en la marcha y el Jaguar Negro pregunta al duana-
buká:
—¿Estás seguro de poder guiarnos a través de los pantanos?...
138 Bernardo Valderrama Andrade
He sabido de las trampas mortales de las arenas movedizas, y el
peligro de los feroces matúa.
Chole achica los ojos con picardía y sonríe burlón: que sepa,
aparte de él nadie se ha atrevido a internarse en las marismas, donde
acechan insaciables los caimanes, o las tembladeras aprisionan a los
incautos. Su respuesta refleja la astucia del plan concebido:
—Los gulamena acampan en las riberas del Abaxse-tukue, al
borde mismo de los pantanos, confiados en su protección, Por eso
no van a esperar nunca un ataque por ese lado.
El viejo levanta la cara a Saxa-ti, se asegura de que ésta no deje
de brillar en el resto.de la noche y comenta dando tranquilidad a
sus compañeros:
—Eila será nuestra aliada —y la señala satisfecho—. Me permitirá
reconocer el único camino posible por la marisma. —Y con una
carcajada: Ya imagino la sorpresa de nuestros enemigos.
Seoname-maku da la orden de partida, en fila detrás del emisario
de Avincuo. Unos tras otros repiten las pisadas, para no resbalar y
ser aprisionados en las arenas movedizas, alertas con los matúa,
semisumergidos y a la espera con sus enormes mandíbulas. La larga
hilera de expedicionarios penetra la región pantanosa, donde las
miasmas enrarecen el aire húmedo y sofocante; los acompaña el
concierto de los grandes sapos, el zumbido lacerante de los zancudos,
y Otras voces de animales desconocidos, apremiantes, de acentos
intimidatorios, que les encogen el ánimo y hacen más terrorífica la
travesía. Nadie pronuncia una palabra, despiertos los cinco sentidos
para no sucumbir en un paraje donde hasta ahora, con excepción
del viejo Chole, ninguno lo ha cruzado con éxito.
Dentro de lo planeado, cuentan con aprovechar la ausencia de
Gula y el grueso de sus guerreros, empeñados en buscarlos por toda
la llanura, menos en inmediaciones de su campo principal. Al ama-
necer emergen de las marismas, sorprenden a los vigilantes del
campamento y las empalizadas, liberan a los prisioneros y antes que
los caribes se repongan de la sorpresa y organicen el contraataque,
cruzan en forma fulminante y mortal por el asentamiento, atraviesan
el Abaxse-tukue y a marchas forzadas se encaminan al río Guamoea,
por cuyo curso, aguas arriba, escapan con el apoyo y refuerzo de
una avanzada de Lazama. En tanto Gula no ha tenido suerte en su
expedición punitiva: libra escaramuzas sin resultados definitivos con
El gran jaguar 139
las avanzadas del cacique kogi, quien empeñado en azuzarlo, ataca
y se repliega una y otra vez; tampoco puede conquistar las primeras
laderas de la serranía, donde se -han hecho fuertes los nativos para
desatar sus sorpresivas emboscadas. Allí la resistencia es cerrada y
necesitará contar con mejores fuerzas si quiere enfrentar con fortuna
la alianza de las gentes de Keka-Bunkua. De regreso a su campamen-
to, recibe la noticia del temerario ataque comandado por el propio
Seoname-maku y el kashingui Ulaban. Otra vez ha sido burlado, y
esta vez en sus propios dominios. Sin dudarlo, dispuesto a cobrar
caro este atrevimiento, parte en su persecución, sólo para ser recha-
zado en la entrada al Valle de Tairona, donde poco le falta para ser
exterminado. Para entonces, Gula ya no duda del poderío de sus
adversarios.
La noticia de la liberación de los prisioneros es festejada por todas
las gentes de la Montaña Blanca, en especial a donde regresan los
libertados de las empalizadas. En Takina, centro ceremonial de las
cabeceras del río Guamoea, para ese tiempo sitio de habitación del
Naoma-Kavi, éste recibe complacido las nuevas sobre los logros de
Seoname-maku, acciones intrépidas que consolidan el prestigio del
Jaguar Negro y facilitan la concertación de alianzas entre los pueblos
de la Sierra Nevada, para enfrentarse con buenas posibilidades ante
los caribes.
Acordado con Lazama cuanto se relaciona con la futura campaña
guerrera, Seoname-maku parte con Ulaban, Chole y su escolta de
rabones, a cumplir cita con Avincuo, cacique principal de los dua-
nabuká.
Dejan atrás el Valle de Tairona en su salida final al río Guamoea,
y en travesía sobre las laderas de la vertiente mayor penetran a los
territorios aldu-guiji, donde manda el cacique Malabú. Acompaña-
dos de los prisioneros rescatados, reciben triunfal acogida.
Desde la región de Bongá, como también se denominan los terri-
torios aldu-guiji, la panorámica hacia la llanura del litoral es com-
pleta. Cruzan el Buhía-tukue, trepan a la Cuchilla Nukui y desde
allí divisan otra gran zona pantanosa inmediata al mar, y las ruinas
de la población de Buya. De allí es Chole, quien a la vista de su
destruido pueblo, relata que allá perecieron todos los suyos, incluidos
los nietos: los ojos se le achican, se le transforman en rajaduras
brillantes, no puede ocultar su odio y deseos de venganza; en con-
140 Bernardo Valderrama Andrade
traste, sus labios permanecen sonrientes, en una mueca contradictoria
y feroz. Oyéndolo, Seoname-maku y Ulaban lo comprenden mejor,
respetan su dolor, se explican y justifican el entusiasmo temerario
de sus actos.
El descenso por la Cuchilla Nukui los lleva hasta las orillas del
Nyuba-Nyna, el Río del Oro, de riberas pobladas por gentes encar-
gadas de, extraer el precioso metal de sus arenas auríferas, para
fundirlo con destino a los talleres de los orfebres de la Montaña
Blanca. Dada la importancia de la región por estas riquezas naturales,
y por asentarse en sus cabeceras el gran centro ceremonial de Moraca,
la garganta que comunica el cañón del Nyuba-Nyna con la sabana
del litoral se mantiene custodiada, y las intentonas caribes de intro-
ducirse por allí han sido rechazadas. Esta región sagrada, hábitat
antiguo de los hijos de la Madre Séinekan, no puede ser profanada
por los invasores.
El dominio ejercido por los caribes en la llanura obliga a Seoname-
maku y su comitiva a penetrar a los territorios duanabuká siguiendo
la Cuchilla Vainillal, para encaminarse al centro habitacional donde
tiene su sede el cacique Avincuo. Desde estas montañas divisan los
asentamientos sangaramena, levantados sobre las ruinas de los po-
blados duanabuká; y. de nuevo, en arriesgadas incursiones, el Jaguar
Negro y sus acompañantes se aproximan al mar para contabilizar
las piraguas y de ahí deducir el poderío real de los arranca-cabezas.
A una conclusión llegan: deben actuar unidos y en forma rápida, o
los caribes infiltrarán todos sus territorios, igual a como lo hacen
los vientos Ñuyashkue del Nordeste. Comparada con la lucha contra
los ubatashi, ésta será de gran magnitud: ya no de cien a uno... y
deberán concentrar todo el poderío tairona, kogi, aldu-guiji y dua-
nabuká, porque del mar siguen llegando unas tras otras las piraguas
cargadas de guerreros caribes.
Avincuo, cacique mayor de los duanabuká, recibe a Seoname-
maku con todos los honores a su alto rango, y.la deferencia hacia
quien será su principal aliado en la guerra. Con severa dignidad,
enseña al Jaguar Negro los preparativos bélicos, le expresa que en
el corazón de la gente del pelícano bulle el deseo ardiente de la
venganza. De inmediato planean el desarrollo de la futura campaña,
dentro de la estrategia concertada por los pueblos de la vertiente
El gran jaguar 141
norte de Keka-Bunkua, y el cacique tairona y su comitiva parten de
regreso a Tayronaca.
En el camino de retorno echan de menos la compañía del viejo
Chole: extrañan su figura delgada, ágil, escurridiza en la maraña de
la selva o en el laberinto traicionero de las marismas; nunca, pese
a su edad, lo vieron fatigado o presa del desánimo; y su rostro
afilado, vivaz, siempre dispuesto a la risa, así sus ojos se encendieran
de odio cuando el tema de conversación eran los caribes. Ahora
marchan largos trayectos en silencio, a falta de la comunicativa
presencia del emisario duanabuká anticipando con sus descripciones
los sitios por recorrer enseñándoles la variedad de las plantas, sus
nombres y sus propiedades, o la historia de los animales, no la
mítica de los taironas, sino la natural de los duanabuká; porque el
viejo Chole, de tanto recorrer la Sierra Nevada y visitar sus gentes
y parajes, ha adquirido excepcionales y completos conocimientos.
Para el regreso a Tayronaca escogen ahora la ruta de las tierras
altas de los páramos, a la vista deslumbrante de los nevados, bajo
el vuelo silencioso y avizor de los cóndores; por entre la infinidad
dorada de los pajonales, bordean la sagrada quietud de las lagunas,
origen de las arterias fluviales de la Sierra Nevada. Así pasan por
los centros rituales de Mamarongo, Takina y Makotama, donde
Seoname-maku presenta ofrendas y participa en reuniones con los
naomas; a Moraca, el gran centro ceremonial de las cabeceras del
Nyuba-Nyna, lo divisan desde los filos de la Cuchilla Sapapangúega;
allí no pueden entrar porque en la comitiva va Ulaban, un jaldji,
forastero, y la tierra sagrada donde está la Haggi-Koktuma, Piedra-
Asiento de la Madre Universal, no puede ser hollada por ningún
extranjero. Llegan luego a Taminaka, pueblo de las montañas a
orillas del río Hukumeiji, y a Ulueiji, sobre las riberas del río del
mismo nombre, desde cuyas cumbres divisan a Tayronaca, abajo,
en un rincón del Valle de Tairona.
Este recorrido permite a Ulaban admirar desde los lomos de Sa-
papangiiega, la inmensidad de los territorios al Sur de Keka-Bunkua:
para él, acostumbrado a los horizontes marinos, es difícil entender
la sucesión de cordilleras tras cordilleras, valles tras valles, ríos tras
ríos, que todo lo entrecruzan... En tan vastos territorios, como un
profeta, imagina habrán de vivir las gentes de su raza, los inconte-
142 Bernardo Valderrama Andrade
nibles guerreros caribes, a quienes por una circunstancia imposible
de cambiar, está combatiendo.
La ruta de los páramos tiene para el Jaguar Negro otros objetivos:
hacer ofrendas y presentarse ante los naomas de los centros ceremo-
niales de las montañas; con ellos hacen adivinaciones sobre el futuro
de la guerra; y, también, porque por estos senderos se puede regresar
a Tayronaca en forma rápida, sin los rigores del clima y de la selva,
dominantes en las tierras bajas.
XXIII
—Construiremos una flota de piraguas para reforzar la ya comandada
por Kashín. Así nos opondremos a un nuevo intento de invasión.
A su regreso a Tayronaca, Seoname-maku habla con propiedad
y entusiasmo al exponer sus planes ante Naoma-Kavi; lo acompaña
Ulaban, su principal consejero. Con él, durante el viaje por tierras
de los kogi, aldu-guiji y duanabuká, han discutido las alternativas
para enfrentar con éxito a los poderosos caribes; parte importante
de la estrategia son los acuerdos pactados con Lazama, Malabú y
Avincuo, para mantener una extensa y fuerte línea defensiva a todo
lo largo de la vertiente de Keka-Bunkua, en su cara hacia Noana-
Mashika, el Norte.
Con su habitual severidad y rostro hierático, Naoma-Kavi escucha
la vehemente exposición del Jaguar Negro. Sólo el brillo hipnótico
y taladrante de sus ojos deja entrever la admiración, contagiada por
la impetuosidad verbal del cacique-guerrero. Semeja el naoma un
ídolo de piel arrugada, petrificado, cubierto de pectorales de oro,
aderezos y cuentas de collar. El sacerdote siente íntima satisfacción:
sus predicciones, una a una, se están cumpliendo con la exactitud
adivinada en la Constelación de los Jaguares.
La presencia aplomada de Ulaban al lado de Seoname-maku, no
deja de avivar su interés: lo conoció en Buritaca, cuando la danza
y violación de las mujeres de palo, sabe por el naoma Cotocique de
su ánimo pacífico pero firme, de su ingenio y ecuanimidad, de su
inventiva y habilidad artística; lo ha visto en Tayronaca cumpliendo
Com
Ulab:
A
puert.
suced
los k
crecie
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lidad
cuent.
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Nero (
Sangs
ejecut
de pir
fuerza
El gran jaguar 143
entregas de las máscaras y bancos ceremoniales, y no puede evitar
admirarlo ahora, cuando escucha sus razonamientos sobre el porvenir
de sus pueblos, inspirado en un sistema de gobierno justo y progre-
sista, respaldado con el poderío de los ejércitos. Según el kashingui,
y el Naoma-Kavi también lo cree, ésta será la única forma para que
las gentes de Keka-Bunkua se respeten unos a otros y puedan vivir
en paz.
La figura cenceña del kashingui, su mirada frontal, inspiran con-
fianza y seguridad; y ahora que lo conoce más, aprueba la determi-
nación del Jaguar Nagro de hacerlo su compañero y consejero, así
en la guerra de consolidación del País de los Taironas, los enemigos
sean gente de su misma raza.
Con un gesto, Naoma-Kavi indica su voluntad de quedarse a solas
con Ulaban. En copas iguales sirve bebida mágica, coloca las manos
descarnadas sobre los hombros del kashingui, lo mira fijo, con sus
pupilas ardientes, y pronuncia como en un susurro:
—A-kinga ma-a-a: así hablaron los Antiguos: conoceré tu pasado
y tu presente...
ES
Como de hermanos, efusivo, es otra vez el encuentro de Kashín y
Ulaban.
A la noche, sentados en butacas de madera frente al mar y a la
puerta de su casa, Kashín escucha el relato de Ulaban sobre cuanto
sucediera en la guerra con los ubatashi, su viaje por la región de
los kogi, los aldu-guiji y los duanabuká, y la realidad sobre la
creciente migración caribe a estas tierras de la Montaña Blanca,
atraídos por la inmensidad de sus territorios y la prometedora ferti-
lidad de las llanuras; y esa noche, entusiasmado y visionario, Ulaban
cuenta a Kashín de las comarcas inconmensurables vistas desde las
alturas de los páramos, extendiéndose como otro mar, en el cual
las olas eran las montañas y los valles. También entera a su compa-
ñero de la estrategia de guerra para expulsar a las gentes de Gula y
Sangama, acciones donde él, Kashín, tendrá importantes tareas por
ejecutar: y le expone la idea de construir en poco tiempo una flota
de piraguas, refuerzo de la actual, para presentar a los caribes una
fuerza disuasiva. La armada de las naves la acometerá en persona,
144 Bernardo Valderrama Andrade
ayudado por kashinguis expertos en esta clase de trabajo, mientras
Kashín, al utilizar las embarcaciones existentes, entrenará desde
ahora a los taironas en el arte de tripular esta clase de navíos y las
tácticas guerreras, para estar prestos a otra confrontación.
El análisis de su situación de caribes, aliados a los taironas, vuelve
a ser tema de conversación:
—El hecho de preparar la guerra contra los de mi propia raza,
no deja de mortificarme —comenta Ulaban pensativo, la mirada
atrapada en el espejeo de las olas con el sol del atardecer—. No
hay duda de que entendemos el derecho de los taironas y sus aliados
a defender sus territorios, pero también sabemos de la necesidad de
los nuestros a desplazarse en busca de un porvenir más estable al
de las piraguas y las islas, insuficientes para una población en cre-
cimiento. Y aquí... sobran tierras, así tengan dueños dispuestos a
defenderlas; o compartirlas, como sucedió con nosotros. Por desgra-
cia la ley que impera es la de tomar o conservar por la fuerza, hasta
entre los de una misma raza: esto lo hemos vivido en el pasado; lo
nuestro, aquí en Palanoa y Buritaca, ni yo mismo lo comprendo del
todo.
Correteando en busca de su padre, llega la hija de Kashín; éste
la estrecha con ternura entre sus poderosos brazos de guerrero, se
embelesa con sus inocentes facciones mestizas, de caribe y de tairo-
na, y a su vez expresa también dubitativo:
—Igual me sucede: y sólo la vida próspera, alegre y pacífica de
la gente de Palanoa, justifica cuanto hemos hecho. Con frecuencia,
debo reconocerlo, mi pasión por las aventuras me hace añorar el
pasado; pero recapacito y acabo por concluir: hicimos lo correcto,
Ulaban, y ojalá nuestra feliz experiencia pudiéramos hacerla exten-
siva a nuestros hermanos.
A Ulaban se le iluminan los ojos, emocionado con esta comunión
de pensamientos y deseos entre él y Kashín. La voz le suena profética
cuando concluye:
—+El porvenir de las expediciones caribes será una realidad posi-
tiva, cuando consigan la aquiescencia de los taironas y los otros
habitantes de la Montaña Blanca para compartir los territorios. Aho-
ra, quizás esto parezca imposible. . la violencia desatada sólo se
ultimará, cuando en los campos de batalla haya vencedores y ven-
cidos.
El gran jaguar 145
Las postas de pescado, el exquisito sabor de los crustáceos y la
bebida servida por Nemi-yang, interrumpen sus razonamientos y tor-
nan más placentera la reunión de Ulaban y Kashín.
En los días siguientes, ante la mirada del Naoma Cotocique,
inician los entrenamientos de los taironas a bordo de las piraguas
' de Kashín: con velas desplegadas las naves saltan sobre las. olas,
hacen virajes, se inclinan a babor y estribor, se levantan en arries-
gadas maniobras, drapean y se hinchan de viento las velas al coger
corrientes de aire, se lanzan unas contra otras, se aparejan y simulan
abordajes. En tanto en Palanoa y bajo la dirección de Ulaban, se
emprende el armado de nuevos barcos: se trabaja contra el tiempo.
Es preciso estar dispuestos para la fecha acordada con Naoma-Kavi:
sus observaciones estelares así lo recomiendan.
En el Valle de Tairona, en los territorios kogi, aldu-guiji y dua-
nabuká, tampoco se pierde tiempo: los caciques someten a sus gue-
rreros a prácticas y simulacros. Se sabe la capacidad bélica de los
caribes y no pueden correr riesgos. En Tayronaca, en todas las
ciudades y pueblos de la vertiente norte, se vive el ambiente de la
guerra: en patios, plazoletas, caminos y campo de labranzas, sólo
se ven ancianos, mujeres y niños, a cargo de las actividades civiles;
las relacionadas con asuntos militares, ocupan a quienes por su edad
y posibilidades de combatir están bajo el mando del Jaguar Negro
o alguno de los caciques.
Las conversaciones, las reuniones públicas convocadas en las
plazoletas, se relacionan con las futuras acciones guerreras: es el
tema del día y en el pensamiento general hay una idea fija: triunfar.
En tanto, de la región de Betoma en la vertiente occidental de
Keka-Bunkua, llegan noticias halagadoras: el poderoso Toronomala,
cacique de Posigúeyca, después de sangrientas campañas ha some-
tido a los invasores papali. A las buenas nuevas llegadas de los
campamentos donde se prepara la guerra, se contrapone un hecho
que comienza a intranquilizar a las gentes, en especial cuando llega
la noche: el primer rumor vino de algunas pequeñas aldeas asentadas
a orillas del Sekaimaka-tukue, arriba de la confluencia con el Ulueiji,
donde en las noches y cuando los habitantes se recogen en sus
nunhúes, se escucha el desplazamiento de extraños y enormes jagua-
res, a veces alzados sobre los cuartos traseros.
—;¡Los kaxshigugulu!... ¡Los jaguares rojos! —<xclaman las gen-
146 Bernardo Valderrama Andrade
tes entre supersticiosas y aterrorizadas, al recordar la predicción del
Naoma-Kavi sobre los ubatashi sobrevivientes. A la mañana siguien-
te, en las aldeas donde esto ocurre, encuentran huellas de felinos de
gran tamaño y signos de saqueo en huertas y corrales. Algunos, al
escucharlos, se han atrevido a mirar a través de los estantillos y su
relato confirma la espantable verdad: son enormes jaguares rojos,
como nunca se vieran de corpulentos, que recorren las aldeas, hus-
mean, asaltan los corrales, arrancan las plantas de los huertos, en
ocasiones hasta entran a las viviendas y si encuentran mujeres a
solas, se las comen... las violan. Otras veces los han visto alzarse,
corretear y saltar sobre sus patas traseras, como si tuvieran todavía
algo de humanos:
—¡Los kaxshigugulu!... ¡Los jaguares rojos!
Sus apariciones y depredaciones ocurren ahora en las Lomas de
Tairona, cada vez más cerca a Tayronaca; y nadie intenta cazarlos,
porque según la predicción del Naoma-Kavi, sólo el Jaguar Negro
podrá destruirlos, y el cacique-guerrero está consagrado por lo pronto
a combatir a los caribes.
En su nunhúe, solitaria, apenas acompañada por Suku-thor, perma-
nece Meli-ang en vela: igual a todas. las noches, desde cuando
llegaron los rumores a Tayronaca sobre la aparición de los jaguares
rojos, espera a ser la única despierta en la ciudad: entonces deja su
pequeño hijo protegido en la mochila colgante del techo, sale como
un fantasma a recorrer la ciudad, embargada por una esperanza
quizás imposible...
XXIV
Como lo hace con frecuencia, Ulaban visita el poblado de Buritaca
para tratar asuntos de interés a las dos comunidades; las gentes, sin
excepción, le expresan simpatía y estos sentimientos también son
El gran jaguar 147
compartidos por los chicos: el kashingui, en actitud a la cual no se
habitúan los mayores, no tiene inconveniente en interrumpir sus
quehaceres para participar en los juegos infantiles. Una de las dis-
tracciones preferidas de los muchachos es oír sus relatos sobre aven-
turas en el mar, y ahora, por razón de las circunstancias, éstas se
convierten en realidad al presenciar las maniobras de los barcos al
mando de Kashín; la otra distracción son los trabajos en el astillero,
donde Ulaban les permite acercarse, ver y tocar con sus manos los
largos y pulidos mástiles, los costillares, la curva esbelta de las
quillas, los remos, las anclas talladas en piedra, los voluminosos
troncos sacados de la profundidad de la selva con rodillos y palancas,
Operación que requiere ingentes y sincronizados esfuerzos humanos.
A- menudo el kashingui, único adulto a quien los jovencitos consi-
deran un verdadero amigo, les permite contribuir en la empresa
naviera, limpiando y puliendo los caparazones de tortuga marina,
corazas córneas de recubrimiento a los costados de las piraguas.
Ulaban también hace repetidas visitas a Buritaca, como disculpa
para buscar a Nyuba-Aluna, a quien no ve desde su partida como
acompañante de Seoname-maku. Debido al carácter jerárquico y
religioso de la muchacha, por razones desconocidas para él, se ha
quedado a vivir en Buritaca y no en Tayronaca, o en alguno de esos
lejanos y escondidos centros ceremoniales, destinados a los persona-
jes de su categoría.
En su condición de forastero, Ulaban no puede ni debe preguntar
por ella; ni siquiera le es permitido pronunciar su nombre; hasta con
Naoma Cotocique-es un tema vedado. Nyuba-Aluna, el Espíritu de
Oro de los Taironas, es un ser prohibido para él. Pese a ello, unas
veces con apariencia distraída, otras como espía a la sombra de la
noche, merodea en torno a la Nahua, casa ceremonial de las mujeres,
donde en el pasado solía permanecer Nyuba-Aluna; o visita el siem-
pre alegre y ruidoso bohío de las tejedoras de mochilas: allí, la vio
realizar proezas con sus manos pequeñas y finas, al hacer girar el
sugi, huso de piedra pulida, para torcer sin pausa el shi, blanco hilo
de algodón, así su mayor habilidad fuera ante el armazón de los
telares, cruzando en un sentido y otro la aguja de oro, creando
artísticos dibujos sin levantar los párpados, siempre con su aire
distante y hermoso. Cuántas veces Ulaban la admiró en silencio, y
cuántas, ahora, la extraña al notar su ausencia.
148 Bernardo Valderrama Andrade
A su vez, poseedor del secreto de la desaparición del Espíritu de
Oro, el viejo Cotocique espía a Ulaban, adivina sus movimientos
por el pueblo, lo observa a través de las rendijas de la Nunhuañkala
con el ceño fruncido, los ojos chispeantes, en los labios una sonrisa
enigmática que transforma su rostro serio y poco expresivo.
ES
Cuando Mukulda-Mu, Viento del Oriente, está por calmarse, se
acerca el fin de las maniobras de Kashín en el mar, y para el trabajo
de armada de las piraguas. Ulaban, convencido de la ausencia defi-
nitiva de Nyuba-Aluna, ha dejado de buscarla en el poblado y en
el bosque de trupillos y mereyes donde en forma secreta se encon-
traran.
Desde hace algún tiempo, cuando sudoroso y cansado da por
concluida la jornada diaria, toma rumbo al mar, se lanza a las aguas
y con sincronizadas y vigorosas brazadas se aleja nadando en direc-
ción al horizonte, hasta perderse a la vista de quienes lo observan
desde la orilla y no se explican su renuencia a compartir la vida con
una mujer
Cuando perdido en medio del mar comienza a resentir en los
músculos el esfuerzo a que somete su cuerpo en este reto con las
olas, Ulaban hace una pausa, queda flotando, suspendido entre la
caricia tibia del agua, en un vaivén de sube y baja, donde unas
veces se encuentra sin horizonte al sumergirse en la profundidad de
la sima líquida, y otras levantado sobre las crestas azules para divisar
según gire el cuerpo, o la línea ilimitada del océano, o esa franja
ya verde oscura de la Tierra Firme, donde sólo son un destello
opalino las cumbres nevadas de la Sierra, vistas a través del boquerón
del Mutaiji-tukue. Y por una asociación, explicable tal vez en el
concepto de lejanía, los distantes picos iluminados le traen el re-
cuerdo de Nyuba-Aluna, a quien teme haber perdido.
El mar se torna gris... superficie movible... con vida propia. En
el cielo, diminutos y solitarios diamantes, se prenden las estrellas.
Ulaban, desolado, poseído de una rabia apenas posible de desfogar
tirando brazadas, retorna otra vez a la orilla en dirección a una punta
de playa, ya en cercanías a la desembocadura del río, donde en los
atardeceres Surli alumbra los arenales.
esj
pr
El gran jaguar 149
Cuando sus pies vuelven a tocar fondo, bajo el agua clara ve
semienterrados y casi sensuales las superficies pulidas de los cara-
coles; la hermosa Saxa-ti, la amante veleidosa, está escondida para
todos, para dioses y hombres. Abrumado por el abandono, Ulaban
se derrumba 'sobré la arena en el colmo del agotamiento físico. Por
ello cree estar alucinado cuando se oye llamar por la voz inconfun-
dible de Nyuba-Aluna:
—¡Ulaban!
Hunde la cara en la arena, aprieta los párpados, los labios y los
dientes. No puede ser. ¡No!
—;¡Ulaban!
Debe'estar loco. Esa no es la voz de Nyuba-Aluna, sino el viento
jugando entre las concavidades de un enorme tronco de caracolí,
arrojado en ese lugar de la playa por las maretas. El kashingui se
arrastra por la arena como lo hace bulu-kuna, la tortuga blanca.
—Ulaban!
Ella no está en Buritaca: la ha buscado por todas partes... la ha
esperado sin resultado en el bosque seco de los trupillos y mereyes.
Es su imaginación... ¡No puede ser!
—¡Ulaban!
Se queda rígido, ahogado por una combinación de congoja e ira,
dudando de su cordura. Extiende los brazos al frente y sus manos,
sus dedos, se enredan... sí, entre los cascabeles prendidos a un
atado de delgadas ajorcas. Reconoce aquellas joyas y los pies que
las llevan...
—;¡Nyuba-yang!
—Sí... ¡Ulaban!
Todavía mantiene la cara entre la arena... hundida.
—Te he buscado tanto. Te he esperado. Temí perderte para siem-
pre.
Las manos de ella le acarician la espalda, el cuello; enreda sus
dedos entre el cabello apelmazado por la sal del mar.
—Estaba en Tayronaca: llamada por el Naoma-Kavi. Allá he
sabido de ti: toda mi gente te admira y aprecia. Has sido un valioso
y fiel aliado de los taironas.
Ulaban, de rodillas, levanta el rostro incrédulo; alcanza a distinguir
en la incipiente noche, contra un fondo lejano de estrellas, la hermosa
figura de su amada con los atavíos de oro cubriéndole la piel de
150 Bernardo Valderrama Andrade
bronce. Y se extasía en admirarla, con los párpados cerrados, no
distante y ceremoniosa, sino con un aire placentero, transformado
por la determinación que la ha llevado hasta allí.
—¡Nyuba-yang!... ¡Nagluñi!... ¡Nagluñi! ¡Te amo!... ¡Te amo!
Y las manos incontroladas del kashingui van subiendo por sus
torneadas pantorrillas en una caricia ininterrumpida; y se deleitan
en la suavidad provocativa de los muslos en la medida en que la
muchacha, anhelante, se entrega, se abandona a ellas, al descansar
también sus rodillas en la arena.
Los labios se buscan y se sellan... Torrentadas de fuego les corren
por las venas. Se beben el aliento. Sus manos descubren y se adueñan
de todos los secretos de su piel. Con el peso de los cuerpos y al
ritmo de las caricias, van formando un nido en la arena...
—¡Ulaban!... hoy sí... ¡poséeme!
—¡Nyuba-yang!... ¡Nagluñi!... ¡Te quiero!
Cuando el éxtasis parece soldarlos y diluirlos a un tiempo...
cuando los lleva por vertiginosos ríos de amor, Nyuba-Aluna levanta
los párpados y por primera vez mira de frente a Ulaban...
—Tienes... ¡Tienes las pupilas doradas! —exclama el kashingui
maravillado ante esos ojos color tumbaga, donde parecieran chispear
estrellas en lagos circulares de oro. En ese momento entiende por
qué ella es el Espíritu de Oro... Y se estremece una vez más al
contacto ardiente y telúrico de la joven: y de su sexo, volcán de
pasiones refrenadas: y se hipnotiza con sus ojos, donde parece brillar
un universo de luceros, crisol incandescente de los antiguos y míticos
orfebres de Keka-Bunkua.
—¡Nyuba-yang!
—¡Ulaban!.
Y les responde el tintineo argentino de los shimunku de oro,
anudados a las ajorcas de sus pantorrillas.
Munseishi, el Amanecer, apaga una a una las estrellas y pinta de
arreboles el cielo por los lados de Mu, anuncio a la aparición de Surli.
De las aguas del mar, murmujeantes, emerge Nyuba-Aluna y
camina con lentitud por la playa, hacia el lugar donde todavía duerme
ros
cu
El gran jaguar 151
Ulaban, tendido de espaldas sobre la arena. La muchacha tiene el
rostro grave, los párpados cerrados, refleja un sentimiento de preo-
cupación.
Sin que la abandone esa actitud propicia a convertirse en congoja,
se queda contemplando a su hombre... ¡El único! Ella, como Espíritu
de Oro, no debía ser desflorada, hasta tanto las estrellas se lo reve-
laran al Naoma-Kavi; su destino, y cualquier acto de su vida, está
determinado por las grandes fuerzas de la creación: la Madre Séine-
kan, los Padres de los primeros linajes, Taiku —el Señor del Oro—,
de quien ella desciende; de ahí el color de sus ojos, prohibidos de
mirar; de ahí la veneración y reconocimiento a su persona; de ahí
esos poderes misteriosos, de los cuales hace gala y a ella misma la
sorprenden. A sabiendas de su destino, de la misión por cumplir
entre los taironas, ha violado las normas por amor a un extranjero.
Luchó contra ello y perdió: pudieron más el mandato de su corazón
y las caricias apasionadas de Ulaban.
Se arrodilla al lado del dormido kashingui, a través de los párpados
semicerrados lo contempla con deleite, amorosa, feliz y triste a la
vez. Cotocique, naoma de Buritaca, la espió y descubrió su amor;
el Naoma-Kavi con sus grandes poderes mentales lo adivinó a la
distancia, la llamó, se encerraron en la Nunhuañkala para hacer
trabajo, de noche consultaron las estrellas y el veredicto fue inape-
lable: como Espíritu de Oro nunca podría conceder la gracia de su
cuerpo a un extranjero. De ahí el temor y la turbación de los sacer-
dotes cuando supieron de su pasión por Ulaban: una y otra vez
adivinaron en Aluna, en Espíritu; y descubrieron en kachivitukua,
con el golpe y sonido de las uñas y la posición de los dedos; también
auguraron en yutukua, con cuentas-kuitsi dentro de recipientes cere-
moniales con agua; y en kuina, por medio de contracciones muscu-
lares.. y el resultado fue el mismo: sólo podría ser mujer de un
gran jefe tairona.
Ahora, por su desobediencia, ¿qué pasará?.. ¿Su falta acarreará
adversidad a los taironas, en momentos cuando se necesita la volun-
tad favorable de Haba Séinekan, y de los Padres y Madres del
Mundo, en la guerra contra los caribes? ¿Será ella castigada cuando
se descubra su culpa?.. ¿Y Ulaban?
—¡Oh... Ulaban! —y las lágrimas ruedan por sus mejillas.
Permanece silenciosa, sentada a su lado, velando su sueño, mirán-
PELOTEROS RA AAA
E ld.
152 Bernardo Valderrama Andrade
dolo, como si él fuera su mundo. Nada más le importa. Pero cuando
lo ve a punto de despertar, controla sus sentimientos, vuelve a ser
el Espíritu de Oro.
—Ulaban, levántate: ya es de día.
El kashingui abre los ojos y la mira risueño, sin levantar la espalda
de la arena; le tiende los brazos y la invita hacia él; Nyuba-Aluna
vacila, en lucha con ella misma. Su rostro pierde por instantes la
serenidad. Cuando por fin logra sobreponerse, responde con acento
firme:
—Levántate: es hora de marchar a Tayronaca... allá te esperan.
—Pero yo desearía... ¡Te quiero, Nyuba-yang!... ¡Nagluñi!
La muchacha se incorpora y le da la espalda.
—Cuando termine la guerra... cuando hayas cumplido tu deber
con mi pueblo, quizás... —y se le quiebra la voz. De un salto
Ulaban se le pone en frente, la toma por los hombros y advierte las
lágrimas rodando por las mejillas.
—¡Estás llorando!
Ella extiende los brazos al frente para contenerlo, apresurada le
entrega un shimunku, uno de los cascabelitos de oro.
—Llévalo contigo: su sonido te hará recordar. Será mi protección
para ti. Haré ofrendas a Heisei para que en las batallas se mantenga
lejos.
De nuevo es el Espíritu de Oro, distante, ceremoniosa. Ulaban
se contiene, de su cuello a la vez arranca la piedra nube-cielo, su
amuleto desde pequeño y único recuerdo de su madre, lo deja en
manos de la muchacha.
—Sabes cuánto representa para mí... Desde hoy es tuya: en tu
cuello es donde ahora debe estar. Y se separan.
XXV
Con la espantable máscara belfa de Heisei sobre el rostro, Naoma-
Kavi ejecuta el baile en la Nahua-Xalda, loma de la plazoleta cere-
monial de Tayronaca. En su mano derecha agita el bastón-maraca,
acrecentada su sonoridad con racimos de cascabeles, y en la izquierda
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El gran jaguar 153
la flecha de Heisei ornada de plumas azules, ahora símbolo de
muerte para los gulamena. Con todos sus arreos, poseído de agilidad
impropia para su edad, el viejo sacerdote salta sobre el círculo de
fuego, imagen del cerco, en el cual se verán encerrados los invasores
caribes. Las fintas con la saeta, los brincos adelante y atrás, los
gritos triunfales, anticipan a los espectadores el ardor mortal de la
próxima batalla; son ellos Seoname-maku, Ulaban, los naomas y
caciques del Valle de Tairona, los rabones, los guerreros, y los
habitantes de la urbe. Unos y otros esperan el momento cuando el
muru nakubi entregará al Jaguar Negro la flecha de la guerra, y
éste, de nuevo, comande la marcha bélica hacia el litoral.
Cumplido el acto, el rugido de la multitud agita el aire y sacude
las ramazones de los árboles en torno a los nunhúes. A la luz de
las antorchas parte el desfile a través de las ondulaciones del Valle,
esta vez en dirección a Nui-Ashkuan, el lugar donde nace Surli,
para buscar el río Hukumeiji, cruzarlo y en rápida travesía llegar a
las tierras de los kogi y los aldu-guiji. Precediéndolos, desalados,
ya han partido los emisarios para poner sobre aviso a Lazama,
Malabú y Avincuo; se espera, para cuando los guerreros taironas
coronen las cumbres dominantes sobre el campamento de los arranca-
brazos, contar con sus aliados ocupando posiciones de combate a
lado y lado del Guamoea-tukue. El círculo de fuego simbólico, en
cuyo contorno bailó Naoma-Kavi, se cerrará por mar con la flota
al mando de Kashín. Para este efecto, un cuarto emisario ha mar-
chado de Tayronaca hacia el poblado costero de Buritaca, donde
Cotocique y Kashín esperan la orden para hacerse a la mar con
todas las piraguas.
***
Frente a la Nunhuañkala y ante un público compuesto en su mayoría
de nuevos marinos-guerreros, Cotocique hace ofrendas a Jalyintana,
Señor del Mar, y a Teiku, Padre de las Embarcaciones; al mismo
tiempo, frente a la Nahua, Nyuba-Aluna con su traje de alhajas
cubriéndole la piel, danza y presenta dádivas a Karldikukui, Madre
de las Aguas del Mundo, y a Eibildyue, Dueña de las Canoas;
presencian su actuación mujeres de los taironas y los kashingui,
154 Bernardo Valderrama Andrade
acompañadas de sus chicos. Naoma y sacerdotisa se rodean en sus
ceremonias de la música de flautas, trompetas, tambores y cascabe-
les, para hacer más solemnes estas invocaciones al éxito de la flota
de Kashín.
Es la madrugada. Sopla fuerte brisa y se tiñe el cielo de arreboles:
manchan por instantes el firmamento y enrojecen las pupilas de
quienes ven en ellos la premonición inevitable de la guerra. Frente
al poblado de Buritaca y a pocas brazas de la orilla, aparejadas
bornean las piraguas con sus corazas, conjunto enmarañado de más-
tiles, velas, cordeles y proas de erguida curvatura. Aproximándose
a ellas por la playa y en pos de los sacerdotes, la multitud se dispone
a presenciar la última ceremonia, conjunta entre Cotocique y Nyuba-
Aluna: en un mortero redondo de piedra, sostenido por el naoma,
la sacerdotisa deposita las cuentas negras de shivaldu-kuitsi, sewá
femenino para ofrendar al agua del mar, y con su delgado golpeador
de basalto las pulveriza; cuando de ellas no queda sino un montoncito
de polvo blancuzco, Cotocique va soplándolo a pocos, frente a cada
una de las piraguas, invoca con grandes voces el poder de Monsauí,
Dueño del Viento, encargado de hinchar las velas y llevar las embar-
caciones lejos del traicionero peligro de las tormentas.
El rito termina cuando el naoma entrega a Kashín una pequeña
flecha de oro, traída por el emisario desde Tayronaca. El Kashingui
después de colocársela al pecho como un pendiente, ordena a tripu-
lantes y guerreros abordar las naves, levar anclas y partir siguiendo
la costa, hacia las bocas de Guamoea.
Clarea Saxa-ti sobre los conos de palma de Tayronaca. En la distancia
se han apagado los sones de las trompetas, acompañamiento a las
huestes guerreras del Jaguar Negro. Pese al chillido de las cigarras
y al grito del guácao, pájaro negro de la noche, la urbe parece
silenciosa.
En la gran Nunhuañkala, instalado en medio de los cuatro fuegos
sagrados, Naoma-Kavi se entrega a vigilias, ayunos y adivinaciones:
también él quiere conocer de antemano el resultado de la campaña
con
con
El gran jaguar 155
contra los gulamena, pero el cielo cubierto de nubes le ha impedido
consultar las estrellas.
Tan pronto entra a su nunhúe, Meli-ang tiene la sensación de no
estar sola, así ella, igual a las otras mujeres de los ubatashi, deban
permanecer por un tiempo sin otra compañía que la de sus hijos,
hasta tanto los sacerdotes hagan ofrendas a Takán-kukui, Padre del
Semen, y a Naboba, Madre de la Vagina, y practiquen con ellas
los coitos purificadores. Sólo cumplido este ceremonial, podrán
volver a gozar el contacto carnal con hombres taironas.
Una rara sensación le avisa de la presencia de un intruso en su
vivienda, y lo confirma al percibir un olor combinado a selva y fiera
salvaje. ¿Será un animal refugiado por equivocación dentro de su
morada, como a veces suele suceder? En ese caso, ella y el pequeño
Suku-thor pueden correr peligro. ¿O acaso?... Y evoca con desespe-
ración y esperanza a los kaxshigugulu, los jaguares rojos. ¿Será
alguno de ellos?
Dominada por una mezcla de sentimientos encontrados, de temor
y confianza, de pánico y expectativa, y dejando libre la entrada por
precaución, avanza con pasos menudos, pegada a las paredes, en
dirección al lugar donde sabe están el fogón y su rescoldo. Viene
fatigada, con los brazos adormecidos de sostener en alto a Suku-thor:
el chico quería ver el desfile de los guerreros de Seoname-maku en
su nueva marcha hacia el litoral.
Ya frente al fogón, Meli-ang siente con más fuerza la presencia
del intruso, humano o animal: su olor fuerte... hasta su respiración.
Sin dejar a Suku-thor, a quien sostiene y protege con sus brazos,
se acuclilla, busca el soplador de esparto, aviva las brasas. El recinto
se llena de una claridad rojiza, surgen a la vista los objetos guardados
dentro de la choza: muksu, ollas; morteros de piedra y manos de
moler, platos y vasijas de cerámica roja; recipientes y cucharas de
munku, calabazo, al lado de banquitas de madera, formando conjun-
tos cerca a las piedras del hogar y a los montones secos de ge, leña;
y más retiradas, ya contra las paredes, las muji, hamacas de pita,
una grande y otra pequeña, y la troja cubierta con piel de danta.
AN]
156 Bernardo Valderrama Andrade
Colgadas de perchas o garabatos dentados, hay mochilas, ropas y
adornos. Y allí, semioculto con las mantas, agazapado y en tensión,
como una fiera acosada y hambrienta, Meli-ang reconoce a Ubatashi-
thor, más jaguar que hombre, cubierto con pieles de felino, con la
mirada desconfiada y urgida.
—;¡Ubatashi-thor! —musita, y con el pequeño se lanza en sus
brazos.
A la luz mortecina de la fogata, con Suku-thor jugueteando entre
ellos, atraídas sus miradas por irresistible fuerza, pasión contenida
y resucitada, cambian en cuchicheos las primeras y emocionadas
palabras:
—¡Has vuelto... por fin!... No quería aceptar tu muerte. Dijeron
que sólo unos pocos sobrevivieron.
—Es cierto: apenas nos salvamos cuatro: Od me acompaña: y
Tori y Walla. Pero dime: ¿Sa-ang está contigo? No la hemos visto
y ya conoces a Od: se desespera por encontrarla.
—La volvieron a su pueblo: a Savijaka; allá donde comenzó todo.
Con este comentario la mirada de Ubatashi-thor se torna airada;
su rostro adquiere otra vez la expresión de fiera acosada. Suku-thor
interviene con su inocencia, apoya la cabeza en el hombro de su
padre, lo obliga a mostrar ternura.
—Y .. ¿cómo llegaste aquí?
— Ahora tenemos ojos y oídos de animales de la selva... y garras
—sonríe con ferocidad—. Espiando hemos aprendido mucho: por
eso imaginé que estarías acá.
Por primera vez Ubatashi-thor sonríe.
Y .. ¿qué piensas hacer? —la voz de Meli-ang refleja angustia;
sus pupilas están húmedas al fijarse atribulada en el aspecto miserable
de Ubatashi-thor Ya no es el hermoso hijo del Padre Sintana.
Consternada le acaricia el rostro, los hombros y los brazos; en la
piel sucia y lacerada nota la rudeza de su vida; y a la vista de las
pieles de jaguar, sus vestidos, le relata la versión de los kaxshigugulu,
sólo posible de ser cazados por Seoname-maku. Por suerte ahora
está ocupado en la guerra contra los caribes, y ellos tendrán tiempo
de escapar
—Ah... ya comprendo por qué hemos llegado hasta aquí sin
mayores contratiempos —comenta el ubatashi; se levanta, evita des-
pertar a Suku-thor dormido en sus brazos, lo lleva hasta su pequeña
El gran jaguar 157
hamaca. Meli-ang lo sigue prendida de su espalda, le besa los hom-
bros velludos, lo abraza tierna y desesperada.
—Quiero irme contigo... a donde sea —balbucea.
Ubatashi-thor siente correr las lágrimas de su mujer sobre los
omoplatos. Se voltea, la abraza, la consuela.
—Esta no es vida, Meli-ang: huyendo siempre, escondidos, per-
seguidos. Eso que ya comprendo la razón de estar aún con vida.
Pero cuando concluya la guerra, la persecución será peor. Lo presien-
to... lo sé —y ante las súplicas de su mujer—: Bueno, bueno, sí:
buscaré un sitio seguro, debe haberlo, así sea cerca de las nieves.
Y volveré por ti. . lo prometo.
—No podemos esperar: el tiempo se agota: me entregarán a otro
hombre: es la costumbre y no podré oponerme. ¡Llévame ya!
—¿Y Suku-thor?.. Se nos morirá en la selva.
—Lo protegeré. Llévanos ahora que nos encontraste... Mi her-
mano acaba de partir para la guerra y demorará en volver. ¡Es
nuestra oportunidad! Iremos a donde no pueda hallarnos.
Se abrazan conmovidos; se acarician, se aman con ternura y pasión
desenfrenada. Luego, ya reposando sobre las pieles de danta, con-
fundidos en un solo ser...
—-Debes conseguir provisiones y ropas.
Meli-ang llora de alegría. Su voz es un susurro esperanzado y
alegre.
Sí... SÍ.
—Dime otra cosa: ¿Qué sabes de las tierras altas? ¿Allá también
hay gente de tu raza?
—Ese lugar lo llaman Citurna, la región de las nieves. En verdad
sé muy poco: nadie sabe mucho: sólo los naomas suben a llevar
ofrendas a Haba Séinekan, y para bañarse en las lagunas, porque
eso los hace rejuvenecer; también dicen que viajan al pasado y al
futuro atravesando los nevados por entre unas cuevas de hielo. En
todo caso, cerca de los picos blancos habita nuestra Madre, y será
bueno estar próximos a Ella. Tal vez te respeten la vida allá..
Poco a poco se contagian el entusiasmo, se llenan de esperanzas.
Se abrazan de nuevo, se besan, se incendian en caricias, luego..
— Dentro de cinco noches Saxa-ti mirará de frente. Para entonces
volveré. Prepara cuanto puedas sin despertar sospechas. La claridad
158 Bernardo Valderrama Andrade
de Saxa-ti nos permitirá caminar; no descansaremos: ni de día ni
de noche...
... Y se volvieron a amar, a poseerse, como allá, en el campamento
de las orillas del mar.
ES
En su escondite de las afueras de Tayronaca, entre las copas de un
frondoso mitabvi, el corpulento y alto caracolí, Ubatashi-thor relata
esa madrugada a sus compañeros el resultado de sus aventuras: la
joven a quien viera deambular durante las noches por la urbe, sí
resultó ser Meli-ang. Los pone al tanto de la información recibida
por ella, de los jaguares rojos, y de los proyectos para escapar a las
partes altas de la Sierra, único lugar donde podrán vivir seguros por
un tiempo. A Od le revela cuanto sabe de Sa-ang y el destino que
le espera de no rescatarla pronto. El joven no disimula la desilusión
por saberla tan lejos, pero siente relativa alegría, alimentada por la
esperanza:
—Bajaré a Savijaka y buscaré la manera de llevármela —comenta
decidido, con un brillo ardiente en las pupilas.
Tori y Walla escuchan estos planes con aire escéptico: ellos,
ahora, no condicionan los actos de su vida a circunstancias sentimen-
tales; tienen perdidas a sus mujeres, pero su meta no es buscarlas:
quieren sobrevivir.
Escondidos como monos entre las ramas del mitabvi, los sobrevi-
vientes ubatashi tienen prolongadas discusiones. La prudencia, el
instinto de conservación, sus precarias condiciones recomiendan
aprovechar la ausencia de Seoname-maku y sus guerreros para em-
prender cuanto antes el ascenso a las montañas y alejarse de los
taironas. Las diferencias se acentúan cuando tratan lo relacionado
con las mujeres.
—Ellas serán un estorbo. Si queremos seguir con vida el impera-
tivo es olvidarlas —afirman a una Tori y Walla. Ubatashi-thor ex-
presa firme voluntad de huir hacia las partes altas de la Sierra, pero
en compañía de Meli-ang y su hijo; y Od está resuelto a jugarse la
vida, a cambio de recuperar a Sa-ang.
Pese a las difíciles circunstancias, triunfa la solidaridad y surge
tra
El gran jaguar 159
un acuerdo: Tori se ofrece para ayudar a Od en su osada empresa;
Walla, por su parte, acompañará a Ubatashi-thor. Y como punto de
encuentro, si tienen suerte en sus respectivos intentos, fijan para un
futuro impredecible un lugar desconocido para todos, pero a donde
esperan llegar: las cabeceras del río Hukumeiji, cerca de Citurna,
que ahora tiene para ellos un atractivo apremiante.
Es el amanecer. Od y Tori se descuelgan por las lianas y se
pierden entre la maraña verde. Ubatashi-thor y Walla aguardarán
para cumplir la cita a Meli-ang.
La desaparición de Meli-ang y su hijo conmociona a las gentes de
la capital, en especial a Ula-yang.
—;¡Los kaxshigugulu!... ¡Los jaguares rojos! —se oye exclamar.
—¡Los oímos!
Y hay quienes afirman haberlos visto.
—;¡Grandes!... ¡Grandes como hombres! ¡Corriendo en las patas
traseras!
—;¡Pero eran jaguares!...
—Sí... ¡Los kaxshigugulu!... ¡Los jaguares rojos!
La noticia no sorprende al Naoma-Kavi. Sentado en la kalauka,
mira la Constelación de los Jaguares, se muerde los labios y el
movimiento de su cabeza parece decir:
—Uá, uá, narldada-a-a... Bien, bien, así es, así lo vi.
XXVI
Para no desproteger el Valle de Tairona, Seoname-maku deja una
fuerza de aschiua-ujasen, cinco cientos de guerreros concentrados
en el gran campamento militar de Surli-tukua, la Quebrada del Sol;
y en las bocanas de los ríos dispone otros cuerpos armados, cada
cual de adzua-ujasen, cien hombres, en estrategia defensiva enco-
mendada a Gitamaku, cacique de Buritaca; y como complemento y
160 Bernardo Valderrama Andrade
enlace, patrullas de rabones en permanente movimiento por el Valle,
que deben ser evitadas por Od y Tori en su ruta a Savijaka, población
situada sobre la ribera oriental del Hukumeiji-tukue, al final de un
pintoresco vallecito por donde fluye la Sisi-tukua, Quebrada del
Caimán. Allí, después de su rescate, han regresado a vivir Sa-ang
y Otras mujeres de los ubatashi, la mayoría con hijos mestizos.
Como el naoma de Savijaka está ocupado en trabajos de adivina-
ción, con el fin de procurar éxito a los taironas en su lucha contra
los caribes, los coitos ceremoniales de descontaminación no han
podido realizarse. Por ello las mujeres siguen aisladas, viviendo en
un grupo de nunhúes a las afueras del pueblo, contra el lindero de
la selva. Debido a la emergencia, las labores de los campos están
a cargo de ancianos, mujeres y jovencitos; y a ellas se les ha destinado
una zona especial, donde trabajar las labranzas y solventar su susten-
to; por su pasado contacto con los ubatashi no son rechazadas: por
el contrario, las otras mujeres de Savijaka las admiran en secreto.
Y cuando haya lugar para los coitos ceremoniales con el sacerdote,
o los naumas, mayores designados por él, volverán a integrarse a
la comunidad, sin rastro alguno de mancha para ellas o sus hijos.
ES
Al remontarse en sus recuerdos más lejanos, los habitantes de Saviz
jaka incluyen en ellos a Kankui-maku, Jefe Antiguo, persona mayor
del pueblo, quien además de respeto, inspira especial simpatía:
locuaz por excelencia, todos sin excepción suelen escucharlo con
placentero interés, debido a sus relatos sobre emocionantes aventuras
por mares, islas y tierras lejanas, de los cuales nadie puede asegurar
si son verdad o creaciones imaginativas del centenario Kankui-maku.
Por ello, cuando como botín de guerra algunos rabones suben por
el río una piragua pequeña capturada a los caribes, nadie extraña el
interés mostrado por el viejo del pueblo.
Tan pronto la atracan en los playones, lejos del agua para evitar
sea arrastrada por una creciente, el antiguo jefe se aproxima a la
embarcación, brillándole de entusiasmo los ojillos casi ocultos por
cortinas de arrugas. Con aire de quien conoce de naves, da varias
vueltas en torno a ella, entusiasmado con la esbeltez de la proa; el
El gran jaguar 161
segundo paso es correr los dedos sarmentosos de punta a popa,
mientras murmura palabras aprobatorias hacia el barco. Su actitud
atrae a los muchachos del pueblo, quienes nunca han visto de cerca
uno de estos navíos, y como Kankui-maku sí da pruebas de cono-
cerlos, lo acosan a preguntas y él expone sus conocimientos al
contestárselas. Las mujeres, al oírlo, también se detienen a escuchar,
llenas de curiosidad. Para ese momento el anciano explica a los
chicos, enseñándoselas, las partes principales, réplica exacta de esas
otras de gran capacidad, que sirven a los caribes al sortear los mares
del trópico.
Para la tarde, Kankui-maku tiene más auditorio, incluidas las
patrullas que hacen recorridos por las riberas del Hukumeiji. Y
sentado en el puente de mando de la piragua, relata sus aventuras
marinas con inusitada propiedad. A la noche, al sentirse tan a gusto
en la embarcación, resuelve quedarse a dormir en su vientre, para
así volver a mirar las estrellas y hacerse la ilusión de saltar las olas
y enrumbar la proa con las constelaciones. Como entusiasta acom-
pañante tiene a su biznieto Nivemacu, inseparable de él desde pequeño.
A la mañana siguiente, Kankui-maku tampoco abandona la nave
y deben llevarle los alimentos a ella.
—No me moveré de aquí —contesta resuelto cuando su nieta, y
madre de Nivemacu, intenta convencerlo de regresar al nunhúe. Y
para la noche ya planea con el chico la forma de mover sobre rodillos
el barco, echarlo a las aguas del río y emprender la travesía
-—Ya te enseñaré lo que aquí nadie sabe... ¡A viajar por el mar!
—promete a su biznieto con renacido espíritu aventurero.
Desde una de las cumbres dominantes sobre Tayronaca, Od y Tori
tienen una visual del Valle de Tairona en el lugar donde los ríos
Ulueiji y Sekaimaka aproximan sus cursos antes de separarse, abrazar
las Lomas de Tairona, y ahí sí, unirse y desembocar en el mar.
Contemplando estas montañas de la Serranía, Od reconoce los
lugares por donde pasaron en su primera expedición con Ubatashi-
thor y Conoh; le muestra a Tori el curso del Hukumeiji, y la probable
ubicación de Savijaka, a donde deben llegar.
162 Bernardo Valderrama Andrade
—¿ Crees que mi mujer también esté allá? —inquiere Tori y deja
adivinar un sentimiento de esperanza, contrapuesto a sus razona-
mientos cuando hizo causa con Walla. Od, un tanto sorprendido,
le comenta:
——Creí que Segi-yang ya no te importaba.
Tori menea la cabeza, se la rasca, acaba por reconocer:
—También yo deseo encontrar a mi mujer; y si está en alguna
parte, debe ser en Savijaka, de donde-la robé.
Los dos ubatashi se miran satisfechos por esta comunión de inte-
reses: así las probabilidades de éxito son mayores.
Vestidos con las pieles de kaxshigugulu, en cierta forma su escudo
protector, descienden al Valle de Tairona por entre las plantaciones
de maíz y algodón, o bajo la sombra de los bosques; dirigen sus
pasos al Oriente y a Savijaka, cuidándose de las patrullas que recorren
el Valle. Para el atardecer del segundo día cruzan a nado el Huku-
meiji-tukue, evitan varias partidas enemigas y llegan a vecindades
de Savijaka, rodeada de grandes arboledas, descombrada por el lado
del río, donde los nunhúes se divisan sobre una eminencia a poca
distancia de los playones. Como ya tienen por costumbre, se enca-
raman a las ramas de una seijua, y tendidos sobre sus gruesos brazos
espían los movimientos en el pueblo.
La última claridad les permite advertir a los ancianos, mujeres y
jovencitos, llegando de los campos con las coas y hachas de piedra
al hombro, o las mochilas repletas de productos para el consumo
diario: mazorcas, tubérculos, frutas. Atisban sus desplazamientos
por los camellones y en la plazoleta: a ésta se dirigen, unos tras de
otros, con un aire austero, los ancianos de Savijaka; y a falta de
hombres adultos, los acompañan los jovencitos; entran a la casa
ceremonial, donde como todas las noches, se poporeará, el naoma
hará adivinaciones, se participará en debates relacionados con asun-
tos cotidianos, o se conocerán noticias de la guerra. Las mujeres,
en tanto, rondan por sus viviendas ayudadas de los chiquillos en los
menesteres caseros.
Desde su escondite, Od y Tori concentran su atención en las
mujeres: tienen la esperanza de reconocer a Sa-ang y a Segi-yang.
Al no verlas se preguntan angustiados: ¿No estarán en Savijaka? En
cambio descubren en un lugar de los playones, sobre un montículo,
la pequeña piragua, y dentro de ella a un hombre de edad muy
El gran jaguar 163
avanzada, acompañado por un chiquillo. Comparada con las embar-
caciones ubatashi, de hasta cuarenta remeros cada una, ésta es una
cuarta parte en tamaño y capacidad, pero tiene alguna semejanza
en la esbeltez de las líneas, así la forma constructiva sea diferente.
Observando la nave, a Od y Tori les surge una misma idea:
—-¿Piensas lo que yo? —pregunta Od y se cruzan miradas com-
prensivas.
—¡Hummm!
—Si hallamos a nuestras mujeres, con ellas podríamos... ¿Qué
Opinas?
—Lo mismo... podríamos intentarlo. El barco es maniobrable.
E hipnotizados con la visión de la piragua, acarician la posibilidad
de apoderarse de ella y escapar por el río hasta el mar. La oscuridad
la hace desaparecer de su vista, pero no de sus pensamientos. ¿Será
que lograrán huir de Keka-Bunkua?... Para la medianoche, con
excepción de los reunidos en la nunhuañkala, todos duermen en
Savijaka. Od y Tori vuelven a ser jaguares rojos, descienden de la
ceiba, merodean por el pueblo sin acercarse a la casa ceremonial,
obtienen alimentos dejados fuera de las viviendas y, cuando se
internan en un bosquecillo de frutales, descubren el conjunto de
nunhúes destinado a sus antiguas mujeres.
—Tori, esos no los habíamos visto. ¡Vamos allá! —cuchichea Od.
Se acercan, atisban a través de los estantillos, y a la luz parpadeante
de las fogatas ven los cuerpos yacentes de las mujeres dormidas
sobre cueros tendidos en el piso, o sobre las trojas; los niños más
pequeños permanecen colgados de las estructuras del techo dentro
de mochilas, mientras los mayorcitos descansan al lado de sus ma-
dres. Por la penumbra no reconocen a ninguna de ellas, pero tienen
la certeza de no haberlas visto al atardecer.
* kx
—¡Los kaxshigugulu! —se oye a la mañana siguiente gritar por todo
Savijaka. Fueron vistos durante la noche y ahora, ancianos, mujeres
y niños, congregados ante la nunhuañkala, repiten histéricos:
—¡Los kaxshigugulu!... ¡Los jaguares rojos!
164 Bernardo Valderrama Andrade
El naoma y los ancianos discuten, manotean, no pueden ocultar
su temor. El sacerdote se encierra en el templo para adivinar. Las
mujeres hablan todas a un tiempo, a veces a gritos, otras en murmu-
llos, señalan hacia los nunhúes donde viven las mujeres contamina-
das.
—;¡Han venido por ellas!
Al final todos parten a sus labores diarias, tensionados, miran a
un lado y otro, temen ser sorprendidos por los felinos.
—¡Sólo el Jaguar Negro podrá exterminarlos! —murmuran entre
sí—. Lo dijo el Naoma-Kavi muru nakubi.
*x*o>*
Detrás de los matorrales, en el lindero del campo de cultivo, Od y
Tori dan una ojeada sobre las mujeres ocupadas en las labranzas;
las acompañan chiquillos de inconfundible aspecto.
—¡Son ellas, Tori!... ¡Son ellas!... ¡Las encontramos! —exclama
Od y le es difícil controlar la emoción.
—;Cuidado!... Puede haber vigilantes —advierte Tori, menos
emotivo; y debe agarrar a Od para evitar se descubra su presencia.
Tensos por la emoción, agazapados detrás de los ramajes, escrutan
todo el campo y sus alrededores. Para no caer en una trampa rodean
el área, poco a poco; cuando descubren a Sa-ang y Segi-yang incli-
nadas sobre los surcos, apenas pueden contener los deseos de correr
hacia ellas. Se dominan, son cautelosos: sería imperdonable cuando
al fin las han localizado, dar un paso en falso. Silentes, cubiertos
con las pieles de jaguar, observan la actividad y actitud de sus
mujeres: se ven tranquilas, no se les advierte preocupación; por el
contrario, en este pintoresco paraje de la Sisi-tukua, las antiguas
cautivas de los ubatashi laboran en calma, conversan entre sí o con
los chiquillos, demuestran vivacidad, alegría, sólo interrumpen su
oficio para atender los reclamos de algunos de los pequeños.
Cuando los ubatashi se aseguran de no correr peligro, se despojan:
de las pieles y se presentan ante las sorprendidas mujeres. De inme-
diato éstas los reconocen: todas comprenden... y en actitud solidaria
y protectora los rodean para que puedan saludarse sin ser descubiér-
tos; así permanecen, curiosas, emocionadas, y escuchan los dramá-
ticos relatos y el motivo de su presencia.
El gran jaguar 165
ES
Primera noche con Saxa-ti mirando de frente.
La complicidad entusiasta y generosa de las otras mujeres permite
a Od y Tori volver a amarse con Sa-ang y Segi-yang. Las demás
perdieron sus hombres en la guerra. Sienten nostalgia mas no resen-
timiento: la dimensión de su dolor, aparte de ellas, nadie puede
entenderla; y pasados los coitos ceremoniales de descontaminación,
volverán a organizar sus vidas y todo transcurrirá como antes de la
llegada de los ubatashi. En cuanto a Sa-ang y Segi-yang, y sus
planes para escapar con Od y Tori, sus compañeras están dispuestas
a ayudarlas sin importar los riesgos.
Los fugitivos revelan su intención de robar la piragua para huir
de Keka-Bunkua, si Sa-ang y Segi-yang les ayudan a tripularla río
abajo, hasta salir al mar; de inmediato ellas aceptan: los acompañarán
y a su lado correrán todos los peligros. Por su parte, las otras mujeres
prometen aprovisionarlos y ayudarles a empujar la nave hasta el
agua, labor imposible de realizar por Od y Tori solos. Pero hay un
inconveniente y Od lo expresa:
—En la embarcación siempre están un viejo y un muchacho..
—.. y a ellos no quisiéramos hacerles daño —añade Tori.
—Déjenme eso a mí —interrumpe Sa-ang—. El anciano es bama-
bu, mi abuelo mayor, y el chico es due, mi hermano.
Comienza a aclarar. Los ubatashi vuelven a su escondite en las
ramas altas de la ceiba; allí esperarán hasta la noche siguiente,
cuando pondrán en práctica el plan de fuga.
ES
En su descenso a Mamashkaxa, Surli pinta de anaranjado los playo-
nes del Hukumeiji, las copas de los árboles, y los agrupados conos
de palma de los nunhúe. Termina otro día en el pueblo ribereño de
Savijaka. Los hombres y los jovencitos, según -la costumbre, se
congregan en la nunhuañkala a poporear y escuchar al naoma; las
mujeres conversan y se solazan de los trajines caseros; los chiquillos
corretean y hacen bulla, así el recuerdo de los jaguares rojos man-
tenga el suspenso en todos los habitantes del pueblo tairona.
166 Bernardo Valderrama Andrade
Las sombras comienzan a desdibujar los contornos. Sa-ang se
encamina al barco y procura no ser reconocida. Como Kankui-maku
persiste en permanecer en él, ella deberá convencerlo de abandonar-
lo, a fin de no entorpecer los planes para la huida. Aprovechando
las manchas de oscuridad entre los bohíos, la joven llega hasta el
navío, se asoma por encima de la borda y ve al anciano recostado
en la banca de proa, el rostro levantado al cielo, embelesado con
la aparición de las primeras estrellas. Nivemacu está en el otro
extremo, entretenido en hacer nudos y vueltas a la cordelería.
—Bama-bu... necesito hablarte —cuchichea Sa-ang y sus pupilas
brillan húmedas. Al reconocerle la voz, el viejo se sorprende: ella
no debe salir de los terrenos demarcados por el naoma para las
mujeres contaminadas por los ubatashi.
—¿Qué haces aquí? . ¡Tú!
—Lo sé, bama-bu, lo sé... pero necesito tu ayuda.
El anciano deja de mirar las estrellas, se yergue y fija sus ojillos
en la cara de su nieta, asomada por encima de la borda en medio
de dos caparazones de tortuga.
—¿( Has venido sola?
—SÍ...
—¿Nadie te ha seguido?
—No... creo que no.
—Bien: sube rápido y agáchate —y dirigiéndose a Nivemacu—:
Tú nada has visto. .
El chico es astuto, sonríe a Kankui-maku y a su hermana, baja
la cabeza y se concentra en su trabajo con los nudos. El viejo vuelve
a su posición original, mira al cielo y su voz es un susurro:
—Habla, Sa-ang. Te escucho. Algo grave debe suceder para
atreverte a venir hasta acá, violando la prohibición del naoma.
La muchacha se acurruca a su lado y lo mira suplicante:
—Bama-bu, tú eres sabio: más que ninguno: sabes todo de la
vida... ¡todo!
El viejo deja entrever una sonrisa y acaricia la cabeza de Sa-ang,
convertida a su lado en un montoncito de ropa y cabello largo. El
cuchicheo de la muchacha al oído de Kankui-maku se prolonga por
largo rato, sin que las facciones del anciano se alteren por cuanto
escucha: la acumulación de arrugas a manera de pesados cortinajes
El gran jaguar 167
le han vuelto inexpresivo el rostro. Cuando ella termina se limita a
responder:
—Uá, uá,... bien, bien.
XX *
En Savijaka todos duermen: la oscuridad es impenetrable: todavía
no ha salido Saxa-ti. Desde el lugar reservado a las mujeres de los
ubatashi se moviliza una hilera de sombras hacia el sitio donde está
atracada la piragua. Van cargadas con mochilas y calabazos: son
provisiones que Nivemacu recibe y acomoda dentro del vientre de
la embarcación. Una vez cumplida esta operación, las mujeres aúnan
esfuerzos para empujar y deslizar la nave por la arena hacia las
aguas del río. Od y Tori las ayudan. Nadie pronuncia una palabra.
El único y apagado ruido es el de los pies enterrados, empujando...
Murmujea el agua. El barco penetra en ella, se mece, se oye el
chapoteo de los pies. Los ubatashi alzan a sus mujeres y las pasan
sobre la borda. Luego, después de darle un último impulso, se trepan
y reciben de Nivemacu las palancas para apartarse de la orilla. En
la ribera, las otras mujeres, más que ver, escuchan cómo se aleja
el navío. Son un grupo humano generoso, nostálgico: prolongan en
la suerte de sus dos compañeras, la felicidad que a ellas se les escapó
para siempre.
De pie en la proa, Kankui-maku es otra vez un hombre nuevo.
Conocedor del río hasta en la oscuridad, puede dirigir la operación
sin vacilar. Da órdenes a media voz: Od, Tori y sus mujeres obede-
cen, unos a babor, otros a estribor, empuñan los remos; y en la
popa Nivemacu pone por primera vez en práctica las enseñanzas
del anciano, con el ancho canalete del timón apretado entre los
brazos. Por Nui-Ashkuan, el Oriente, apunta un resplandor tenue,
anuncio a la aparición de la hermosa Saxa-ti. Según los cálculos de
Kankui-maku, convertido en cómplice y partícipe de la fuga de los
ubatashi y sus mujeres taironas, espera llegar a la propia bocana del
Hukumeiji cuando sobre el horizonte haga su aparición la amante
de Surli, con su rostro manchado a causa de los celos de Seldabauku.
Para entonces habrán dejado atrás a las patrullas y podrán hacerse
a la mar.
168 Bernardo Valderrama Andrade
Todo sucede según lo planeado por el viejo. Y cuando el nuevo
día aclara las aguas marinas con su tono esmeralda, destacan sobre
ellas la silueta de la piragua caribe navegando a toda vela hacia el
Noroeste. Se aleja para siempre de Keka-Bunkua, con los resplan-
decientes picos despidiendo a los atareados tripulantes.
Empotrado como una estatua de bronce en la banca de proa,
Kankui-maku tiene el rostro levantado y recibe placentero la brisa
marina. Corre su última aventura... de eso está seguro: por ello
sonríe y le chispean los ojos al ver saltar la proa del barco cortando
las olas. Abrazada a su cintura como una chiquilla, va Sa-ang: mira
a la costa y a las cumbres nevadas, o se embelesa con cuanto hace
Od, ahora al mando de la nave; Tori y Nivemacu ayudan con eficien-
cia, obedecen sus rápidas instrucciones, en tanto Segi-yang se en-
carga de distribuir la primera ración de alimento. En todos los
rostros, sin excepción, a la alegría se unen sentimientos de ansiedad:
para Od y Tori renace la esperanza de encontrar la ruta de retorno
a su distante país, y al ver sobre el horizonte los picos de la Sierra
Nevada, les viene a la mente el recuerdo de Ubatashi-thor, condenado
con Walla a la cárcel inmensa de la Montaña Blanca. Para Sa-ang
y Segi-yang las emociones son diferentes: felicidad y nostalgia com-
binadas, según posen los ojos en los hombres a quienes aman, o en
las costas de Keka-Bunkua, cada vez más lejanas.
En Nivemacu todo es novedad, ímpetu por conocer otros mundos:
le ha heredado a Kankui-maku el amor por las aventuras, así todavía
no tenga edad para medir el trascendental paso que está dando. ¿A
qué lejanos horizontes lo llevará la vida? Mira al bisabuelo como a
su héroe, agradecido, le sonríe con toda la cara, le demuestra con
su comportamiento haber aprendido a la perfección sus enseñanzas.
Kankui-maku advierte cómo se hunden las montañas de su país
detrás del horizonte. Tiene la certeza de ser la última vez que las
contempla. Esto no lo entristece: por sobre todo es aventurero,
marino, andariego... y quiere morir en su ley. Cuando de la Montaña
Blanca no queda ningún rastro en la lejanía, se recrea con la presencia
de su biznieto: es como si parte de su espíritu se estuviera trasladando
a ese cuerpo joven para seguir viviendo y viviendo... Y otra cosa
lo embarga de felicidad: le ha permitido a Sa-ang reunirse con el
hombre a quien ama.
El gran jaguar 169
K**
En estos tiempos de guerra los caminos de las partes altas de Keka-
Bunkua permanecen solitarios, apenas transitados por algún emisario
de los caciques o los naomas. Por eso Ubatashi-thor, Meli-ang, su
hijo y Walla, no tienen mayores problemas en subir de Tayronaca
a Ulueiji, previniendo con el orden en la marcha una sorpresa desa-
gradable: a la cabeza va Meli-ang, con encargo de avisar la presencia
de algún caminante y dar tiempo a los ubatashi de ocultarse. El
camino es tortuoso, bordea abismos sobre el caudaloso río, bajo
una selva exuberante. Marchan sin pausa, les urge alejarse de la
capital tairona donde deben ser buscados. Próximos a Ulueiji evitan
la población dando un gran rodeo y parten de travesía hacia Tami-
naka, otro centro habitacional de las montañas y a orillas del Huku-
meiji, por una ruta fácil de seguir: Meli-ang la ha frecuentado con
anterioridad, y su intención es bordear por los páramos las grandes
cumbres de la Sierra Nevada, en dirección a la salida de Surli, hasta
un lugar donde puedan sobrepasar el gran lomo para internarse en
territorios fuera del dominio tairona.
Para el atardecer del tercér día divisan desde unas cumbres los
nunhúes de Taminaka, y como están escasos de provisiones, esa
noche los kaxshigugulu merodean por los alrededores de las vivien-
das y los huertos.
El nuevo día encuentra a los habitantes de Taminaka consternados
por la visita de los jaguares rojos, mientras los fugitivos ya se alejan
y trepan por el curso de la quebrada Mamarongo, que habrá de
conducirlos a las tierras frías. La gran selva quedó atrás, o está
circunscrita a la profundidad de los cañones. Avanzan bordeando
cerros cubiertos de Pajonal dorado, en contraste con el color del
cielo de un azul intenso, limpio de nubes. En aquellos parajes soli-
tarios donde el peligro parece lejano, sienten la tentación de tenderse
en el suelo, a descansar las fatigas, y contemplar sin prevenciones
la inmensidad de los contornos. Desde allí, con los picos nevados
a sus espaldas, y sobre sus cabezas el vuelo avizor de los cóndores
y las águilas, Ubatashi-thor tiene una panorámica espectacular, que
incluye desde las tierras medias y bajas hasta el litoral marino.
Meli-ang, recostada en su hombro, le señala la lejana y plateada
bocana de un río.
170 Bernardo Valderrama Andrade
—;¡El Hukumeiji-tukue!. De donde hemos venido —dice com
añoranza.
XXVII
Cuando por tercera vez consecutiva las patrullas no regresan de sus
reconocimientos a lado y lado de la desembocadura del Guamoea,
Gula ya no duda: los taironas le han tendido un gran cerco.
—Estamos en peligro de ser rodeados —comenta a sus principales
manicatos; y mirando rabioso la inmensidad de las montañas, donde
imagina concentrados a los enemigos, añade con tono decidido—
Deben haber concertado una alianza, ¡todos!... pero actuaremos de
inmediato: no volverá a ocurrir como en Buritaca. Esta vez la derrota
será para ellos.
Curadas sus heridas y repuesto de la derrota, desde su regreso al
campamento Gula no ha cesado en preparar la nueva expedición:
su propósito es tomar venganza contra taironas y kashinguis aliados;
pero no contó con la colaboración de los kogis y los aldu-guiji, y
menos que sus enemigos, ahora amos de la iniciativa, principiaran
a rodearlo; su mortificación se acrecienta cuando por el mar divisa
la nutrida flota de Kashín, dispuesta a cerrarle cualquier posibilidad
de escape.
—;¡Ah! ¿Otra vez los traidores kashinguis?
Desde el inicio de los preparativos, en el día Gula dirige y toma
parte en prácticas de arco y flechas, lanzamiento de jáculos y simu-
lacros de combate cuerpo a cuerpo con mazas y cuchillos. Las
noches, por el contrario, son tranquilas, destinadas al descanso; y
en ocasiones hasta alegres, cuando organizan bailes colectivos, se-
guidos de comelonas y bebezones, que los caribes aprovechan para
desplegar toda su gentileza con las mujeres de su raza y las cautivas,
Estas fiestas pueden permitírselas, confiados en la costumbre tairona
de dedicar las horas nocturnas a similares actividades, o sus ceremo-
nias religiosas, dejando el día para la guerra.
El gran jaguar 171
Las razones de Ulaban para proponer el ataque contra los caribes
durante la noche, a la luz de Saxa-ti, las apoya en la práctica tairona
de destinar este tiempo a la adivinación en las nunhuañkalas, hábito
conocido y a veces aprovechado por el enemigo. Al cambiar del
día a la noche el curso para la guerra, el factor sorpresa estará de
su parte y las posibilidades de triunfo aumentarán.
Original y acertada parece al cacique-guerrero la idea del kashin-
gui; el único impedimento son las normas dispuestas desde la anti-
gúedad por los naomas, y violarlas puede acarrear el disgusto de
los Padres y Dueños del Mundo. Ulaban recurre a varios argumentos
para sustentar sus reflexiones, y recuerda al Jaguar Negro el extraño
y sugestivo sentido de las palabras del Naoma-Kavi: “. . Seiname...
la estrella que no se ve, pero ahí está...”
—Es preciso actuar como lo hace el jaguar negro de la selva: ¡de
noche! Cuando acecha y ataca —insiste el kashingui con vehemen-
cia. Seoname-maku responde pensativo:
—Sí, muldyigaba: sí, así dijo.
—El jaguar se mueve de noche... el jaguar ataca a su presa en
la oscuridad.. Seoname-maku debe combatir a sus enemigos desde
el comienzo de la noche, y no al final de ésta —reitera Ulaban con
vivos ademanes.
—Na-arldunye, na-arldunye: me gusta, me gusta; es una buena
idea —afirma a su vez el cacique, ya convencido; y agrega: —Nas
seinjarlae na peibu: te lo agradezco, mi amigo. Pediré al Naoma-Kavi
su palabra y entonces atacaremos de noche.
De inmediato parte el emisario desde las posiciones de avanzada
hacia Tayronaca, donde todavía está el naoma muru nakubi. En
tanto, desde una colina utilizada como observatorio, el cacique-gue-
rrero y su consejero tienden la vista hacia la extensa llanura del
litoral, donde un espeso cordón de árboles marca el curso del río
Guamoea y la ubicación del campamento principal de los gulamena.
Mientras llega la aprobación del naoma a la nueva estrategia
guerrera, Seoname-maku adelanta los preparativos: quiere, además
de obtener una victoria contundente, encontrarse cara a cara con
Gula y vengar la muerte afrentosa de su padre. Para Ulaban, en
cambio, los aprestos bélicos contra los gulamena no le provocan
esa exaltación.
Yo nací en el vientre de una nave caribe, en medio de actos
A
ES A E
172 Bernardo Valderrama Andrade
violentos: eso creo. Y ya mayor, participé en muchas batallas y
llegué a destacarme como un atrevido combatiente al lado de Kashín,
así no estuviera de acuerdo con estos métodos sangrientos de con-
quista y saqueo. ¿Acaso me marcó el rapto de mi madre?... Pero
no fui menos que mis compañeros en los momentos de decisión y
peligro.. Más tarde, ya en Palanoa y Buritaca, por fin pude poner
en práctica mis teorías de las relaciones humanas amistosas, esas
que nadie entendió en un principio, o no se atrevían a escuchar por
miedo a ser tildados de poco valientes. Inclusive Kashín guardó
silencio cuando expresé mis argumentos pacíficos, así en sus ojos
brillara una chispa de simpatía, de curiosidad, de esa inclinación
ahogada por todos en el fondo de sus almas, porque sólo debían ser
guerreros. Por suerte di con la forma de vivir de las gentes de
Keka-Bunkua, y puesta en realidad mi manera de pensar... Eso lo
presentí cuando llegamos por primera vez a las costas de Buritaca
y tuve el acierto de hacer valer mi influencia con Kashín; y él, de
contener el ataque y dejarme obrar... Y ensayamos a vivir en paz
con los taironas, así, a cambio de seguridad y progreso, debiéramos
dejar de lado algunas de nuestras costumbres de navegantes y con-
quistadores. Pero... esto de enfrentar en guerra a muerte a los mismos
de mi raza, me mortifica; me duele no poder cambiar el curso de
los acontecimientos y estar impedido para acabar la pugna con los
gulamena, debido a circunstancias inmodificables y pertenecientes
al pasado. Y tampoco podré cambiar la determinación de Seoname-
maku de vengar a su padre, porque las flechas azules de Heisei,
sacadas de la aljaba mítica por el Naoma-Kavi, jamás volverán a
ser guardadas. Aún así, no debo perder las esperanzas... Mi gente,
los caribes, seguirán llegando de más allá del mar, donde quizá yo
nací; por ello intentaré detener la guerra en sus próximos episodios:
tal vez, cuando esté cercana la contienda con los sangaramena.
Seoname-maku ha estado mirando con fijeza a Ulaban, y se pre-
gunta:
¿Qué pensamientos inquietarán a mi consejero?... Quisiera adivi-
narlo.
El gran jaguar 173
—;¡En marcha!
La voz de Seoname-maku, su mirada implacable, sus ademanes
autoritarios, ponen en movimiento a los emisarios: parten desalados
para llevar los mensajes de guerra a los caciques taironas, kogi y
aldu-guiji, comprometidos en este ataque contra los gulamena. A
la luz suave de Saxa-ti se movilizan los cuerpos armados de Keka-
Bunkua: forman un gran semicírculo y rodearán el campamento
caribe. Esa tarde los vigías del Jaguar Negro apostados en los filos
de la Loma Maktu, el Cerro de la Zarigijeya, identificaron la flota
de Kashín por los gallardetes azules en lo alto de los mástiles: pasaba
frente a las bocas del Hukumeiji y según los cálculos, para la noche
estarían cerrando el cerco por el mar, ante el mismo estuario del
Guamoea. Para ese momento, los arranca-brazos quedarían rodea-
dos.
Las teas empotradas a proa y popa, al ser encendidas en forma
simultánea, llenan la noche con reflejos de oro líquido espejeando
en los oleajes; es un espectáculo impresionante, grandioso, llama
la atención de Gula y lo pone sobre aviso. La presencia de tantas
naves frente a su campamento no es usual y se siente inquieto;
calcula las que puede tener Kashín y llega a una deducción errónea:
—_DDebe tratarse de mi hermano Sangama; sólo él puede tener una
flota tan poderosa... En buena hora.
También Seoname-maku y sus comandantes divisan la línea de
fuego meciéndose en el mar. Es la señal esperada para iniciar el
ataque: los guerreros ya ocupan posiciones de combate, apostados '
en las afueras del campo caribe, y como un solo y organizado
conjunto se lanzan al asalto. La sorpresa entre los gulamena es total:
esperan encuentros con los taironas al comienzo del amanecer, pero
nunca al inicio de la noche. Cuando lo advierten, ya tienen al
enemigo dentro de sus propias líneas, invadiéndolo todo, incen-
diando las construcciones, persiguiendo a sus gentes hasta en las
moradas. Chillan las mujeres y los niños, huyen despavoridos de
un lado para otro, hacen coro, con sus lastimeros gritos, a las
ululantes y enardecidas voces de los agresores. Con dificultad, Gula
y sus manicatos organizan la resistencia y se congregan cerca de la
playa: intentan ofrecer una oposición compacta, con posibilidades
de pasar de la defensa al ataque. Taironas, kogis y aldu-guiji no les
dan oportunidad: arremeten sedientos de venganza, una y otra vez
zzz EE EEE -Q——— eo QQ ¿2
174 Bernardo Valderrama Andrade
destruyen sus intenciones, los rabones se multiplican y los acosan,
a la luz de los incendios semejan jaguares con las colas pretinadas
de oro, de movimientos rápidos y certeros para causar la muerte;
sus disciplinadas escuadras de guerreros, embadurnados de bija y
sangre, son llamaradas humanas, bestiales, intrépidas, ejercen reta-
liación por las acciones cometidas en el pasado por los arranca-bra-
zOS.
—Heisei!... ¡Heisei! —gritan Seoname-maku, Lazama y Mala-
bú, voces en la primera línea.
—¡Heisei!... ¡Heisei! —responden en coro rabones y guerreros,
enardecidos hasta la locura.
Se batalla sin pausa toda la noche. Amanece y el nuevo día se
ensombrece con las columnas de humo de los incendios. Entre los
escombros y las cenizas prosigue la lucha a muerte, cuerpo a cuerpo,
de fieras con deseos de exterminio. Por el suelo, inmenso reguero
de sangre, se mezclan en grotesca confusión los cadáveres y los
heridos. Las mujeres y los niños forman una isla de angustia hacia
las afueras del campamento, cerca del mar, donde por instinto se
han congregado; desde allí, aterrorizados, mudos, son llorosos es-
pectadores de la tragedia.
—¡Heisei!.. ¡Heisei! —sigue siendo el grito que excita a los
taironas y sus aliados. Gula y el grueso de sus guerreros forman
otra isla, también en los playones, cada vez menos compacta ante
la mortandad y el continuo asedio de los guerreros del Jaguar Negro,
incansable y temerario en su arrojo, estímulo contagioso de sus
hombres. La batalla comienza a definirse a su favor: luchan de igual
a igual: no los amedrenta la cantidad de bajas: muestran irrevocable
voluntad de exterminar a los invasores, así pierdan la vida en esta
empresa.
—¡Heisei!.. ¡Heisei!
Seoname-maku con su sed de venganza hirviéndole por todo el
cuerpo, busca con insistencia a Gula, se abre paso, derriba una y
otra vez a los adversarios, ¡los mata!, se acerca al sitio donde el
jefe gulamena pelea como otra fiera.
Transcurre todo el día y no cesa la intensidad de la batalla. Para
el atardecer, con Surli pintando de rojo los contornos, con el aire
impregnado por el olor asfixiante y repulsivo de la sangre, Gula ya
ve comprometida su situación: del millar de caribes ya no le quedan
El gran jaguar 175
sino trescientos; y de no cambiar la estrategia, la derrota puede ser
total. Le mortifica aceptarlo, pero los guerreros de la Montaña Blanca
lo han sorprendido otra vez con su capacidad combativa. En medio
del incansable fragor de la contienda, no se cansa de maldecir a
Ulaban. A él, de eso está convencido, se debe mucho el éxito de
sus enemigos. La única oportunidad de escapar ahora es por el mar,
abordando los barcos y, tratar de romper el cerco de Kashín. Con
agilidad mental estudia las posiciones en la batalla: Sí: para lograrlo
debe lanzar un sorpresivo contraataque, romper el cerco, alcanzar
la ribera del río, subir a las piraguas y hacerse a la mar... Allá, la
lucha es en un medio que conoce muy bien y puede darle ventajas.
Con voz potente, casi un rugido, ordena el cambio de táctica: el
círculo defensivo de los arranca-brazos, a su vez envuelto por el
ofensivo de los guerreros del Jaguar Negro, cobra diferente dinámica:
en medio de titánicos forcejeos Gula vuelve a su favor la contienda,
se torna en punta de lanza, con su gente desconcierta de momento
a los oponentes y rompe el asedio. Ante sus ojos, despejada, ve
una porción de playa y más allá el cordón verde de la orilla del
Guamoea, con la salvación representada en sus navíos. Por unos
instantes el grito ¡Heisei!... ¡Heisei! deja de escucharse y lo reem-
plazan los alaridos escalofriantes de los gulamena. Crece la mortan-
dad: crujen huesos astillados y cráneos hundidos con golpes secos
de mazas caribes. Entre el fragor de los cuerpos en lucha, los gritos
y las órdenes, se apagan los quejidos y barbotean las heridas expul-
sando la vida de los caídos. Todo es confusión en torno al arrollador
empuje de los arranca-brazos, buscando la última oportunidad para
escapar; llegan los primeros a la ribera, perseguidos con saña, algu-
nos alcanzan a saltar por encima de las bordas acorazadas y desde
allí presentan una encarnizada resistencia. Rodeado de sus escoltas,
Gula está por coronar su intento. En una mano la maza, en la otra
la lanza, con los poderosos brazos tintos en sangre propia y de sus
víctimas, ya cree conseguido el propósito; de pronto, como caído
del cielo, se le interpone Seoname-maku, representación de la vin-
dicta, emplumado, ágil, amenazante, con adornos de oro recogiendo
los últimos rayos del atardecer, llamaradas y canto de color a la
muerte. Gula lo reconoce: lo ha visto durante toda la pelea avanzar
siempre hacia él, con mirada taladrante de odio que hiere como su
lanza.
176 Bernardo Valderrama Andrade
La visión del navío se desdibuja ante esta figura emplumada con
arreos destellantes y sangrientos. Los movimientos de Gula parecen
lentos ante la veloz arremetida del Jaguar Negro: el caribe cae de
espaldas atravesado de parte a parte: queda clavado en la arena; allí
mismo, con un rugido bestial, el cacique cumple su venganza: de
certeros y violentos hachazos, ante-su propia vista ya impotente y
vidriosa, el líder gulamena se ve y se siente desmembrado, en la
misma forma como él lo hiciera con los rivales vencidos. Su último
recuerdo consciente es la carcajada triunfal de Seoname-maku, más
que risa pavoroso bramido de fiera.
—;Heisei!... ¡Heisei!
El Jaguar Negro ha cumplido su venganza. Con fugacidad, mien-
tras mira a su enemigo en los postreros estertores, por su mente
desfilan cuadros de poblados taironas, kogi y aldu-guiji, transforma-
dos en cenizas... y los cuerpos desmembrados, suspendidos cabeza
abajo de las ramas de los árboles, entre ellos su padre, el cacique
de Ponkeica. Y vuelve a lanzar su carcajada-rugido al meterse de
nuevo en el corazón del combate, más decidido que nunca.
La muerte de Gula pone fin a la resistencia caribe. Allí mismo,
en torno a su jefe, uno a uno, los arranca-brazos son rematados en
forma implacable. La Flecha de Heisei así lo determina: el exterminio
debe ser total.
Los tripulantes de las embarcaciones, y los guerreros gulamena
que alcanzaron a abordarlas, tampoco logran escapar: encuentran la
salida al mar taponada por las piraguas de Kashín y su único recurso
es morir con honor en una batalla suicida, acorde con la costumbre
caribe de afrontar las circunstancias. Sólo un centenar de arranca-bra-
zos pueden huir: rompieron el cerco al comienzo de la lucha, ahora
se alejan por la llanura en dirección a los campamentos de sus
hermanos los arranca-cabezas.
Cae la noche. Cesa el fragor de la guerra. Se hacen cada vez más
débiles los quejidos de los moribundos. A la luz de las antorchas,
los vencedores recogen los cadáveres de casi un millar de gulamenas
para arrojarlos a la desembocadura del Guamoea, donde sirven de
descomunal festín a los tiburones. Los taironas, kogis y aldu-guijis
muertos, en similar cantidad, son colocados en enormes piras fune-
rarias: sus llamaradas hacen retroceder la noche e impregnan la brisa
con su olor a carne humana; por días y días arden y se levantan las
El gran jaguar 177
humaradas de los montículos fúnebres donde se consumen los cuer-
pos de los héroes; centenares de vasos rituales, previamente dispues-
tos, se van llenando de grasa destilada.
En torno a Seoname-maku y su Estado General de caciques, hay
grandes demostraciones de alegría; pese a la inmensa cantidad de
bajas, se celebra el triunfo con desbordante entusiasmo. Por los
caminos, los emisarios corren a llevar la buena noticia de la victoria
a todos los rincones de la Montaña Blanca.
En las naves ancladas en el calmado estuario del Guamoea, el
festejo de los kashingui es discreto. Sus líderes, Kashín y Ulaban,
instalados en el puente de mando, mantienen una conversación tras-
cendental.
——Con los barcos capturados a Gula, nuestra flota puede ser tan
fuerte como la de Sangama. Y esa, no lo dudo, es una razón disuasiva
— insiste Ulaban optimista. Kashín menea la cabeza desconfiado.
—Es un disparate. Siempre he acogido tus argumentos, pero esta
vez dudo mucho: Sangama, así se sienta rodeado por tierra y por
mar, no cambiará su forma de actuar. Luchará hasta morir. Recuér-
dalo: la ley caribe es la guerra y no la paz.
Ulaban está conturbado: entiende los raciocinios de su compañero,
pero no quiere desistir en su idea; el hecho de haber participado en
la batalla y contribuido al triunfo lo refuerza en sus intenciones, así
reconozca la posibilidad del fracaso.
—Lo haré de todas maneras. Esta noche partiré en una canoa
hacia el campamento de los sangaramena. Explícale todo a Seoname-
maku: él comprenderá. La misión de paz que intentaré no debe
alterar sus planes. Si para el momento de iniciar el ataque nada
saben de mí, todo debe seguir como ya se previó. ¡Que nada los
detenga!
A la madrugada parte el navío al mando de Ulaban: lleva los tripu-
lantes indispensables, voluntarios kashingui dispuestos a arriesgar
la vida en una misión de resultados impredecibles. Cuando Kashín
pierde de vista la embarcación, con aire pensativo se encamina al
sitio donde tiene levantado su campamento el Jaguar Negro, quien
178 Bernardo Valderrama Andrade
lo recibe sin demora. Yace encima de unas pieles de jaguar muestra
en distintas partes del cuerpo emplastos de hojas y zumos preparados
por un curandero, para sanarle heridas y golpes recibidos en la
batalla. A su lado están sus arreos de oro de gran cacique.
No obstante el maltrato y el impedimento causados por las heridas,
luce satisfecho. En muestra de deferencia atiende a Kashín y le
expresa su estimación hacia él y Ulaban; atento, escucha y no muestra
extrañeza por sus palabras; se limita a contestar reflexivo, como
para sí mismo, la mirada perdida en el horizonte marino cada vez
más claro:
—Lo imaginaba. . así es Ulaban: busca la paz pero su mente se
inventa estrategias para vencer en la guerra —y ya mirando de frente
a Kashín—: Debemos apresurarnos. Mañana partiremos para
ocupar posiciones por tierra y mar lo antes posible. Algunos gula-
mena escaparon y pronto darán noticia de nuestra victoria a Sangama.
Es importante reforzar las líneas de los duanabuká.
El Jaguar Negro olvida heridas y dolores. La mirada le centellea,
sus ademanes se vuelven enérgicos. Ordena a uno de sus servidores
llenar dos copas con licor, su mirada se fija otra vez en el horizonte
marino cuando levanta el brazo en un brindis simbólico, quizás
dirigido al kashingui, bebe el contenido de un jalón. Kashín le capta
los pensamientos y lo imita.
% XX VII
En la punta de arena próxima a la desembocadura del Mutaiji,
Nyuba-Aluna se extasía con el diario y fastuoso espectáculo del
ocaso de Surli, el amante loco y apasionado de Saxa-ti y todas las
estrellas. Sentada en la playa, es la representación de la soledad:
¡Ulaban! El Naoma-Kavi descubrió nuestro secreto cuando te hizo
beber el licor mágico en la Nunhuañkala de Tayronaca: allí, sin que
pudieras evitarlo, sin que te dieras cuenta, te leyó la mente y el
corazón. ¡Lo supo todo! ¡De ti y de mí! Por eso me llamó después
a confesión y nada pude ocultar Si lo supieras: el muru nakubi me
permitió complacerme en tu amor, pero sin dejarme poseer; porque
El gran jaguar 179
al ser yo el Espíritu de Oro, sólo podré entregar mi cuerpo a un
naoma o un cacique descendiente de los primeros linajes de Haba
Séinekan... Así lo vio señalado en el manto de las estrellas; así lo
descubrió en yatukua, en las burbujas desprendidas de las cuentas-
kuitsi; así lo oyó en kachivitukua, el sonido de las uñas y los dedos;
así lo percibió en Aluna, la voz del Gran Espíritu.. Con esta licencia
regresé a Buritaca y me encontré de nuevo contigo, llena de felicidad,
sin imaginar las intenciones de Madre Naboba y Madre Seatakan,
quienes se adueñaron de mi cuerpo y de tus manos: nos enloquecie-
ron: nos llenaron las entrañas de guanga, el fuego sexual: y por eso
te pedí me poseyeras... y tú lo hiciste y ahora no dejo de recordarlo,
de evocar con deleite cada uno de los instantes de tu pasión; y
aunque debiera, no me reprocho la debilidad: al contrario: ¡me
complazco! Pero. . a veces, también siento angustia. ¡Remordi-
miento no! ¡Eso nunca! En cambio sí temo por ti y por la suerte de
mi pueblo en esta guerra. ¿Pagarás tú por mis debilidades?... ¿Se
inclinará la balanza de la guerra en favor del enemigo, por haber
faltado a mis deberes de Espíritu de Oro?
Sentimientos de congoja y felicidad se suceden en el bello rostro
de Nyuba-Aluna. Fija los ojos en los oleajes incandescentes del
atardecer, sus pupilas semejan crisoles llameantes que dan a su
rostro la expresión de los dioses. Su mente viaja.. cruza el tiempo
y la distancia.. navega guiada por Jalyintana, Dueño del Mar, quien
la lleva hacia Mu, el lugar donde nace Surli: deja atrás la desembo-
cadura del Mutaiji, pasa frente a las bocanas del Ulueiji, el Hukumeiji
y el Guamoea, es levantada por los brazos blancos de Misevalyue,
Madre de las Nubes, flota en vertiginoso recorrido como hakkaxe,
el ave marina, y abajo ve una canoa solitaria en medio del océano.
En su mente, con fuerza de viento, Nyuba-Aluna abraza a Ulaban,
con soplo tibio de brisa le acaricia el rostro, lo besa, le promete
amarlo así les sea prohibido... y su:corazón es una llamarada.
Recostado contra la borda de su nave, Ulaban contempla el desfile
lento de la costa: cintas blancas de arena y sobre ellas el dibujo
aéreo de alcatraces, gaviotas y tijeretas; y detrás, en planos sucesivos,
HA a nn
180 Bernardo Valderrama Andrade
siluetas despeluzadas de coqueras, franjas de bosques, levantamiento
de primeras colinas con su tono verde claro, y, ya como un alto
horizonte, la inmensidad de las montañas con sus coronas de nieve.
Las aldeas costeras lucen solitarias, abandonadas, muchas con las
marcas violentas de los incendios y saqueos; es el cuadro desolador
provocado por los invasores caribes; de sus habitantes, unos murieron
en combates, otros fueron aprisionados, los restantes escaparon al
interior de la Montaña Blanca.
Este día, como nunca, el kashingui está convencido de sus teorías
pacifistas, así se sienta molesto por la incertidumbre. Refuerza su
voluntad el pensamiento de la cantidad de vidas que podrán salvarse
si corona sus propósitos: ello abriría grandes posibilidades a las
gentes de su raza y a las de Keka-Bunkua, con el intercambio de
culturas y conocimientos. Sin embargo, inexorable peso en la balan-
za, conoce por experiencia cuán difíciles apagar el fuego de la
guerra. Debido a ello su rostro no refleja el optimismo de otras
veces: luce taciturno: con esfuerzo aleja la desesperanza cuando
recuerda los comentarios de Kashín; ¿tendrá acaso razón, y Sangama
nunca oirá sus propuestas?... Pero, como se tiran al mar los desper-
dicios, arroja las dudas y temores por la borda: es en esta ocasión
cuando más necesita ser positivo: no dejará triunfar los recelos:
hacerlo, sería inconsecuente con sus creencias. Nunca, eso le satis-
face, ha empuñado el hacha de la guerra, sin antes intentar una
solución racional. Ahora, en su viaje al campamento de los arranca-
cabezas, sólo lo reconforta soñar despierto con su prohibida mujer
tairona de párpados dormidos, de amor ardiente como el fuego de
sus pupilas doradas...
¡Nyuba-yang!... ¡Tú! Que con la pureza de las primeras caricias
rescataste mis recuerdos de la infancia: cuando encontraba la ternura
y la seguridad en los brazos de mi madre en medio del fragor
horrísono de las contiendas; mimos añorados el resto de la vida,
porque primó el trajín apremiante en las piraguas manteniéndome
siempre hambriento de ellos, para, al final, arrebatármelos en medio
de la crueldad de una batalla. Nostalgias y urgencias compensadas
y transformadas por ti, en la medida en que creció nuestro amor y
descubrió la felicidad en otra dimensión. No nos importó vernos
obligados a mantener oculta y espaciada nuestra pasión. ¡No! Bastaba
su existencia palpitándonos bajo la piel o hirviendo en las venas:
El gran jaguar 181
en algún lugar, bajo el cielo de la Montaña Blanca, unidos o sepa-
rados, tú entre mis manos acaloradas por las caricias, o apenas
imaginándote. Y por ti, Nyuba-yang, como nunca antes me pareció
hermoso el mar, ya lo mirara a la luz del sol o bajo el chispeo
inconmensurable de las estrellas. Y amé, como a tu piel, la tibieza
de la arena en las playas. Y me recreé en el murmullo de las olas
o en el canto de los manantiales, porque recordaban tu voz cálida.
Y exaltado, imaginando fueran tus brazos y la sensualidad ardiente
de tus axilas, me sumergí entre los rincones frondosos y húmedos
de la selva. Y como a tu serenidad distante y misteriosa de Espíritu
de Oro, miré y veneré las cumbres lejanas y níveas de Citurna.
¡Nyuba-yang! ¡Nyuba-Aluna!... He pensado en ti al contemplar el
trabajo fino de los talladores de cuentas-kuitsi, puliendo y perforando
las piedras con amor y dedicación... o al percibir la voluptuosidad
de los alfareros al resbalar sus manos por las caderas o los vientres
de los cántaros y las vasijas... o al sentir los ojos atrapados en el
chispeo de las joyas de los orfebres, porque detrás de ellas, invisible,
siempre estabas tú, llamándome. Y así como los naomas entran a
las nunhuañkalas, para simbólicamente llegar hasta el vientre-santua-
rio de Haba Séinekan, así yo, en un delirio placentero, he buscado
tu sexo y me he acunado en él.
ES
Desde cuando fue poseída por el kashingui, la urgencia primordial
de Nyuba-Aluna es desear estar otra vez en sus brazos para volver
a entregarse y amarlo con locura desenfrenada. Sabe que debería
experimentar angustia por el incumplimiento de las órdenes del
Naoma-Kavi, y en cambio sólo siente complacencia, alegría, pasión.
Raciocina en forma confusa, sin imparcialidad: ha perdido el sosiego:
su cuerpo ya no quiere obedecer los mandatos de la razón: el deseo
por Ulaban es avasallador, lo domina todo. Esta es su verdadera
felicidad, así, de cuando en cuando, la asalte un apagado remordi-
miento.
Con la noticia del triunfo sobre los gulamena llega a Buritaca una
razón de Naoma-Kavi para Nyuba-Aluna: la convoca de inmediato
a una peregrinación por las partes altas de la Sierra Nevada: es
preciso llevar ofrendas a la Madre Universal, a las Madres, Padres
182 Bernardo Valderrama Andrade
y Dueños, en solicitud de beneplácito para la nueva campaña gue-
rrera, ahora contra los arranca-cabezas. Este recorrido deberá ini-
ciarlo por Teyuna, ciudad de los talladores de cuentas en las cabe-
ceras del Mutaiji-tukue, y de allí, en viaje hacia Nui-Ashkuan, el
Oriente, y pasando por otros centros ceremoniales, llegar a la gran
ciudad sagrada de Moraca, donde está la Haggi-Koktuma, la Piedra-
Asiento, trono de Haba Séinekan. En dicho lugar la esperará el
muru nakubi.
Nyuba-Aluna no se espera a las celebraciones de la victoria en
Buritaca y Palanoa: acompañada de una pequeña escolta de rabones
y dos mujeres a su servicio, parte de inmediato hacia Teyuna. Allí,
en la plazoleta de la Piedra del Sapo a donde convergen los princi-
pales caminos de la urbe amurallada, el anciano Mama-Teyuna
comparte con ella la ceremonia de Surli-Nyuba, el Sol de Oro,
cuando al mediodía éste brilla en reflejos sobre el lomo del gran
sapo de piedra, y desde allí, dispara su rayo de luz hacia el rostro
de Nyuba-Aluna, de pie, desnuda sobre una de las escalinatas que
acceden al sitio ceremonial. En ese instante el sacerdote coloca
alrededor del cuello de la muchacha una gargantilla de sapitos de
oro, y al hacerlo tiene una vacilación: sus ojos tropiezan con la
piedra nube-cielo, obsequio de Ulaban, engarzada por ella a uno de
sus collares. Terminada la ceremonia, y ya solos el sacerdote y la
joven, éste pregunta perturbado al señalar la piedra del kashingui:
—Es Hagu-Maui-Nauiendi, la Piedra Nube-Cielo. ¡Piedra sagra-
da! ¿Cómo la conseguiste?
Nyuba-Aluna se conturba: se siente desconcertada. Sin poder
evitarlo, con las manos se cubre el cuello, al ver los sentimientos
sucesivos de intriga, curiosidad y exaltación reflejados en el rostro
de Mama-Teyuna.
—¿Sabes lo que significa esa cuenta? —inquiere el sacerdote, sin
que ella pueda responderle.
XXIX
Para Avincuo no es sorpresa ver esa mañana a Chole con atuendos
de guerrero. En su oficio de emisario, el viejo aprendió además de
El gran jaguar 183
conocer todos los caminos de Keka-Bunkua, sus atajos y rincones,
a hablar diferentes lenguas y adoptar variadas caracterizaciones,
como una forma de cumplir las misiones encomendadas por el caci-
que duanabuká. —Su edad no es la apropiada para representar ahora
papeles de combatiente —piensa Avincuo intrigado: y que lo recuer-
de, no le hizo ningún encargo, ocupado como está en organizar sus
escuadrones para el asalto final contra los caribes. Según lo acordado
con Seoname-maku, sólo espera recibir el aviso a fin de ponerse en
marcha con sus ya bien entrenados ejércitos.
—<¿De qué se trata esto? Yo no.. —y el cacique señala la indu-
mentaria de Chole, tratando de reprimir una sonrisa burlona—. ¿Se
estará volviendo loco mi emisario preferido? —y voltea la cabeza
para otro lado.
Chole adivina sus pensamientos pero no se ofende: por el contra-
rio, con gesto decidido expresa a Avincuo su voluntad:
—Pido licencia, y un grupo de guerreros, para hostigar a los
sangaramena desde los pantanos de Buya.
Al oír esta singular propuesta, el cacique cambia de actitud y
mira interesado a su leal súbdito, la única persona capaz de atravesar
las marismas y salir de ellas ileso.
—¿Qué tienes en mente, Chole? Entonces... esto de presentarte
así vestido, ¿va en serio?
—'Usted lo sabe: en Buya los arranca-cabezas asesinaron a los
míos: mi mujer, mis hijos, mis nietos. ¡Quiero vengarlos! Y en los
pantanos ninguno podrá vencerme.
Con atención y sorpresa, Avincuo escucha los planes de su subal-
terno, posibles de ser llevados a cabo sin interferir para nada la
estrategia bélica acordada con el Jaguar Negro; por el contrario,
contribuirán a favorecerla. Y los ojos le brillan entusiastas cuando
contesta:
—Te concedo cuanto pides... ¿Cuándo partes?
—PDe inmediato: deseo interceptar a los gulamena escapados de
la batalla del Guamoea. Según informes, ya vienen por la costa
hacia el campamento de Sangama, y están por cruzar el Buhía-tukue.
Los ojos de Chole chispean con una dureza desconocida por
Avincuo. Siempre fue un hombre tranquilo, alegre, ecuánime, vir-
tudes propicias a su trabajo diplomático. Este de ahora, vestido de
guerrero pese a su edad avanzada, es irreconocible y puede volverse
184 Bernardo Valderrama Andrade
en un factor de triunfo muy importante. Del Chole feliz, habitante
con su familia a orillas del mar, cerca de los pantanos, que sólo
dejaba su hogar para cumplir sus tareas de emisario y consejero, no
queda sino el recuerdo. Ahora, todo su ingenio se enfilará a destruir
al enemigo en las marismas.
Al frente de sus guerreros, el antiguo emisario impone un ritmo
a sus desplazamientos que sorprende a sus subalternos, en principio
escépticos de recibir por jefe a este anciano disfrazado. Se descuelgan
de la Cuchilla Nukui, a través de un retorcido cañón: el kare nabbe-
lulda nuani, el lugar a donde salen a bañarse las dantas; por allí,
cautelosos, desembocan a las tierras bajas del litoral y avistan en la
distancia los primeros campamentos de los sangaramena, ocupando
posiciones equidistantes y paralelas con la costa marina. Sus cerca-
dos, levantados al pie de las primeras colinas, forman un cordón
para proteger las labranzas y el asentamiento principal de Sangama,
entre los cursos del Nyuba-Nyna y el Tapiraguana-tukue, ya muy
próximos del mar
Gran conocedor del terreno donde se han hecho fuertes los caribes,
Chole y su gente cruzan subrepticiamente las líneas enemigas y,
ocultos entre malezas y espinos, se sitúan sobre una eminencia
alargada, paralela al camellón de tierra firme que sirve de confín a
los pantanos. Según los cálculos del duanabuká, los gulamena sobre-
vivientes deben estar avanzando por esa franja ahora controlada por
sus hombres. Al poco tiempo de estar allí apostados y ocultos entre
los matorrales, divisan la vanguardia de los arranca-brazos, maltre-
chos y desconfiados con las traicioneras marismas. El peligro de
las arenas movedizas o el ataque de los caimanes, les impide por
ahora sospechar en una emboscada.
—¡Heisei!... ¡Heisei! —grita el emisario con toda la fuerza de
sus pulmones, a manera de orden para atacar
La sorpresa es terrífica y mortal: a una primera descarga con
flechas envenenadas, los duanabuká, transformados en horda de
demonios pintarrajeados de achiote, caen sobre los caribes, quienes
al intentar reaccionar son empujados a los pantanos, donde las arenas
movedizas los aprisionan, primero por los tobillos y luego, en medio
de sus gritos e impotentes esfuerzos, los van succionando con una
lentitud desesperante e inexorable. Nada les vale aferrarse a las
cañas de los juncos, o entre ellos mismos para formar cadenas: el
El gran jaguar 185
pantano es una trampa letal... entre eructos intermitentes, los sepulta,
uno a uno, a la vista empavorecida de sus otros compañeros, sin
más suerte que la muerte por los flechazos, o entre las fauces de
los sisi. El exterminio es total. Y los guerreros del viejo, admirados
con la estrategia empleada, empiezan a respetar a su jefe.
Recostado en el tronco de un árbol, satisfecho por el triunfo,
Chole aprovecha el descanso para instruir a sus hombres sobre el
comportamiento a seguir en las marismas si se quiere sobrevivir en
ellas.
—Somos una alianza de guerreros, arenas y caimanes —comenta
risueño; toda la cara se le arruga en una mueca, y sus ojos son dos
rajaduras brillantes solazándose con la venganza.
ES
En el campamento de Sangama se quedan esperando la anunciada
llegada de los gulamena sobrevivientes. Ante su demora, el jefe
arranca-cabezas envía una comisión para brindarles ayuda si la ne-
cesitan; ésta desaparece en forma inexplicable, igual a todas las
patrullas encargadas en los días siguientes de aventurarse por los
lados de las marismas.
—¡Se los tragó el pantano! —se escucha murmurar en voz baja.
Cuando los desaparecidos llegan al medio millar, Sangama re-
suelve actuar en persona, organiza una poderosa escuadra y al frente
de ella se dirige a las marismas: va a desentrañar el misterio de las
desapariciones.
Por la franja de tierra firme, cautelosos, vigilantes, van bordeando
los pantanos. Pese a ello, de entre la enmarañada vegetación lacustre,
emergen y los sorprenden los duanabuká: atacan su retaguardia con
una primera andanada de flechas, y rematan con una escandalosa y
feroz carga cuerpo a cuerpo, armados de lanzas y mazas de piedra.
Se trenzan en violenta y corta lucha; los sangaramena de la vanguar-
dia y la parte intermedia, superiores en número, acuden en ayuda
de los atacados; las gentes del pelícano dejan de combatir, dan
media vuelta y huyen en dirección a las marismas; Sangama com-
prende tarde la táctica del enemigo, comandado por un ridículo
viejo disfrazado de guerrero: sus arranca-cabezas, en persecución
186 Bernardo Valderrama Andrade
de los duanabuká, se internan sin prudencia entre los juncos y caen
atrapados en las arenas movedizas; algunos logran asirse de las
ramas de los arbustos y son asaeteados por los demonios rojos de
Chole; otros escapan hacia las charcas y allí son devorados por los
caimanes.
Desde el camellón de tierra firme Sangama observa impotente y
rabioso el exterminio de su gente, víctimas de la ingeniosa estrategia
y en medio de la trampa mortal del pantano. Los gritos burlones y
triunfales del enemigo aumentan el escarnio de su primera derrota
en tierras de la Montaña Blanca. Ahora el jefe caribe reconoce estar
enfrentado a temibles adversarios: deberá desarrollar todos sus cono-
cimientos guerreros para no ser despojado de sus conquistas, O
exterminado. De regreso a su campamento recibe otras noticias
alarmantes: sus avanzadas han detectado el movimiento de una gran
fuerza adversaria en torno a los territorios dominados entre los ríos
Nyuba-Nyna y el Tapiraguana.
Noche de tinieblas. Sin estrellas. Sin Saxa-ti.
Murmujean los últimos impulsos de los oleajes entre los zancos
de las marismas. Sopla fresca la brisa.
Maromero como un mico sobre las raíces aéreas, seguido de sus
guerreros, el duanabuká sale a orilla del mar y se sumerge en las
aguas: necesita con el baño librarse del tormento de moscos y zan-
cudos del pantano, siempre ávidos de sangre. Luego, mientras sus
demonios rojos se lavan y comentan entusiastas las acciones victo-
riosas, Chole se queda quieto, de pie, con el agua a la cintura,
oyendo sus voces sin poner en verdad atención a cuanto dicen de
él: el falso rabón... Mira la noche: todo es oscuro en derredor y él
se siente como ella, pero en la eternidad, porque como hombre ya
no tiene amanecer. El nuevo día, la luz, la felicidad, se marcharon
con su mujer, sus hijos y sus nietos sacrificados por los arranca-
cabezas. Y él los está vengando: sí, ciento por uno; así, de cada
matanza entre los sangaramena quede con más deseos de vindicta,
y menos paz. Acongojado, de pronto recuerda los razonamientos
de Ulaban, el kashingui: a él.. no le gusta matar.
El gran jaguar 187
ES
En el campamento de los caribes cobra dimensión una leyenda: la
de los demonios rojos del pantano, que obedecen órdenes y siguen
a un viejo brujo con apariencia de rabón tairona.
XXX
Esa noche en Teyuna, mientras el naoma hace adivinaciones, Nyuba-
Aluna desciende solitaria por la prolongada gradería, eje central de
la inmensa y fortificada urbe de las montañas. Los habitantes de la
ciudad duermen en sus nunhúes, y con excepción de la sacerdotisa,
sólo transitan por caminos y graderías los ágiles y esbeltos segi,
venados, llegados de lo profundo de la selva a calmar la sed en las
pocetas de piedra de la tukua, abajo de la sonora y alta cascada.
Seguida de ellos, la muchacha baja hasta la Piedra de los Símbolos,
empotrada en la eminencia de una pequeña plazoleta. En esta roca,
dicen los naomas, los Antiguos trazaron un jeroglífico cuyo signifi-
cado todavía no han interpretado los sabios.
Con la luz de Saxa-ti sacando destellos pálidos a sus cabellos, a
sus hombros de bronce y alos adornos de oro que cubren su desnudez,
Nyuba-Aluna se hinca reverente ante el mensaje de la piedra, aprieta
entre los dedos la Hagu-Maui-Nauiendi, Piedra Nube-Cielo, e in-
quieta se pregunta: ¿Qué misterio guarda esta cuenta arrancada por
el kashingui del cuello de su madre en el momento del rapto? Y
con la vista fija en la Piedra de los Símbolos, invoca todos sus
poderes mentales en la urgencia por desentrañar la verdad. ¿Por qué |
Ulaban, siendo un caribe, tenía en su poder una piedra sagrada para
las gentes de su raza? |
Amanece en la ciudad de los sewá y las cuentas-kuitsi.
Las mujeres acompañantes de Nyuba-Aluna la encuentran exte- |
nuada frente a la Piedra de los Símbolos. La despiertan, le dan
bebidas para reanimarla, le recuerdan la necesidad de continuar el |
viaje. En la Plazoleta de la Piedra del Sapo, de pie sobre el más |
alto peldaño de la escalera triangular, Mama-Teyuna observa al
A ———=—= 2
188 Bernardo Valderrama Andrade
Espíritu de Oro de los Taironas, sin poder apartar los ojos de la
Piedra Nube-Cielo que tanto lo intriga.
—En Moraca encontrarás respuesta a esa pregunta que no me has
formulado y es el secreto de la Hagu-Maui-Nauiendi —le dice con
aire severo y misterioso, a manera de despedida.
Apremiada por descubrir la verdad sobre la cuenta de Ulaban, a
Nyuba-Aluna le parece interminable ese viaje por las montañas. El
primer día de caminata en travesía hacia Nui-Ashkuan, el Oriente,
dejan atrás a Suguingacha y Alabatageha, dos de los muchos pobla-
dos satélites de Teyuna; para la segunda jornada llegan a Seratavinka,
centro ceremonial a orillas del Ulueiji-tukue, y dos días después
hacen su entrada a Cherrúa, en las riberas del Hukumeiji-tukue,
donde encuentran a los sacerdotes haciendo adivinaciones relaciona-
das con la aparición de unos kaxshigugulu, cuya presencia inquieta
a las poblaciones de las montañas; estos jaguares rojos han capturado
a dos mujeres, una de ellas la hermana del cacique Seoname-maku,
y otra desaparecida en Taminaka.
Durante cuatro días con sus noches, hay bailes, adivinaciones,
se ingieren comidas y bebidas ceremoniales dentro de las nunhuañ-
kalas; de todos estos ritos, los más espectaculares son los realizados
en las noches, a cielo abierto, con Saxa-ti alumbrando las majestuo-
sas cumbres congeladas de Citurna; allí se siente cerca, como en
ninguna otra parte, la presencia de Haba Séinekan, la Madre Univer-
sal. En todos los actos participa Nyuba-Aluna, abrumada por una
inquietud creciente en razón del secreto escondido en la Hagu-Maui-
Nauiendi, engarzada a uno de sus collares.
La peregrinación continúa por la región de los páramos, siempre
en dirección al lugar donde aparece Surli en las mañanas. Llegan
así, a través de riscos y pajonales, hasta la cabecera del Guamoea-
tukue, próxima a los centros ceremoniales de Takina y Makotama,
donde tienen noticias cada vez más alarmantes sobre los jaguares
rojos. Ello hace que las ceremonias nocturnas estén acompañadas
de tensión: los kaxshigugulu pueden estar rondando fuera de los
templos y las viviendas. También reciben informes de la guerra: los
taironas y los aliados han iniciado la batalla contra los arranca-cabe-
zas.
Cuando al fin parten para Moraca, escalando la Cuchilla Sapapan-
gúega, marchan con la rara sensación de no ser los únicos viajeros
El gran jaguar 189
del páramo: sus ojos van de un lugar a otro, desconfiados y alertas
entre las altas lomas y los valles escondidos, a veces salpicados con
los espejos azules de la Lagunas Sagradas. Temen descubrir la
presencia de los jaguares rojos, agazapados entre los pajonales do-
rados, O acechando detrás de los pedruscos. La escolta de rabones
forma ahora un apretado círculo de protección a las mujeres. Dejada
atrás la Laguna Chirigua, donde depositan ofrendas a Naboba, Madre
de las Lagunas, buscan un sitio para pasar la noche bajo los abrigos
rocosos del Cerro Angimaloa, de altas cumbres que se congelan en
las madrugadas. Encontrado el refugio, con las últimas luces del
día los rabones recolectan nebelda, afelpadas hojas de frailejón, y
con ellas cubren el piso en un rincón del cubil: quieren formar un
colchón para Nyuba-Aluna y sus acompañantes.
En torno a una fogata se entregan al descanso, comen bollos de
eibi, maíz, frutillas picantes de mugua, ají, para reactivar la circu-
lación de la sangre, caracoles, uvas silvestres recolectadas durante
la marcha, y como bebida chibil-djía, chicha de maíz, o vino de
inchi, yuca, de la provisión de los calabazos transportados dentro
de mochilas de pita. Comienza a soplar un viento fuerte, helado,
proveniente de las alturas, y con él llegan neblinas y ramalazos de
ventiscas que todo lo invaden, se cuelan dentro del abrigo rocoso,
transforman la noche en un tormento frío, y de tensión por la temida
presencia de los kaxshigugulu. Las mujeres, apretadas unas contra
otras, se protegen bajo un:montón de hojas de hukungaka; las pro-
visiones son colocadas en otro rincón, y los rabones, en misión
protectora, se apostan a la entrada con las armas dispuestas. Mastican
hojas de coca, poporean, confiados en mantenerse despiertos y aler-
tas, sin dejarse aprisionar por las ataduras del hielo. A la madrugada,
el frío y el sueño se apoderan de sus cuerpos, y pese a sus esfuerzos,
poco a poco, van cayendo en incontrolado sopor.
Con el amanecer, y los primeros rayos de Surli sacando destellos
anaranjados a los picos gélidos del Angimaloa, los centinelas despier-
tan, recobran sus movimientos, la consternación cunde entre todos:
dos de ellos han sido golpeados y, arrastrados fuera del abrigo
rocoso, permanecen inconscientes; parte de las provisiones y los
calabazos con bebida desaparecieron; y lo que es peor, una de las
servidoras de Nyuba-Aluna tampoco está dentro del refugio. La
prueba es inequívoca: grandes huellas de jaguares en los alrededores.
190 Bernardo Valderrama Andrade
—¡Los kaxshigugulu!. ¡Los jaguares rojos! — prorrumpen en
coro mujeres y rabones, aterrorizados con la visita y saqueo de los
ya legendarios felinos.
La búsqueda exhaustiva por los contornos no produce ningún
resultado. Consternados, deciden continuar la marcha hacia Moraca,
en travesía por las lomas cubiertas de pajonal y bosquecillos de
altos hukungaka florecidos de amarillo. Nyuba-Aluna, impactada
por la pérdida de su servidora y la cercanía de los jaguares, parece
desprovista de sus raros poderes: camina ahora con los ojos abiertos,
temerosa y desconfiada. Para el mediodía hacen su entrada a la
ciudad sagrada, en medio de un ruidoso recibimiento de sacerdotes
y aprendices de naomas, hombres y mujeres, encabezados por
Naoma-Kavi muru nakubi, y Mamanosensio, maestro de maestros
en el gran centro de aprendizaje.
El relato de los peligros vividos en el páramo llena de preocupación
a los habitantes de Moraca: sin pérdida de tiempo los naomas se
encierran en las nunhuañkalas masculinas y femeninas para adivinar
El centro ceremonial, edificado sobre una sucesión de terrazas encin-
turadas con murallas de piedra, comunicadas con escalinatas, se
convierte en una gran kama, fuerza espiritual, para interpretar lo
sucedido en el abrigo rocoso del Cerro Angimaloa: ¿Se atreverán
los jaguares rojos a incursionar en la propia ciudad sagrada? . El
solitario trabajo del Naoma-Kavi en el templo mayor permite a
Nyuba-Aluna disponer de tiempo para reencontrarse con Mamano-
sensio, su maestro en el pasado. De aquella época de niña le quedó
un recuerdo grato y bello; y cuando vuelve a estar frente al viejo
preceptor, comprende la intensidad de su cariño hacia él. Ya a solas,
Nyuba-Aluna le confiesa su amor y entrega al kashingui, y le muestra
la Haga-Maui-Nauiendi, esperanzada porque conozca su origen. Al
ver el pendiente, el sacerdote se queda pensativo: las revelaciones
de su antigua discípula lo tienen conturbado: a ella no le era permitido
ceder a las pasiones, ni doblegarse ante la fragilidad humana. Con
la cabeza inclinada y la barbilla enterrada en el pecho, Mamanosensio
busca una explicación que pueda justificar la caída del Espíritu de
Oro. Su condición de maestro le facilita medir la sensibilidad humana
y descubrir los secretos del alma, con sólo posar sus ojos en los
rostros de sus alumnos. Su larga vida, dedicada al sacerdocio, le
permite ser la expresión perfecta de Aluna, el Espíritu. Ahora, al
El gran jaguar 191
ver a la muchacha doblegada a sus pies, la evoca cuando de pequeña
fuera traída a Moraca: debido al color de sus ojos, el entonces naoma
de Buritaca la separó de sus padres y la trajo al centro ceremonial
para ser educada como sacerdotisa, y él debió hacer las veces de
padre y maestro, amándola con especial predilección. Al revivir
aquellos días ya lejanos, la toma de las manos, le sonríe, la estrecha
entre sus brazos y le murmura al oído:
—Na abuldu Nyuba: no necesitas estar afligida. Ven... te enseñaré
algo que alejará tu tristeza.
Con dificultad Nyuba-Aluna esconde su desconcierto: esperaba
de su maestro un reproche y éste, en cambio, le prodiga más afecto
y la llena de esperanza.
—¡Mamanosensio!
Por el camino-gradería que cruza la ciudad ceremonial y pasa
frente al gran trono de la Madre Universal, ascienden hasta el lindero
superior de Moraca, donde la calzada se vuelve un estrecho sendero,
accediendo en zigzag hasta los paredones de roca del Tukumena,
el Cerro de los Manantiales, sonoro con el tintineo cristalino de sus
cien cascadas. Empapados bajo ellas, Mamanosensio conduce a la
sorprendida Nyuba-Aluna hasta la boca de una gruta disimulada por
matorrales y musgos prendidos de las paredes. Se introducen en ella
y, por un angosto laberinto, desembocan a una cámara iluminada a
medias por la luz filtrada a través de una grieta del techo. Permanecen
unos instantes quietos, acomodan la vista a la penumbra, la muchacha
descubre amontonamientos de vasijas y copas de cerámica, donde
alumbran figuritas de oro o espejean las superficies pulidas de arru-
mes de cuentas-kuitsi, collares de ágata y cuarzos de colores.
— Aquí —explica el maestro— se guardan las ofrendas a Haba
Séinekan, traídas desde todos los rincones de Keka-Bunkua.
Y sin perder un instante busca entre ellas algo definido. Cuando
lo encuentra, se incorpora y lo pone en manos de Nyuba-Aluna,
con una satisfacción muy especial reflejada en su rostro.
—¿Qué es esto?... ¿Cómo puede ser? —balbucea la joven al ver
entre sus manos un gran pectoral de cuentas Hagu-Maui-Nauiendi.
—Y mira esto —Mamanosensio extiende el precioso adorno ante
sus ojos y le resalta el lugar donde falta un pendiente—. ¡Y tú lo
tienes!
192 Bernardo Valderrama Andrade
E XE>R
Sobre la superficie lisa de la Haggi-Koktuma, Mamanosensio ha
colocado el pectoral de piedras nube-cielo: lo componen cerca de
un centenar de cuentas tubulares, redondas o en forma de lágrimas,
blancas y azules, de un brillo y acabado perfectos, intercaladas con
sapitos, jaguares y pequeñísimos cascabeles de oro. Es uno de esos
magníficos adornos de los taironas, producido por la maestría de
los mejores talladores y orfebres, destinado sólo a grandes persona-
jes. Nyuba-Aluna, de pie ante el gran trono de la Madre Universal,
mira hipnotizada el pectoral y no atina todavía a comprender. Con
voz susurrante el sacerdote la insta:
—Haz tu ofrenda.
La muchacha desprende de su gargantilla de oro la cuenta de
Ulaban y la coloca en el lugar donde existe el vacío. Luego se
vuelve al maestro interrogándolo con sus pupilas doradas:
—Mamanosensio... ¿Entonces él?...
El maestro de Moraca asiente con una sonrisa, abre los brazos,
la recibe y la estrecha contra su pecho.
—-.. Es una historia larga... muy larga: de una cacica yarineke
y su hijo, del otro lado de estas montañas, mujer de un gran jefe
wiwa, Hermano Mayor nuestro. Ulaban también es tairona... Será
tu hombre y ya nadie lo impedirá.
XXXI
Las lúgubres voces de la hung-subalda tocadas a un mismo tiempo
en muchos lugares de la Sierra Nevada, sirven de orden de ataque
a Seoname-maku para lanzar sus fuerzas contra los sangaramena.
Es un enorme y mortal abrazo, que comienza a apretarse sobre el
campamento caribe. Al Oriente, lo conforman los escuadrones dua-
nabuká al mando del cacique Avincuo, bajando enardecidos por el
Tapiraguana-tukue; en el medio, al descolgarse como una avalancha
de la Cuchilla Nukui, o saliendo por el cañón del Nyuba-Nyna a
manera de embravecida creciente, atacan los kogi y los aldu-guiji
El gran jaguar 193
comandados por Lazama y Malabú; y completando el cerco por el
Occidente, el asalto lo realizan los ejércitos taironas, reforzados por
Chole y sus demonios rojos de la marisma. Estratega y jefe de todos
es el cacique Jaguar Negro, al frente del más bravo grupo de rabones.
Según lo convenido, estas fuerzas tomaron posiciones en las mon-
tañas y la llanura del litoral, esperando antes de lanzarse al combate
las noticias sobre Ulaban. Desalados, los emisarios corrieron una y
otra vez desde el cuartel general de Seoname-maku hasta los cam-
pamentos de Avincuo, Lazama, Malabú, Toconcique y Buihona, a
fin de aplazar el ataque. Quería el cacique-guerrero, previendo de-
moras o contratiempos en la misión del kashingui, darle otra opor-
tunidad. En nyi, el mar, también Kashín tenía la flota en posición
de ataque: encerraría a Sangama si intentaba retirarse por esta vía.
Cumplido el plazo pedido por Ulaban, Seoname-maku lo alarga
todavía más: los límites de tiempo se prolongan en forma indefinida:
tensión, impaciencia, deseos por lanzarse al combate, se apoderan
de todos. La espera, los sucesivos aplazamientos, se tornan en irre-
sistible tormento: ya es imposible contenerlos más; y seguir conti-
nuando el asedio, sólo da ventajas y oportunidades a Sangama. Con
el ceño fruncido, torvo, impaciente ante la falta de noticias de
Ulaban, el Jaguar Negro no tiene otra alternativa que entregar a los
emisarios las Flechas de Heisei, ornadas de plumas azules. Cuando
según sus cálculos cada jefe ha recibido la propia, él hace sonar a
un tiempo las nung-subalda, voz de marcha de los ejércitos.
Es el anochecer.
Saxa-ti mira de frente y muestra su salpicada cara sobre el hori-
zonte montañoso de la Sierra. Desde antes de llegar la oscuridad,
ya estaba allí, como a la espera, observando las posiciones defensivas
de los sangaramena, erizado abanico de lanzas en toda la extensión
de la llanura; y en torno a él, en rápido avance, las huestes al mando
del Jaguar Negro.
Desde las alturas montañosas, y por los cursos de los ríos Tapi-
raguana y Buhía, como un vendaval, llega la voz ronca y profunda
194 Bernardo Valderrama Andrade
de las nung-subalda, canto de vida y muerte... de victoria y derrota.
Y simultáneo con ellas, el estallido de una tormenta:
—;¡Heisei!... ¡Heisei!
Es de nuevo el grito que incita al ataque. La tenaza se cierra. Y
por respuesta, se escuchan las voces belicosas y altisonantes de los
caribes. Se suceden las primeras escaramuzas: los combates cuerpo
a cuerpo revisten inusitada ferocidad. Silban en el aire mortales
lluvias de saetas envenenadas; las incendiarias destellan como pin-
celadas de fuego, arcos luminosos elevándose de las formaciones
atacantes hacia los emplazamientos de los arranca-cabezas. Por pri-
mera vez las gentes de Sangama encuentran adversarios tan aguerri-
dos como ellos mismos. ¡Los guerreros de Keka-Bunkua!
Así estuvieran esperando el asalto, el primer choque es tan arro-
liador que los sangaramena ven comprometida su solidez: cada dua-
nabuká, cada aldu-guiji, cada kogi, cada tairona, parecen cumplir
venganzas personales por mucho tiempo esperadas. Esa noche y
muchas siguientes, durante las veleidosas manifestaciones de Saxa-ti
mirando de frente, de lado, ocultándose, otra vez de lado, de nuevo
de frente, y también al paso de los días y a la vista ardiente de
Surli, la llanura del litoral se transforma en un infierno: la posición
de las líneas de combate cambia de continuo, avanzan, se repliegan,
se retuercen, se entremezclan, se confunden: semejan nudos de
serpientes humanas, girando sobre sí mismas en un proceso san-
griento de exterminio: son oleajes multitudinarios acosándose, des-
truyéndose, partiéndose, aniquilándose.
—¡Heisei!. ¡Heisei!
El fragor continuado de los combates, los gritos coléricos de los
guerreros, los cantos de triunfo, el sonar de las trompetas y los
tambores, los lamentos de los heridos, el crujir de huesos partidos
o cráneos aplastados, se elevan sobre las copas de los árboles, se
arrastran por la sabana, hacen vibrar la tierra, a la manera de mane-
gungu, el rugido subterráneo, lanzado por Kamansa, el Terremoto.
Un olor nauseabundo, proveniente de los cuerpos insepultos, viaja
con los vientos marinos hacia el interior de la Sierra, es el mensaje
luctuoso para los habitantes de la Montaña Blanca, de cuántos y
cuántos seres humanos ya han perecido en la conquista y defensa
del territorio. Para entonces, Sangama ve diezmada sus fuerzas y
considera la posibilidad de escapar por el mar
El gran jaguar 195
Acostumbrado a la victoria, el líder de los caribes no se resigna:
intenta raudos e incisivos contraataques, una y otra vez rompe el
cerco, penetra las líneas, causa, mortandades y desconcierto, pero
de inmediato, como si brotaran de la tierra, las huestes del Jaguar
Negro cierran las brechas y obstruyen a sus guerreros.
—.¡Heisei!. ¡Heisei! —es el grito de respuesta de los taironas a
sus esforzados intentos por cambiar el curso de la batalla, voz de
muerte que comienza a serle un suplicio insoportable.
Cuando las fuerzas de Sangama comienzan a replegarse hacia su
campamento principal de la orilla del mar Seoname-maku presiente
la victoria: ha llegado el momento de enviar emisarios a Moraca
para pedir a Naoma-Kavi su presencia durante las últimas escenas
de la batalla. Cuatro relevos corren hasta reventar subiendo por el
cañón del Nyuba-Nyna, y para la noche entregan a muru nakubi la
importante noticia. De inmediato, el gran sacerdote da instrucciones:
a la mañana siguiente partirán, y Nyuba-Aluna formará parte de la
comitiva. Luego, con los sacerdotes y aprendices de Moraca, se
inicia una solemne ceremonia en torno a la Haggi-Koktuma, al son
de trompetas, flautas de carrizo y tambores. Es el anticipo a la
celebración por el triunfo sobre los invasores de Keka-Bunkua.
Emocionada y feliz, Nyuba-Aluna baila como nunca: volverá a
encontrarse con Ulaban, lo sorprenderá con el descubrimiento sobre
su origen gracias a la Piedra Nube-Cielo, y lo amará y amará...
ES
Desde su puesto de mando en el frente de batalla, al tomar un reposo
en la extenuante y larga lucha, Seoname-maku recibe los partes de
batalla enviados por los caciques-comandantes. Como fuera pianea-
do, Avincuo, Lazama, Malabú, Toconcique y Buihona, cumplidas
sus metas, ocupan posiciones consolidadas alrededor del campa-
mento de los arranca-cabezas. A una nueva orden del Jaguar Negro,
empieza el asedio final contra las huestes de Sangama. Ahora se
mezclan fuerzas de taironas, kogis, aldu-guijis y duanabukás, ven-
cedores y sobrevivientes de los cruentos combates librados en los
días pasados: son un apretado, vengativo y enardecido círculo dis-
puesto para el último y definitivo asalto. En Keka-Bunkua, en el
196 Bernardo Valderrama Andrade
pasado, nunca se libró una guerra de tal magnitud, ni la mortandad
de unos y otros fue tan elevada. Por igual, han caído caribes y
guerreros de la Montaña Blanca: diezmados están los ejércitos, pero
el destino de los sangaramena parece más incierto, condenados al
sitio por hambre, o al exterminio de no escapar por el mar.
De Ulaban no se tienen noticias y Seoname-maku y Kashín temen
por el resultado de su misión. Apremiado por esta circunstancia, el
cacique-guerrero ordenó tomar prisioneros y someterlos a interroga-
torios antes de ejecutarlos: ni el tormento despega los labios de los
arranca-cabezas: mueren desafiantes, en actitud heroica, sin dejar
escapar un lamento: hacen honor a su fama de valientes. Un arrogante
manicato capturado por el viejo Chole y sus demonios rojos, acepta
dar información al Jaguar Negro: ... Sangama supo de la derrota y
muerte de los gulamena por el único sobreviviente que logró burlar
las trampas mortales en las marismas. Al comprender el jefe caribe
la gravedad de los hechos, sin pérdida de tiempo inició preparativos
para enfrentarse a los taironas y sus aliados. Sus planes de constituir
una gran nación para su gente ya se desdibujaban: pero no serían
los habitantes de la Montaña Blanca quienes lo vencieran... Estaba
entregado a los aprestos bélicos, rumiando venganza por la muerte
de su hermano, cuando le anunciaron la llegada a puerto de una
solitaria canoa, y el mensaje de Ulaban pidiendo ser escuchado. Ya
tenía referencias del caribe por boca del propio Gula; y en su bohío,
rodeado de sus principales manicatos, lo recibió: la aparición del
kashingui, tranquilo, seguro de sí mismo, desprovisto de armas,
con sus razonamientos sobre la convivencia y el progreso, le produ-
jeron estupor y curiosidad, así su talante lo impulsara a desoírlo.
Oyó hablar de los duanabuká, la gente del pelícano, caribes como
ellos, llegados con anterioridad a Keka-Bunkua, a quienes gulamenas
y sangaramenas atacaron destruyéndoles los pueblos costeros, usur-
pándoles los territorios y robando a sus mujeres, en injustificada
respuesta a un recibimiento amistoso. En un pasado ya remoto, ellos
habían arribado a estas costas en forma pacífica, y tuvieron oportu-
nidad de cambiar sus costumbres de navegantes y guerreros por una
vida tranquila y próspera, en las llanuras y laderas al Oriente del
río Guamoea. Y también informó Ulaban a Sangama sobre el poderío
y la grandeza cultural de los taironas y sus aliados los kogi y los
aldu-guiji, organizados bajo la autoridad del Naoma-Kavi, ofrecién-
El gran jaguar 197
dole, si lo quería y aún era posible, servir de mediador con Seoname-
maku y los otros caciques, para detener esta guerra y buscar en
cambio un lugar dónde establecerse en forma pacífica. El jefe caribe
no se apresuró a responder, y hubo desconcierto entre los manicatos
acostumbrados a verlo actuar sin dilaciones. Parecía pensativo y
dudoso, cuando escuchó a sus capitanes expresar con vehemencia
la condena a muerte contra el kashingui. Al final, después del sus-
penso de su silencio, aplazó su determinación hasta el próximo
cambio de luna. En tanto, atado de pies y manos, ordenó encerrar
en un bohío vecino al suyo a quien se convertía en importante
prisionero; y volvió a dedicar la atención a los preparativos de la
guerra.
El relato del arrogante manicato sume al Jaguar Negro en la
preocupación: ahora, más que antes, está indeciso sobre el momento
oportuno para desatar la ofensiva final. Discute con sus consejeros,
envía un emisario a Kashín para enterarlo sobre las noticias de
Ulaban, y la ocasión es aprovechada por el prisionero caribe para
arrebatar la lanza de manos de uno de sus vigilantes e intentar agredir
a Seoname-maku. Sólo la rápida reacción del cacique-guerrero lo
salva de perecer en el atentado: el temerario arranca-cabezas es
dominado y sacrificado sin contemplaciones. A la vista del ensan-
grentado cuerpo del manicato, en sus últimos estertores, el Jaguar
Negro no muestra odio por su enemigo, sino un curioso y agradecido
sentimiento.
—¿Cuánto falta para el próximo cambio de Saxa-ti? —pregunta
a su consejero de asuntos astrales, un sabio nauma de su comitiva.
La respuesta es inmediata:
—-Un día y una noche.
Los ojos del cacique despiden destellos cuando comenta decidido:
—Con ese tiempo contamos para salvar a Ulaban. —Y señalando
al manicato muerto—. Si es que éste nos dijo la verdad...
ok ox
Desde su prisión, a través de los estantillos, Ulaban observa la
actividad en el campamento de los arranca-cabezas, y en especial
la de Sangama dando instrucciones, yendo de un lugar a otro, par-
198 Bernardo Valderrama Andrade
ticipando con frecuencia en los simulacros de combate. El cercado
de contorno ha sido reforzado y en los espacios libres se hincan
puntudos estacones, inclinados hacia afuera, para que en ellos se
claven los atacantes en sus arrolladoras embestidas; en sitios estra-
tégicos se amontonan flechas, lanzas, hachas y proyectiles de piedra,
y en otros, provisiones y bebidas para satisfacer el hambre y la sed
de los combatientes. El líder caribe es de una vitalidad inagotable,
ejerce la autoridad con un dominio total, donde no se admite la
réplica sino la ciega obediencia. Con frecuencia, para ejercitar la
puntería de sus arqueros y mantener enardecidos los espíritus, ordena
amarrar prisioneros a los postes del patio central, para hacerlos
asaetear en medio de los gritos delirantes de sus guerreros. Así se
desfoga la tensión acumulada por una realidad inobjetable: el cerco
tendido por los taironas y sus aliados, cada vez más estrecho y
amenazador.
Al atardecer, también Ulaban presencia los momentos de descanso
y de placer de Sangama, en su bohío sin paredes, donde los arcones
de sostén al techo cónico de palma, permiten pasar la brisa y la
vista de un lado a otro, sin ningún impedimento. Para entonces, el
gran guerrero sangaramena se cambia por un ser infantil, alegre y
tierno con sus mujeres: desnudo, luciendo su musculatura, sus cica-
trices y su virilidad, retoza entre ellas, las acaricia, las incita sin
medida, se entrega al placer de la comida y la bebida, comparte
con ellas estos deleites sin egoísmo; luego, ya a la luz de la fogata,
elige a una y la conduce a la hamaca para ser su compañera por
otra noche.
Otras veces, a la madrugada, Ulaban despierta con la sensación
de tener compañía en su bohío-prisión. Con el cuerpo entrabado y
dolorido, debido a la quietud forzada por las ataduras, encuentra a
Sangama observándolo, de pie ante la puerta, inmóvil como una
estatua. Cuando se siente descubierto, el jefe arranca-cabezas da
media vuelta y sale silencioso como un espectro. Para entonces el
Kashingui ha adivinado la lucha interior en la cual se debate: de lo
contrario ya hubiera ordenado matarlo y la venganza por la muerte
de Gula estuviera saldada, dentro de un juego simple de una vida
por otra. También lo sorprende otra madrugada, de cuclillas, ati-
zando las brasas para iluminar y calentar el recinto, confundido y
rabioso a la vez, con deseos de hablar, pero sin lograr vencer su
El gran jaguar 199
desproporcionado orgullo de jefe y guerrero. En la mirada, rehu-
yendo mortificado la suya, el kashingui adivina la duda, y esa
soledad abrumadora y a veces atormentada de los caudillos, quienes
a fin de cuentas no pueden, o no quieren, confiar en nadie; y apro-
vecha la oportunidad para acosarlo con sus razonamientos, enros-
trarle las equivocaciones cometidas en Keka-Bunkua, primero contra
sus hermanos duanabuká, y luego con las demás gentes, aldu-guijis,
kogis y taironas, e inclusive contra ellos, los kashingui. —No has
aprendido —le grita— otra cosa distinta a violar, saquear, incendiar
y matar; en consecuencia, como retribución, recibirás lo mismo.
Y le añade con tono profético:
— Actuando así, nuestra gente nunca va a encontrar un espacio
acogedor bajo el cielo de la Montaña Blanca. Estos territorios ya
tienen dueño: son de gentes organizadas, poderosas, de cultura su-
perior; dispuestas a defenderse; y quizás a compartir, si se desiste
de la guerra, igual a como en el pasado lo hicieron las gentes del
pelícano. así como lo hicimos los kashingui en época reciente; de
lo contrario, la suerte de los sangaramena será igual a la de los
arranca-brazos, y ello no implica que a los duanabuká y a los kas-
hingui se nos pueda tachar de traidores.
Sangama aprieta los labios: se los muerde y toda su cara se
transforma en un rictus bestial. Ulaban no necesita escuchar sus
palabras para adivinarle los pensamientos, cuando se pone en pie y
sale del bohío, acosado por sus argumentos.
La siguiente visita de Sangama al bohío-prisión ocurre esta vez
al atardecer, cuando terminadas las prácticas del día, pasa de largo
ante su vivienda y, sin mirar a las mujeres que lo esperan, se cuela
en forma intempestiva y resuelta a la choza del prisionero. Esa noche
comienza el cambio de luna.
—¡Cuénteme más de los taironas! —ordena autoritario, porque
no tiene otro acento, así su mirada no concuerde con el tono de
voz. En sus ademanes, en una sombra velándole los ojos, se hace
notorio cuánto le ha costado vencer su orgullo para hacer esta pre-
gunta.
El kashingui lo mira amistoso: comprende: presintió el cambio
en el pensamiento del jefe arranca-cabezas desde cuando lo vio ese
día en sus trajines marciales sin su habitual dinamismo; reemplazada
su concentración por un aire ausente, de quien tiene otras preocupa-
200 Bernardo Valderrama Andrade
ciones. Ahora, sentado en la banquita frente a él, Sangama se dispone
a dialogar de igual a igual, con un chispeo amistoso en los ojos, y
lo que en él es un inicio de sonrisa. Para entonces, en la lejanía,
como un sordo rumor en aumento, vendaval que se acerca y retumba,
se escuchan los trompetazos de las nung-subalda del Jaguar Negro.
El líder y el prisionero se miran sin poder ocultar la ansiedad... ¿Se
les habrá acabado el tiempo? Y Sangama se incorpora con gesto
rabioso:
—¡Nos atacan! —vocifera; y sin cruzar más palabras, sale como
una tromba del bohío para enfrentarse a los manicatos que corren
hacia él para recibir instrucciones. Todos, sin excepción, saben
llegada la última oportunidad: lo rodean, vociferan, hacen exigencias
en coro, discuten, forman un curioso tumulto en torno a él. Las
nung-subalda resuenan cada vez más próximas, son fondo musical,
lúgubre, al grito de guerra enardecido de los taironas... ¡Heisei!..
¡Heisei!
La orden de ataque, aplazada con intenciones de favorecer a Ulaban
y sus planes pacíficos, y también para dar tiempo al Naoma-Kavi
para llegar y presenciar el último y definitivo combate, es adelantada
para antes del cambio de faz de Saxa-ti. Ni Seoname-maku, ni
Kashín, ni ninguno de los caciques y comandantes quieren esperar.
Todos arden en deseos de exterminar hasta al último de los arranca-
cabezas, y concluir esta guerra ya tan larga y sangrienta. Y para el
Jaguar Negro y Kashín, es quizás la única forma de rescatar con
vida a Ulaban.
Suenan trompetas de caracol y nung-subalda tocadas al unísono;
retumban con especial vigor los tambores de dos membranas. Arries-
gando la vida como nunca, Seoname-maku encabeza el asalto final
contra los caribes, en medio del griterío atronador de sus guerreros...
—Heisei!... ¡Heisei!
La embestida reviste características desusadas: ahora son los tai-
ronas y sus aliados los más violentos: todo lo arrasan... todo lo
incendian... todo lo destruyen. Bajo sus armas caen los sangaramena,
descuartizados, vueltos piltrafas: ahora los combatientes del Jaguar
El gran jaguar 201
Negro son demonios rojos y cuentan a su favor con la superioridad
numérica. Nunca antes Sangama se enfrentó a enemigo tan violento
y arrollador, y recuerda las palabras proféticas de Ulaban, el kashin-
gui... El quiso creerle, pero ya era tarde. En medio del ulular, de
los gritos de cólera, de los ayes, sus esforzados arranca-cabezas
ceden terreno al verse encerrados, al ser aplastados y aniquilados.
Sólo las mujeres y los niños refugiados en un lugar del campamento,
ya controlado por los taironas, escapan a la espantable carnicería.
—¡Heisei!... ¡Heisei!
En medio de la batalla, Chole y un grupo de demonios rojos
tienen por encargo buscar a Ulaban y rescatarlo de las manos de
sus captores; no lo hallan por ningún lado, ni dentro de los bohíos,
ni entre las ruinas de los incendios, y tampoco entre los heridos o
los muertos regados por un lado y otro. Su suerte es un misterio,
así el viejo duanabuká guarde la esperanza de su salvación, aprove-
chando la confusión de la batalla.
La pérdida de la mayoría de sus guerreros obliga a Sangama a
cambiar de táctica y decidirse por la vía del mar, última oportunidad
de escapar con vida. Da la orden de retirada y se enfrenta a la proeza
de abordar las piraguas, hostigado por Seoname-maku, quien adivinó
sus intenciones. Pese a la oposición, culmina con éxito el intento,
desprende a mazazos a los guerreros del Jaguar Negro, aferrados a
las bordas acorazadas de sus naves. Algunos logran saltar dentro y
la lucha cuerpo a cuerpo se torna encarnizada, brutal, en tanto las
embarcaciones se alejan de la orilla y buscan la salida por el estuario.
Aquí ocurre lo inesperado para el jefe de los sangaramena: la flota
de Kashín es tanto o más numerosa que la suya, y le tiene taponada
la bocana.
En tierra firme la batalla se reduce a la persecución de los arranca-
cabezas para rematarlos. No vale rendición: ¡sólo la muerte! La
incertidumbre por la suerte de Ulaban abruma y enfurece a Seoname-
maku y a Chole; como no aparece por parte alguna, apenas queda
una esperanza: puede estar prisionero en una de las piraguas que
ahora intentan la salida al mar. Kashín es puesto sobre aviso y frente
a la desembocadura del Nyuba-Nyna ocurre el último episodio bé-
lico, al entablarse combate naval entre la flota de Kashín, airosa
con sus gallardetes azules ondeando en la punta de los mástiles, y
202 Bernardo Valderrama Andrade
la de Sangama, con sus racimos de cabezas humanas entrechocando
con macabro sonido al vaivén de las olas.
Con las velas henchidas de viento, las quillas al cortar y saltar
los oleajes, arremetiéndose de proa con violencia para abrirse boque-
tes en los costados, los navíos forman una rara maraña bajo el cielo:
semejan un enjambre de inmensos insectos devorándose en forma
implacable. Kashín, poseído de furia tan grande como si fuese una
montaña de Keka-Bunkua, teme por su compañero Ulaban. Corta
el paso a los barcos de Sangama, con atrevidas maniobras náuticas
los neutraliza, descubre el del jefe sangaramena, lo apareja y se
lanza de primero al abordaje. El duelo es de titanes, prolongado,
enfrenta la decisión del kashingui contra la desesperación suicida
del arranca-cabezas; al final lo doblega y herido lo toma prisionero.
—;Ulaban!.. ¿Qué ha sido de Ulaban? —interroga Kashín, la
maza en alto dispuesto a hundirle el cráneo. Sangama tiene una
mirada extraña; no aparta sus ojos del vencedor, no hay odio ni ira
en ellos, tampoco miedo; están fijos en el kashingui pero no lo
ven.. lo traspasan: es una mirada perdida, que trasciende en el
tiempo, e introspectiva a la vez: el sangaramena dejó de ser el feroz
arranca-cabezas.. ahora recuerda las palabras de Ulaban y su tardía
decisión para escucharlo. Le llegó el momento de recibir la cruel
violencia que siempre prodigó. .
Enardecido por el silencio de Sangama y su actitud impenetrable,
Kashín lo hace descender de la piragua, lo empuja, lo arrastra por
la playa y ya en mitad del patio central del destruido campamento,
lo obliga a hincarse y a morder el polvo, como acto de humillación.
Allí, reunidos, a la espera, están el Naoma-Kavi, Nyuba-Aluna,
Seoname-maku, Chole, los caciques-comandantes, varios naomas
y muchos de los triunfantes guerreros.
—¿Qué se sabe de Ulaban? —inquiere el Jaguar Negro. A su
lado, temblándole los labios, interroga con los ojos el Espíritu de
Oro.
—;¡Nada!... Pero éste debe saber... —Y Kashín señala a Sangama,
ahora incorporándose en actitud orgullosa, pese a sus heridas.
Todas las miradas se concentran en él: es el último sobreviviente
de los temidos arranca-cabezas; y pese a su condición de vencido,
desarmado, con la piel cubierta de heridas, apelmazadas sobre ella
la sangre y la arena, se ve imponente, inspira respeto con su corpa-
El gran jaguar 203
chón marcado por las cicatrices y los tatuajes. Altivo, con un rictus
trágico en las facciones, levanta la barbilla, mira retador a sus
triunfantes enemigos formando círculo a su alrededor: Naoma-Kavi,
el gran sacerdote dueño del poder en Keka-Bunkua; Seoname-maku,
el Jaguar Negro, su principal y valeroso rival; Kashín, causante de
su derrota final; Avincuo, cacique de la gente del pelícano, antiguo
hermano de raza, quien se le adelantó en esa concepción de un
territorio propio para los caribes en estas comarcas de la Montaña
Blanca; Chole, el viejo duanabuká, que marcó su primera derrota
en los pantanos; y esos otros caciques y guerreros, cada cual dis-
puesto a acabar con él y poner fin a la guerra... A todos los mira,
inconmovible, con heroica dignidad. Sólo cambia la fiera expresión
de su rostro cuando descubre a Nyuba-Aluna, hermosa, cubierta de
alhajas, la única de cuantos lo rodean, quien, en vez de mostrar
agresividad, lo contempla con la angustia asomada a sus pupilas
doradas, ojos como antes nunca viera, y en su actitud interrogante
parece esperar algo de él... Entonces recuerda a Ulaban, el kashingui:
Sí —piensa—, el tiempo también se acabó para mí... Y levanta la
vista y la clava en la parte alta de un poste, donde luce la cabeza
de un decapitado. Nyuba-Aluna sigue la mirada del arranca-cabezas,
reconoce en ella la de Ulaban, de sus labios escapa un grito desga-
rrador, prolongado, lacerante, que penetra al cerebro de sus acom-
pañantes y los estremece. Todos se vuelven hacia ella... la ven con
los brazos tendidos a lo alto, temblorosos, las manos crispadas, el
llanto bañándole el rostro. A tan desusada actitud del Espíritu de
Oro, imagen dramática del dolor, sin excepción siguen la dirección
de sus ademanes y descubren al descabezado... ¡Lo reconocen!...
Y a su vista se les reviven todas las tragedias, las crueldades y los
sufrimientos de la guerra. Petrificados, hipnotizados, se ven mirados
por Ulaban, el único entre ellos verdadero preconizador de la paz
y la convivencia.. y quien no merecía morir...
Un rugido, conjunción de ira y dolor, los obliga a bajar la vista
del último y pálido despojo del kashingui, con los ojos abiertos,
ensartado en la punta afilada del poste, para encontrarse ante otro
cuadro espantable. Es Sangama: aprovechó la distracción de sus
captores, echó a correr hacia uno de los estacones dispuestos como
mortales trampas contra los taironas, y se lanzó sobre la afilada
punta para morir en medio de estertores y convulsiones sangrientas.
¿Ei yy
204 Bernardo Valderrama Andrade
Los festejos de la victoria no tienen precedentes en Keka-Bunkua:
son multitudinarios y duran muchos días con sus noches. En todas
las aldeas, pueblos y en las grandes ciudades como Tayronaca,
Posigijeyca, Cincorona, Bonda, Ponkeica, se festeja el triunfo con
bailes, banquetes y bebezones. Diferentes son las conmemoraciones
en las ciudades sagradas de las montañas, donde todo se realiza
dentro de las nunhuañkalas, con adivinaciones, vigilias y ayunos.
En la escala de la jerarquía social y religiosa, el poder de los naomas
una vez más quedó confirmado: al intenso y efectivo trabajo en las
casas ceremoniales, se debió el respaldo sobrenatural de las Madres,
Padres y Dueños, para el éxito en las campañas bélicas. Las predic-
ciones al futuro revisten desbordante optimismo; el País de los
Taironas consolidó sus fronteras, su estructura social y política lo
convierte en la nación más poderosa y estable de Keka-Bunkua.
Según lo predice el Naoma-Kavi, el futuro será promisorio; así lo
ha visto en las estrellas.
Los relatos sobre las acciones guerreras contra ubatashis, gulame-
nas y sangaramenas, ya se adornan con el apasionante halo de las
leyendas, erigen en héroes casi míticos a quienes perecieron en la
guerra: Ulaban, el kashingui-tairona... Nomaregúey, cacique de
Tayronaca, muerto en lucha contra la gente de los ojos azules. Los
vivos, en tanto, reciben el reconocimiento de las gentes a donde
quiera que vayan: Seoname-maku el Jaguar Negro, Kashín, Avin-
cuo, Lazama, Malabu, Gitamaku, Toronomala, Buihona, y hasta el
viejo Chole y sus demonios rojos de las marismas, admirados por
todos. Son nombres consagrados para la historia.
En Tayronaca, el recibimiento brindado a Seoname-maku y sus
ejércitos es apoteósico. A él se añade otro hecho de orden familiar,
inusual y sorprendente en estas tierras de Keka-Bunkua: durante los
últimos días de la guerra, Ula-yang tuvo un feliz alumbramiento
triple, de una niña y dos varones; y ahora, a la llegada triunfal del
Jaguar Negro, la nueva madre lo espera emocionada, con los chiqui-
llos en sus brazos. A su lado, Haba-nay muestra su radiante orgullo.
El cacique-guerrero luego de saludar y abrazar a Ula-yang a la
vista alegre de la multitud, sorprendido se queda mirando a los
El gran jaguar .- 205
pequeñines. Uno por uno los levanta para que sean vistos; luego,
con su voz potente de comandante, pronuncia sus nombres:
—¡Muyubi!... ¡Donde nació el Espíritu! —exclama al tener entre
sus brazos a la niñita—; y la multitud repite entusiasta:
—;¡Muyubi!... ¡Muyubi!... ¡Muyubi!
Toma al primer varoncito, lo alza y grita con todas sus fuerzas:
—¡Ulaban! g
El público recuerda al kashingui y en forma emocionada corea:
—¡Ulaban!... ¡Ulaban!... ¡Ulaban!
Por último alza al segundo niño:
—¡Seiname!... ¡Jaguar Negro!
Y el gentío responde enloquecido:
—;¡Seiname!... ¡Seiname!... ¡Seiname!
De inmediato comienzan las danzas, se hacen sonar los shimunku
y los gaugi, pequeños cascabeles de oro y los pitos llevados dentro
de la boca.
xxx
A la noche, en la intimidad del hogar, al dejar en un rincón las
armas y los arreos de cacique-guerrero, Seoname-maku también se
despoja de esa responsabilidad que le implicó levar sobre sus hom-
bros el peso de la guerra y la vida de tantas gentes, Mira incrédulo
y maravillado a sus hijos y luego, con profundo agradecimiento, a
Ula-yang. De nuevo la paz y la alegría están en su rostro. Sin
embargo, en su voz queda un dejo de tristeza, mientras recrea la
vista en los pequeñuelos.
—Son los hijos de la victoria —comenta pensativo, envuelto en
emociones encontradas. Ula-yang lo abraza, lo-besa con la suavidad
de la brisa, lo interroga con los ojos. El continúa con acento nostál-
gico:
—jalá nunca vuelva la guerra... He quedado asqueado con ella.
Las alegrías de las victorias nunca compensan todo el dolor y el
sufrimiento desatados para conseguirlas.
Y al rechazar todo pensamiento sobre el pasado bélico, intenta
ser con Ula-yang el amante tierno y apasionado de los primeros días.
206 Bernardo Valderrama Andrade
xk *
Durante tres fases de mirar la veleidosa Saxa-ti, y uno de esconderse
a la vista de todos, permite el Naoma-Kavi descansar a Seoname-
maku de sus obligaciones como cacique de Tayronaca. Pasado este
período, de nuevo es llamado a reunión en la nunhuañkala, donde
lo espera el muru nakubi acompañado de los principales naomas y
caciques del Valle de Tairona, de las ciudades de las montañas, y
de los centros poblados del litoral. Concluida la guerra, es imperioso
dar a la nación un gobierno apropiado para los tiempos de paz,
donde el cuidado de las fronteras será una de las prioridades; Kashín,
al mando de su flota, recorrerá las costas de Keka-Bunkua para no
volver a ser sorprendidos por los caribes, y extenderá los patrullajes
al Occidente, frente a las regiones de Chairama, Taganga, Bonda,
Betoma y Posigiieyca, algunas de ellas más allá de la esquina nor-
occidental de la Montaña Blanca.
Las migraciones caribes, eso ya lo saben, no se detendrán: estos
audaces aventureros del mar seguirán llegando en sus veloces, esbel-
tas y acorazadas piraguas; para controlar sus arribos, se les mostrará
el poderío de Kashín frente a las costas, y la organización en tierra
de los taironas y sus aliados, motivos suficientes para disuadirlos
de sus intentos de conquistas violentas. Los padecimientos de la
guerra y la sangre derramada no serán en vano. Por largo tiempo,
así lo han adivinado los naomas en las ceremonias nocturnas de las
nunhuañkalas, habrá paz y prosperidad para las gentes del País de
los Taironas y sus aliados.
Convenidos los asuntos del futuro gobierno, naomas y caciques
parten a sus diferentes lugares de origen: deben cumplir con sus
responsabilidades, en las cuales son autónomos, así exista un orden
económico interdependiente, resultado de la práctica común de sis-
temas, según las condiciones propias de cada región, y de sus pro-
ductos especializados con destino al comercio. En lo militar, cada
cacique mantendrá cuerpos armados dispuestos en un momento de
emergencia a conformar un poderoso ejército, así como acaban de
hacerlo con resultados tan efectivos. Sólo en lo religioso habrá
sujeción permanente a una autoridad: la del Naoma-Kavi muru na-
kubi, con poder sobre todos los territorios y todas las gentes de
Keka-Bunkua.
El gran jaguar 207
Un asunto queda por resolver: el de los kaxshigugulu merodeando
por los alrededores de la Cuchilla Sapapangiega, arriba de Moraca,
desde donde bajan a saquear los poblados y atemorizar a las gentes.
Y el Naoma-Kavi, con su aspecto severo, recuerda al Jaguar Negro
su misión de cazarlos y darles muerte.
XXXII
—¿Por qué tienes que sacrificarlos?
—El Naoma-Kavi lo ordena... así lo adivinó en la Nunhuañkala.
—Pero.. ¿no son suficientes todas esas muertes ocurridas durante
la guerra? Decías que estabas hastiado por tanta sangre derramada.
—Yo sí. mas no el muru nakubi.
Ula-yang insiste: quiere convencer a Seoname-maku para encon-
trar razones valederas y desistir de esa nueva empresa de violencia
y muerte. No desea sufrir otra vez la incertidumbre por su ausencia;
además, de un tiempo para acá, sueña con su cuñada Meli-ang, a
quien ve feliz con el ubatashi y su hijo.
—¿Acaso no lo has pensado? .. Uno de los jaguares rojos debe
ser Ubatashi-thor: por eso vino a Tayronaca.. a llevársela junto con
Suku-thor.
—También lo creo. Pero no debo oponerme: el destino de los
ubatashi quedó trazado en las estrellas cuando pasó el Gran Jaguar,
y nada podré hacer para cambiarlo.
A la puerta de su nunhúe, ante la vista melancólica de Ula-yang,
Seoname-maku apresta otra vez las armas. No lo hace con entusias-
mo, mas sí con especial cuidado: en ello puede irle la vida. Para
esta expedición no portará ninguna de las insignias de cacique:
vestirá apenas el manto de los taironas corrientes. Cuando todo
queda listo, da una última mirada a sus hijos y abraza a la acongojada
Ula-yang.
—No te aflijas.. quisiera no hacerlo, pero es mi obligación de
Jaguar Negro.
Para entonces se presenta el viejo Chole, a quien mandó llamar
desde el reconstruido poblado de Buya, donde ahora es importante
208 Bernardo Valderrama Andrade
personaje. Conocedor de todos los caminos de Keka-Bunkua, el
duanabuká y un rabón de nombre Cutame, serán sus acompañantes
en esta nueva misión. Con ellos parte por el camino que tiempo
atrás recorrieran los fugitivos hombres-felinos, para subir a las mon-
tañas.
Antes de ascender al páramo y a la Cuchilla Sapapangúiega, hace
escala en Moraca, donde presenta ofrendas a la Madre Universal en
la Haggi-Koktuma. Allí vuelve-a encontrarse con Nyuba-Aluna:
solitaria, vive en uno de los templos femeninos del centro de ense-
ñanza religiosa; ya su rostro no es el del Espíritu de Oro de los
Taironas, ese ser dotado de especiales poderes; ni cubre su hermosa
desnudez con alhajas de oro y pedrería; y tampoco permanece con
los párpados cerrados y el aire dormido y distante, que a todos
admiraba e infundía respeto. Nyuba-Aluna viste ahora: una saya
blanca, como cualquier mujer tairona de las montañas, y su aspecto
es el de una joven más, golpeada como muchas de Keka-Bunkua
por la tragedia de la guerra. Ni Mamanosensio con sus consejos,
pudo cambiar su actitud inconforme, rebelde, de impugnación hacia
su malhadado destino; lo manifiesta con el gesto permanente de las
comisuras de sus labios hacia abajo, el aire nostálgico, en los pómu-
los los surcos de muchas lágrimas derramadas, y en la bella pero
triste expresión de sus ojos dorados, el reflejo del profundo drama
de su vida.
Con. Seoname-maku sostiene prolongadas entrevistas; a ellas, a
veces asiste el maestro-de maestros Mamanosensio. Nyuba-Aluna,
igual que Ula-yang, tampoco reconoce válida la razón para perseguir
y dar cacería a Ubatashi-thor, y poner en peligro la vida de Meli-ang
y su hijo; y pide al maoma de Moraca use de.sus poderes como
sacerdote para liberar al Jaguar Negro del cruel encargo. En Moraca,
la realidad de los kaxshigugulu es muy diferente a como se ve en
la capital tairona: la cercanía a la Cuchilla Sapapangiega ciñe más
a la verdad los relatos sobre los jaguares rojos; éstos no atacan a
los viajeros del páramo, y ninguna otra mujer ha sido raptada; se
limitan-a deambular en las noches por los pueblos cercanos, para
El gran jaguar 209
buscar alimentos en los huertos y campos de cultivos; y las gentes,
ya acostumbradas a ellos, evitan los daños al dejarles comestibles
a las puertas cerradas de los nunhúes. De Meli-ang, de la compañera
de Nyuba-Aluna, y de la mujer robada en Taminaka, sólo se sabe
por haberlas visto a lo- lejos, al cruzar las inmensas planicies de los
pajonales en pos de los jaguares rojos, una de ellas con un chiquillo
a las espaldas. z
Mamanosensio lleva varios días con sus noches adivinando en la
Nunhuañkala; Nyuba-Aluna lo asiste, le prepara y le lleva los alimen-
tos y bebidas rituales, mientras Seoname-maku espera impaciente:
Saxa-ti ya va a mirar de frente y según la experiencia, es el tiempo
oportuno para cazar felinos en el páramo. Esta circunstancia lo
decide y a la madrugada parte de Moraca, sin más compañía que
Chole. Los habitantes del pueblo ceremonial, como es costumbre
en las horas de oscuridad, permanecen dentro de los templos en sus
trabajos de adivinación y aprendizaje. Cuando hacia Noa-Nashika,
el Sur, se recortan contra el cielo gris los filos dentados de los
cerros, tocantes sus sugestivos nombres con el significado mítico
de las cabeceras del Nyuba-Nyna, aparecen blancas y diminutas en
la distancia las siluetas del Jaguar Negro y el viejo Chole: portan
largas lanzas de macana, saltan ágiles sobre los peñascones al borde
mismo de los abismos. Su destino no tiene otra interpretación que
el cumplimiento de las órdenes del Naoma-Kavi, así sus sentimientos
aborrezcan esa misión. En esta oportunidad, Seoname-maku no as-
pira a ninguna ventaja. Oyó hablar de dos kaxshigugulu y en conse-
cuencia sólo lleva de acompañante al duanabuká. El enfrentamiento,
si llega a ocurrir, será de igual a igual; la edad de Chole no es
desventaja: eso ya fue probado por muchos caribes muertos durante
la guerra.
Situados en lugares escondidos y casi inaccesibles, están los abrigos
rocosos donde se guarecen Ubatashi-thor y Walla, el primero con
Meli-ang y su hijo, el segundo con las otras dos mujeres. Viven.en
cuevas independientes pero vecinas, para prestarse oportuna y soli-
daria ayuda en caso de requerirlo.
210 Bernardo Valderrama Andrade
Su territorio es el lomo de Keka-Bunkua, frecuentado por apresu-
rados viajeros en su paso de una vertiente a otra, o por contemplativos
sacerdotes que vienen a presentar ofrendas a Naboba, la Madre de
las Lagunas, en los solitarios y bellos espejos de agua de Chirigua,
Machuin, Surivaca y Motihua, localizados entre las altas cumbres
labradas por los vientos; allí tienen los ubatashi sus escondites, entre
grietas y cavernas, cachuleras disputadas a los osos, y hasta a los
mismos pumas; con las pieles de unos y otros, se visten y protegen
del intenso frío de las alturas. De estas grutas salen en las noches
de luna, cuando bajan a merodear por las aldeas en busca de provi-
siones; o en las horas tibias del sol, cuando el páramo se despeja y
pueden gozar de amplísimos panoramas, con la seguridad de no ser
descubiertos por algún viajero.
En un principio, cuando escalaron el alto lomo de la Sierra Nevada
al Oriente de los picos blancos, Ubatashi-thor y Walla creyeron
escapar a la persecución de los taironas: tal la lejanía del mar y de
las tierras bajas de donde venían. La extensión de las panorámicas
no se comparaba en nada a lo hasta ahora conocido; y en algún
lugar de estas montañas y valles, pensaron, podrían encontrar un
paraje dónde establecerse sin sobresaltos, así se alejaran del mar y
de la esperanza de retornar algún día a su país natal. La realidad
no fue así: los lomos de Keka-Bunkua, a partir de la Cuchilla
Sapapangúega, y al otro lado, bajaban hacia vertientes densamente
pobladas por grupos humanos relacionados con los taironas. Para
orientarse, Ubatashi-thor estudió en las noches despejadas el manto
de las estrellas, igual a como lo hiciera en el pasado, desde el puente
de mando de su navío. Dedujo así su ubicación exacta, dentro de
la inmensidad terrestre posible de divisar temprano en las mañanas,
antes de la formación de espesas nubes originadas en los húmedos
cañones de los ríos: aquellos valles y montañas se extendían detrás
de la Montaña Blanca, hacia el Sur, y el mar sólo podía verlo si
miraba al Norte. Para no alejarse tanto de él y sus ilusiones, decidie-
ron escoger la Cuchilla Sapapangúega y sus alrededores como sitio
de habitación. Esto fue posible por la calidad pacífica de sus pocos
moradores, dados a una vida de ritmo lento, con pueblos donde se
podía incursionar en las noches sin el peligro de ser atacados. Una
verdad era indudable: el ambiente frío de las alturas, su aire ligero,
atemperaba el ánimo de los taironas.
El gran jaguar 211
La inusual presencia de Seoname-maku y Chole entre los pajona-
les, en plan de búsqueda y armados de largas lanzas de macana,
constituye para los ubatashi un motivo de recelo:
—¿Qué piensas de ellos? —pregunta prevenido Ubatashi-thor—.
Su actitud no es la de otros visitantes del páramo, interesados sólo
en superar los filos para bajar a la otra vertiente. Estos...
—Están buscando algo: pueden ser cazadores: aquí abundan los
venados, las dantas, fos osos y los pumas: ya nos hemos enfrentado
a ellos —complementa Walla, todavía sin preocuparse mucho.
—Tampoco podemos confiarnos —remata Ubatashi-thor, y pro-
pone no perderlos en ningún momento de vista, por turnos, para no
dejar indefensas a las mujeres y al niño.
Desde ese momento los siguen en todos sus recorridos, unas veces
a campo traviesa por las lomas cubiertas de pajonal, escondidos
entre los hukungaka, frailejones de llamativa florescencia amarilla,
o por las inclinadas laderas y depresiones en derredor de las Lagunas
Sagradas; y también, internados en los laberintos rocosos, donde el
viento silba como si pasara por la caña de una flauta gigante, o ruge
entre los recovecos de una trompeta de caracol. Espiándolos, los
ubatashi llegan a una conclusión:
—¡Han venido a cazarnos! —afirma Ubatashi-thor y el rostro se
le transforma, otra vez se le vuelve agresivo. Walla deja correr la
mirada por los lomos ondulados, con su piel dorada de pajonal.
De nuevo el peligro es su sombra.
Confirmada la sospecha, Ubatashi-thor y Walla la comunican a
sus compañeras, proceden de inmediato a borrar todo rastro de su
presencia en los refugios rocosos, donde con piedras y hojas de
hukungaka habían acondicionado abrigadas estancias. En estas cue-
vas es donde con frecuencia han visto introducirse a Seoname-maku
y a Chole con la esperanza de sorprenderlos. Hasta las provisiones
deben ser escondidas en lugares estratégicos, cerca de los picos del
Tukumena, el Cerro de los Manantiales, donde existe una gruta que
brinda mejor seguridad por tener entrada y salida a diferentes sitios,
labrada en la antigijedad por la fuerza erosiva de los glaciares. Desde
sus inmediaciones, y disimulados tras las escarpas, los ubatashi
avizoran los movimientos en círculo de sus perseguidores. Para
entonces, al amanecer y al atardecer, el máximo desplazamiento de
Surli hacia Ñuibaje y lagakenka, el Sureste y el Suroeste, marca el
+2 Bernardo Valderrama Andrade
solsticio invernal, y es sobre la Cuchilla Sapapangiiega cuando al
inicio del día, sus rayos penetran como un potente chorro de luz
por entre la depresión de los cerros Nukasa y Sekuigaka, para en
conjunción estelar y terráquea convertir los picos congelados del
Tukumena en una explosión de llamaradas. Visto este fenómeno
natural desde ciertos lugares del cañón del Nyuba-Nyna, semeja el
de gigantescas fogatas prendidas al borde de los abismos por los
seres míticos a quienes están consagradas las montañas de esa co-
marca sagrada.
Para cazadores y perseguidos, estos espejos de hielo del Tukume-
na, reproduciendo magnificentes la cara de fuego de Surli, despiertan
sentimientos encontrados: el enigma sobre su futuro pareciera estar
anunciado en esas llamaradas del Cerro de los Manantiales; y en su
interior, cada cual se siente empujado al encuentro de unos hechos
cuyo desenlace viene siguiéndolos como sus sombras...
Quisiera que, cuando los picos del Tukumena dejen de reflejar
la cara de Surli, y se apaguen, y su hielo se derrita, así mismo los
jaguares rojos desaparecieran... ¡Ya vengué a mi padre! ¡Y a todos
mis hermanos muertos a manos de los invasores! ¡He cumplido con
mi pueblo! ¡He satisfecho al Naoma-Kavi! Haba Séinekan lo sabe:
quiero ser un tairona más, para ser feliz con Ula-yang y mis hijos:
¡Quiero vivir!... y que Meli-ang también pueda hacerlo.
Ya Seoname-maku no es el mismo, y yo tampoco: vencimos en
la guerra pero ésta nos dejó un sabor amargo, y dolorida el alma.
Quienes celebraron felices la victoria, y bailaron, y bebieron, y se
hartaron, fueron aquellos que nunca combatieron; los guerreros sólo
festejamos el fin de la pesadilla, y quedamos cansados y tristes. Por
ello, ni el Jaguar Negro ni yo, somos los de antes.
Pienso en mi tierra lejana: ¿La volveré a ver acaso?... Y ahora
recuerdo a Conoh y Od, quienes de pronto se han vuelto a encontrar.
Y a Tori... y a tantos otros que murieron por seguirnos. Amo a
Meli-ang, sí, pero su hermano el cacique nunca dejará de interponer-
se... Por eso nos han seguido hasta acá, para cazarnos y exterminar-
nos como a fieras. Me duele por Suku-thor... hubiera querido encon-
trarle bajo este cielo, un lugar apacible... para él y su madre.
Morir hoy, morir mañana, es nuestro destino. Para otros fue
. ayer... y de pronto, quienes resulten cazados, van a ser ellos.
Concluido el espectáculo luminoso del amanecer, las mañanas del
El gran jaguar 213
páramo son despejadas, con aire quieto y reconfortante; Surli resalta
los colores de los contornos, pica con rigor desusado; el cielo azul,
limpio de nubes, contrasta con el dorado de los pajonales cubriendo
vastas extensiones onduladas, de donde emergen, blancos y grises,
monumentales peñones licuando el hielo de la madrugada; y aquí
y allá, en medio de suaves depresiones, o en grandes concavidades,
a manera de goterones caídos del cielo, los espejos inmóviles de
las lagunas.
Para el mediodía este cuadro despejado de las altas montañas
sufre total transformación: de las vertientes cálidas y bajas, por la
estrechez de los cañones, suben frentes impetuosos de nubes que
luego se posan y se aquietan sobre los filos y las planadas de los
páramos. La policromía desaparece, todo se desdibuja, se torna
blanquecino, la niebla impide la visión. El frío penetra en los cuer-
pos, entraba los movimientos, se vuelve un tormento cuando, pro-
cedentes de los ya invisibles nevados, soplan ululantes ventiscas,
alfileretazos de hielo sobre la piel, lacerantes en los oídos con su
aullido quejumbroso.
En el abrigo rocoso, con la incertidumbre asomada a los rostros,
las mujeres de los kaxshigugulu y el chiquillo se amontonan debajo
de los cueros, abrazados se dan mutuo calor; así tengan abundante
provisión de nebelda, no han prendido fogata por temor a ser descu-
biertos; apenas usan las afelpadas hojas a manera de grueso colchón.
Ubatashi-thor y Walla cuidan cada una de las entradas, atentos a
cualquier ruido del exterior. De nuevo viven la angustia por el temor
al ataque. Sólo una cosa no comprenden: ¿Por qué los persiguen
dos taironas, cuando podían ser muchos?
Afuera, el sufrimiento es mayor para Seoname-maku y Chole. El
cumplimiento de su misión no les ha permitido acondicionar un
abrigo para los momentos de descanso; mantienen la resistencia
masticando hojas de coca y poporeando. Si la cacería no da pronto
resultados favorables, deberán suspenderla y bajar a alguno de los
poblados a reaprovisionarse. Ahora cambian de táctica en la búsque-
da: se desplazan de un lugar a otro en las horas del atardecer, en
las noches a la luz de Saxa-ti, o muy temprano en las mañanas; en
los intermedios, buscan algún sitio apropiado dónde permanecer
oteando... acechan como si también fueran jaguares. La estrategia
da resultado: una de esas noches de vigilia, apostados entre peñascos,
214 Bernardo Valderrama Andrade
advierten movimientos sigilosos sobre una de las laderas contiguas
a la Laguna Chirigua. Concentran la atención, afinan el oído y la
vista, distinguen a un corpulento jaguar rojo erguido sobre sus cuartos
traseros. camina a la manera de los seres humanos.
—¿Ves lo que yo? —pregunta en un susurro el Jaguar Negro. El
viejo Chole achica los ojos, sonríe nervioso y asiente con la cabeza.
Su voz suena ronca, apagada:
—¡Los descubrimos!. ¡Vamos tras él!
Lo siguen, silentes como sombras, sobre el lomo de la Cuchilla
Sapapangiiega. Lo ven luego tomar la dirección del Cerro Angimaloa
y perderse de vista en cercanías del Tukumena, entre un amontona-
miento de peñascos.
—Ahí debe estar el escondite... ¡Vamos!
Chole, acostumbrado a sus estratagemas en las marismas, contiene
a Seoname-maku y comenta receloso:
—Pueden haber notado nuestra presencia y querer tendernos una
trampa. Así lo hacía con los demonios rojos en los pantanos.
Los razonamientos del duanabuká hacen desistir del seguimiento
inmediato al Jaguar Negro; y acuerdan esperar al próximo día para
hacer un reconocimiento completo. Están excitados: por primera
vez desde cuando llegaron a los páramos, consiguen ver a uno de
los kaxshigugulu. A partir de allí, e imitándolos, acecharán pacientes
la presa para descubrir el lugar exacto de la madriguera.
Escondidos entre unas rocas, los persecutores se dedican a descan-
sar por turnos para estar siempre alertas. Tampoco quieren ser sor-
prendidos y atacados por los ya legendarios jaguares rojos, tan
conocidos por sus audaces incursiones a los poblados taironas. Tan
pronto comienza a aclarar se ponen en movimiento y registran uno
por uno los abrigos rocosos del Angimaloa: en varios de ellos advier-
ten su utilización en el pasado, tanto por animales como por seres
humanos, pero en ninguno las huellas parecen ser recientes, y esto
los desconcierta. Cuando vienen las ventiscas, el frío y las neblinas,
se refugian en una de estas grutas y se dedican a recuperar fuerzas
comiendo algo de sus ya escasas provisiones, o a poporear. Esperan
el atardecer, para cuando tienen previsto subir a otro risco, dominante
sobre el lugar donde perdieron de vista al kaxshigugulu. La suerte
está de su parte: anochece, sale Saxa-ti, todo lo llena de claroscuros,
divisan otra vez al jaguar rojo, ahora rondando en los bordes de los
El gran jaguar 215
sobrecogedores abismos del Tukumena, de verticales flancos descen-
dentes hasta la cabecera de la quebrada Moraca, donde saben se
levanta el centro ceremonial. Seoname-maku y Chole se miran con
aire de triunfo: el escondite de los kaxshigugulu debe de estar cerca
a los paredones del Cerro de los Manantiales, los que a diario se
congelan en las madrugadas y luego, con el calor del sol, se derriten
y forman las cascadas de las cuales deriva su nombre la montaña.
Convencidos de estar al fin de su misión, se entregan satisfechos
al sueño por el tiempo que resta para amanecer No necesitan expresar
con palabras su exaltación, pero saben la importancia de contar para
el día siguiente con la vitalidad de sus cuerpos si quieren salir con
vida en el encuentro con los ubatashi.
La movilidad de los jaguares rojos, sus ausencias y apariciones en
los lugares menos esperados, confunden a Seoname-maku y a Chole:
se han apostado por donde creyeron iban a pasar, les han tendido
trampas, y ellos siempre resultan burlándolas y surgen en otros
parajes; no hay duda: tienen a su favor la irregular topografía del
terreno en inmediaciones al Cerro de los Manantiales, con sus bos-
quecillos de arbustos achaparrados, las ramificaciones de los fraile-
jones, y los laberintos y amontonamientos rocosos, restos de antiguos
desplazamientos telúricos.
——Conocen el terreno mejor que nosotros. . ¡Eso es! —comenta
defraudado el Jaguar Negro; señala las mochilas ya fláccidas a falta
de provisiones y hojas de coca, y añade mortificado—: ¿Será que
nos obligarán a desistir?
Chole tiene los ojos como rajaduras brillantes en el rostro surcado
de arrugas; en los tajos profundos partiéndole los pómulos, ya se
notan las privaciones y los rigores vividos en estas alturas; se muerde
los labios partidos y ensangrentados por el frío, señala con el brazo
descarnado al Tukumena, y expresa convencido:
—Vamos a tener que hacerlo...
Seoname-maku también clava los ojos en el Cerro de los Manan-
tiales y sus escarpados paredones congelados al amanecer: esta alter-
nativa, sugerida por el duanabuká, la han discutido muchas veces,
e
216 Bernardo Valderrama Andrade
y la desechan siempre por su excesivo riesgo. Mira a Chole con
preocupación: teme por él: su cuerpo, gastado por la edad, de pronto
no resiste la prueba de trepar esa montaña mítica.
—Yo lo escalaré... No-es necesario arriesgarnos los dos.
El viejo adivina los sentimientos del cacique, sonríe burlón y le
contesta:
—También subiré: no me lo perdería por nada... —Y levanta el
puño, en gesto de orgullo y poder, optimista, temerario como cuando
combatió a los caribes en los pantanos.
Los reflejos ígneos de Surli los sorprenden escalando las primeras
escarpas del Tukumena: cada cual ha escogido un flanco y ascienden
con lentitud, tensos, pegados los cuerpos a la roca helada; el pronun-
ciado declive de algunas partes, la verticalidad total en otras, el
hielo acumulado en delgadas y resbaladizas láminas, vuelven mortal
cualquier descuido. No pronuncian palabra para evitar la menor
distracción, o ser descubiertos por los ubatashi, pero se siguen con
las miradas, se dan aliento con ellas, y también, cuando alguno se
ve en inminente peligro, se comunican la angustia y la subsiguiente
alegría una vez sorteado el mal paso. Algunos lados de la montaña
presentan sus caras pulidas, a manera de gigantescos espejos orien-
tados al Sureste, y por ello reflectan todo el magnífico esplendor
del amanecer en el solsticio invernal.
Aferrados a los riscos en forma precaria, pendiente su vida en la
fuerza y resistencia de los dedos de pies y manos incrustados en los
resquicios, se ven envueltos por el prodigioso espejismo de la mon-
taña llameante; deben cerrar los ojos para no enceguecer: es como
estar de pronto sumergidos dentro del crisol de Taiku, Señor del
Oro, donde se funde el precioso metal. El Jaguar Negro, pese a su
fortaleza, siente doloridos los músculos, temblorosos piernas y bra-
zos, entumecidos los dedos. Su vida, lo comprende, está en la
voluntad de Haba Séinekan; también invoca a Seijankua, el poderoso
sostén del Mundo; él, sólo él, puede darle suficiente fuerza y resis-
tencia para seguir ascendiendo por la roca y llegar a la repisa desde
donde podrá divisar los contornos, y descubrir el escondrijo de los
kaxshigugulu. ¿Y Chole?... Teme por él. Entierra los dedos en una
grieta: en el esfuerzo por sostenerse, las aristas le rasgan la piel: no
acaba de brotar la sangre y ya se le congela: está agarrotado: en el
límite de la resistencia física: ¡No debe desfallecer! Fugaz le llega
El gran jaguar 217
el recuerdo de Ula-yang y sus hijos: ¡debe vivir por ellos... ¿Y
Chole?... Se afirma: se pega como una lapa a la roca helada: le
duele todo el cuerpo... Sí: ahora podrá darse un respiro: ahora podrá
volver la cabeza y mirar hacia donde vio a su compañero por última
vez. ¡Chole!... ¡El valiente y viejo Chole! Allá está todavía: prendido
como un mono de la roca: diluido entre los resplandores dorados.
Ve sus ojos... urgidos... elocuentes. ¿Acaso quiere despedirse? ¿So-
metió su viejo cuerpo a un esfuerzo excesivo?... Lo envuelve el oro
de Surli, se suelta, resbala, con un alarido se desprende.. cae, cae,
rebota una y otra vez contra las salientes, se precipita al profundo
abismo de los manantiales...
Cesa el fenómeno luminoso. Seoname-maku dirige la vista al
lugar donde vio al duanabuká por última vez: sólo aprecia la soledad
monumental de los farallones.
—¡Surli!... ¡Surli se lo llevó! —murmura y rechina los dientes.
Próximo a desfallecer por el cansancio, hace un último esfuerzo
y trepa a la repisa que habrá de servirle de mirador. Se echa desfa-
llecido en ella, mira por sobre el borde hacia abajo, y no tarda en
descubrirlos: en medio de un apretado laberinto de rocas y matorra-
les, frente a la entrada de una cueva, están dos ubatashi con sus
vestidos de pieles, acompañados de tres mujeres y el chiquillo;
levantan por igual los rostros inquisitivos hacia las escarpas; sus
expresiones son variadas, de recelo, extrañeza, desconcierto, temor;
dudan si los gritos escuchados correspondieron a una voz humana,
al chillido de nambo, uno de esos enormes pájaros que anidan en
los peñascos y vuelan sobre las nieves, o se trata de la voz del viento
al silbar entre las crestas del Tukumena.
Para no ser descubierto, el Jaguar Negro se agazapa en la repisa
y observa cuidadoso: reconoce a Meli-ang y al pequeño Suku-thor,;
a las otras mujeres nunca las ha visto, pero deduce son las raptadas
por los kaxshigugulu; y éstos, con sus gruesos ropajes de piel de
jaguar rojo, el rostro tostado por el sol, y con sendas lanzas de
macana, lucen agresivos, intimidantes, dispuestos a todo. Sus ojos
impresionan a Seoname-maku: brillan igual que las Lagunas Sagra-
das, en medio de los pajonales dorados; es como si fueran represen-
tación de Hagtami, el padre maléfico de los pantanos.
El cacique permanece inmóvil; no puede dejarse ver; los ubatashi
no deben enterarse todavía de su descubrimiento; continúan allí,
218 Bernardo Valderrama Andrade
otean las alturas, hacen comentarios entre sí y con sus mujeres,
vuelven después a guarecerse en la profundidad de la caverna. Desde
su sitio de observación, el Jaguar Negro espera paciente cualquier
nueva actividad de sus presas... Nada. No salen más. Para el medio-
día, con la llegada de la niebla, de las ventiscas, y derretido el hielo
en los peñones, desciende sigiloso, sin perder de vista la cueva; ya
en tierra se aposta cerca de ella: esperará allí hasta la salida de
Saxa-ti, momento cuando los jaguares rojos suelen hacer sus corre-
rías nocturnas.
ox
Como lo previera: cuando Saxa-ti levanta su rostro salpicado de
ceniza sobre el horizonte, Seoname-maku sorprende a uno de los
jaguares rojos alejándose por los lomos de la Cuchilla Sapapangúega,
en dirección a la Laguna Chirigua. Además de la lanza, lleva sobre
su espalda dos grandes calabazos.
—Va por agua —deduce—. Pero... ¿Por qué no la recoge de los
manantiales del Tukumena?
En su intriga, el Jaguar Negro sólo encuentra la explicación en
sus propias creencias:
—El agua que chorrea del Cerro de los Manantiales es fuego...
fuego líquido, agua del Señor de la Máscara de Oro; y sus flancos,
así lo enseñan los naomas, son esta máscara entregada a ellos por
Surli, para permanecer en la montaña... Por ello el agua del Tuku-
mena sólo puede ser bebida y usada por los sacerdotes y aprendices
de Moraca.
Tan silente y ágil como el kaxshigugulu, lo sigue, lo espía en su
viaje a la laguna y vuelta al escondite. Ya entre los laberintos de
roca y matorrales decide actuar: dentro de sus reglas de combate
cuerpo a cuerpo, nunca ha atacado a un contrincante en forma de
no darle oportunidad de defenderse; el equilibrio y la igualdad de
ocasiones deben ser las primeras instancias en una lucha a muerte.
Pero dadas las presentes circunstancias, agravadas por la pérdida de
Chole, no puede tener contemplación.
Walla nunca llega a saber qué sucedió: cae atravesado por mortal
lanzada, cuando le falta muy poco para entrar al refugio subterráneo.
El gran jaguar 219
Seoname-maku no intenta recuperar su lanza. Toma la del ubatashi
agonizante, deja la suya enterrada en el cuerpo del herido; como
mensaje para Meli-ang prende .de su extremo un jaguarcito de oro,
símbolo de su jerarquía.
La tardanza de Walla en regresar despieria preocupación en sus
compañeros. Con el amanecer, Ubatashi-thor seguido de las mujeres
sale a inspeccionar los contornos, hasta donde puede atreverse sin
arriesgar la momentánea seguridad. La consternación no tiene lími-
tes: lo hallan muerto, traspasado de costado por la enorme lanza del
cacique. Meli-ang cree reconocer el arma y confirma su sospecha
cuando el ubatashi le entrega el felinito de oro.
—¿Ma due?... ¿Tu hermano?
Consternada ella asiente y comparte el dolor de las dos mujeres.
Desde su observatorio en la repisa de roca, el Jaguar Negro lo
ve todo, atormentado por la contradicción interior: no hay duda: su
hermana y Ubatashi-thor se aman, y él quisiera..
—No puedo.. no puedo cambiar lo interpretado por Naoma-Kavi
en las estrellas. También mi destino ha sido determinado.
ES
Cop la muerte de Walla la cohesión del grupo liderado por Ubatashi-
thor se desintegra. Las dos mujeres dejan de sentirse obligadas a
seguir compartiendo los riesgos, y manifiestan intenciones de retor-
nar a sus lugares de origen. Acurrucadas ante la entrada en penumbra
de la gruta, calladas, permanecen con los ojos fijos en la claridad
exterior, símbolo de su próxima libertad. Si conservan recuerdos
afectivos por el ubatashi sacrificado, se guardan de expresarlos. A
sus primeras reacciones de dolor siguió una actitud estoica, que les
endurece el rostro y la mirada. En otro sitio de la gruta, presionados
por las nuevas circunstancias, Ubatashi-thor y Meli-ang consideran
la situación.
—Ellas —y señala a las dos mujeres— deben abandonar cuanto
antes este lugar. Saldrán por la otra boca de la cueva. Es una ruta
que tu hermano no debe conocer. Cuando las descubra, ya estarán
lejos y no correrán el peligro de ser confundidas y atacadas. Y tú
debes acompañarlas, con Suku-thor Tu responsabilidad es salvarlo.
220 Bernardo Valderrama Andrade
Angustiada, Meli-ang estrecha al pequeño entre sus brazos. Sus
ojos fijos en el ubatashi empiezan a humedecerse. También ella
comprende: mientras vivan, Ubatashi-thor y Seoname-maku no ten-
drán un instante de paz porque sus destinos no les pertenecen: están
condenados a perseguirse y atacarse hasta que uno de los dos obtenga
la victoria. Y si lo es su hombre, otros taironas recibirán el encargo
de perseguirlo por orden del Naoma-Kavi.
Esa tarde, confiados en no ser atacados por el cacique debido a
las espesas neblinas, y a las ventiscas que rugen con inusitada y
premonitoria violencia, Ubatashi-thor y Meli-ang comparten los úl-
timos momentos; retozan, conversan con el pequeño Suku-thor,
quien ya capta las situaciones; quiere el padre grabar en la mente
del chico unos recuerdos para el resto de su vida; y en acto de
ternura, emocionado, le hace recomendaciones, como si él pudiera
entender la dimensión de sus palabras:
——Cuida de tu madre... para que ella te pueda contar de mí...
Cuando el niño se adormece, el ubatashi y la tairona se entregan
a otra ardiente despedida. Ya lo hicieron con anterioridad a la orilla
del mar, junto a la boca del Hukumeiji: las suerte les fue benévola,
les permitió reunirse de nuevo, y por eso esta vez conservan el
optimismo y la esperanza. Meli-ang invoca a la Madre Universal...
Ella ha sido complaciente con su amor, y le pide la vida para el
ubatashi, en secreto, sin quererlo concientizar mucho, porque ello
implica desear la muerte para su hermano; además, tiene fe en las
capacidades de su hombre... ¡Su kaxshigugulu.. ! ¡Su jaguar rojo!
En las miradas de Meli-ang, Ubatashi-thor adivina sus esperanzas
y se siente reconfortado. Sin mayores palabras, la alienta con actitud
animosa y un desbordado derroche de caricias y ternura.
La claridad en la boca de la gruta anuncia la llegada del nuevo
día. Ubatashi-thor guía al grupo de mujeres y el chiquillo por los
laberintos subterráneos en dirección a la otra salida. Se iluminan
con hachones confeccionados con atados de nebelda, las secas hojas
del frailejón. La ligera claridad resalta los costados de la caverna,
revela el fin del recorrido bajo tierra. Sir dar tiempo a las despedidas,
Ubatashi-thor las urge a salir y les señala los senderos a seguir para
llegar sin tropiezo a la Cuchilla Sapapangiega; luego, con una pos-
trera mirada a su mujer y al chico, quien no entiende por qué su
El gran jaguar 221
padre no-los acompaña, vuelve a sepultarse en los laberintos de la
cueva.
Cuando el resplandor ígneo se apaga en los picos del Tukumena,
Seoname-maku, desde su observatorio en las rocas, advierte la pre-
sencia del kaxshigugulu ambulando solitario por-entre los matorrales
y vericuetos, como si en forma intencional lo invitara a perseguirlo.
Agazapado en las escarpas, pensativo, sin adivinar las verdaderas
intenciones del jaguar rojo, lo ve alejarse a paso rápido, a saltos,
con la lanza en alto, blandiéndola como en un reto en dirección a
lagakenka, el Suroeste, y hacia el alto Cerro Gonawindúa, pico
grandioso sobre el lomo máximo de Keka-Bunkua. Desconcertado
con el comportamiento del ubatashi, sólo le impide lanzarse tras él
la ausencia de las mujeres. Así sean taironas, y una de ellas su
hermana, su confianza no es total. Según cree, Meli-ang no fue
raptada sino la primera vez; la posterior desaparición de Tayronaca
tuvo su completo consentimiento. Otra consideración lo mantiene
en su puesto de observación: los jaguares rojos, según Naoma-Kavi,
son cuatro; y aquel, ya muy distante, puede no ser Ubatashi-thor,
su objetivo primordial, sino otro con intención de atraerlo para
permitir la huida de los restantes con las mujeres. :
Desconfiado, Seoname-maku otea los contornos y tiende la mirada
hacia los lomos de la Cuchilla Sapapangiiega. La visión de tres
mujeres, una con un chiquillo a la espalda, recortadas sus siluetas
contra el azul del cielo, lo saca de dudas: deja escapar un suspiro
de alivio, los ojos le chispean, una mueca decidida y violenta le
transforma el rostro. Vuelve la cara hacia el Cerro Gonawindúa,
detrás de cuyo alto pico se elevan majestuosos los nevados: Ubatashi-
thor apenas es un puntico lejano y rojizo sobre los filos del páramo
de Surivaca.
Y emprende la persecución...
Nambo, el gran cóndor, dueño de los picos del Gonawindúa, presen-
cia en las alturas de la Montaña Blanca el duelo de los dos jaguares:
el rojo y el negro... Kaxshigugulu y Seiname... del-ubatashi y el
tairona.
VIT TA
A Mo Ja Mas ds)
222 Bernardo Valderrama Andrade
En ese aire ligero y puro, posible de dominar con sus enormes
alas punteadas de blanco, Nambo describe círculos, trazos invisibles
contra la inmensidad azul. Primero ve al jaguar rojo: avanza a saltos
sobre los pajonales del páramo de Surivaca, salpicado con el cristal
de las lagunas; la intención es manifiesta: alejarse apresurado de los
filos del Sapapangitega. Su presencia es desusada en un lugar donde
los únicos visitantes de los parajes sagrados son los viejos naomas
de cabello albo, de andar lento, venidos a dejar ofrendas en las
lagunas, y a veces a bañarse en ellas para salir rejuvenecidos, otra
vez con la cabeza alta, los pasos firmes, las pupilas centelleantes...
Más atrás divisa al jaguar negro, rabioso por acortar distancias:
refleja en sus movimientos una decisión inaplazable de alcanzar al
kaxshigugulu; agresivo, le chispean coléricos los ojos, al serle im-
posible superar de un salto el trecho que lo separa de su presa.
Por días y días Nambo los ve acosarse, tenderse celadas, impro-
visar atajos sobre los pajonales o entre las rocas, estrechar espacios
para apresurar el encuentro. En su conducta, en la expresión resuelta
de su rostro, en la fuerza de los ademanes, Seoname-maku refleja
el deseo imperioso por llegar al enfrentamiento; Ubatashi-thor actúa
de manera distinta: su estrategia es de desplazamiento para ganar
tiempo y quizás debilitar a su hostigador; a veces, cuando mira hacia
el frente y los picos nevados de Keka-Bunkua, ya muy cercanos,
sus facciones, con inocultables muestras de fatiga, se tornan sonrien-
tes y los ojos le brillan entre alegres y nostálgicos, porque la cercanía
de la nieve es una forma de retornar en forma imaginaria a su lejano
país.
Avizor, paciente, a su vez calculador, Nambo observa desde las
alturas el juego mortal de los jaguares: él será quien gane la batalla
final. En ocasiones vuela muy bajo, casi a ras de sus cabezas, para
observarlos mejor y determinar cuánto habrá de esperar todavía; y
remonta a continuación el vuelo, con fuertes golpeteos de las alas
que sorprenden e inquietan a sus futuras presas; el ubatashi y el
tairona aún se mueven con celeridad y energía; los ve vigilarse el
uno al otro, descansar tan próximos que pueden lanzarse insultos y
retos, adivinarse con anticipación los movimientos siguientes y así
hacer fracasar las estratagemas... Y las cumbres congeladas están
cada vez más cerca.
Nambo los ve bordear su montaña, el Gonawindúa, donde por
El gran jaguar 223
todos los tiempos, desde cuando lo creó Haba Séinekan, ha cons-
truido los nidos. Ese cerro emergente sobre el propio lomo de Keka-
Bunkua, sagrado, colocado allí por el prodigioso Seijankua, hijo de
la Madre Universal, para depositar su primer semen, dar origen a
las razas, y dividir en dos las vertientes de la Montaña Blanca, la
una descendente a Noana-Mashika, el Norte, y al mar de agua... la
otra hacia Noa-Nashika, el Sur, y al mar de tierra. Y Nambo los
ve ascender, ya con esfuerzo, por la Cuchilla Nuncumalúe, en inmi-
nente proximidad a los nevados.
Para entonces las ventiscas se desatan con inusitado rigor y prin-
cipian a arrastrar escarchas en ululantes torbellinos. El pajonal queda
atrás: ahora se abren unos parajes de apariencia grisosa, desprovistos
de vegetación, convulsión de rocas amontonadas y labradas por los
glaciares, sucesión de concavidades en cuyos nichos se apoza el
agua. La Laguna Carigua también queda atrás, enconchada entre
peñones. Ya sólo tienen al frente la imponente majestad de las
nieves, manto de los gigantes de roca que aparecen y desaparecen,
según los vientos traigan y lleven las nubes en desbocados remolinos.
Nambo a su vez los sigue y acecha. Los ve diminutos entre aquellas
comarcas inhóspitas, sobreponiéndose a los castigos inclementes de
la naturaleza. Los dos hombres-jaguares siguen uno en pos del otro,
inmediatos o distantes, enemigos familiarizados: deben verse para
estimular su empecinado acoso. Es una necesidad apremiante: les
alimenta la voluntad, les impide desfallecer, les evita quedar aprisio-
nados entre las alturas mortales del hielo.
Arrojaron ya vacías las mochilas donde portaban las provisiones;
tampoco ahora el Jaguar Negro tiene coca y se emparejan las con-
diciones con el ubatashi. Sus movimientos se tornan lentos, como
si les doliera desplazarse; el cabello, las pestañas, la piel de los
vestidos, les blanquea de escarcha; tienen las manos enrojecidas,
agarrotadas, soldadas a las lanzas; ya no requieren apretar los dedos
para sostenerlas.
El primero en llegar a la gruta con carámbanos es Ubatashi-thor.
Con un supremo esfuerzo acelera los movimientos, se introduce en
ella, avanza tambaleante unos pasos, se vuelve, levanta la lanza de
macana, apunta hacia la entrada, espera... Piensa: ... Cuando Seo-
name-maku pase frente a la boca de la cueva, lo traspasará de lado
a lado, igual que él hizo con Walla; y será su última venganza en
Yan
pee
224 Bernardo Valderrama Andrade
estas tierras. También —sigue pensando— el Jaguar Negro pudo
haberlo visto en el momento de introducirse a este escondrijo del
nevado, y querrá entrar de un salto para a su vez sorprenderlo...
pero él estará esperando y sólo el más rápido y certero obtendrá la
victoria. Se prepara...
Nambo hace otro círculo en el cielo y desciende hacia la gruta
de cristal de hielo a donde vio entrar al kaxshigugulu... Seoname-
maku, en el intervalo entre dos ramalazos de viento y nieve, alcanzó
a observar a Ubatashi-thor en el instante de arribar a la boca de la
cueva. Le exige a sus piernas un supremo esfuerzo, acelera la mar-
cha, entrabado por el dolor y la rigidez de sus miembros. Ha llegado
el fin de la persecución... no puede fallar ahora, así ya no desee
hacerlo: será como matarse a sí mismo. La imagen del Naoma-Kavi
le viene a la mente: debe cumplir sus mandatos... Y se abalanza al
interior de la caverna.
... Como una saeta negra, Nambo se precipita sobre sus víctimas.
XXXIMN
Frente a la Haggi-Koktuma, rodeado de la inmensidad de las mon-
tañas, a la vista el profundo y sonoro cañón del Nyuba-Nyna, Ma-
manosensio, maestro de maestros, mantiene con el suspenso de sus
palabras la maravillada atención de los Kuivi, aprendices de sacer-
dotes, en el gran centro ceremonial de Moraca.
Entre ellos están Muyubi, Ulaban y Seiname, la niña y los dos
varoncitos hijos del Jaguar Negro, el cacique guerrero libertador de
los territorios invadidos por los ubatashi, los arranca-brazos y los
arranca-cabezas. De hermoso rostro, piel clara y raros ojos grises,
también se ve a Suku-thor, aprendiz y escucha. El relato de Mama-
nosensio es apasionante: igual a cuantos se refieren a la historia de
Keka-Bunkua. Ese día, lá narración atañe a lo ocurrido durante las
guerras de consolidación de las fronteras, sus cruentas y heroicas
batallas contra la gente de los ojos azules y los caribes. El desenlace
final, el destino último del Jaguar Rojo y Seoname-maku, sólo él
lo conoce; y mantiene en secreto por orden del Naoma-Kavi, a quien
se lo reveló hace tiempo:
El gran jaguar 225
Subí al páramo a presentar ofrendas en las Lagunas Sagradas,
mucho tiempo después: avanzaba por los lomos ondulados del Nun-
cumalúe, esquivando los peñascos desperdigados entre los pajonales,
azotado sin clemencia por las ventiscas ululantes: la gran montaña
mítica de Gonawindúa había quedado atrás; en torno a su alto pico
revoloteaban los nambos, pájaros de las nieves; pese a la fatiga, me
interné en las regiones adyacentes a las cumbres blancas de Citurna,
donde está Noabi-Due, la región del Más Allá. Algo, una fuerza
misteriosa, extraña a mí, me inducía a seguir... el aire era ligero;
de los nevados soplaban ventiscas acompañadas de espesas neblinas;
quedé envuelto en torbellinos de frío. Ya sentía temor, cuando al
frente, entre uno y otro ramalazos de nieve, divisé la boca de una
gruta de cristal de hielo, con el arqueado dintel cuajado de carám-
banos resplandecientes. Allí estaba mi refugio. Venciendo el fuerte
viento, me aproximé y tuve una gran sorpresa: la entrada la obsta-
culizaba un enorme cóndor congelado, de espaldas al exterior, en
actitud de cruzar la portada, aún con sus potentes alas desplegadas.
Bajo la piel de hielo que lo cubría, parecía conservar la vida...
como si apenas estuviera atrapado en forma temporal.
Casi temeroso con el gran pájaro, fatigado, pasé a su lado y
penetré al interior de la cueva, laberinto estrecho de columnas de
hielo, prendidas del techo a manera de lanzas: carámbanos gigan-
tes... estalactitas de hermoso y refulgente cristal gélido, donde me
vi reflejado como si fueran espejos. Ya en el fondo, en un espacio
abierto en forma parcial, la escena era prodigiosa y épica: de pie
en mitad de la gruta, a donde todavía llegaba la claridad del exterior,
también congelados, uno frente al otro, estaban Seoname-maku y
Ubatashi-thor con las lanzas de macana en alto, apuntándose; en la
mirada, la última expresión con la:cual se midieron antes que Mon-
saui, Dueño de la Nieve, se apoderara de ellos...
ES
Naoma-Kavi levanta el rostro hacia alliináuba, el firmamento: con
lentitud, intrigado, sus ojos distinguen y analizan las posiciones de
los cuerpos celestes en la Avenida de la Luz, esa noche esplendorosa
como nunca... Quiere confirmar en las estrellas lo adivinado poco
226 Bernardo Valderrama Andrade
antes en Yatukua, con las burbujas desprendidas de las cuentas-kuit-
si, en ceremonia acabada de realizar en la gran Nunhuañkala de las
altas montañas, emergente con su Kama, en medio de la plazoleta
con gárgolas faunísticas apuntando a las cuatro direcciones celes-
tiales.
La satisfacción reflejada en su rostro, una constante desde las
victorias logradas sobre los invasores de Keka-Bunkua, esa noche,
de pronto, se desdibujó cuando depositó las cuentas de cristal de
roca en el recipiente de cerámica. . ¡No podía ser! De nuevo, en la
interpretación de las burbujas, vio hombres rubios amenazando el
futuro de las gentes de la Montaña Blanca. ¡Si ya los destruimos!...
¡Si el último de los kaxshigugulu quedó aprisionado por Monsaui
entre los hielos de una cueva en Citurna.
Perturbado, con pasos atropellados por la angustia, Naoma-Kavi
va de un lado a otro de la plazoleta, los brazos en alto señalan
constelaciones, el rostro pálido, desencajado: ¡No puede ser!.. Fija
posiciones, abanica las manos, hace medidas en el manto de las
estrellas, forma figuras sólo entendibles para él. Tiene los ojos
desorbitados y las pupilas afiebradas; se muerde los labios hasta
sangrar. ¡No puede ser!.. Pero ahí están: ¡Otra vez marcados en el
firmamento!: son un tropel... un ejército de estrellas que marchan
por medio de la Avenida de la Luz. Vendrán de más allá del hori-
zonte, procedentes de Mulkuaba, país al otro lado del mar, en
enormes navíos de muchas velas: y ya ante nuestras costas, bajarán
de ellos al son de trompetas y tambores, con vestidos y armas
relumbrantes, donde se mirará Surli igual que en los picos del Tu-
Kumena; algunos serán monstruos veloces de cuatro patas... en otros,
su brazo tronará, despedirá fuego, y nuestros pueblos y ciudades
serán incendiados; y arrasados los campos de cultivos; y derribados
los bosques; y perseguidos y exterminados los animales; y secados
los arroyos. y muchos, muchos de los Hermanos Mayores de las
tres vertientes de la Sierra Nevada, perecerán en una guerra larga
y cruel como ninguna otra; y la sangre restañada volverá a brotar,
bajará confundida con el agua de los ríos, teñirá el mar así como
en los ocasos, Mamashkaxa, la Boca de Fuego, pinta de rojo el
horizonte... y ala vista de las riquezas de los habitantes de Keka-Bun-
kua, los nuevos invasores enloquecerán de codicia, torturarán a
naomas y caciques, les darán muerte, porque querrán apoderarse de
o
SAA CC
El gran jaguar 227
todo el oro de las ofrendas. y derribarán las nunhuañkalas para
ahuyentar su Kama, prohibir nuestros ritos, y así borrar de la memo-
ria, y arrancar del corazón, la creencia y el amor por Haba Séinekan,
la Madre Universal, la Gran Creadora.
Tambaleante, como herido de muerte por tan pavorosas prediccio-
nes, el muru nakubi se dirige a la kalauka, se sienta, se integra a
ella como una estatua. Su rostro, levantado al cielo, con la piel
apergaminada, tiene un rictus trágico. Ensu pectoral de oro también
chispean las estrellas.
Sierra Nevada de Santa Marta
Teyuna (Ciudad Perdida) —Valle de Tairona—
Cañón del Nyuba-Nyna (Río Jerez) 1976-1989.
quien al formar parte de la Comisión Oficial del Instituto
Colombiano de Antropología, que en 1976 realizó el
hallazgo de la Ciudad Perdida (Teyuna), en la parte alta
del río Buritaca (Sierra Nevada de Santa Marta), se sintió
atraído por cuanto representa el Mundo Tairona, conside-
rado por los historiadores y científicos como una de las
culturas clásicas de la América Precolombina.
De nacionalidad colombiana, pero nacido en Bremen
(Alemania) en 1928, es autor, además, de las siguientes
publicaciones: Ciudad Perdida Buritaca 200 (Testimo-
nio), 1981, Exploraciones en la vertiente norte de la
Sierra Nevada, 1981, Oro precolombino, 1982; Tairo-
naca (Testimonio), 1984; Sierra Nevada de Santa Marta,
1984 (en idiomas español, inglés, francés y alemán),
coautor; Ciudad Perdida Sierra Nevada de Santa Marta,
1984 (en idiomas español e inglés), coautor; y la novela
Torbellino del tiempo, una de las obras finalistas del V
Concurso Nacional de Novela Plaza « Janés (1987),
publicada en 1991
Por publicar: El Valle de Tairona (Urbanismo precolom-
bino en la Sierra Nevada); y Los ojos del cielo, correspon-
diente al ciclo de novelas con temas relacionados con la
historia de la Sierra Nevada de Santa Marta.
(MU)
ÑUI- ASHKUAN
(ORIENTE)
CONVENCIONES
:cidentes Topográficos A
Cerro Haggi- Ateima
Cerro Buritaca -Gaka
Cerro Guachaca-Gaka
Cerro Tairona- Gaka
Cerro Maromo- Gaka
Cerro Maktú
Cuchillo Nasukua
Cuchillo Nukui
Cuchilla Vainillal
Cuchilla Manijí
Valle de Laos Cascadas
Cuchilla Sopopangiega
Cuchillo Nuncumoloe
Cerro Gonawindúa - Goka
Picos Nevados
Mamarongo
Macotama
Takina
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2 Teyuna
ampamento Ubatashi A
ompamento Gulamena B
impomento Sangaramena C
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¡e del Valle Tairona
ombate conlos Ubatashi +
antanos Te
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100
urvo de Nivel
ocrano
ATLANTICO
El gran jaguar es una verdadera novela indigenista, ge-
nuinamente regional, desarrollada en un período real,
más o menos situada alrededor de la centuria catorce de
la era cristiana, o sea antes de la conquista española. Su
fundamental tema viene a ser un minucioso estudio del
país tairona, territorio de la Sierra Nevada de Santa Marta
(Colombia); y se analiza la grandeza de su habitante al
abarcarlo en su mitología, religión, gobierno, régimen
matrimonial, costumbres, usos, oficios, adiestramiento
militar, alimentación y demás modos de vivir. Dentro de
una acción a veces apacible en torno a las actividades de
sus dirigentes, como astrólogos y urbanistas, en otras
alternando la mayoría al recrearse en simples reuniones
hogareñas, en diversas festividades comunes, en riguro-
sas ceremonias solemnes, o en aquellas completamente
activas, plenas de riesgos, inherentes al furor de contien-
das bélicas. Está formada por un esplendoroso paisaje,
compuesto de serranías, mesetas, mar, ríos, floresta,
sembradíos, fauna, sol, luna, poblados; y de un escenario
interior, integrado por exclusivos recintos para la oración
y la reflexión de sus sabios sacerdotes, de cabañas en
donde las mujeres se dedican a la crianza de sus hijos y
a las labores manuales, y de campamentos en los cuales
los hombres se ejercitan en maniobras guerreras. Sus
personajes se encuentran bien caracterizados, distribuidos
de acuerdo con el grado de su jerarquía y de las obliga-
ciones ordenadas, diferenciadas por su estricta disciplina
y el mérito alcanzado debido a su valentía en las batallas,
por sus sentimientos en el amor y la amistad, por el
innegable respeto a sus superiores, por el fiel cumpli-
miento a sus legendarias creencias y en fin, por las varias
reacciones en sus posiciones emotivas. Todo a través de
un narrador-autor omnisciente, en tercera persona del
singular, mediante una técnica narrativa tradicional, simi-
lar a la acostumbrada en la sobresaliente y clásica novela
del siglo diecinueve, con la sola variante de determinados
monólogos directos de algunos protagonistas principales,
con la especial finalidad de interpretar sus complejos
estados de ánimo y sus respectivas preocupaciones coti-
dianas. Esta obra, sin duda ni hipérbole, a causa de su
cimentada estructura, originalidad, ardua investigación,
conocimiento histórico, detenida lectura de la novelística
continental por su autor y la convivencia de éste por
unos lustros entre los descendientes de los primitivos
moradores de la región y de oírles sus fabulosos relatos
basados en la tradición oral, se convierte ya en un gran
aporte dentro de la nueva narrativa hispanoamericana,
surgida después de la década cincuenta del presente siglo.
EDUARDO PACHÓN PADILLA
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4 SIERRA NEVADA DE SANTA MARTA "0. Fa, NO pas
VERTIENTE NORTE A
MAPA DE LOS TAIRONAS
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Cerro Haggi- Ateima
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Cuchilla Nasukua
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Cuchilla Vainillal
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Valle de Las Cascadan
12 Cuchilla Sapapan:
13 Cuchilla Nuncumalas
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FOOD
Asentamientos
Chairama
Sincorona
Ponkeica
Tayronaca
Buritaca
Palanoa (Kashinguis)
Savijaka
Buya
Tapiraguana
Tokbi-Hagu-Kare
Mamaice
Moraca
Avincuo
Bongá
Mamarongo
Macotama
Takina
Toaminaka
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Teyuna
Campamento Ubatashi Á
Campamento Gulamena M
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Ruta de los Ubatashi o
Ruta de los Caribe —
Eje del Valle Tairona ..
Combate con los Ubatashi
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SIERRA NEVADA DE SANTA MARTA
VERTIENTE NORTE
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Cuchilla Manijí
Valle de Las Cascadas
12 Cuchilla Sapapanguega
13 Cuchilla Nuncumaláe
14 Cerro Gonawindúa
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Asentamientos Mm
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Sitio Arqueológico
Sitio Arqueológico
Sitio Arqueológico
Buritaca
Sitio Arqueológico
Sitio Arqueológico
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7
El gran jaguar —según el jurado— es una especie
de llíada precolombina, que muestra no solo un
amplio conocimiento de las culturas taironas y ca-
ribes, de sus mitologías y costumbres, sino también
la voluntad de rescatar una parte muy rica del pa-
sado aborigen de América Latina. Sin caer en el ya
fatigado realismo mágico, el autor logra transmitir
el mundo mítico primitivo, con sus ceremonias, epi-
sodios bélicos, amores y luchas, en un tiempo y un
lenguaje contemporáneos, y esto la convierte en
una obra única dentro de la novelística colombiana.
En la época en que se conmemora el V Centenario
del encuentro de dos Mundos, esta novela recrea
los valores de nuestra verdad indígena, lo cual la
destaca como un trabajo literario sin antecedentes
en la narrativa latinoamericana actual, y la señala
como una obra llamada a permanecer.